En esto veía acercarse, con el andar de un nublado tormentoso, el
primer lunes de _los míos_... Y llegó, porque todo lo malo llega
siempre que se anuncia, y aún peor de lo que se teme; y se inauguraron
mis fiestas con el estruendo y el despilfarro que yo no me atreví á
soñar, ni aun viendo los preparativos hechos bajo la dirección de mi
mujer, aconsejada por su madre, que es todo cuanto podía verse. ¡Hasta
la Guardia civil, no bastando la urbana, amén de nuestros propios
criados, se empleó en aquellos menesteres de telón afuera! ¡Qué tal
andaría lo de telón adentro! Deslumbraba el aparato y asustaba el
lujo que se arrastraba por allí; pues las gentes aquéllas eran ricas
y habían hecho de mis salones palenque en que lucir el poder de sus
caudales. Engreíase mi mujer viéndose centro esplendoroso de astros
tan resplandecientes, y correspondía á los honores que de esta manera
se tributaba á su _buen tono_ excediendo en lujo á la más encopetada y
vistosa, y disponiendo cada ambigú, que dejaba aturdidos á los mismos
comensales que los devoraban. ¡Qué carnes se me pondrían á mí con todo
ello! ¿Y cómo evitarlo ya, una vez hecho costumbre? ¿Y cómo sostenerlo
sin poseer una mina de onzas acuñadas?
Pues así fuí tirando, hasta que lo arregló de otro modo algo que es más
fuerte que todos los respetos humanos.
Es, pues, el caso, que no solamente descansé, sino que llegué á
dormirme en la ciega confianza que me inspiraba mi secretario;
confianza nacida más que de un profundo convencimiento de la capacidad
de mi subalterno, de mi escasa afición al expedienteo; del gusto con
que me agarraba á cualquier disculpa para alejarme de él, y de la
necesidad en que me veía de fijarme con preferente atención en el
negocio político, que no estaba para descuidado un punto. Antojábaseme,
andando los días, que en lugar de afirmarse la paz, el orden y la
confianza en torno mío, retoñaban las asperezas y los desacuerdos, y
perdía su virtud mi celo conciliador, como si mi prestigio comenzara
á andar de capa caída. Hombres que al principio me escuchaban como á
un oráculo y hacían de mis palabras evangelios que predicaban luego
á los demás, se me acercaban recelosos y descontentos; y me daba más
que pensar lo mucho que parecían callarse, que lo poco y turbio que me
decían. Sospechaba yo que en el partido que allí me apoyaba cundía la
desconfianza; y con esta sospecha, desvivíame por mostrar á mis amigos
los firmes y leales propósitos que seguían animándome, y suplicábales
que me expusieran los motivos de sus embozadas quejas, para acudir á
remediarlos, como antes lo había hecho; pero la misma vaguedad de las
respuestas me sumía en nuevas inquietudes.
Mi secretario, con quien las consultaba á menudo, encogíase de hombros,
ó me aseguraba que todo iba á maravilla, y que si había quejas lo
serían de vicio.
Y todo esto acontecía precisamente cuando mi familia andaba en el colmo
de sus dispendiosas exhibiciones; lo cual llegó á traerme á vueltas
con las más extrañas y tumultuosas ideas; ideas que no me daban punto
de reposo y me robaban el sueño, y hacían incompatible mi discurso con
todo el negocio extraño al círculo de mi vida doméstica. Sólo dominado
por una preocupación semejante, podía estar yo tan ciego y torpe que no
viera lo que tenía delante de los ojos y palpaba con mis propias manos.
Ni mi mujer ni su madre me decían jamás lo que costaban sus lujosos
atavíos ni sus espléndidos festines, ni me pedían un céntimo para
pagarlos. Cierto que ellas continuaban siendo las administradoras de
todo mi dinero, del único que tenía, del que cobraba mensualmente del
Estado; pero ¿cómo daba aquel dinero para tanto? ¿Con qué se suplía lo
que faltaba? ¿Contraían deudas en mi nombre? ¿Lloverían sobre mí, á la
hora menos pensada, créditos que no podría recoger? Y por temor á esto
y á sus horribles consecuencias, hablé á Clara un día.
--¿Cómo os las componéis--la pregunté,--para hacer esos gastos con tan
poco dinero?
--No te apures--me respondió secamente,--que aún le tenemos de sobra.
--¡Imposible--repliqué,--si pagáis todo cuanto consume vuestra vida
ostentosa!
--No se debe un cuarto á nadie,--afirmó volviéndome en seguida la
espalda.
Quedé más aturdido de lo que estaba, porque me persuadí de que mi mujer
no me decía la verdad. Por espontánea confesión suya, había sabido yo,
poco después de nuestra salida de Madrid, que todos los ahorros de su
padre apenas alcanzaban para vivir él modestamente fuera de su patria,
y para que en un apuro «muy extremo», no se murieran de hambre en una
buhardilla su mujer y su hijo. Luego no era el dinero de Valenzuela
el que suplía las faltas del mío para cubrir los gastos de mi casa;
y como éstos excedían en más de otro tanto al que cobraba yo con una
mano y entregaba con la otra á mi mujer, evidente era que vivíamos de
prestado, y que ésta me lo ocultaba. Entonces pensé muy seriamente en
arreglar las cosas de otro modo; me armaría de carácter, porque era
preciso que me armara; y haría, y acontecería...
Y nada hice al fin, porque es condición de nuestra flaca naturaleza
dejarse caer en los peligros reales por huir de los imaginarios. Clara
no me había perdonado aún el «atrevimiento» de contrariarla en el
asunto de las invitaciones, y su madre no tenía atadero, y era capaz de
todo lo que no se ajustara á las leyes del sentido común; resolverme á
meter á las dos en cintura con un rasgo de autoridad, era producir un
estruendo que de seguro transcendería fuera de mi casa... ¡y yo era el
gobernador de la provincia, relacionado á la sazón con lo más granadito
de la ciudad!... ¡y qué se diría!... ¡y mi prestigio!... ¡Y si tras
el escándalo venían los acreedores alarmados!... ¡Qué horror! Y me
aguanté _por entonces_.
Á todo esto, el descontento público crecía y se revelaba muy acentuado
en la prensa local, que yo cuidaba de leer con suma atención desde que
me la habían llamado grandemente ciertas insinuaciones suyas. Ya no se
andaban los periódicos, lo mismo los situacioneros que los otros, con
paños calientes. Declaraban que jamás, ni aun durante las más inmorales
administraciones, había habido en aquella capital un desgobierno más
completo, una falta más absoluta de policía y de pública moralidad.
Uno de ellos dijo textualmente, por remate de un artículo, verdadero
memorial de agravios administrativos enderezado á mi «patriotismo
sellado con sangre de los tiranos:--Cualquiera pensaría, al ver lo
que aquí sucede, que las riendas de este gobierno están _en manos
polacas_». Comprendí la alusión, y la sentí como un balazo en mitad del
pecho. Llamé inmediatamente al secretario.
--¿Qué hay de cierto en todo cuanto aquí se dice?--le pregunté,
mostrándole el periódico que tenía yo en la mano.
Tomóle él en las suyas con la mayor serenidad; y después de pasar la
vista por el artículo, me le devolvió diciéndome:
--Absolutamente nada. Ganas de hacer ruido.
--¿Está usted seguro de lo que me afirma?
--Si no lo estuviera, no lo afirmara.
--Corriente,--díjele después de meditar un momento.
En cuanto me quedé solo mandé llamar al director del periódico. No
tardó en venir. Me encerré con él y le supliqué que, como en el secreto
de la confesión, me declarara los fundamentos de lo que se decía, y,
sobre todo, de lo que se callaba en su periódico. Me espantó lo que
supe entonces; y eso que el periodista me ocultó lo principal, por
respeto á mi propia persona. Dile las gracias, prometiéndole que no
le pesaría de haberme arrancado la venda de los ojos; y en cuanto se
apartó de mí, llamé al jefe de la policía.
--Sé--le dije, mirándole indignado,--que tiene usted puestos á
contribución á todos los criminales y á todos los viciosos de la ciudad.
Se quedó yerto, lívido como un cadáver. Tartamudeó algunas palabras,
que no entendí, y añadíle estas otras:
--Elija usted entre ir á presidio ó declararme toda la verdad.
--Es cierto--me respondió entonces, animándose súbitamente;--pero
entienda V. S. que, al obrar así, no hago más que cumplir las órdenes
que se me han dado.
--¿Y quién se las ha dado á usted?
--El señor secretario.
--¿El de este gobierno?
--El mismo.
--¿Y adónde van á parar los fondos recaudados de esa manera por usted?
--Al señor secretario.
--¿Íntegros?
--Íntegros, menos la pequeñez con que remunera el trabajo de la
recaudación.
--Y esa recaudación, ¿es de importancia?
--Bastante... Quizá más que el sueldo de V. S. ¡Como lo malo abunda, y
todo lo malo paga!...
Me dió asco lo que me decía aquel hombre: impúsele silencio, y le mandé
que saliera.
Volví á llamar al secretario. Entró, cerré la puerta y le dije en crudo
cuanto acababa yo de saber por el jefe de la policía. Me oyó impávido
y no negó los hechos. Me espanté; pero logré dominarme, porque era de
necesidad, y añadí:
--Hay todavía otro punto delicado, que debe ser de la exclusiva
incumbencia de usted. Se dice que no todos los expedientes que se
tramitan en estas oficinas de mi cargo, se resuelven conforme á
justicia, sino que se subastan los acuerdos...
--Pudiera escudarme--me respondió el tuno,--con la firma de usted que
autoriza esas resoluciones; pero como de ese modo correspondería muy
mal á la ciega confianza con que usted me entregó ese importantísimo
negociado, desde luego echo sobre mí toda la responsabilidad _moral_ de
esos delitos, que tampoco niego.
Y como leyera en mi actitud el efecto que estas palabras me causaron,
añadió muy tranquilo:
--Lo que á mí me asombra, es que usted se asombre de todo esto.
Mi primer impulso fué buscar con los ojos una silla para partirle la
cabeza.
--Pues ¿por quién me toma usted?--exclamé indignado, sin renunciar por
entero á aquel propósito.
--Y después de todo--dijo con desdeñoso retintín,--yo poco más de nada
me meto en el bolsillo.
--¿Adónde va á parar entonces el producto de esas infames
exacciones?--pregunté más y más asombrado.
Aquí el hombre de los largos dientes se atrevió á enfilar la legaña
de sus ojos con los airados míos; y metiéndose ambas manos en los
correspondientes bolsillos del pantalón, me dijo, como si me dijera la
cosa más natural del mundo:
--Á su casa de usted.
--¡Que jamás en oídos de hombre honrado suenen palabras como
aquéllas!...
Las pocas que pude articular en medio de la angustia que me ahogaba,
las empleé para preguntar al infame, pero bajo, muy bajo, como si me
acusara ante Dios de un ignorado crimen y temiera que me estuviera
oyendo el juez, que podía enviarme al palo, ó el mundo, que me
escupiera á la cara:
--Y... ¿qué manos lo reciben de la de usted?
--Las de su señora mamá política,--me respondió con entera desfachatez.
--¿Á ciencia y conciencia de _lo que es_?--pude preguntar todavía.
--_Naturalmente_,--contestó el cínico.
--Está bien--dije, haciendo un esfuerzo sobrehumano para no caerme
redondo allí, de indignación y de vergüenza.--Retírese usted.
De dos saltos atravesé el largo pasadizo que separaba de mi habitación
el despacho donde esto ocurría. Llamé aparte á mi suegra, que estaba
emperejilándose para salir con Clara, y la expuse, sin preámbulos
ni miramientos, el caso que tan fuera de quicio me tenía. Oyóme la
embadurnada vieja mirándome de hito en hito con las más vivas señales
de curiosidad, y exclamó al cabo, lo mismo que si descargara su ánimo
de un gran peso:
--¡Ave María Purísima!... Hijo, ¡qué susto me diste! ¡Si no creí, al
verte tan erizado, que se quemaba la casa ó te habían dejado cesante!
--¿No había para matarla?
--Pero ¿es ó no cierto---preguntéla en el paroxismo de la ira,--que mi
secretario hace eso en perfecto acuerdo con usted?
--Puede que sí... ó puede que no: como mejor te parezca--respondióme
sin dejar de contonearse delante del espejo que había en la
habitación.--Recuerdo que un día hablamos, de recién venidos aquí,
sobre si el sueldo de gobernador era poco ó era mucho. Sostenía él
lo primero, y yo le daba la razón; y hablando así, díjome que había
ciertos _arbitrios lícitos_ de los cuales se podía echar mano muy
honradamente; pero temía que tú te resistieras á ello, por escrúpulos
de empleado novel... y que si nosotras le autorizábamos con nuestra
aquiescencia, ¡y qué sé yo qué otras boberías!... Y á poco de esto,
comenzó á traernos dinero... pero bastante, no te creas, y á menudo...
Por cierto que gracias á ello, ¡que si no!... Ahora me dices que si ese
dinero sale de aquí ó sale de allí... No sabía yo tanto; pero, después
de todo, _¿qué más da?_
--¿Y Clara?--pregunté, recordando que era ocioso tratar asuntos serios
con aquella insufrible mujer,--¿sabe lo mismo que usted de la calidad
de ese dinero?
--Como que ella lo administra. Con una mano lo recibo, y con otra se lo
doy... Pero ¿á qué vienen esos aspavientos, hombre?
Llamé á Clara. Vino en seguida; y, por verla, perdí la mitad de mis
bríos. Siempre me sucedía eso. ¡Tan hermosa estaba! Hubiera dado la
mitad de mi vida porque no fuera cierto lo que su madre aseguraba, y
toda ella por infundir en su pecho algo de la honrada sensibilidad que
agitaba el mío.
Expúsele mi queja con los mayores miramientos, y no mostró el más leve
síntoma de apurarse por ella.
Tan inconcebible frialdad deshizo el encanto que su belleza me causaba,
y prorrumpí en amargas declamaciones. Negóme muy serena que hubiera
motivo para ellas. Había para volverse loco.
--¿Pues cuáles son motivos serios para ti?--la dije sin poder
contenerme.--¡Vuestros festines, vuestras galas, todo el aparato de
vuestra loca vanidad sostenido á expensas de todas las almas infames de
la población! ¿Todavía te parece poco?
--No me he cansado--me dijo con terrible dureza,--en apurar tanto el
origen de ese dinero.
--Pero te has guardado muy bien--repliqué,--de decirme que le recibías;
señal de que no lo juzgabas lícito.
--Ó de que temía tus ridículos pujos de caballero andante... ¡Somos
incompatibles en tantas cosas!
--Por fortuna para mí, en el modo de juzgar esa de que tratamos; por
desgracia para todos, en la principal. ¡Lástima que ya no tenga en mi
mano el remedio de lo uno como tengo el de lo otro!
No quiero recordar hasta qué extremos nos condujeron, una vez puesto el
diálogo á esta altura, la terrible y desengañada frialdad de mi mujer
y el apasionamiento de mi impresionable carácter. Fué un estampido
que acabó en un instante con varias cosas á la vez: _los lunes del
Gobernador_, las ostentosas exhibiciones públicas de mi familia... y la
última esperanza de que entre Clara y yo pudiera haber ya otro vínculo
de unión que el que, en un instante de vértigo mío, nos había amarrado
para no soltarnos jamás, á no cortarle la guadaña de la muerte. Aquel
tremendo altercado fué la piedra de toque en que apareció comprobada
la falsa ley del corazón de Clara; el choque que derribó la bruñida
losa y dejó á la vista los gusanos del sepulcro. No me asombró el
descubrimiento, porque venían anunciándolo grandes señales de él; pero
la consideración de lo que del hecho iba á seguirse, me aterró.
Por de pronto, volvíme á mi despacho, y di á elegir á mi secretario
entre presentar su dimisión ó comparecer ante los tribunales de
justicia.
--Por cierto que iría bien acompañado,--me dijo con marcada intención y
cínica sonrisa.
--¡No importa!--le respondí, comprendiéndole,--porque estoy resuelto á
todo; á todo, menos á ser pantalla de ladrones...
Optó por la dimisión, y me alegré de ello. Horas después quedaba
también sin destino el polizonte.
Desde el día siguiente, limpias las oficinas de tunantes y la casa
de escándalos de lujo, consagréme con todas mis fuerzas á enderezar
el torcido rumbo de mi descuidada administración, y á hacer algunas
economías. No tenía en mi casa con quien hablar, es cierto, y la
comida me amargaba y mis sueños eran horribles pesadillas; pero la
opinión pública coronaba con aplausos mis esfuerzos de voluntad, que
producían milagros de acierto, y yo sentía, en medio de las penas que
me abrumaban, la dulce satisfacción que trae consigo el cumplimiento de
los deberes.
Entre tanto, el Gobierno de la nación andaba tan desatinado como lo
había estado el mío, y la obra de la revolución de julio comenzaba
á tambalearse. Socavaban sus fundamentos todo linaje de torpezas,
ambiciones y asechanzas; y eran ya infinitos los desencantados
españoles que aplaudían al satírico _Padre Cobos_, ariete formidable
con que la batía sin tregua ni descanso el partido de la reacción, que
había de recoger su herencia.
La famosa sonrisa de O'Donnell iba acentuándose por momentos;
tomábanla ya las gentes liberales como disfraz de sazonados planes
_liberticidas_, y todo el mundo se preguntaba en qué pararía, y cuándo,
su no menos famoso abrazo al general Espartero, en el balcón de la
calle de la Victoria, recién llegados á Madrid ambos personajes.
Las dudas se aclararon muy pronto: el abrazo aquél acabó en una
zancadilla que derribó á Espartero de la noche á la mañana, y en
un chaparrón de soldados bien _instruidos_ que en pocas horas
_reorganizaron_ la Milicia ciudadana, disolviendo á tiros sus
batallones, donde éstos se resistían á dejarse desarmar por la buena.
Volvióse el Duque de la Victoria á llorar un nuevo desencanto en su
retiro de Logroño, haciéndole coro los incorregibles progresistas;
y con todo ello y lo que se traslucía en la nueva situación creada,
dejé yo mi gobierno antes que me separaran de él, y tornéme á Madrid
pobre, triste y con la carga de una familia insoportable, que pagaba
en esquivo apartamiento y en odio mortal el dinero y la sangre que me
consumía.
[Ilustración]
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