En este cielo alegre y sonrosado en que de tal modo despilfarraba sus
luces la estrella de mi fortuna, había una nube negra que á veces la
empañaba y muy á menudo me entristecía. Esta nube era el recuerdo de la
pobre Carmen, sola y cargada de penas y de luto.
Visitábala yo con la posible frecuencia; pero no podía arrancarla, por
más esfuerzos que hacía, de las cadenas de aquel dolor mudo que se
había apoderado de ella. Las grandes pesadumbres ofrecen también su
deleite en el recuerdo mismo de los sucesos que las producen. Guarda
la memoria los minuciosos trámites de la muerte que nos llevó del
mundo á un ser querido: allí están grabados todos, uno por uno, desde
la insignificante dolencia que le postró en el lecho, hasta el último
ruido del estertor de su agonía, con los más nimios pormenores de
las largas noches de vela; del rumor de los pasos del médico; del eco
de sus palabras, unas veces produciendo esperanzas, otras matando las
concebidas; del color de las coberturas del lecho; de la mortecina luz
de la escondida lámpara; de nuestras propias cavilaciones; de nuestros
sobresaltos... de todo; y de todo ello se habla después, porque esas
conversaciones parecen una continuación de lo pasado sin el abismo de
la muerte... Pero en la memoria de la infeliz Carmen no quedaba nada
de eso. Su padre, alejado de casa, lleno de vida; después un extraño,
turbado y conmovido, que la hace un triste relato de fieras matanzas
en la calle, y que, en vez de traerle lo que ella espera con mortales
ansias, le da la horrenda noticia de que un balazo casual lo tendió
sin vida sobre las duras piedras. ¡Ni siquiera el consuelo de besar su
frío cadáver! ¡Cómo no apartar los ojos del libro en que se grabaron
tales recuerdos? ¡Cómo llorar cuando el horror obstruye las fuentes del
sentimiento?
Así me explicaba yo, por conjeturas, la extraña actitud de Carmen; y
digo que por conjeturas, porque la desdichada persistía en su evidente
propósito de no hablar conmigo de su padre.
Era esto una grandísima contrariedad para mí, porque me alejaba
del único camino por donde yo podía llegar á conocer las verdaderas
necesidades de aquella casa, y tratar del modo de acudir á ellas; á lo
cual me obligaban tanto mi palabra empeñada á Balduque en los últimos
instantes de su vida, como los impulsos de mi corazón, lleno de afecto
sincero y de gratitud hacia aquellas infelices mujeres. No pudiendo
acercarme al asunto por derecho, buscábale por apartada callejuela;
pero siempre me salía Carmen al encuentro para cerrarme el paso.
Una vez me dijo, atareada como siempre en sus labores de costura,
respondiendo con ello á unas mal disimuladas indirectas mías:
--Nunca el trabajo ha sido más abundante ni me ha entretenido tanto
como ahora: hasta nos sobra el dinero. ¡Cuando no nos hace falta! ¡Vea
usted qué oportunidad!
Aquel mismo día me dijo, lacónica y tristemente, al despedirme de ella:
--Mañana son los funerales.
Díjome también la hora y en qué templo, y fuíme. Busqué á Matica;
prestóse gustoso á acompañarme á aquel acto; invitamos á otros amigos,
unos porque conocieron vivo á Balduque, y todos porque tenían noticia
de su trágica muerte; y de este modo, el humilde túmulo alzado en el
centro de la iglesia, mientras las preces del coro y del altar se
elevaban al Dios de las Misericordias, no se vió solo entre cuatro
blandones funerarios.
En un momento en que cesaron los cánticos, oí sollozos detrás de mí.
Volví la cara y vi á lo lejos, en la penumbra de una capilla, dos
mujeres arrodilladas y cubiertas de luto. La una era Quica, y presumí
que la otra, cuyo rostro ocultaba el profuso velo de su manto, sería
Carmen.
Á la salida las esperamos Matica y yo á la puerta y las acompañamos
á casa. Durante el camino noté en la triste huérfana señales de una
emoción de que no la había visto poseída desde la muerte de su padre.
Comenzaba, sin duda, á ceder el obstáculo á los embates del contenido
torrente... ¡Pobre criatura!... No bien llegó á su casa, dejóse caer en
una silla; los sollozos la ahogaban; sus ojos se humedecían, y al fin,
convertidos en arroyos de lágrimas, dieron salida al dolor acumulado en
su pecho durante tantos días. La dejamos llorar, porque llorar en aquel
trance era suavizar las penas y tornar á la vida.
Después de llorar mucho, como si me viera por primera vez desde el
acontecimiento que ocasionaba sus lágrimas, comenzó á evocar todos
aquellos recuerdos de su padre que tuvieran alguna conexión conmigo:
sobre todo, los de nuestro viaje desde la Montaña y los del tiempo
en que hicimos juntos vida de familia. Hasta los más insignificantes
pormenores de estos sucesos conservaba en la memoria. Y aunque los
evocaba con el triste consuelo que siente el desterrado al pensar en la
patria y en los seres que no ha de ver más, al fin hablaba de cosas que
facilitaban el camino á mis propósitos. Siguiéndole con tino, llegamos
á tratar de ellos franca y abiertamente. Entonces me aseguró, sin el
menor síntoma de que me ocultaba la verdad, que le sobraba con el
recurso de su trabajo para atender á todas sus necesidades.
--Pero puede usted enfermar--la dijimos,--ó verse sin su fiel
compañera, á la hora menos pensada.
--¡No lo permita Dios!--repuso Carmen;--pero si tal sucediera, entonces
sería ocasión de utilizar el apoyo que tan de corazón me ofrecen
ustedes. Por ahora, con que no me olviden; con que de tarde en cuando
vengan á despejar un poco mis tristezas, harán mucho más de lo que yo
merezco.
--Convenido--repliqué, afectando un tono de broma que no sé si pegaba
bien allí;--pero á condición de que no me ha de ocultar usted el primer
apuro en que se vea.
--¡Cómo he de olvidar yo--respondióme conmovida y con el alma
palpitando en el dulce mirar de sus ojos,--que es usted el único amparo
que me queda en el mundo?
Poco después salíamos mi amigo y yo de aquella triste casa, tristes
también los dos. De camino tratamos, y no por primera vez, del modo de
conseguir que luciera en beneficio material de la huérfana la heroica
muerte de su padre en lo más alto de una barricada.
--Imperdonable sería en nosotros, y sobre todo en usted que tanto puede
y vale ahora, que por falta de protección se desgraciara tan angelical
criatura.
¡Y eso que sólo la conocía por lo poco que había visto, y los vagos
informes que le había dado yo!
Acontecía todo esto el mismo día señalado para el viaje de Clara con
su familia. La noche anterior habíamos hecho una escapadita, en hora
conveniente, á la calle del Príncipe, para que Pilita y sus hijos
prepararan los equipajes que habían de remitirse, como de la duquesa
del Pico, al punto designado por ésta. Después volvimos felizmente á
nuestro escondite, del cual, mejor que de su casa, podrían salir, sin
riesgo de ser conocidas, para tomar el carruaje en que irían con la
duquesa á esperar el coche-correo al camino de Francia. Todas estas
precauciones se habían adoptado por mi consejo; y además proveí á las
viajeras de los documentos y salvoconductos necesarios para que las
acompañara por todas partes la protección _oficial_ del Ministro. Eso
y más podía yo entonces, y ninguna ocasión mejor que aquélla para
lucirlo. Estaba delante la duquesa, que por indicación de Pilita
había ido unos instantes á ponerse de acuerdo con sus amigas, cuando
yo entregaba á éstas los papeles, y las informaba de lo que valían.
Pilita, no obstante su pueril egoísmo, me miró con el asombro pintado
en la revocada faz; pero la duquesa, mujer de intriga, viuda pertinaz,
solitaria é independiente, que no ignoraba la calidad de los vínculos
que me unían á sus amigas, después de dedicar un gestecillo burlón
al asombro de Pilita, miróme á mí, y en seguida á Clara, con una
sonrisilla imperceptible; ¡pero tan maliciosa!... Clara la resistió
bien; pero yo me puse más colorado que un tomate. Después de este
suceso fué cuando acompañé á la familia Valenzuela á su casa. Los
únicos instantes en que nos vimos un poco separados de Pilita y su hijo
Clara y yo, los aprovechó ésta para decirme, con hechicera burla:
--Hay que convenir en que, ó miente la fama muy á menudo, ó los
valientes, vistos de cerca, en el trato ordinario, tienen bien poco
que admirar.
--¿Por qué me dice usted eso?--la pregunté siguiéndole el humor.
--Porque usted, tan sereno entre las balas, no resiste sin inmutarse la
mirada de una mujer curiosa. ¡Cuánto más valiente soy yo que usted!
--El efecto de ciertas miradas--repliqué comprendiéndola,--no depende
del temple de ellas mismas, sino de la importancia de lo que descubren.
Por tanto, entre usted y yo no cabe comparación en el lance á que se
refiere.
--Lo cual es lo mismo que suponer--repuso Clara,--que yo no tengo nada
que ocultar á la curiosidad de la mirada que á usted le turbó tanto...
Hay que hablar de esto, y muy á fondo...
Con harto pesar mío cortó aquí nuestro diálogo la intrusión
impertinente de Pilita; diálogo que en toda la noche logramos reanudar,
ni mucho menos á la mañana siguiente, por los tristes motivos
consignados más atrás.
Con estos antecedentes, júzguese si podían ser más opuestas entre sí
las dos fuerzas entre las cuales se agitaba mi espíritu en el momento
de separarme de Matica cerca del portal de mi casa. De un lado, el
recuerdo de Carmen, pobre, sola y desconsolada; de otro, el anhelo
de saborear las confidencias íntimas, de descubrir los secretos del
corazón de una hermosa mujer que tanto pesaba ya en el mío. ¡Singulares
contrastes de la vida!
Faltaban apenas dos horas para la marcha de Clara, y la brevedad de
este tiempo aguijoneaba mis vehementes deseos de pasarle todo á su
lado. Después que ella se fuera, ¡qué triste y solitario quedaría
todo en mi derredor! Casi me arrepentía de haberla aconsejado que se
marchara. Cuando hay de por medio ciertos antojillos del corazón, ó de
cosa que lo parezca, se hace uno un egoísta de todos los diablos.
Subí. La hallé arreglando unos cachivaches de camino sobre el velador
de la sala. Ya estaba vestida; pero sin arrequives ni perifollos: todo
liso, entre-claro, y _á cuerpo_. ¡Qué cuerpo, señor! ¡Qué plenitud tan
armónica! ¡Qué turgencia, qué frescura! El pelo, dispuesto ya para
recibir el sombrero de camino, caía por los lados en tirabuzones, que
se estremecían en cuanto rozaban la tersa y redonda superficie del
cuello al menor movimiento de la cabeza; ¡y qué cabeza, con aquel
peinado y sobre las curvas gallardas de aquellos hombros helénicos!
Pilita estaba encerrada en el gabinete con la doncella que había ido á
ayudarlas en tan complicadas faenas; Manolo, en su cuarto, vistiéndose
también: se oían desde la sala los hipidos con que destrozaba á Verdi.
Clara, pues, estaba sola en aquellos momentos.
Me quedé hecho una bestia contemplándola. Volvióse hacia mí, y me dijo
afablemente, sin abandonar la obra en que se empleaban sus ebúrneas
manos:
--Comenzaba á temer que tendría que despedirme de usted por el correo.
--¡No lo permitiera Dios!--respondí con el corazón en la lengua.
--Pues juzgue el más indolente: estoy ya con el pie en el estribo, y
desde anoche no nos hemos visto hasta ahora... Esto, por sí solo, ya es
algo... sin contar--y aquí hizo una breve pausa, como si exigiera toda
su atención una lazadita que estaba dando á la cinta de un diminuto
envoltorio que al fin guardó en un precioso saquito de mano,--sin
contar... con que en nuestra última conversación quedó un grave asunto
pendiente.
Esta tentadora alusión á un hecho que desde que había acontecido no
se apartaba un instante de mi memoria, prodújome tales brincos en el
corazón y tales porrazos en las sienes, que apenas acerté á exponer la
razón de mi larga ausencia.
--En cuanto al asunto pendiente entre nosotros--añadí, temblándome un
poquillo las piernas y la voz;--en cuanto á ese asunto...
Y me atajó Clara aquí, después de observar mi turbación con el rabillo
del ojo, diciéndome:
--Pudiera usted desear que no se ventilara hasta mi vuelta... Hay
gustos.
--¡No, Clara, no!--exclamé entonces sin poder refrenar la vehemencia de
mi deseo.--No soy hombre de ese temple: no es posible que goce mi alma
un instante de sosiego con el escozor de tal incertidumbre. ¡Juzgue
usted si habré contado bien todas las horas del día, y qué esfuerzo no
hubiera sido capaz de hacer para no gastar estos instantes fuera de
casa!
Nunca tal aire de melodramática solemnidad había dado á mis palabras
hablando con Clara, y eso que no era la primera vez que me valía de
parecidos recodos para responderla; verdad que tampoco habían sido tan
diáfanos nuestros «asuntos pendientes», ni me había puesto ella tan en
el disparadero como entonces, ni estado tan cerca de apartarse de mí
por larga temporada.
Como dió por terminada la sencilla faena que la entretenía,
precisamente al pronunciar yo la última palabra, dejando el saquito
y otras monerías colocadas sobre la mesa con el aseo y el primor con
que saben hacer esas cosas las mujeres elegantes, vínose hacia mí; y
mientras se movía y me miraba, y con el finísimo pañuelo de la mano se
frotaba suavemente las dos, díjome, no en tono tan alto ni tan firme
como de costumbre:
--¡Ea, pues! ánimo, y aprovechémoslos, por lo mismo que son tan breves,
si el asunto le interesa á usted tanto como parece.
Yo estaba cerca del sofá; sentóse Clara en él, y maquinalmente me dejé
caer á su lado.
---No olvide usted--me dijo,--que se trata de saber quién de los dos
ha sido más valiente en cierto trance, y por qué lo ha sido. Va á ser
esto, pues, una especie de duelo entre dos valientes: breve y sin
cuartel. Verdad que á mí me falta, para entrar en él, la maestría que
quizá le sobra á usted, porque esa se adquiere con la experiencia,
y yo no la tengo; pero la supliré con mi carácter, que es firme y
desengañado, y allá saldremos los dos con escasa diferencia.
Y vea usted: ¡tanto alarde de valentía, ella que no los necesitaba de
ordinario, precisamente cuando lo inseguro de su voz, la palidez de
su rostro y otras señales bien ostensibles, declaraban á gritos que
estaba muerta de miedo! Y ¡cosa más extraña aún!: yo que lo conocía, en
lugar de envalentonarme con ella, más me encogía y me apocaba, y más
fuerte y desordenado era el latir de mi corazón.
--Á usted le toca empezar--añadió Clara tras una ligera pausa;--y sea
breve y conciso, si no quiere que nos interrumpan á lo mejor.
¡Dios mío, qué trance aquél! Yo me acordaba de todos los amantes
imberbes de las tertulias graves y de los bailes por lo fino; yo me
veía como los había visto á ellos tantas veces, atarugados, lacrimosos
y sentimentales, haciendo, con hiperbólicos rodeos, una declaración
rimbombante y mimosona, á una mujer que les apagaba los imaginados
fuegos con una burlona sonrisa, cuando no con una carcajada. Y me
acordaba de ellos, porque ni estaba yo menos conmovido, ni menos
atarugado. Por otra parte, pensaba que aquel trance no había sido
buscado por mí; y que, aun sin esto, yo tenía algunos títulos en qué
fundar, cuando menos, la esperanza de que no se rieran de mis cuitas;
cierto derecho á decir lo que sentía, y pruebas notorias de que lo
sentía de veras. Pero si yo no era un amante imberbe, soñador ni
ridículo, Clara, cuya actitud podía engañarme, estaba á cien leguas
del tipo común de las mujeres, por su temperamento, por su carácter
y hasta por su inteligencia. La proporción resultaba, y el riesgo,
por ende, existía. Y con estas cavilaciones que me acometían con la
velocidad y hasta con la luz deslumbradora del rayo, esquivaba el tema
del asunto y me escondía detrás de una metáfora, ó me escapaba por
una callejuela de vulgaridades. Pero los ojos de Clara me perseguían
implacables; y aguijándome con la mirada, tornábanme dócil y manso al
redil. En una de estas escaramuzas me amarró diciéndome:
--Porque usted se puso colorado y yo no, al mirarnos á los dos unos
mismos ojos, me tuve por más valiente que usted; y usted me negó esta
ventaja que yo creo llevarle, so pretexto de que á usted no le ruborizó
la mirada por ser mirada, sino por lo que descubría. Es decir, que
en demostrando yo que había en mí tanto que descubrir como en usted,
queda probado que soy mucho más valiente, puesto que resistí la mirada
sin inmutarme. Esta es la cuestión: ver lo que hay oculto en usted, y
ver lo que hay oculto en mí. Ahora vengan esos secretos de usted, y en
seguida aparecerán los míos.
No había escape. Era preciso resolverse, y me resolví; se necesitaba
valor, y le tuve. Pero me faltó el método, y hasta el estilo. ¡Tiene
tres perendengues esto de declarar cosas tan serias á una mujer de
talento! En tomar bien el asunto consiste todo; porque el trance está
tan cerca de lo serio como de lo ridículo, y á mí todas las tentativas
se me inclinaban á este lado. Cuando los gladiadores romanos estudiaban
tanto el modo de caer con gracia sobre la arena del Circo, por algo lo
hacían.
--Clara--dije al fin, sudando de congoja,--le juro á usted que no es
valor lo que me falta para declarar todo lo que siento: es que no hallo
modo que me satisfaga, sin temor de que la pintura no sea digna del
asunto, ni de usted que me la inspira.
Sonrióse ella y atajóme diciéndome:
--Voy á ayudarle á usted á salir del apuro... ¡y, por Dios, no se
ría de mí si me equivoco en mis presunciones! Hace algún tiempo (no
mucho) que en el corazón de usted ocupo yo un sitio algo mayor del que
ordinariamente se otorga á una amiga. ¿Es cierto?
--No... porque le ocupa usted todo, le llena todo,--exclamé con
vehemencia tal, que me valió el dulcísimo castigo de que sellara mi
boca la tibia, fragante y suave mano de aquella sin igual mujer.
--Es decir--continuó ésta, bajando la voz y retirando su mano de mis
labios convulsos,--hablando en castellano corriente, llamando á las
cosas por su nombre, que usted... me quiere un poco...
--¡No!--la interrumpí, borracho de dulces emociones,--¡sino con toda
mi alma, con toda mi vida, con todo el fervor de un corazón que siente
esas cosas por primera vez!
--Sea así--repuso Clara,--y tanto mejor. Ya sabemos qué secretos eran
los que intentaba descubrir en usted la mirada de mi amiga. Réstanos
saber ahora si yo tenía otros idénticos que ocultar de ella... Apurado
es el trance para mí; pero no he de tomarlo por pretexto para faltar á
la palabra empeñada.
En este instante era yo todo ojos y oídos y nervios y ansiedad; todo
menos un hombre en su cabal razón; y ¡qué demonio! el caso lo pedía.
¡Y precisamente fué este instante el escogido por el estúpido Manolo
para acercarse á preguntar á su hermana si con el traje claro de camino
_jugaría_ mejor la corbata de piqué _á lunares marrón_, que la de
_granadina crema_! Apartóse Clara repentinamente de mí en cuanto oyó
los pasos de su hermano; y no sé qué sequedad le respondí cuando se
llegó á saludarme. Clara, que estaba tan impaciente y tan contrariada
como yo, despidióle lo antes y lo menos mal que pudo; pero apenas
había salido de la sala, cuando apareció Pilita en ella, incrustada en
revoques y postizos, juguetona, dengosa, impertinente, como niño mal
educado que se sale con la suya.
Desde aquel momento todo fué ruido y movimiento allí. La doncella
que entraba y salía, recogiendo cosas que había de llevarse después
que se marcharan sus amos; la patrona que ayudaba á la doncella; el
criado que servía á Manolo y dejaba sobre una silla el rollo de mantas,
bastones y paraguas; las mil advertencias de Pilita á sus sirvientes,
para entonces y para después; su incesante asedio á Clara para que
concluyera de arreglarse; sus llamadas á Manolo para que hiciera lo
mismo; la entrada de Manolo; sus cien preguntas impertinentes; sus
cánticos inaguantables á la sordina; la lluvia de cumplidos falsos de
él y de su madre conmigo: «la pena que sentían al separarse de un amigo
tan excelente; que mejor haría en irme con ellos...» en fin, no se los
podía aguantar en una situación de ánimo como la mía; sobre todo, desde
que Clara, complaciendo á su madre, había entrado en el gabinete y me
faltó el dulce recreo de sus furtivas miradas y el espectáculo de su
presencia. Duró este barullo cerca de una hora, y terminó con otro
mucho más estrepitoso, armado tan pronto como se supo que el coche
esperaba en la calle.
¡El coche en la calle ya; Clara lejos de mí, y el _punto_ sin resolver!
¡Cómo pintar la comezón, la impaciencia que me consumía y me llevaba
de un lado para otro, pulverizando entre mis dedos las puntas de los
bigotes, á fuerza de retorcerlos maquinalmente?
En tanto, Pilita y Manolo no cesaban de gritar ni de moverse.
--¡Acaba, hija mía!... ¡Clara, por Dios!... ¡que aguarda el coche!...
¡que nos espera Chuncha!... ¡que se hace tarde!... Pero ¿no vienes?...
Pero ¿no acabas?...
Y vino al fin Clara. Traía sobre sus hombros una manteleta ó chal, ó
no sé qué, pues nunca fuí gran inteligente en el ramo de indumentaria
femenil; pero ello era cosa muy elegante y suelta, y entonaba muy bien
con el resto del traje; y cubríala parte de la frente el mal recogido y
tenue velo de gasa azul de su sombrero de paja, bajo cuyas dos aletas
laterales, sujetas con ancha cinta anudada sobre la garganta, asomaban,
trémulos y desmayados, los negros tirabuzones. Calzábase uno de los
guantes con la otra mano, desnuda todavía. Pilita, al verla, argadillo
y carraca á la vez, por lo que se movía y alborotaba, tocábalo todo,
dejábalo después, empujaba á su hijo, cargábale con algo, descargábale
de ello en seguida, endosábaselo á Clara; y que «vamos», y que «no
olvidéis alguna cosa», y que «por aquí» y que «por allá». Nadie se
movía con arte. Vino el criado y cargó con lo más voluminoso... ¡Y
llegó el momento de salir!
Yo no sabía qué hacer. Miré á Clara, que estaba inalterable, y
parecióme que me decía algo con los ojos; algo que se ajustaba
perfectamente á mis deseos... ó que quise entender así. Lo cierto es
que al ver que ella no se movía, híceme yo también el roncero.
--Vayan saliendo todos--dijo entonces,--que yo cuidaré de que nada se
nos olvide.
Así hizo salir de la sala á su madre y á Manolo... Pero quedábase la
doncella á su lado.
--Baje usted esto al coche--díjole en cuanto reparó en ella,
entregándole... el _cabás_ que ya tenía en la mano.
Nos quedamos solos, solos un instante, en un rinconcito de la sala.
Después de convencerse de ello con una rápida mirada en su derredor, me
tendió su mano desnuda; y al rumor de las voces de los que se alejaban
por el tortuoso pasadizo, díjome, con el doble anhelo del interés y de
la prisa:
--Me voy con la pena de no dejar á Madrid asegurado de ciertos
peligros. Estas cosas no están bien afirmadas todavía. Puede
reproducirse en las calles, á la hora menos pensada, algo como lo
pasado. ¡Dios no lo permita!... ¡Pero si aconteciera!...
--¡Qué?--la interrumpí, admirado de tan extraño temor en aquel momento.
--Que basta ya de pruebas temerarias...
Creí comprenderla, y la dije, oprimiendo su mano palpitante entre las
mías nerviosas:
--Antes, casi empujándome hacia esas aventuras; y ahora queriendo
apartarme de ellas. ¿Por qué es eso, Clara? ¿Vale hoy mi vida más que
valía ayer?
--Para mí, ¡sí!--respondió con la bravura de una pasión
indómita;--¡porque _ya es mía_!... Por eso _no quiero_ que se
exponga... por eso _exijo_... ¡que no la _pierdas_!
¡Esto, todo esto cayó sobre mí, como si lo trajeran de repente los
efluvios de una tempestad; y estalló en mis oídos y repercutió en
mi corazón comprimido y en mi cerebro trastornado!... Y yo no hallé
palabras con qué traducir mis ideas en tumulto, ni voz con qué formar
las palabras; la luz de los ojos de aquella mujer irresistible me
envolvía en su centelleo fascinador; veía el agitado ondular de su
seno, y su boca estaba cerca de la mía... y aún nos acercamos más,
porque un mismo impulso nos movió á los dos; y entonces mis labios, que
no acertaban á modular una sílaba, sellaron en los suyos con fuego la
respuesta.
Apartóse de mí con la fuerza y la velocidad del rayo; salió de la sala,
y salí yo detrás, ciego, enloquecido...
¡Ay! ¡Aquella hermosa estatua; lo que yo creí, en un tiempo, frío y
duro mármol, abrasaba!
[Ilustración]
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