XXVI

Pero si las propias amarguras se dulcifican con las drogas de la

providente necesidad, y los dolores más vivos del alma se mitigan

y hasta se borran con el roce de los tiempos en su marcha fatal é

inalterable, ¿qué mucho que las tristezas engendradas por ajenos males

se desvanezcan con los vientos de la imaginación y las locuras de la

vanidad?

No olvidaba yo un punto á la desvalida huérfana de Balduque, ni se

apartaba de mi memoria la trágica é inopinada muerte de este pobre

hombre; pero no me creía tan obligado á llorarla como en el portal de

la calle de la Montera, cuando, por ejemplo, Clara, después de devorar

los relatos que la prensa hacía de los sangrientos lances, tan pronto

como se le permitió hablar de ellos á su gusto, relatos henchidos de

mi nombre y de mis proezas, me decía arrugando el periódico sobre su

falda y volviendo hacia mí sus negros ojos:

--¡Hubiera yo querido ver eso!

Y yo, al oirlo, ¡Dios me lo perdone! hubiérame arriesgado á repetirlo,

por solo el gusto de que lo viera.

Pilita, mujer fútil, alma insubstancial, sin otra aspiración ni otro

anhelo que ser un figurón decorativo del _gran mundo_, y encerrarse en

su tocador atestado de pringues y menjurges, no podía resistir la vida

en aquella humilde posada, ni aun considerando el por qué de estar en

ella.

Pasábase el día entre bostezos, suspiros y pueriles impaciencias,

insensible, extraña á todo, menos á su antojo de volver á su casa,

que, por un milagro de Dios, se había librado del saqueo á que estuvo

sentenciada. Ni cogía un libro ni una labor entre las manos, para hacer

más llevaderas las horas; oía bostezando el relato de los más terribles

sucesos de las recientes jornadas; y por no pensar en nada, ni siquiera

pensaba en el aún dudoso paradero de su marido.

--Pero si todo esto ha concluido ya--me dijo un día, medio escondida

detrás de su abanico,--¿por qué no nos volvemos á nuestra querida casa?

--Porque no es tiempo todavía, señora--respondí;--deje usted que

llegue Espartero, y entonces nos iremos.

--Y ¿qué tengo yo con ese buen hombre?

No podía meter en la cabeza de Pilita una idea tan trivial como

la relación que había entre su seguridad personal y la llegada de

Espartero á Madrid.

Más atrás dije que al cesar por completo las hostilidades entre la

tropa y el pueblo armado, éste se quedó arma al brazo en las calles

«por si acaso»; es decir, en garantía del cumplimiento de la oferta,

hecha por el trono, de que vendría el famoso general, á la sazón en

Zaragoza. Por de pronto, se convocó al Ayuntamiento y á la Diputación

disueltos en 1843; y estas liberales corporaciones, apenas reunidas, y

la Junta de armamento, que, _auctoritate qua fungor_, se despachaba en

todo con humos de gobierno provisional, comenzaron á funcionar en sus

respectivas esferas.

Tratóse de organizar la Milicia ciudadana, y fuimos declarados

milicianos _natos_ cuantos estábamos en las barricadas. Como jefe

de una de ellas, tenía yo un par de galones como dos soles en cada

bocamanga; y con éstos y mis proezas, sabidas de memoria hasta por los

chicuelos, dióseme el mismo grado en un batallón; es decir, que se me

aclamó comandante de él. Asignáronse, al mismo tiempo, cinco reales

diarios á cada sirviente de barricada, contando con que había en ellas

mucho pobre, y con que la cosa podía durar; y hete aquí que cada vecino

se dió á construir su barricadita particular á la puerta de la casa, y

á colocar en ella al hijo, y al amigo, y al aficionado, con sus fusiles

de verdad y su trompetita correspondiente, y hasta con su letrerito

indispensable en lo más alto, de: _Pena de muerte al ladrón_; con lo

cual Madrid, en un par de días, fué una verdadera red de barricadas,

cuya malla más grande apenas dejaba el espacio necesario para pasearse

el centinela, arma al brazo; conversar en pintorescos grupos los demás

héroes de servicio, y comer el rancho marcial _coram pópulo_... ¡Toma!

y que fueron estos intrusos los primeros en lucir el chambergo gris

con cinta verde, y la blusa y los calzones de dril; prendas que se

adoptaron, con mediana suerte, como distintivo de héroe de barricada;

y los que discurrieron adornarlas con arcos de fresco ramaje,

inscripciones épicas y retratos de generales y otros hombres del

partido revolucionario, tan pronto como el vecindario dió en recorrer

las calles, como un inmenso hormiguero, por los portillos abiertos

en las aceras. Y como en estas exhibiciones se ponían muy huecos

y marciales, llevábanse la admiración y el respeto de las gentes,

mientras el puñado de bolonios que habíamos cargado con la farda en los

tres días de balazos, tal vez pasábamos allí por patrioteros del día

siguiente.

Entre tanto, Espartero no llegaba, y nadie sabía decirnos por

qué; y entre el escrúpulo de Gobierno que teníamos, la Junta y el

Ayuntamiento, reinaba la más encantadora discordancia de pareceres;

de esta discordancia nacían la debilidad y el desprestigio de los

discordes; y las barricadas, llenas de gentes de todas procedencias y

de toda clase de aspiraciones, hacían lo que les daba la gana. En los

barrios del Sur, donde imperaban los _Miguelones_ y los _Puchetas_, se

fusilaba al _sursumcorda_ sin formación de proceso.

Así murió el famoso don Francisco Chico. Un día se presentó la turba

multa en su casa; le arrancó de la cama en que yacía postrado; le sentó

medio desnudo en unas angarillas; cogió después al portero que le

servía; echóle á andar junto á su amo; y en ruidosa procesión, calle de

Toledo abajo, llegó todo junto, entre oleadas de curiosos y de furias,

hasta el último tercio de ella; y allí, á las diez de la mañana,

arrimados los reos á una pared, con angarillas y todo... ¡cataplum!

Ésta era ya la tercera justicia que hacían aquellas bondadosísimas

gentes. Bajó San Miguel allá; echóles un trepe rudo entre algunos

piropos indispensables, y le prometieron la enmienda; pero no se

enmendaron cosa mayor.

Yo, que, por mi calidad de jefe, me hallaba en frecuente trato con la

Junta, sabía muy bien hasta qué punto la alarmaban éstos y parecidos

alardes de indisciplina y de rebelión, en circunstancias tan graves, y

el aprieto en que la ponían otros desmanes que, sin ser tan públicos ni

tan ruidosos, no eran menos temibles. Uno de estos peligros, en opinión

de la Junta, y aun del público rumor, era cierto _Círculo_ patriótico,

que celebraba de día sus sesiones públicas en un teatro; _club_ nacido

con el buen fin de ayudar en su difícil empresa á la Junta en aquel

peligroso interregno; pero descarrilado bien pronto por la ambición y

la pedantería. Tanto se contaba de lo mucho que se charlaba allí, y tal

importancia se daba á las peloteras que se armaban de vez en cuando, y

tan curioso y divertido lo pintaban cuantos lo habían visto, que un día

quise verlo yo también.

Presidía la junta ó mesa, ó como se llame, en medio del escenario, un

famoso conde muy progresista, y el público llenaba palcos y sillones.

Yo me acomodé, no sin dificultades, en una de las galerías bajas, muy

cerca del proscenio. Cuando entré, había allí un zipizape de todos los

demonios: la campanilla se desbadajaba sonando, y el público rugía

porque sí y porque no y porque qué sé yo; y un ciudadano anguloso, de

barba lacia y mirar sombrío, con poco pelo y ese muy erizado, el cual

ciudadano lo había revuelto todo, protestaba contra las imposiciones

de la presidencia y contra la presidencia misma y contra todas las

presidencias del mundo; porque--decía,--«yo soy tan liberal, que no

quiero presidentes de nada ni en ninguna parte, puesto que donde hay

presidencia hay tiranía».

La palabreja arrancó aplausos; calmóse el alboroto, y aprovechó la

tregua el orador para concluir pidiendo, _exigiendo_, de los tutores

de la revolución triunfante, que cuando entrara en Madrid el general

Espartero, fuera delante de él desde la Puerta de Alcalá, en la punta

de una lanza, la cabeza de... (y nombró la persona). Así descansó el

energúmeno y se quedó tan fresco.

Alzóse otro orador cerca de mí, porque le tocaba hacerlo en riguroso

turno. Era grandote y algo chato, aparatoso de traje, pródigo de

tirillas y pechera, y muy holgado de mangas. Echando más de medio

cuerpo fuera de la barandilla, precedido de un brazo descomunal,

comenzó en voz áspera un preludio majestuoso con los sobados temas

de «las conquistas del _nuestro_ glorioso alzamiento»; «la generosa

sangre de _nuestras_ venas, derramada por la causa de la libertad»; «la

tiranía derrocada por _nuestro_ heroico esfuerzo», y otros tales; dijo

que «la revolución no podía, sin deshonrarse, faltar á sus generosos

fines delante de la Europa civilizada que _nos_ estaba contemplando con

asombro»; y cuando yo pensé que todo aquel campaneo resonante iba con

los retóricos de la casa, salta y añade que con ocasión de haber ido él

á visitar el día anterior unas fincas de su propiedad (después supe que

nunca tuvo el preopinante otras fincas que unos granos de mala traza en

el cerviguillo) al inmediato pueblo de Jetafe, había visto, con honda

pena de su corazón, con vergüenza de sus sentimientos liberales, que

aquel ayuntamiento, «hechura de la ominosa situación derribada», aún

estaba sin disolver, «por intrigas de la mano oculta de la reacción,

para mengua y baldón de la causa de la libertad».

Tomóse en cuenta, entre aplausos, la denuncia; y apoyó el tema un

ciudadano de mal pelaje, desde un palco segundo, con el ejemplo de

una gran señora perteneciente al «lujo inmoral de un _latro-manate_»,

descubierta por él la pasada noche después de cuarenta y ocho horas de

pesquisas, cerca de Aranjuez, y traída á Madrid aquella misma mañana,

«á la _inominia_ pública, entre un piquete de veinte caballos, á son

de clarín». Verdad que al llegar supo que la dama arrestada no era

la prenda del _manate_, sino otra señora muy honrada que nada tenía

que ver con él. Pero para el caso daba lo mismo; el esfuerzo estaba

visto, y la voluntad probada. Eso y mucho más era él capaz de hacer

por la causa de la libertad, por la cual se había batido en la calle

de la Paloma, y velaría á pie firme mientras dormían los que debieran

defenderla.

Y como se tocaba el capítulo de servicios prestados á la revolución,

salieron á docenas, por otros tantos agujeros, los acreedores de la

pobre señora. Quién se alababa de haber hecho trizas hasta cuatro

_cajones_ de la policía; quién, de tener despellejados los dedos de

arrancar adoquines para hacer barricadas; quién, de haber roto con sus

propias manos, en el palacio de la calle de las Rejas, dos candeleros,

cinco cortinones y un reló de música; quién, de haber abofeteado en

la Puerta del Sol á un empleado «de los ladrones caídos, que huía á

esconderse, avergonzado de la luz de la libertad...». Salió también,

y por el foro, para mayor estruendo, un oficialete del ejército, que,

conmovido y tartajoso, dijo unas cosas que nadie entendió; pero tomóle

bajo su amparo un padre grave de los del capítulo del escenario, que

era buen orador y no mal médico, y díjonos que aquel valiente quería

decirnos, y no podía porque le embargaba patriótica emoción, que

hallándose en un puesto confiado á su lealtad y vigilancia por la

ominosa tiranía derrocada, se había pasado con todas las fuerzas de su

mando á la revolución, porque «antes que todo, y antes que soldado,

era liberal». Pensé yo que, después de contarnos esto el orador,

nos pediría un piquete para fusilar á aquel modelo de pundonorosos

capitanes; pero nos pidió que le otorgáramos todo nuestro amor y todo

nuestro entusiasmo, porque soldados como él eran los que necesitaba la

causa del pueblo... En fin, con decir que hasta Bujes, que asomó la

gaita por un proscenio bajo, hizo un discurso á mazo y escoplo, como

pudiera hacer una carreta, narrando los hechos heroicos consumados por

él y los ciudadanos de su calle, «para romper las cadenas con que los

oprimía el déspota», está dicho todo.

Aquello era una jaula de mentecatos, una puja indecente de

merecimientos que, ó eran ridículos, ó afrentaban la causa en cuyo

nombre se exponían; y todo iba á cuento, á vueltas de tanto cacareo de

abnegación y de sacrificios, de reclamar un mendrugo de los que habían

de repartirse tan pronto como llegara de Zaragoza el presidente del

nuevo festín. El asco y la ira me espoleaban; la lengua me hervía en la

boca, y al fin pedí la palabra. Los que se sentaban delante de mí, sin

duda para verme y oirme mejor, brindáronme con un hueco que hicieron

entre todos; aceptéle, y avancé hasta la barandilla que nos separaba

del patio de las lunetas.

Ya he dicho que poseía yo, amén de una voz de gran potencia, una

verbosidad extraordinaria, y ciertas naturales dotes de tribuno, no

muy comunes. Además, en aquel momento debía ofrecer mi persona el aire

pintoresco de un _condottiere_, ó de un bandido de teatro. Llevaba toda

la barba, que me había dejado crecer durante mi reclusión; holgado

cuello de camisa con corbata suelta al desgaire; descomunal cuchillo de

monte á la cintura, oculto á medias por la entreabierta tuina de dril,

de color ceniza, y sobre cuyas bocamangas brillaban los dobles galones

de comandante de barricada; tenía en la diestra un enorme chambergo

gris con escarapela, y aún ostentaba mi rostro las huellas del sol

abrasador de aquellos días de encarnizada lucha. Con tales dotes,

señas y arrequives, á poco esfuerzo que yo hiciera, el éxito no podía

ser dudoso en medio de aquel singularísimo concurso.

Sin más que exhibirme ante él, cierto rumorcillo que recorrió la sala

al instante, como brisa de verano en espeso robledal, me hizo creer que

comenzaba yo á ser objeto de la pública curiosidad, excitada por la

delación de alguien que me conocía allí. Esto ya era otra garantía del

buen éxito de mi empresa. Á lanzar iba la primera palabra, cuando el

presidente, pluma en mano, me interrumpió diciéndome:

--Sírvase declarar su nombre el ciudadano que va á hablar.

Á lo cual respondí yo, con voz sonora y ademán altivo:

--¡Pedro Sánchez!

No bien lo dije, cuando el rumor de la sala se trocó instantáneamente

en bramidos de entusiasmo y en estruendo de palmadas. La batalla estaba

ganada; el campo era mío. Podía cortar, herir y machacar donde quisiera.

Y así lo hice.

No entré en el asunto por los caminos trillados y las puertas conocidas

del vulgo; le asalté á exabrupto seco y á apóstrofe limpio. Me encaré

osadamente con todos y cada uno de los que habían hablado antes que

yo; clavé en la picota de mi indignación y de mis burlas, según los

casos, el hueso de sus peroraciones de hojarasca; _traje al debate_

los rumores públicos; expuse las alarmas de los hombres cuerdos

enfrente de aquellos temerarios desvaríos, y afirmé que, después de lo

que había presenciado allí, aún me parecían pálidos los colores con

que lo pintaban los que temían que el fruto de tanta sangre y tanto

sacrificio, pereciera en manos de mentecatos y de charlatanes. Como

los preopinantes contaban sin duda con el apoyo de mis fuerzas cuando

me vieron levantarme para hablar, mis palabras causaban en ellos

marcado asombro, y aun estupor; pero como los que no habían soltado

prenda alguna eran muchos más, y muchísimos más todavía los que se

hallaban allí en busca de jaleo y de emociones fuertes, y todas estas

dos grandes porciones acogían cada fin de mis hinchados y resonantes

períodos con gritos de entusiasmo y recio palmoteo, algunos de los

apostrofados, especialmente el hombre de los pelos de punta y de la

barba lacia, me acribillaban á menudo con preguntas sueltas ó frases

mal intencionadas, que yo recogía en el aire con mucho gusto, porque en

este tiroteo me ayudaba con todas sus fuerzas el público, que siempre

está de parte del que habla más recio y pega con mayor saña. Á veces

me llamaba al orden el presidente, y aun se ponía del lado de mis

contrincantes, cuya causa, hasta cierto punto, era la suya, como lo es

de todo padre sin carácter la de un hijo mal educado; pero yo hacía con

el presidente lo mismo que con sus presididos; y entonces los aplausos

de la multitud eran mucho más recios, porque si gusta como dos ver

apalear á los iguales, cuando se prende á la justicia el goce es mucho

mayor.

Este duelo á estocadas duraba ya demasiado, porque el efecto estaba

producido, y ciertas impresiones no pueden sostenerse en el ánimo

por mucho tiempo: érame preciso concluir, y concluir bien, y en una

pieza, para que el éxito fuera completo. Así traté de hacerlo. Un

breve resumen de cargos, bien nutridito de color; una invocación á las

víctimas de la cruenta lucha; un atrevido alarde de mi derecho para

hablar así en medio de aquellas bizantinas porfías; y en seguida este

parrafejo atronador, _progresista_ y amenazante:

--La revolución tiene un programa bien definido, por cuyo triunfo se

ensangrentaron las calles de Madrid; ese programa debe cumplirse... ese

programa se cumplirá, aunque para conseguirlo haya que ensangrentarlas

otra vez, luchando á muerte contra los nuevos enemigos de la libertad.

¿Sabéis quiénes son estos enemigos? Los charlatanes que la comprometen;

los mentecatos que la ponen en ridículo, y los ambiciosos que la

deshonran.

Este remate, dicho con fiera voz y adornado de tres brazadas marciales

y una gallarda sacudida de pelo con la erguida cabeza, produjo la

tempestad de vítores y aplausos más ruidosa que se hubo formado jamás

en el recinto de aquel viejo templo, levantado al arte que de esas

tempestades se alimenta.

En medio del estruendo de ella salí, sin detenerme siquiera á echar una

mirada de triunfo sobre aquel campo cubierto de cadáveres.

Por la noche, y al día siguiente, todos los periódicos daban minuciosos

detalles del suceso; algunos reproducían párrafos enteros de mi

discurso. Unos me apoyaban, otros me combatían; pero todos iban

unánimes en declarar que mi oración patriótica era digna de los mejores

tiempos de la tribuna romana.

No hizo más ruido que el mío el discurso con que, muy poco después, en

un _meeting_ del teatro de Oriente, se encaramó Castelar en la región

de las celebridades tribunicias desde la obscuridad del vulgo de los

mortales.

El _Círculo_ no volvió á reunirse más; se declaró disuelto, y la Junta,

agradecida, me dió una silla en sus consejos.

Pero esto, por más que halagara mi amor propio, no bastaba á conjurar

los serios conflictos de que estábamos amenazados á cada instante.

Afortunadamente llegó Espartero á Madrid; y entre formar para recibirle

á su llegada; y formar para desfilar ante él, al otro día, en la Puerta

del Sol, con nuestras banderas de percalina y nuestro abigarrado

equipaje; y formar después en las barricadas cuando dedicó á muchas de

ellas una cortés visita, se adormecieron las malas pasiones durante

media semana; y para cuando quisieron despertar, ya estaba decretado

el despejo de las calles, y la vuelta á sus ordinarias ocupaciones

de tantos miles de patriotas que hormigueaban, cargados de armas y

municiones, entre los amontonados adoquines.

¡Cuánto susto costó separarlos de aquel peligroso juego á que se habían

ido acostumbrando! Gracias á que hubo otro juego con que engañarlos,

por de pronto: el de la Milicia Nacional, en la que, si no eran tan

bravucones, tendrían mejor disciplina y serían soldados más de verdad;

esclavitud á que se acomodan siempre con grandísimo gusto los hombres

libres, enemigos jurados de todo linaje de opresiones y de tiranías.

Acabóse, pues, la guerra de las calles con la instalación de un

Gobierno regular; y comenzó otra, si no tan ruidosa, mucho más tenaz,

en los ministerios. La guerra de los destinos. No hablo de ella, porque

de la noche á la mañana me dieron uno de los mejores en Gobernación.

Cerca andaban de mí, aunque no tan altos, mis compañeros de redacción,

menos Redondo, que no quiso ser más que comandante de un batallón de

Nacionales. ¡Hasta el portero y los repartidores de _El Clarín_ se

colocaron!

Estos compañeros, Matica y demás amigos, estaban asombrados del

ruido que yo hacía y de lo alto que volaba; yo no, porque había ido

persuadiéndome, poco á poco, de que eso y mucho más merecían los

hombres de mi importancia. Tampoco Clara se asombraba de ello, porque

lo esperaba. Eso me dijo después de leer un rimero de periódicos,

adquiridos no sé cómo, que hablaban de mi discurso; y cuando tuvo

noticia de mi entrada en la Junta, y cuando me dieron el destino en

Gobernación. Nada le asombraba en mí; pero yo estaba asombrado de

que de todo me creyera capaz una mujer como ella, y de que lejos de

aburrirse en mi pobre posada, nunca me manifestara el menor deseo de

abandonarla. En cambio, Pilita y Manolo, la una hecha ya un esqueleto y

el otro una momia, sólo daban señales de vida para preguntarme cuándo

saldrían de allí; y yo no me atrevía á decirles «ahora», porque aunque

las calles comenzaban á verse expeditas, y las gentes apaciguadas y

en orden, el odio á Valenzuela estaba tan fresco en el corazón del

populacho, como el primer día; y era muy arriesgado ponerle delante

de los ojos cosa tan allegada al aborrecido personaje, como su propia

familia.

Un feliz incidente vino á resolver esta dificultad, que ya comenzaba

á apurarme un poco. La duquesa del Pico, sorprendida en Madrid por

los acontecimientos, y en comunicación con Pilita desde que ésta

le descubrió su escondrijo tan pronto como se deshizo la primera

barricada, se disponía á pasar el resto del verano en una de las más

tranquilas provincias del Norte, en la cual poseía una elegante y bien

provista casa de campo. «Acompañadme vosotros»--decía á Pilita en el

mismo perfumado billete en que la noticiaba aquélla su resolución,--«y

todos saldremos ganando en ello, cuando nos veamos juntos y libres y

bien oreados en aquel apacible retiro, á dos pasos de la frontera».

Pilita me enseñó esta carta, y Clara me pidió mi parecer. Sin vacilar

respondí que aceptaran lo propuesto por la duquesa. Nada más cuerdo

ni conveniente en aquellas circunstancias, ni punto de refugio mejor

situado para esperar el fin del fin de la política borrasca con entera

tranquilidad.

--¿Está usted seguro de que no le engaña su buen _deseo_ de que

salgamos de Madrid?--me preguntó Clara subrayando, con toda la fuerza

de su vigorosa pronunciación, aquella palabra.

--Mi _deseo_ no puede engañarme--respondí dando igual arrastre á la

misma palabra, por si acaso tenía la de Clara doble intención;--porque

no es el deseo lo que me dicta el consejo, sino la triste necesidad,

que no tiene entrañas.

--Pues cuando quieras, mamá,--dijo Clara á Pilita después de pagarme la

galantería con un amago de sonrisa y un chispazo de sus terribles ojos

negros.

Y Pilita, nerviosa, desconcertada de alegría, tras de abrazar á Manolo,

que de gusto hizo dos piruetas y entonó con voz cascajosa un trocito

del _Matre infelice_, de _El Trovador_, ópera recién estrenada en el

Teatro Real, respondió al billete de su amiga; y tal arte se dió su

actividad, que antes de una hora quedaba acordado el viaje para tres

días después en el coche-correo, el cual esperarían fuera de Madrid

para exponerse menos á ser conocidas del populacho.

--Está en Bruselas... ¡y en grande!--me dijo Pilita después de

enterarme de todo lo referente al viaje.

--¿Quién?--pregunté yo.

--Valenzuela. Lo hemos sabido por buen conducto. Y también él sabe de

nosotros... y de usted; y le está muy agradecido, porque no ignora lo

que usted ha hecho por su familia.

--Pues dele usted memorias,--dije á aquella pobre mentecata, sin que su

hija me lo oyera.

Esto acontecía al empezar la tercera semana de agosto. Para entonces,

ya estaba mi padre impuesto de todas mis aventuras y prosperidades,

porque había cuidado yo de hacer llegar á sus manos resmas de papeles

que las puntualizaban bien, y cartas en que le decía lo que no podían

narrarle aquéllos, como mis servicios prestados á la familia de su

excelso amigo; cosa que hinchó de honrada satisfacción al pobre viejo,

cuya admiración al runflante manchego no había mermado un punto con

las atrocidades que de él se escribían, porque las reputaba calumnias

miserables de la envidia.

Lamentábase mi padre de que tantas cosazas hechas por mí, tanto

renombre y tanta gloria alcanzados en tan poco tiempo, fueran en pro y

á beneficio de una causa tan del gusto de los enemigos de Dios; porque

este escrúpulo le impedía abrir toda su alma al torrente de emociones

que arrebataba al verse padre de semejante hijo; pero vime en seguida

encumbrado en la alteza del destino que me dieron; halléme con influjo

y mangoneo en región tan importante; y yo, que sabía cuáles eran los

platos más del gusto de mi padre, escribíle al punto diciéndole: «ya no

debe haber Garcías en ese pueblo, ni otro señor árbitro de sus destinos

que usted... Corte, pues, y raje á su gusto, que aquí estoy yo, por

ahora, que soy el dictador de la provincia entera».

¡Desde que nació, no se había visto en otra el buen hidalgo! Ya podía

toser fuerte en su lugar; esgrimir la escoba sobre el suelo en que

imperaban los Garcías; hartarse de barrer Garcías, y alzar diez codos

por encima de su estirpe aborrecida los venerables monigotes de su

escudo nobiliario. Y no se descuidó en hacerlo. Ni el alguacil quedó

en pie á los primeros escobazos. Toda la administración municipal se

vistió de ropa nueva, al gusto de mi padre, que se quedó sin cargo

alguno porque no dijeran de él que le movían vulgares é insanas

ambiciones.

--«¡Qué bien se está aquí ahora!»--me escribía después de darme

cuenta de la limpieza que había hecho en el lugar.--«Parece que se ha

ensanchado el territorio y que se respira en él mucho mejor... Por

lo demás--concluía la carta,--las revoluciones son como otras muchas

cosas: fuera de su quicio, corrompen; bien regidas, son hasta útiles.

Cierto que yo, en principio, jamás podré ser revolucionario; pero, por

lo que respecta á esta última revolución, tanto me he acostumbrado á

considerarla como obra de tus manos, que, hoy por hoy, aunque como

revolución la deteste, como cosa tuya la miro con cierto amor... y no

me estorba».

[Ilustración]

[Ilustración]

Pedro Sánchez · 第 26 / 35 题