XXVIII

Aquí comienza una nueva fase de mi vida, ó como ahora se dice, una

nueva dirección en la órbita de mis pensamientos. Hasta aquí había sido

yo dócil masa, ave sin rumbo, nave sin brújula; las olas y el viento

me conducían, y la mano de la ciega casualidad me formaba á su antojo.

Desde aquí, el pájaro no vuela al azar; la nave sigue su derrotero

inalterable, y la masa tiene un molde á que se ajusta y acomoda. Se

acabó el aventurero que vive de entusiasmos y borra sus impresiones

de ayer con otras más recientes; que acopia sin codicia y esparce sin

duelo, porque es errante peregrino, guíale la buena fortuna y aún no

columbra el fin de la jornada. Ya es el hombre advertido y cauto, que

se detiene y descansa, y reflexiona y consulta sus fuerzas, pues sabe

adónde va.

Porque no podía resultar otra cosa de aquella despedida, de la

ardorosa correspondencia que la siguió y de las reflexiones que

me hice. Un solo camino vi que me llevara por donde tantos y tan

imperiosos afanes hallaran el apetecido término; juzguéle llano y

expedito, y propúseme lanzarme á él. Entonces ó nunca. Clara parecía

haber hallado en mí el único hombre capaz de conmover su alma bravía;

yo estaba loco por Clara; ella era hermosa, terriblemente hermosa; yo,

amén de romántico admirador de lo excepcional y de lo dificultoso,

gozaba á la sazón de los mimos de la fortuna, y podía, con esta prosa

vil, alimentar el idilio de mis amores con algo más que pan y cebolla.

Repito que entonces ó nunca. Opté por lo primero; y desde aquel

instante remaché, con un propósito firme, las cadenas con que me sentía

ligado á Clara desde nuestra separación. Á la fuerza de su atracción

obedecen ya todos mis pensamientos, en su derredor giran, hacia ella

van, de ella vienen, de su calor se nutren y con su luz se iluminan...

Sin embargo, la pasión no me quitó conocimiento, quizá porque la

memoria es la potencia del alma más al abrigo de las tempestades del

corazón; y en mi memoria estaban impresas, una por una, todas las

palabras de la historia que me había contado Matica de la hija del

desbravador andaluz y de su aprovechado marido. Pero ¿y qué? Suponiendo

que aquella historia fuera la pura verdad, ¿tenía algo que ver la

hija con las debilidades de los padres? Y aunque lo tuviera: la que

más limpia se juzgase de esas máculas, ¿se atrevería á gritarlo muy

recio en la Puerta del Sol, sin miedo de que le sellara la boca algún

inesperado testimonio de lo contrario?

Á un razonamiento semejante sometí los fresquísimos recuerdos de las

causas en que se fundaba el odio popular á Valenzuela. Esto, por lo

que respecta al _posse_ del asunto. Por lo que hace al _cuándo_, ya

me parecieron más atendibles aquellos precedentes, por lo mal que se

acomodaban con mis flamantes títulos de revolucionario de nota. La

soldadura de ambos apellidos no podía lograrse en aquellos días, sin

un estruendo que despertara los adormecidos odios y expusiera á muy

rudas y peligrosas pruebas el temple de mi buena fortuna. Cierto que,

mirando el asunto por la cara buena, para lavar originarios pecados de

polaquería, ningún Jordán como yo en aquel entonces; pero en la duda

sobre la eficacia del lavatorio, ¿cuánto mejor era poner la confianza

en la voluble condición del populacho y aguardar á que el río de sus

iras se encauzara y tornara á correr manso y tranquilo, como correría

en breve si el empuje de alguna imprudencia ó de alguna debilidad del

Gobierno imperante no le embravecía de nuevo?

No se diga tan mal de mi cordura, cuando á tales reflexiones me

entregaba en medio de la amorosa fiebre que me consumía... Verdad que

más cuerdo hubiera sido no ponerme en ocasión de entregarme á ellas,

y mucho más cuerdo todavía someter la enfermedad determinante de la

ocasión á un tratamiento racional, antes de declararme vencido por

ella; mas para todo esto era preciso que Clara hubiera sido una mujer

como todas las demás, y yo un «apreciable joven» que andaba á caza de

gangas; en el cual caso ni hubiera acontecido lo que aconteció, ni me

hubiera sobrevenido la fiebre, ni yo hubiera tenido que pensar en el

modo de curarme de ella.

El trance mío era un trance verdaderamente excepcional: excepcional por

la rapidez y extrañeza de los sucesos que me habían colocado en él; por

la índole singularísima de Clara; por la misma frescura y virginidad

de mi pasión, y excepcionalmente tenía que resolverse, y no por los

trámites usuales en todos los _compromisos_ que llegan por sus pasos

contados y se acomodan á la estrechez de las argucias retóricas, ó

pueden reducirse á fríos cálculos de aritmética.

Apuntaban ya las primeras destemplanzas del invierno, cuando volvió á

Madrid la familia Valenzuela; pero no á la calle del Príncipe, sino

á otra bastante más retirada. Había aconsejado yo este cambio de

domicilio en mi constante propósito de alejar del olfato populachero

todo rastro que pudiera inspirar malas tentaciones, á la hora menos

pensada. Yo mismo busqué la nueva habitación por encargo de Clara; y,

por su encargo también, dirigí los mecánicos trabajos de la mudanza.

Cuando la enteré de que iban á comenzarse, «cuídame mucho», me

escribió, «mi tocador Luis XV, mi mecedora japonesa, mi escritorio de

ébano...». Y así iba, la condenada de ella, enumerándome los muebles y

objetos de su uso particularísimo, como si se anticipara á satisfacer

la ardiente curiosidad que yo sentí al entrar en la abandonada

vivienda, ó supiera las extrañas impresiones que produce en un hombre

enamorado la contemplación del aposento de la mujer amada, y se

complaciera en obligarme á preguntar por el suyo, por si no se me había

ocurrido á mí.

¡Con qué celo tan pegajoso y hasta impertinente cumplí su encargo! No

me hartaba de resobar aquéllos tan varios como innumerables, lindos y

_elocuentes_ trastos y cachivaches, en los cuales me era lícito poner

las manos.

Solamente las mías se emplearon en acomodarlos en el gabinete de la

nueva casa, elegido por Clara en presencia de un planito muy curioso

que yo le tracé en una carta. No sé qué tal me porté en aquel empeño,

pues á pesar de poner en él los cinco sentidos y tener en la memoria el

orden de colocación anterior de las mismas cosas, todo era de temer en

un hombre tan desmañado como yo; pero lo esencial era hacerlo al gusto

de Clara; y lo que es eso, vive Dios que lo conseguí, con pruebas sobre

el terreno.

Pues á pesar de todas éstas y otras minuciosidades íntimas, señal de la

perfecta concordancia de nuestros amorosos ímpetus, nada la hablé del

transcendental propósito formado por mí durante su ausencia; no porque

me arrepintiera de haberle formado ni por temor de que no se aceptara,

sino porque me complacía yo en saborear gota á gota todas las dulzuras

de aquel trámite antes de pasar á otro nuevo.

En esto, me ofreció la fortuna otro testimonio de que no se cansaba

de empujarme hacia arriba. El Ministro de la Gobernación, después

de encarecerme mucho la necesidad de llevar al Congreso hombres

notoriamente identificados con el nuevo orden de cosas; de prestigio

revolucionario y mimados del aura popular, me brindó con un distrito,

garantizándome el triunfo en él.

Confieso que me tentó mucho la oferta; pero no llegó á cegarme. Aunque

tenía formado mi juicio sobre el caso, le consulté con Clara. Para ella

vivía ya, con sus ojos miraba y con su entendimiento discurría, y nada

podía ser de mi gusto si no se acomodaba rigorosamente al suyo.

En su opinión, la tribuna del Congreso era algo más seria que la

de la plaza pública. Siendo yo diputado, estaba en la obligación,

por mis antecedentes oratorios, de tomar parte muy activa en los

debates políticos; y era muy probable que, por la extrañeza del

lugar ó por la calidad y destreza de mis adversarios, y, sobre todo,

por desconocimiento del asunto, hiciera allí un triste papel y me

pisotearan los laureles ganados y la fama adquirida entre las turbas

amotinadas, en los apasionados debates del _club_ y en los corrillos de

las plazuelas. Más adelante, con algún conocimiento del teatro y mejor

estudio del papel, era cuando debía yo aspirar al aplauso de que me

hacían merecedor mis excepcionales dotes de tribuno.

Exactamente lo mismo que yo pensaba, y lo propio que me dijo Matica al

otro día al saber de mi boca que no había querido aceptar la oferta

del ministro. Verdad que se asombró de éste mi rasgo de cordura tan

poco frecuente entre los castizos españoles, y, sobre todo, á mi edad

y en circunstancias tan tentadoras como las que me rodeaban; pero

más asombrado estaba yo, por conocer la fuerza del hechizo que á tan

insólitas abnegaciones me conducía, sin amago de resistencia ni asomo

de disgusto.

Estos tranquilos y sazonados testimonios del interés con que ligaba

Clara su atención á todos mis asuntos personalísimos, me enloquecían

mucho más que sus apasionados abandonos; y como nada me quedaba ya que

saborear en el trámite de las protestas mutuas y de las confianzas

íntimas en que vivimos durante un mes, aventuré la declaración de mi

arraigado propósito transcendental, en los términos menos prosaicos y

ramplones que pude, de manera que resultaran, más bien que comienzo en

seco de un nuevo capítulo, tintas vagas, palabras decorativas del fin

del anterior. La necesidad me hizo conocer entonces que con una mujer

de tan buen gusto como aquélla, aun ofreciéndola lo mismo que desea,

puede perderse todo lo ganado en su estimación. Cuestión de estilo y

de oportunidad. Á mí me salió tal cual la oferta.

No le dió la menor importancia; como no se le da á lo que se espera y

se ve llegar á su debido tiempo. Así es que, para ella, este punto de

nuestro amoroso empeño parecía un punto secundario: le trató con la

mayor frescura.

--No hay que pensar en eso por ahora,--me dijo al último.

Y tras esto, me expuso las mismas razones que yo tuve, cuando se me

metió entre los cascos el propósito, para aplazar su ejecución hasta

más allá de mis deseos; y aun me añadió otras de puro respeto á la

excepcional y medio luctuosa situación de su familia, que me parecieron

muy cuerdas y atendibles. Por conclusión me dijo:

--Ó estas cosas políticas se encarrilan pronto, ó se van por la posta.

De cualquier modo, el juicio, si no el cansancio, ha de imponerse á

las malas pasiones; hará el olvido lo que no haga la justicia con los

ausentes; y si éstos no vuelven todavía, para entonces habrá llegado la

primavera, que es la estación de las flores, de los pájaros... y de los

_nidos_.

Cómo pronunció esta palabra su boca y qué acento la dieron sus ojos,

el demonio que lo pinte: yo me declaro incapaz de ello, no obstante la

exactitud con que guardo en la memoria la eléctrica impresión que me

produjo aquel conjunto diabólico de sonidos, de fulgores y de malicia.

La eternidad me parecieron entonces los pocos meses que me separaban de

aquella primavera africana, de tal modo prometida.

Al otro día escribí á mi padre, sometiendo á su parecer el punto, en

abstracto, de mi _posible_ casamiento.

«Es el estado perfecto del hombre--me respondió á vuelta de correo,--al

decir no sé si del Espíritu Santo ó de un Padre de la Iglesia; pero el

dicho es de autoridad competente, y el hecho de notoria necesidad, así

por la ley de Dios como por la de la Naturaleza.--Pláceme verte llevar

los pensamientos por tan buen camino. Hombre eres ya dueño de ti mismo;

á nadie sino á Dios debes lo que vales y lo que posees, puesto que

hasta con réditos has devuelto á tus hermanos (y era la pura verdad)

las sumas del vil metal que te anticiparon para emprender la carrera.

En cuanto á mí, sin contar las prodigalidades de la misma especie con

que á menudo me agasajas, aún me debes mucho menos; pues, siendo tu

padre, tus prosperidades son las mías, tus virtudes refluyen sobre mí,

y tus glorias resplandecen en mis honradas canas.

»Pero ¿tienes, por ventura, elección hecha ya? Porque asunto es

ese que me tocas, que no suele ventilarse sino cuando el corazón se

halla interesado en él. Ese es, hijo mío, el punto más delicado de la

cuestión: el acierto en la elección de compañera. Háblame de esto».

Y le hablé largo y tendido, porque hablar de _ella_ y con _ella_, y

pensar en _ella_, era mi incesante entretenimiento; y por lo mismo que

él la había conocido descarnada y enfermiza, gasté un plieguecillo

entero en pintársela tal como se había vuelto, y cerca de otros dos en

ponderarle sus talentos y virtudes.

Contaba yo con que le había de alegrar la noticia, porque sabía hasta

qué punto le tenía sorbido el seso la pomposidad de Valenzuela; pero

con saberlo tanto, no pude imaginarme el grado de exaltación á que

llegó su alegría al averiguar que estaba á pique de ser consuegro de

tal hombre. Se conocía por lo irregular de la letra, de ordinario

limpia y correcta, como la mejor bastarda de su tiempo, que le había

temblado la mano al escribirme cuatro caras en folio, de ardorosos

plácemes y de fervientes aleluyas, con maliciosas insinuaciones

enderezadas á la probable quemazón de los Garcías. Por conclusión me

preguntaba:

--«¿Y qué dice de esto mi buen amigo y, por la gracia de Dios y de tus

altos merecimientos, mucho más que amigo dentro de poco, el excelente

caballero don Augusto?».

La verdad es que ni siquiera había pensado en preguntárselo. Era asunto

de la exclusiva dirección de Clara, y á su cargo corría el cumplimiento

de todos esos preliminares íntimos. Yo, hasta entonces, no era

_oficialmente_ en la familia más que un amigo de la mayor confianza.

De las _cosas_ de Pilita y de las miradas de la duquesa, deducía yo

que ambas estaban en el secreto de mis intenciones; y estándolo ellas,

lo estaría también Valenzuela; pero como el parecer de estas gentes me

tenía sin cuidado, mientras el de Clara se conformase al mío, ateníame

á él sin pensar en otra cosa ni dárseme una higa por toda la casta de

los restantes Valenzuelas.

Andando los días, y ya muy cerca de los últimos del invierno;

regularizada la marcha de la cosa política; fríos los rencores

populares, y cuando la familia Valenzuela, tras unos meses de

recogimiento y de vida modesta y sosegada, salía á la calle á pie sin

excitar la curiosidad sospechosa de las gentes que la conocían; cuando,

merced á esta conducta prudente y á ciertas voces que yo había sabido

propagar á tiempo, comenzaba el público impresionable á convencerse de

que la fama había calumniado en más de la mitad de sus vociferaciones

al fugitivo manchego, y se trocaban las maldiciones al padre en

muestras de compasión á su familia, me dijo Clara:

--Ahora es la ocasión de hacer _eso_.

_Eso_ era, según lo tratado en otras conversaciones, llenar el

requisito, _pro fórmula_, de pedir _oficialmente_ su mano.

Aquel mismo día escribí con la mía temblorosa, no por el miedo á una

repulsa contra lo que estaba bien garantido, sino por lo que el acto

me aproximaba á la _primavera_, una carta al desterrado personaje, con

todas las finezas, declaraciones y salvedades de rigorosa necesidad en

trances de tal naturaleza. Vestíme en seguida con algún esmero mayor

que el de costumbre; y depositando con mi propia mano la carta en el

correo, fuíme á ver solemnemente á Pilita.

Cumplí como un bravo mi cometido, y me asombré como nunca de la

insubstancialidad de aquella mujer, que ni siquiera supo disimular la

poca gracia que le hacía el ingreso de un hombre de tan poca _sociedad_

como yo, en una familia tan coruscante como la suya. Así traduje sus

gestos empalagosos, y los cuatro siseos y la media docena escasa de

monosílabos con que respondió, con la cabeza entornada y los ojos

fruncidos, á mi demanda cortés. Llamó á Clara; enteróla solemnemente de

mis pretensiones, como si las dos no las conocieran tan bien como yo; y

á pique nos vimos todos, por la simplicidad de la madre y el malicioso

mirar de la hija al encararse conmigo, de que tocara en lo bufo aquella

singular escena dirigida por la cómica gravedad de Pilita.

La contestación de Valenzuela llegó á vuelta de correo. ¡Tenía que

ver! De todo me hablaba en ella: de la revolución; de sus injusticias

con los hombres necesarios, íntegros y abnegados como él; del día no

lejano de las grandes reparaciones; del «pan del ostracismo»; de la

nostalgia de la patria querida y de la familia adorada; de la política

de Espartero y del abrazo de O'Donnell...

Al fin respondía á mi instancia, otorgándome el solicitado

consentimiento, ya que en ello se cifraba la felicidad de su hija;

rogábame que continuara yo siendo el amparo de _toda_ su familia

mientras él se viera obligado, por la maldad de los hombres, á gemir,

_pobre_ y calumniado, en lejana tierra extranjera; y para compartir

conmigo el peso de la carga que echaba sobre mis hombros, anticipábame

gustosísimo... su paternal bendición.

Con esto quedó definitivamente rematado el asunto aquella misma noche,

y acordada la boda para los primeros días de mayo; pero sin ruido ni

ostentación, en la intimidad del hogar, como si nada extraordinario

aconteciera. Ni aconsejada por mí hubiera la necesidad dispuesto estas

cosas más al gusto de mis deseos.

Y para que todo anduviera á la medida de ellos en tan venturosos

instantes, al otro día votaron las Cortes una pensión á la huérfana

de don Serafín Balduque, «veterano servidor de la patria, perseguido

durante su larga carrera por los rencores y las injusticias de los

tiranos, y muerto heroicamente en lo alto de una barricada, proclamando

á gritos la santa causa de la libertad y de la justicia». Este fué el

tema, suministrado por mí, de acuerdo con el ministro, del discurso

con que ganó el pleito el diputado de mejores pulmones que hallamos en

la mayoría. Así es que se votó la proposición de ley sin el más leve

tropiezo.

Aquel mismo día era el elegido por mí para dar, en confianza, parte de

mi casamiento á los amigos de mi mayor intimidad. Pensaba comenzar por

Carmen. ¡Qué ocasión tan oportuna para llevarle la noticia del acuerdo

tomado por las Cortes! ¡Dos alegrías á un tiempo para la pobrecita!

Bien las necesitaba; pues aunque ya se sonreía algunas veces hablando

conmigo, señal era, más que de estar libre de la carga de pesadumbres,

de irse acostumbrando á ella. Fuíme á su casa.

Temiendo que se malograra el intento de la pensión, nunca la había

dicho una palabra acerca de ella. La noticia, pues, tenía que causarle

una gratísima sorpresa. Gozándome yo en considerarlo, díjele por entrar:

--Hoy es día de grandes acontecimientos, Carmen.

Y en seguida la hablé del que más la interesaba. No me habían engañado

mis presunciones: la noticia le produjo una verdadera alegría; yo la

sentí mayor al observarlo. Quica, que se hallaba presente, la abrazó,

haciendo pucheros y sorbiendo lágrimas. Después me preguntó Carmen:

--Y ¿por qué el Congreso se ha acordado de mí?

--Porque... porque Dios lo ha querido,--respondí yo.

--Cierto--me replicó ella;--pero de alguien se habrá valido acá abajo...

--Se supone; pero ¿qué más da eso?

--¡Mucho!--me contestó resuelta; y añadió, mirándome con una valentía

inusitada en ella:--¿Por qué he de privarme del gusto de saber que es

usted quien me ha hecho tan grande beneficio?

--Porque no es eso enteramente la verdad--repuse.--Cierto que yo

recomendé el asunto al diputado que le trató en las Cortes, y que antes

obtuve el beneplácito del ministro, y que... Pero, al fin y al cabo,

ese recurso fué uno entre los muchos propuestos por varios amigos míos

y de usted, animados de las mismas intenciones que yo. Luego no es á

mí sólo á quien tiene usted que agradecer esa verdadera reparación de

agravios debida por el Estado á un servidor tan antiguo, benemérito y

mal recompensado como el pobre don Serafín.

Como observé que la entretenía mucho hablar de estas cosas, seguí la

conversación hasta agotar la materia. Entonces, contando con que iba á

procurarle una nueva satisfacción,

--Vaya--le dije,--la segunda noticia del día.

Y en seguida la di, en crudo, la de mi casamiento. Le causó el mismo

efecto que el estallido inesperado de una bomba: un sacudimiento

convulsivo de pies á cabeza; palidez repentina del semblante; la

vista, entre asombrada y de espanto. Entendí que la acometía algún

acceso mortal, y miré á Quica alarmado. Estaba peor que su ama: boca,

narices, ojos... todas y cada una de las partes de su cara se habían

inflado de repente, y se movían, y se juntaban, y volvían á separarse,

contraíanse y se alzaban, como vejiga á medio henchir entre manos

infantiles; hasta que, al empuje de dos sollozos histéricos, brotaron

arroyos de los ojuelos fruncidos, y fué un charco de lágrimas toda la

faz.

Para impresión de alegría, me pareció demasiado todo aquello. Volví á

mirar á Carmen, y ya la hallé más serena.

--Esa boba--me dijo, con voz insegura,--todo lo convierte en llanto: el

mismo efecto le causa lo alegre que lo triste.

Á pique estuve de decirla: «no, pues en usted tampoco varían gran cosa

esas señales». Y como á las rarezas de Quica se agarró con notoria

terquedad para tema de nuestra escasa conversación, y ni siquiera se le

ocurrió preguntarme con quién me casaba, no traté de volver el diálogo

hacia ese lado; y me despedí bien pronto, un poquillo resentido de que

con tal indiferencia se recibiera en aquella casa la noticia de un

acontecimiento que tanto me interesaba á mí.

La tal noticia estaba de malas aquel día. Después de dársela á Carmen,

se la di á Matica; y también se quedó hecho una estatua al saber con

quién me casaba. Cierto que para explicar la sorpresa y el pasmo de

este amigo existía el antecedente de los horrores que me había contado

de toda la casta de mi novia; pero así y todo, para un hombre de las

malicias, del talento y de los recursos de Matica, aun en trances más

apurados que el en que yo le puse con la noticia, era demasiado pasmo

el suyo.

--¡Ah! si conocieras á Clara más de cerca, ¡de qué diverso modo

procederías!--pensaba yo caminando hacia su casa.

Y con esto me tranquilizaba.

Con Redondo, en cuyo periódico escribía yo artículos de política muy

á menudo, reñí de veras; porque su odio de sectario á los enemigos

de la libertad, y en especial á Valenzuela, se extendía implacable

hasta más allá de la cuarta generación de los odiados y de cuanto les

perteneciera. Me dijo muchas barbaridades en respuesta á la noticia que

le di _en confianza_.

El ministro se hizo cruces; pero éste, lo mismo que los amigos á

quienes fuí dando _en secreto_ la noticia, hallaban la justificación

del caso en los novelescos sucesos de marras, bien conocidos en Madrid,

y en la afamada, excepcional belleza de la heroína.

Á este solo dato se agarraron los estudiantes mis paisanos (con quienes

no vivía yo desde que era alto funcionario de la nación) para colmarme

de enhorabuenas. Uno de ellos la conocía de vista, y se la dió en

el acto á conocer á los demás en un retrato que les hizo en cuatro

frases _al fuego_ y media docena de expresivos trazos en el aire, con

las dos manos á la vez. Todos se declararon _polacos_ de la hija de

Valenzuela. Esto ocurría de sobremesa, y hasta la patrona se llegó á

brindar por su hermosa pupila. Pagaba yo el agasajo, y duró el jolgorio

largas horas. Un teólogo recién llegado del seminario de Toledo, donde

estudiaba (hoy ejemplar sacerdote y elocuentísimo orador sagrado), al

son de la bandurria, que tañía admirablemente, improvisó unas _aleluyas

epitalámicas_, en montañés _callealtero_, que fueron el más sabroso y

regocijado remate que podía darse á una fiesta como aquélla. Juráronme

todos guardar _el secreto_ de la noticia; y _chacun par son côté_, como

dijo uno de los presentes, al separarnos, y lo dice todavía en casos

parecidos; mozo entonces aspirante á boticario en una farmacia de la

calle del Príncipe; dirimidor más tarde de pleitos internacionales

en Marruecos; hoy casi viejo notario de la villa cercana, y padre

venturoso de no sé cuántos «lactantes».

Á pocos más que á éstos y á aquellos amigos y compañeros confié el

secreto de mis acordadas bodas. Con las mismas _precauciones_ las

había anunciado mi padre en la Montaña. Escribíame el santo varón

lamentándose de no poder asistir personalmente á ellas, por lo avanzado

de su edad y lo penoso del camino; y yo, que no se lo había propuesto,

no por olvido ni por falta de ganas de verle á mi lado, sino por muy

fundados recelos de otra especie, sospechaba que me lo decía por

tirarme de la lengua. Busqué con discreción el parecer de Clara, y

conocí, por los síntomas, que era opuesto al mío. Me causó honda pena

el descubrimiento. Cierto que tampoco su padre asistiría y que el acto

había de celebrarse con la mayor reserva posible; pero yo no hablaba

de Valenzuela con su hija con el despego y la frialdad que Clara al

mencionar entre dientes al pobre hidalgo que se desvivía por ella.

«Cuestión de temperamento; resabios de la corte»,--decíame á mí propio.

Y así daba á las cosas que no me agradaban de pronto (y que no dejaban

de abundar en aquella casa), el aspecto que más convenía á la ceguedad

de mi pasión.

Entre tanto, los días iban pasando, y yo contemplaba, mudo y

electrizado, cómo en el gabinete más espacioso de la casa se renovaba

todo su contenido, y se entretejían y barajaban muebles y cachivaches

que yo llamaría, si se me permitiera, _masculinos_ y _femeninos_, con

algún otro, más importante, del género _común de dos_; pasaba diaria

revista á los regalos que hacían á Clara sus amigos y los míos; le

enseñaba los recibidos por mí, que no eran muchos, y nos regalábamos

mutuamente tal cual alhaja y muchas miradas y muchas promesas, cada

cual en su estilo: yo siempre verboso y apasionado; ella serena y fría,

pero dando las lumbres á tiempo como los pedernales...

Y así fué acabándose abril muy poco á poco; y empezó mayo con sus

flores y sus pájaros... y sus _nidos_. Y un día me dijo Clara:

--Éste es el _nuestro_,--mostrándome hasta el fondo del recién

preparado gabinete, verdadero nido de amores, entre bóvedas de

misterioso ramaje.

Y aquella misma noche troqué por el dulce calor de sus blandos

algodones, las yermas soledades y el frío de mis playas de soltero.

[Ilustración]

[Ilustración]

Pedro Sánchez · 第 28 / 35 题