Mi secretario resultó ser un patriota recién llegado de Filipinas,
adonde había ido á parar, á la fuerza, por sus demasiado notorios
servicios á la revolución del año 48. No tendría más de treinta de
edad, y ya empezaba á encanecer. Era desvaído de cuerpo y de color,
algo pitarroso y belfo; y aquí estaba su especialidad, quiero decir,
entre los gruesos y mal cerrados labios; y consistía en lo enorme
de sus dientes, aunque no muy blancos, sanos, prietos y cabales; y
avenidos los de arriba con los de abajo de tal manera, que se los creía
capaces de cortar puñales buidos, de una sola dentellada. Iban siempre
al descubierto y apenas los sombreaba un bigotejo lacio y desmedrado.
Sin caer en la alucinación morbosa de aquel personaje fantástico que
veía una idea en cada diente de su adorada, contemplando los de mi
secretario había que pensar fatalmente en una panadería, y ver en
cada uno de ellos una hogaza triturada. No se concebía el cansancio de
aquella máquina, ni la hartura de la sima en que caían sus moliendas.
Por lo demás, era mozo listo, complaciente y, al parecer, muy entendido
en los negocios de mi cargo. Fingida ó no, manifestaba mucha admiración
á los títulos que me habían hecho hombre insigne entre los más
conspicuos patriotas al uso.
Había invertido el tiempo hasta mi llegada en examinar el campo
de mi nuevo señorío, el estado de los ánimos y el carácter de las
dificultades políticas que había que vencer allí, y en estudiar el modo
de dominarlas sin producir otras nuevas.
En ambos empeños había salido airoso, á juzgar por el cuadro que me
trazó y el plan que me propuso.
--Bien está--le dije,--por lo que hace á la cosa política de mi
negocio; pero ¿y la otra?
--¿Cuál?--me preguntó.
--La más esencial quizá: la administrativa.
--Esa--me dijo al punto,--corre de mi cuenta mientras usted se va
acostumbrando al oficio poco á poco. He pasado lo mejor de la vida
entre expedientes gubernativos, y respondo de que en ese particular
hemos de hacer grandes cosas.
Al mismo tiempo colmaba de atenciones á mi mujer; intimaba con mi
suegra y con Manolo; servíales á punto y bien en los menesteres más
extraños á su destino, y todos se complacían en mi casa en mimarle,
considerándole como un valiosísimo estuche de _cosas_ y de habilidades.
Y, sin embargo, á mí no me entraba. Aun sin la advertencia del
ministro, hubiérame bastado verle para desconfiar de él.
Las dificultades de mayor embarazo para mí, recién llegado á aquel
gobierno, nacían, precisamente, de las condiciones más salientes de mi
propia personalidad.
Para los díscolos de la oposición avanzada, gentes que nunca se ven
hartas de motín, quizá porque siempre llegan tarde al regodeo que sigue
al triunfo, y toman á pecado de prevaricación hasta el sacudirse el
polvo de la batalla y ponerse camisa limpia, era yo un enemigo, á pesar
de mis hazañas populacheras, por el solo hecho de representar allí la
fuerza de la autoridad, cobrar un sueldo del Estado y vivir como los
_opulentos reaccionarios_... Pues ¡cómo me mirarían sus ojos, teniendo
sobre mi conciencia, además de estos pecados de necesidad, el crimen
particularísimo de estar casado con la hija del «latromagnate» más
aborrecido, del polaco más odioso de todos los polacos fugitivos?...
Hasta para el otro bando, para el del orden dentro de la situación
imperante, era motivo de desconfianza el contrapeso de mi mujer. Además
me tachaba de joven y de inexperto, porque temía que con estas dos
condiciones me faltaran el tino y el carácter necesarios para meter
en cintura á los díscolos que habían hecho imposible el gobierno de
mi predecesor. Tampoco el elemento mercantil, que todo lo fía al
sosiego y á la tranquilidad, me miraba de buen ojo, por los mismos
defectos de juventud é inexperiencia; y en cuanto á las aristocracias
de los pergaminos y del dinero, ¿cómo habían de simpatizar con un
matón de barricada, convertido en personaje político de la noche á la
mañana? En cambio, estas dos importantes porciones de aquella sociedad
heterogénea, eran muy partidarias de mi mujer, por lo mismo que ésta
llevaba, como su madre, pintado en la cara el asco que le producían
gentes y cosas del nuevo orden; lo cual era, entre los liberales
crudos, otro pecado notorio que pesaba sobre mí.
Pues todas éstas y aquellas dificultades que representaban un estorbo
y una traba á cada paso mío en la senda de mi flamante cargo, fueron
dominadas con asombrosa facilidad, merced á los atinados consejos de
mi secretario y á la entereza inquebrantable con que yo los puse en
ejecución tan pronto como comprendí lo mucho que valían. Hasta me
atreví á meter la hoz en la Milicia, que era un elemento perturbador
por obra de los exaltados que la mangoneaban; y en cuanto éstos se
penetraron de que era yo muy capaz de cumplir la amenaza que les
hice de domarlos á la fuerza, si por la razón no se daban á partido,
trocáronse en mansos y dóciles corderos. Con este rasgo de energía,
que era de mi exclusiva propiedad, me capté el beneplácito de todos
mis gobernados, para quienes era un constante motivo de alarma y de
sobresaltos la actitud de aquella facciosa minoría. ¡Gran resultado me
dió en aquellos conflictos mi elocuencia de relumbrón!
Encauzóse, pues, la gobernación de mi ínsula, en lo tocante á la
política y orden público, y llegó el caso de pensar en _hacer
administración_, como se dice en la jerga del oficio; lo cual acontecía
á poco más de medio verano. Entonces abdiqué por completo en mi
secretario, tanto por consejo suyo como por imperio de la necesidad,
que también me lo exigía, para descansar un poco de las recientes
batallas, volviendo á ser hombre de familia.
Dábame la provincia casa y coche, por razón de mi alto empleo. La
casa era grande, casi un palacio, y palacio le llamaban; y el ajuar se
me antojaba de perlas. Hubiera yo, de buen acomodar, por naturaleza
un tanto espartana, vivido allí como un patriarca. Pero á Pilita le
parecía todo muy otra cosa; y como la apoyaba Manolo, y Clara no la
contradecía y el secretario también le daba la razón, tuve que convenir
con ella en que, tal cual estaba la casa, no podía habitarla la familia
de un gobernador que se estimara en algo. Había muros desconchados,
otros con lamparones, muebles perniquebrados, tapicerías resobadas,
alfombras en esqueleto, colchones medio podridos, sábanas de telaraña
por lo molidas y tenues, vidrieras mal avenidas... y «¡horror de
indecencias!» como decía mi suegra pasando minuciosa revista á todos
y á cada uno de los aposentos del gubernamental palacio, tan pronto
como nos alojaron en él. Con el coche acontecía lo propio: era viejo y
destartalado; tan viejo y destartalado como el tronco que le arrastraba
y el cochero que le conducía. Felizmente la Diputación provincial era
_de casa_; y previas unas enérgicas excitaciones de mi secretario,
votóse inmediatamente un crédito supletorio para todos aquellos
menesteres; y en pocos días quedó el palacio vestido de nuevo, y el
coche reemplazado por otro más lucido. Pero aún echaba de menos mi
familia una multitud de cosas _indispensables_; y como el crédito
estaba consumido hasta su último maravedí, tuve yo que pagarlas de mi
peculio, con el doble dolor del quebranto que ocasionaba á mi extenuado
bolsillo, y de saber que las había iguales y holgando en nuestra casa
de Madrid.
La prensa reaccionaria habló bastante mal de este despilfarro de la
Diputación en obsequio á un funcionario del Estado, precisamente
á raíz de una revolución hecha contra los malversadores de los
caudales públicos. Lo mismo dijeron los periódicos avanzados, y no me
defendieron gran cosa los ministeriales, pues de todos había en la
localidad. Nada de ello me sorprendió, porque lo esperaba.
Por entonces comenzaba yo la campaña de conciliación, tan felizmente
terminada poco después; mi familia se preparaba, con la meditación y el
reposo necesarios, para lucir en hora conveniente los relumbrones del
empleo con la apetecida solemnidad, y no se daba á luz sino las menos
veces posibles, y _de incógnito_, como los príncipes viajando.
De puertas adentro, mi mujer y su madre eran tremendas con las personas
del elemento oficial que por cortesía las visitaban. Teníanlas por
gentezuelas de poco más ó menos, y las aburrían en el vestíbulo
antes de dispensarles el honor de admitirlas á su presencia, para
confundirlas con dos sonrisas contrahechas y media docena escasa
de palabras sin substancia. Con estas altiveces me llevaba á mí el
demonio, porque eran otras tantas causas de resentimientos que me
ayudaban muy poco á triunfar en la empresa en que me hallaba empeñado.
Trataba de hacerlo comprender; pero no había enmienda en el pecado:
antes reincidían en él, con la mayor frescura, las vanidosas mujeres,
porque tenían el vicio en la masa de la sangre. Las deferencias,
las atenciones y la afectada cortesanía, se reservaban para los
particulares que las visitaban oficiosamente ó por recomendación de
nuestros amigos de Madrid; y aun en estos casos intentaba Pilita
guardar las distancias que ella suponía existentes entre una dama de
su procedencia y una señora ó personaje cualquiera _de provincias_,
por encopetados que fueran. Nada digo de mi mujer, porque, contrariada
ó complacida, en casos tales siempre era la misma Clara, de actitud
marmórea y de mirar terrible.
Llegó la hora de salir al escenario, que era la de _cumplir_ con las
gentes que nos habían visitado; y de esta delicada empresa se trató
tan pronto como yo triunfé en la ya mencionada mía, y me entregué á
un relativo descanso. Mi suegra sostenía que con las _señoras_ (y
subrayaba mucho la palabra con la voz y con el gesto) de la _nómina
progresista_, harto cumplidos estábamos siempre, pues éramos sus
superiores jerárquicos; y sus visitas, por ser de obligación, no tenían
vuelta.
--Nosotros--concluyó,--somos... nosotros; y ellos... son ellos.
--Justamente--repliqué;--y por eso mismo no soy del parecer de usted.
Cuanto más alta es la jerarquía de una persona, más la obligan las
leyes de la buena educación... Aparte de que esas señoras no están en
el deber, como usted cree, de visitarlas á ustedes.
--Pues entonces han hecho muy mal en venir á vernos; y no deben esperar
nuestra visita en pago, si no son unas descomedidas ambiciosas.
--Después de todo, señora--dije aquí á mi suegra, harto ya de sus
insensateces,--no es usted quien debe resolver este punto.
--¡Hola!--me replicó muy retorcida,--¿ya me echas de casa?
--Esas visitas--continué, fingiendo no reparar en la nueva sandez de
mi suegra,--no han sido á usted, sino á la gobernadora; y sobre ésta
y no sobre usted han de caer las censuras que merezcan las groserías
que cometamos. Con Clara, pues, y conmigo, va exclusivamente ese
particular, y espero que mi mujer ha de pensar de muy distinta manera
que su madre.
Di cierto aire de mandato á estas palabras, por lo mismo que se hallaba
presente Clara. La cual, después de mirarme con una dureza tan fría que
picaba en sañuda, díjome con voz un tanto enronquecida:
--Se hará todo lo que tú _dispongas_; pero creo que debemos comenzar
por los notables de la población, que nos han visitado sin tener
obligación alguna de hacerlo.
--Convenido,--respondí, convenciéndome de que en todo lo que fuera
cuestión de absurdas vanidades, se ponían al mismo nivel la simplicidad
de la madre y el talento de la hija.
¡Y al otro día fué ella! ¡Cuando se lanzaron á la calle con todos los
requilorios encima, y en pleno y soberano dominio de su papel! Á pie
salieron, porque les convenía salir así para sus intentos de lucirse
mejor. No les cabía en la acera; y yo, que las acompañaba, iba por el
arroyo. Crujía la seda de sus vestidos ostentosos, y varas de ella
arrastraban por detrás alzando nubes de polvo. El andar de Clara no
se parecía á ningún andar de mujer europea: era algo al modo de reina
egipcia; como hubiera andado Cleopatra siendo gobernadora de una
provincia de España, sin dejar de ser la ostentosa y soberbia hermosura
que cautivó á Marco Antonio. Los transeuntes nos cedían el paso desde
lejos, y luego se paraban á contemplarla con cierto asombro mezclado
de codicia; y yo, que lo observaba, complacíame en ello, porque, al
cabo, Clara era mi mujer, y por ende, cosa mía; y los hombres somos
así. ¡Era de ver con qué imperiosa y gallarda frialdad respondía á los
saludos que nos hacían las gentes, por ser yo quien era! Pilita hacía
á maravilla su papel de reina madre. Dos polizontes nos precedían á
cierta distancia, y otros dos nos seguían. Uno de ellos se adelantaba;
y cuando llegábamos al portal de la casa adonde nos dirigíamos, ya
sabía si habían salido ó no las personas que íbamos á visitar. En el
primer caso, subía nuestras tarjetas; en el segundo, subíamos nosotros.
Al día siguiente lo mismo; pero con diferentes ornamentos. Las menos
veces fueron en coche. Éste le reservaban para ir á paseo. Llevábanle
abierto; y entonces se las veía tendidas contra el respaldo y como
flotantes sobre las encrespadas faldas de sus vestidos fantásticos,
que llenaban todo el hueco de la carretela, dejando apenas el
indispensable, hacia el vidrio, para destacar sobre la nube, y pegado
á la _tolosa_, el busto lacio é indigesto de Manolo. ¡Reventaban de
vanidad!
--Pero ¿en qué la fundan?--pensaba yo.--No será en mis merecimientos
personales, cuando tan pocas consideraciones me guardan de puertas
adentro; ni en los blasones que no tienen, ni en el caudal que les
falta, ni en el nombre que llevan, infamado por el rumor público. ¿En
que ésta es una capital de provincia, y ellas son damas de la _buena
sociedad_ madrileña, y _la familia del gobernador_?
Pues nada más que en eso. Pilita ya me había anunciado esos deleites
de la vanidad al ponderarme en Madrid las ventajas que llevaba este
destino al que yo desempeñaba en el ministerio de la Gobernación, y
Clara era soberbia y altiva por educación y por naturaleza; pero nunca
pensé que llegara á tal extremo el vicio capital de mi nueva familia.
Con la entrada del otoño comenzaron los espectáculos nocturnos; y
con este motivo, para lucirse en primera fila, allá van vestidos y
perifollos y tocados; y como las damas de la ciudad iban tomando á
Clara por modelo en el vestir y en el andar, ella se complacía en
lucir en cada exhibición una cosa nueva, y su madre otra mejor; y
hasta el imbécil de mi cuñado se emperejilaba á su manera, esperando
formar escuela de mozos distinguidos. La condesa del Rábano recibía los
miércoles, y los señores de Cerneduras los viernes; y como aquellas
reuniones eran verdaderos certámenes de lujo, y Clara concurría á ellas
y era la más mirada y atendida por ser en el pueblo la mujer _de moda_,
¿cómo no había de dar en cada caso la necesaria novedad á su elegante
atavío? Y en cuanto á Pilita, que la acompañaba siempre, ¿cómo había de
presentarse en más vulgar arreo que su hija?
Y aconteció muy pronto lo que yo venía temiendo por ciertos síntomas
que notaba en mi casa; y fué que, para corresponder á los elegantes
miércoles de la condesa del Rábano y á los espléndidos viernes de
los ricos señores de Cerneduras, hubo necesidad de establecer los
_lunes del Gobernador_. Y heme aquí, porque los salones eran «de poco
más ó menos», y ciertas paredes estaban desnudas, y tal aposento sin
alfombrar, y el comedor en _ropas menores_, contemplando estremecido
cómo invadían el palacio los tapiceros, y sin cuenta ni razón le
llenaban otra vez de muebles, telas y garambainas que maldita la
falta me hacían. ¡Y si hubiera sido este solo el disgusto que me
costaron aquellas memorables fiestas! Pero no se habían inaugurado
todavía, cuando ya me procuraron otro terrible; y fué con ocasión de
tratarse, en familia, de las invitaciones que debían hacerse para el
primer lunes. Clara, porque entonces era ella, desgraciadamente, y no
su madre, quien llevaba la palabra; Clara, repito, pretendía que no
se invitase á ciertas personas que yo había puesto en lista, porque
no las conceptuaba de bastante _tono_ para _alternar_ en su casa con
el encopetado señorío de su predilección. Volvió á relucir lo de la
_nómina progresista_, en son de mofa, y tuve que recordar á mi mujer
que de esa nómina salían los lunes de su marido.
--¡Pues no vendrán!--me dijo altanera.
--¡Pues no habrá lunes!--repliqué en el mismo tono.
¡Qué cara me puso! y de qué manera me dijo, un momento después de
haberme oído:
--Que vengan enhorabuena; pero yo te prometo tratarlas de modo que no
vuelvan á poner aquí los pies.
--¡Muy bien dicho!--exclamó Pilita, nerviosa de entusiasmo.
--Y yo te prometo á mi vez--respondí á Clara sin hacer caso de la
impertinencia de su madre,--reparar una por una todas tus descortesías;
y si esto no alcanzara á mi propósito, cerrar á las gentes de tu
devoción las puertas por donde salgan las de la mía. ¡No lo olvides!
Para dar una idea de la actitud y el aspecto de mi mujer después de
oirme hablar así, es necesario pensar en una leona domesticada, que,
por obra de un grito lejano ó de un tufillo pasajero, se acuerda de
pronto de la libertad de sus congéneres en la inmensidad del desierto
africano. No me replicó una palabra; pero el centelleo de sus ojos y
la palidez de su semblante, mientras crujía el abanico entre sus manos
crispadas, decían demasiado. Jamás la había visto así. Verdad que nunca
me había puesto hasta entonces en ocasión de despertar su adormecida
braveza. Me daba miedo: no por aquel instante, sino por todos los de mi
vida.
Horas después recibí carta de mi suegro. Gemía, como siempre, por sus
propios quebrantos; por «la pobre España» en poder de los hombres
ineptos que le habían expatriado á él; por las tristezas que consumían
á su adorada Pilita, á su _dulce_ Clara y á su _angelical_ Manolo; y
me rogaba que los arrancase de su obscura soledad y me desviviera por
divertirlos. ¡Qué oportunidad de hombre!... ¡Y qué perspectiva para
empezar á vivir!
Por borrarla un poco de mi imaginación, dediqué lo mejor del día á
escribir á Carmen. Creo que se me fué algo la pluma y que la empapé
demasiado en las nuevas amarguras de mi alma; nuevas, porque no era
aquélla la primera vez que sentía en el corazón el frío mortal de los
desencantos, y en mi imaginación el triste vacío de las ilusiones
desvanecidas. Las respuestas de la pobre huérfana eran como suyas:
cariñosas, pero sencillas y breves; ni una frase, ni una palabra que
recordase nuestra franca y cordial amistad de otros tiempos. Y yo
admiraba esta prudencia, y á la vez me lamentaba de ella; comprendía la
razón de los miramientos de Carmen, y sentía que no fuera más confiada
y expresiva conmigo. Y no era esto un contrasentido pueril, ni resabio
de una imaginación dengosa y versátil, sino que yo vivía en perpetua
equivocación, y el alma quería regirse por sus propias leyes, que no
eran las que le imponía la fuerza brutal de los hechos consumados.
[Ilustración]
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