Siguieron á este suceso días tristes, muy tristes para mí. Después
que pasa la fiebre que enardece las ideas y finge bríos al cuerpo, es
cuando el paciente, con el ánimo en reposo, conoce la importancia de
la enfermedad que le postra. Por rigor de la misma ley, nunca tuvo mi
espíritu una fuerza de visión tan potente como en aquellas horas de
relativa calma; creo que era la primera vez que yo lograba estudiar con
lucidez perfecta, juicio reposado y á su verdadera luz, el cuadro de
mis desventuras, en el cual acababa de estampar la mano de la desgracia
que me perseguía, un nuevo detalle. El Gobierno suspendió las pensiones
concedidas por el anterior en virtud de merecimientos excesivamente
revolucionarios, y Carmen se vió sin la suya cuando más falta le
hacía, porque su salud empezaba á quebrantarse. Súpelo por Quica, que
me lo dijo muchos días después del suceso que su ama me ocultaba,
sin duda por no añadir ese disgusto más á los muchos que la confiaba
yo en aquellos días. Porque cuando me vi henchido de penas y sentí la
necesidad de abrir las válvulas del pecho dolorido, los amigos me daban
miedo, y sólo en ella me atreví á depositar los secretos de mi corazón;
y acabé por confiárselos todos, todos, aun aquéllos que, en mis tristes
meditaciones, me resistía á declarar á mi propia conciencia. Y es que,
al confiar mis desventuras matrimoniales á la indulgente y cariñosa
amiga, sentía yo, con el placer del alivio de un peso formidable, algo
como la satisfacción que nace de un penoso deber cumplido. Sospeché que
así lo entendía ella también; y de esta mutua inteligencia resultaba un
nuevo interés en nuestras conversaciones, mal contenidas á veces en los
términos que nos trazaban consideraciones y respetos menos fuertes que
la secreta intención que á ambos nos movía.
Pero ¡qué breves eran estas horas, por lo mismo que pasaban sobre mis
tristezas como ráfaga de aire por herida de fuego! Después volvían los
negros pensamientos, la realidad de las cosas, el hecho brutal... y
¡qué horas tan largas y tan distintas!... Sobre todo, la del retorno
á mi hogar... ¿Á qué? ¡Dios mío! Se puede vivir pobre y enfermo y
perseguido; se puede vivir en una cárcel y atado á una cadena,
sin aire y sin sol; pero no como yo vivía con mi propia mujer. Son
frecuentes, quizá de necesidad, las rencillas y desavenencias en los
matrimonios. Duran un día, una semana, un mes... un año; pero las
sostiene un motivo casual, más ó menos grave, que al fin se ventila
y se olvida; y vuelve la paz á reinar en la casa, porque nunca faltó
el amor en los corazones; pero en mí no cabía esta esperanza, porque
Clara, que nunca me amó, había roto el único lazo afectuoso que nos
unía, al primer choque de su impetuosa altivez ofendida con mi tesón
de marido desencantado. El mármol que se animó un instante, porque
el infierno lo quiso, amasando cálculos de interés con una epopeya
bestial en una mente bravía, volvió á ser dura peña tan pronto como los
cálculos fallaron y no quedó del héroe de un momento más que el hombre
prosaico con unas cuantas virtudes de pacotilla. Por ajustar á sus
leyes mi conducta, el frío llegó á ser alejamiento, y el alejamiento,
mortal antipatía. Yo sabía esto, no porque Clara me lo hubiera dicho,
sino porque lo leí en ella como en un libro abierto, en cuanto se
apagó en mí la última pavesa del fuego de la carnal pasión que me
condujo, ciego, á echar sobre mí la cadena de la más horrible de las
esclavitudes. Cabalmente era la falta de disimulo la única virtud de mi
mujer. Pero yo no la aborrecía; y aun hubiera llegado á convertirse en
verdadero amor mi desatinado deseo, si en ella hubiera podido más la
idea de sus deberes que la insana vanidad de los placeres ostentosos;
si hubiera sido capaz siquiera de pagarme en falsa consideración los
riesgos que afronté gustoso por ella, y de no olvidarse tan pronto de
aquellos apasionados arrebatos de los primeros días.
Pues con este infierno de consideraciones en la cabeza entraba siempre
en mi casa, donde me aguardaba la yerta é implacable impasibilidad de
mi mujer por único consuelo. Y así un día y todos los días; y esto al
comienzo de nuestro matrimonio; y yo muy joven aún, y ella más joven
todavía. ¡Cuántos años por delante! ¡Qué camino tan largo, tan obscuro
y escabroso! ¡Qué agonía tan espantosa, sin la esperanza de la muerte!
Muchas veces pensé en ella con criminal delectación; y bien sabe Dios
que no fueron respetos humanos lo que me impidió cometer entonces el
mayor de los desatinos.
Una vez en el paroxismo de mi desconsuelo, antojóseme que brillaba un
punto luminoso en la densa obscuridad que me rodeaba. Entre Clara y yo
no había mediado todavía un verdadero examen de las causas de nuestro
mutuo alejamiento. Verdad que lo que salta á la vista no hay para qué
desmenuzarlo en palabras; pero ¿no podíamos vivir equivocados los dos,
ya que no en lo fundamental, en algo accesorio siquiera? Y aunque
no lo estuviéramos, ¿debía darse por resuelto un asunto tan grave y
transcendental, sin agotar todos los trámites del proceso? ¿Y no era el
principal de todos ellos una serena y detenida explicación del punto
litigioso? De todas maneras, así no se podía vivir; y en hablar no se
perdía nada. Propúseme tener una entrevista con mi mujer; y resuelto
á ello entré en mi casa á la hora de costumbre, precisamente en
ocasión de salir Barrientos de ella. Éste era otro punto que comenzaba
á preocuparme un poco. Busqué á Clara, y la hallé muy serena en su
gabinete, en el cual acababa de encerrarse después de despedir á su
amigo. Se extrañó de verme allí, y me lo dió á entender con una mirada
de las suyas; yo la expuse en el acto mi propósito, después de sentarme
á su lado. Esta escena me trajo á la memoria otra bien semejante á ella
en sus detalles externos; pero ¡cuán distinta en la situación moral de
los personajes! Por lo mismo, quise utilizar el recuerdo para poner á
prueba la sensibilidad de mi mujer.
--También se trataba entonces--la dije,--de examinar el fondo de
nuestros corazones; y tú te complacías en decirme lo que ibas leyendo
en el mío, que cuidaba yo de ponerte delante de los ojos; y cuando
llegó el caso de descubrir lo que había en el tuyo, ¡de qué modo, y en
qué ocasión me lo mostraste, Clara! ¿Te acuerdas?...
Como si hubiera llamado con los nudillos en un muro de cal y canto. Se
encogió de hombros, se apartó un poco de mí, y me preguntó secamente:
--¿Adónde quieres ir á parar con esas ñoñeces que traes ahora á
colación?
Sentí la burla como una bofetada, y contesté:
--Á que, tratándose también ahora de descubrir el fondo de nuestras
conciencias, muestres un poco del afán en que entonces me aventajabas,
para saber en cuál de los dos reside el hielo que apagó la hoguera de
aquella pasión que parecía consumirnos á entrambos; quién de nosotros
es más culpable de este alejamiento en que vivimos; quién se complace
en ello, ó quién lo deplora; cuál es el remedio que se necesita, ó si
no queda ninguno para que cese esta situación insoportable.
--Te dije en otra ocasión--respondióme, fría y dura como una peña,--que
éramos tú y yo incompatibles en muchas cosas. Hoy te lo vuelvo á
repetir. La razón de esta incompatibilidad, se siente mejor que se
explica... Nace de muchas pequeñeces y de algunos motivos graves que
se van acumulando poco á poco, y al fin llegan á imponerse al corazón
y al juicio, por su propio peso... y yo no sé mentir... Y ¿qué te
extraña?... ¿No está sucediéndote á ti lo mismo?
--Sí--repliqué,--¡pero por cuán distintas causas!... ¿Quieres que
las analicemos fría y desapasionadamente? ¿Te atreves á enumerar las
condiciones que, en opinión tuya, me faltan para hacerte llevadera
y grata la vida á mi lado, como me atrevo yo á decirte lo poco que
necesito para creerme venturoso, aun en medio de la penuria en que
vivimos por un azar de la suerte?
Se encogió de hombros al oirme, y me contestó con glacial aspereza:
--No quiero perder más tiempo en necias puerilidades.
--¡Lástima--exclamé entonces, sin poder contenerme,--que te falte el
valor para cosa tan honrada y trivial, mientras te sobra para la inicua
empresa en que estás empeñada conmigo! ¡Formarían un hermoso contraste
los dos cuadros! En el uno, tu soberbia indómita; tu única religión, tu
única fe: la adoración á ti misma; tu amor insaciable á la ostentación
de todas las vanidades frívolas y mundanas; tus malogrados intentos de
hallar en mí el complaciente marido que, _de cualquier modo_, colmara
las ambiciones de tu alma empedernida. En el otro cuadro, mis vulgares
virtudes de lugareño; mi corazón dispuesto á perdonarte, y aun á
quererte, si registrando las frías soledades del tuyo, reconoces la
razón con que me quejo y el derecho con que maldigo aquellos días en
que, á la falsa luz de tu pasión de artificio, lograste que te creyera
capaz de hacerme venturoso entregándote confiada á mí para correr
juntos los riesgos más comunes de la vida... Mis efímeros triunfos, mis
afortunadas locuras, cuanto he sido, cuanto valgo; mis pensamientos
más íntimos, mis aspiraciones... todo te lo he sacrificado gustoso...
todo ha sido para ti... ¿Y qué me has dado en cambio?... Unas horas
de brutal embriaguez, mientras tus insanas ambiciones no hallaron el
menor obstáculo que las resistiera; un infierno de torturas desde que
te convenciste de que no me hallaba dispuesto á sacrificarte también
la vergüenza y el honor, cuando lo necesitaras para pedestal de tus
vanidades.
Todo esto le dije de un tirón, con voz vibrante y ademán enérgico,
mirándola á la cara sin miedo á las saetas de sus ojos... Pues como si
callara, ó se lo dijera á una estatua de granito.
La única señal que observé de que me había oído, fué el acentuar mucho
el gesto altanero y despreciativo, habitual en ella, tiempo hacía, en
cuanto me tenía delante. En seguida me dijo, en un tono y con una voz y
una mirada verdaderamente dilacerantes:
--El alma de una mujer tiene misteriosos resortes, cuya acción produce
muy contrapuestos sentimientos. En saber herir esos resortes consiste
toda la ciencia de hacerse amar. Tú has tenido la desgracia de ser muy
torpe en ese empeño conmigo.
--De poco acá--la interrumpí:--desde que contra esa torpeza no cabe
el recurso de desistir del empeño. Cuando cabía, era yo bastante más
diestro. ¡Qué casualidad!
--Pudo serlo, si quieres--replicóme impávida;--pero el hecho resulta, y
yo le lamento tanto como tú, porque la misma cadena nos ata.
--Por eso, y porque no puede romperse, trato de hacerla más llevadera.
Ayúdame en mi propósito.
--No veo la manera; porque, te lo repito, no sé fingir virtudes que no
poseo.
--¡Cumple, al menos, con tus deberes!
--Hasta donde me obliguen las leyes humanas que me esclavizan á tus
derechos notorios; pero jamás intentes pasar de aquí.
--Eso es una declaración de guerra á muerte.
--Entiéndelo como te plazca; á mí me tiene sin cuidado.
Y así acabamos, con esta terminante comprobación de que mi desventura
no tenía humano remedio.
[Ilustración]
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