XXV

La muchedumbre que yo había visto á la entrada de la calle de

Cedaceros, se había ido extendiendo por la Carrera de San Jerónimo; y

allí, frente á la iglesia de los Italianos, entre una masa de caras,

atónitas unas, ferozmente alegres las más, ardía una enorme hoguera,

cuyos rojizos resplandores alumbraban por igual los harapos y las

costras de los holgazanes malvados, la atildada levita del indiferente

curioso, y el casual, si no estudiado, desaliño de los patriotas

vocingleros y de los asombrados como yo.

Desde el fondo de la otra calle, y en el mismo afanoso rebullir de un

hormiguero en sus tareas, llegaban sin cesar hasta la hoguera hombres

de aspecto patibulario, agitando en la punta de un sable, de una

bayoneta ó de un garrote, una rica colgadura, una extraña prenda de

vestir, un cuadro de gran valor, una bata de cachemira... un pañuelo;

ó conduciendo al hombro ó arrastrando ó en la mano, un mueble de

preciadas maderas, una alfombra, libros lujosísimos, candelabros,

estuches y los más primorosos caprichos de arte. Un grito bestial

anunciaba la llegada de cada objeto, y otro más nutrido y feroz llenaba

la calle en cuanto caía en medio de las llamas. Así se alimentaban

aquéllas que á mí me espantaron. Las ricas tapicerías, los artísticos

tallados, las finísimas y exóticas pieles; el grabado de Alberto

Durero y de Morghen; las agua-fuertes de Rembrandt; los cincelados de

Benvenuto; la armadura florentina; el rarísimo _incunable_ y el lienzo

en que palpitaban el genio y el pincel de Velázquez y Murillo, se

confundían en breves instantes en un solo montón de ceniza. Y, entre

tanto, en la morada de donde tantas riquezas salían se destrozaban á

golpes las porcelanas sajonas, los vidrios de Murano, ánforas y barros

etruscos... hasta los artesonados de los techos y las doradas molduras

de las paredes. ¡Y todo este inicuo saqueo, todo este brutal destrozo,

se hacía al grito de _¡mueran los ladrones!_ y en la casa de un hombre

desligado muchos años hacía de todo linaje de políticas, pródigo de su

dinero ganado en colosales empresas, cuya prosperidad refluía en la

del Estado y en bien del pueblo trabajador!

¡Qué razón tenía Clara! Sólo una bestia, con horror ingénito á

lo limpio y á lo hermoso, podía deleitarse en consumar tantas

profanaciones á un tiempo.

Huí de aquel sitio, lleno el corazón de pena y hasta de remordimientos.

Temí que estuviera aconteciendo lo mismo en la calle del Príncipe.

Miré hacia ella al atravesar su desembocadura en la Carrera; pero,

afortunadamente, nada vi que confirmara mis temores. En cambio, oí

que en la de las Rejas, en la del Prado y en alguna otra más, ardían

también hogueras alimentadas con el saqueo hecho por la fiera en las

moradas de otros tantos personajes _caídos_.

Llegué á la redacción de _El Clarín_ no sé cómo ni por dónde, puesto

que el miedo de volver á contemplar espectáculos que tanto me

repugnaban, me hacía caminar muy de prisa y casi con los ojos cerrados.

Encontré á todos mis compañeros reunidos, y llevaba la palabra Redondo,

que había sido puesto en libertad por algunos revolucionarios que

abrieron las puertas de la cárcel á todos los presos políticos en

cuanto se inició el movimiento. Abrazóme gozoso, y le abracé de muy

buena gana, y todos los de la casa me abrazaron después. Pero bien

sabe Dios que á ninguno estreché contra mi corazón con tanta fuerza

como á Matica. Ya se sabía allí mi aventura de la Puerta del Sol.

¡Cómo me la aplaudieron y con qué calor me la admiraron! Ya se ve:

era yo de la casa, y mi _gloria_ se reflejaba en ella. Redondo se

asombró de que, por miramientos _mal entendidos_, hubiera empleado yo

la fuerza de mi prestigio á favor de un hombre como Valenzuela; y yo

me asombré de que Redondo no se avergonzara de lo que estaba pasando

en las calles de Madrid. Sin embargo, tenía buen cuidado, á pesar de

su fanatismo revolucionario, de llamar _bandidos y enemigos pagados_

de la revolución, á los ejecutores de aquellas _justicias_. «¡Esos

monstruos no son el pueblo!» decía, y decía muy bien; pero aceptaba los

hechos en odio á los _ajusticiados_, como un ejemplo necesario. ¡Quién

era el guapo que podía traer á la razón á un hombre capaz de tales

acomodamientos de juicio!

Matica, que me apoyaba en la porfía, dijo terminándola:

--Por de pronto, esos vandálicos sucesos han dado ya su resultado

natural y lógico. El Gobierno, en vista de su gravedad, ha sacado

fuerzas de flaqueza; las tropas han recuperado el Principal, y en la

calle de las Rejas ha habido muertos y heridos. La guerra, pues, está

declarada entre el poder y el pueblo; y usted, señor Redondo, y usted,

señor Sánchez, vuelven á vivir de contrabando, y quizás todos nosotros,

lo cual no acontecía dos horas hace.

Yo, que no sabía una palabra de estas cosas, me quedé yerto.

--Pues ¿dónde ha estado usted, alma de Dios?--me preguntó Matica que,

por lo acontecido en la Puerta del Sol y por el tiempo transcurrido

desde entonces, me juzgaba más enterado de los sucesos.

--Poniendo en lugar seguro á la familia Valenzuela,--respondí secamente

y sin dar otros pormenores.

Sentóle muy mal esta respuesta á Redondo, en quien el fanatismo de

secta se sobreponía, en ocasiones, á los impulsos de su buen corazón;

pero Matica elogió el hecho como el más digno y generoso remate de mi

hazaña de la Puerta del Sol; y este elogio, por ser de quien era, me

supo muy bien.

El resultado de la conversación que se siguió á las palabras de

mi amigo, que tan triste impresión me causaron, fué el amargo

convencimiento de que mi situación era mucho más grave que cuando

me hallaba oculto en casa de don Serafín Balduque. Entonces sólo

se trataba del autor de un escrito satírico; últimamente, era yo el

caudillo aclamado por las turbas en el momento de empezar éstas á

cometer las horribles fechorías que habían sacado de su inacción al

débil y desalentado Gobierno. Si el paisanaje no triunfaba, vendrían,

con la velocidad y el alcance del rayo, las duras represalias, las

sangrientas venganzas, los tremendos castigos; y no habría cuartel

ni miramientos ni caridad con los hombres señalados, como yo, por el

ruido de una popularidad que en aquellos instantes era una infalible

sentencia de afrentosa muerte en un patíbulo, ó detrás de las tapias

de un cementerio. Esto acontecería tan pronto como el Gobierno

alcanzara en Madrid la más pequeña ventaja sobre la revolución, y se

extendiera la noticia del suceso por las provincias, donde ganaría

con ello el necesario prestigio para acabar de afirmarse. Y, entre

tanto, el paisanaje carecía en Madrid de una inteligente dirección que

le organizase y le hiciera capaz, cuando menos, de oponer una seria

resistencia al empuje de las tropas, embravecidas ya con el espectáculo

de la sangre vertida en los primeros encuentros. Urgía, pues, organizar

al pueblo, y ayudarle en su empresa con alma y vida. No entendía yo

jota de lo primero, y Dios me es testigo del horror que me inspiraba

la fratricida guerra de las calles; pero la resolución que me negaba mi

falta de fe política, me la dió la necesidad con largas creces; y á lo

segundo me brindé con ciega abnegación, jurando llegar en la contienda

tan lejos como el más guapo.

Muchas veces me he preguntado después acá: ¿influiría algo en aquel

arrebato mío, en momentos tan peligrosos, la excitación de Clara á que

siguiera yo el camino de las aventuras de la revolución, seguro de

llegar muy lejos si no me amedrentaba ni encogía? Lo que tomé por un

recurso de la necesidad, ¿no pudo ser el fruto de la semilla arrojada

en mi corazón por las palabras de aquella mujer, á quien no podía

olvidar un momento desde que me había separado de ella?

De dudar es el caso; pero ello fué que, cinco horas después, á la

madrugada del 19 de julio, me batía como un desesperado en la calle de

Jacometrezo contra las avanzadas de Palacio; que rechazadas éstas por

nosotros hasta la plaza de Santo Domingo, continuaba batiéndome allí,

sin saber todavía por qué no me asustaban las balas que oía por primera

vez; cómo resistía, sin desplomarme, los rayos del sol que caían sobre

mi cabeza descubierta cual chorros de cristal fundido; cómo miraba sin

espanto á los infelices que mordían el polvo á mi lado, y entregaban á

Dios el alma entre borbotones de sangre y quejidos de agonía, ni qué

espíritu diabólico se había apoderado de mí para hacerme ver en cada

soldado un enemigo mortal de quien era preciso deshacerse con el plomo

de mi certero fusil; que seguí tan tenaz en la encarnizada lucha, que

se necesitó todo el prestigio popular que había ganado en Vicálvaro

el coronel Garrigó, cayendo herido á la boca de los cañones del

Gobierno, para que, viniendo de intercesor, cesara aquélla cerca del

mediodía, sin lo cual, ¡Dios sabe lo que hubiera sido de mí!; que una

hora después me hallaba disputando á la Guardia civil la Plaza Mayor,

y que, tras una lucha bárbara por ambas partes, fuí uno de los doce

locos que avanzamos á cuerpo descubierto por el boquete de la calle

de Ciudad-Rodrigo hasta la verja de la estatua ecuestre del centro;

dando con esta locura tal ejemplo á los demás, que hicimos retirarse

á los soldados por la calle de Postas, y quedó la plaza por nosotros.

Sobre regueros de sangre entramos en los desalojados soportales, y, sin

embargo, yo hubiera sido capaz de celebrar el triunfo empapando mis

labios en ella. ¡Tan embrutecido, tan borracho me tenían el tufillo de

la pólvora y el ardor de la refriega!

Tan borracho, que sin dar descanso á mi cuerpo ni otro alimento que un

pedazo de pan y dos sorbos de vino, por la tarde me batía contra el

coronel Gándara en la calle de Atocha... Recuerdo el extraño efecto

que, no obstante mi insana obcecación, me causó la vista de aquel

hombre, de gallardo continente, con su hermosa barba negra, vestido de

paisano, hasta con sombrero de copa, á caballo, al frente de algunos

soldados, en medio de la calle, batiéndose contra un enemigo invisible

que le hostilizaba por ventanas y buhardillas. Era gran amigo del

personaje con las riquezas de cuya morada se había alimentado la

hoguera de la Carrera de San Jerónimo. Presenció este injusto y bárbaro

atropello; y tal como se hallaba, después de acudir al ministerio de

la Guerra, montó á caballo. El impulso fué noble y generoso. Desde

entonces, hasta que le vi en la calle de Atocha, no se había apeado; y

sabía yo que al aventar á balazos por la mañana aquella hoguera después

de haber aventado otra parecida en la calle de las Rejas, algo más que

pavesas se habían llevado sus proyectiles por delante.

Pero no obstante el tributo rendido por mi imaginación novelesca á

estos rasgos de paladín legendario, yo tiraba á matar cuando le tuve

enfrente con los suyos, porque á matar venían ellos.

Los últimos tiros de este empeño resonaron pavorosamente en medio del

silencio y la soledad de la noche; y mientras desfilaban las tropas de

Gándara hacia la calle de Carretas, después de haber depositado algunos

cadáveres de infelices soldados en las bóvedas de San Sebastián, yo,

por otras calles, deslizábame en busca de mi casa para reponer un poco

las quebrantadas fuerzas y dar á Clara un testimonio de que no había

olvidado mi compromiso de velar por ella.

Estaban tiznadas mis manos, y había sangre en ellas, y sangre también

y polvo en mis vestidos; y debía tener yo todo el aspecto de un

bandolero, cuando aparecí delante de la familia Valenzuela, y sin

cumplidos ni ceremonias, rendido por la fatiga y las emociones, me

dejé caer en el sofá, con espanto de Pilita, asombro de Manolo y no sé

si admiración de Clara, que en un buen rato no apartó de mí sus ojos

fulgurantes. Huyendo de su invencible firmeza los míos, los fijé en

el espejo que tenía enfrente; y entonces vi que mi cara no estaba más

limpia ni mejor aliñada que el resto de mi cuerpo. Eramos Clara y yo,

en aquel instante, tal para cual: yo un acabado modelo de matón de

barricada, y ella la viva encarnación del genio inspirador de hazañas

como las mías.

Referí, á sus instancias, todo lo que había visto y sabía, y lo que

podía referirse de cuanto yo había hecho; infundí en Pilita, pues

Clara no parecía preocuparse con ello, grandes esperanzas de que en

breve acabaría su cárcel; y aunque nada me quedaba que hacer allí, y

el cuerpo me reclamaba alimento y descanso, dejábame con gusto vencer

de la fuerza fascinadora con que los ojos y las palabras de Clara me

retenían á su lado.

Al otro día ¡nunca él amaneciera! era yo aclamado jefe de una barricada

que en la calle de la Montera habíamos levantado muy temprano, bajo

los fuegos incesantes de las tropas del Principal. Por una serie de

casualidades que no hay para qué referir, Matica estaba á mi lado, tan

sereno y mordaz enfrente del enemigo, como en el blando sillón del

teatro ó en la banqueta del café. El aspecto que ofrecía Madrid en

aquella mañana era verdaderamente aterrador. Ni una puerta abierta, ni

un transeunte en las calles, ni otros ruidos que el de las descargas de

fusilería acá y allá, y algún grito de los combatientes, cuando no el

¡ay! lastimero del moribundo. Un sol africano, abrasador, digna luz de

tal cuadro, le iluminaba.

Pues en estas circunstancias, cuando el reló del Buen Suceso acababa de

dar las once, apareció entre nosotros, deslizándose calle abajo, por la

acera de San Luis, muy pegadito á las casas, el sempiterno cesante don

Serafín Balduque. Movidos instantáneamente de un mismo impulso Matica

y yo, nos lanzamos sobre él y le metimos en el portal contiguo á la

barricada. ¡Le hubiera sopapeado entonces de buena gana por imprudente

y mentecato!

--¡Qué demonio le inspiró á usted la idea de venir á este estrelladero

de balas?--le dije, casi pegándole.

--Déjeme usted hablar--me respondió sentándose en el primer peldaño de

la escalera, y limpiándose el sudor de la calva con el pañuelo.--Déjeme

hablar, que hablando se entiende la gente... Ayer no salí en todo el

día de casa; y usted, que había quedado en volver, no pareció por ella.

Como se anduvo á tiros todo el día y parte de la noche anterior, y

usted estaba tan metido en los belenes revolucionarios, temimos que le

hubiera sucedido algo... y no así como quiera, sino que á mí me aplanó

la murria por entero; Carmen no probó bocado en todo el santo día, y

Quica no cesó de mojar la pestaña. Con estos temores y el escozor de

saber algo de lo que había pasado en Madrid, esta mañana, al ver que

parecía la villa una balsa de aceite, aventuréme á asomar las narices

á la calle con ánimo de ir explorando el terreno poco á poco y hasta

donde se pudiera. Carmen no quería; Quica, que es más curiosa, me

animaba; y como yo tengo más agallas de lo que parece, y de un tiempo

acá, como sabe usted muy bien, tanto me da pepinos como calabazas,

entre si salgo ó no salgo... salí. Por aquella parte no se movía una

mosca... salvo unos tiritos que sonaban hacia la calle de Toledo; seguí

andando, y tampoco; y andando, andando, aunque veía en esta calle y en

la otra gentes muy afanadas en levantar adoquines, llegué sin tropiezo

ni rodeo de importancia hasta la de Atocha... ¡No miento si aseguro que

tiene encima una alfombra de cascotes de más de medio pie de espesor!

Contemplando esto y las marcas de las balas en la fuente de la plaza

de Antón Martín, me pasé un rato. Un transeunte de regular catadura me

explicó lo que había sucedido allí... y también me aconsejó que no me

detuviera mucho á la intemperie. Supuse que no lo diría solamente por

el calor que hace; pero aunque también había por aquellas alturas mucho

revoltijo de adoquines, noté que se podía ganar un poquito de camino

más hacia adentro. «¡Pues vamos allá, qué calabaza»! me dije, «y veamos

lo que pasa»; y entré por la calle del León, y seguí después la del

Prado arriba, donde ya la cosa se iba formalizando y era el tránsito

un poco más difícil. Pero pasé; y ya, puesto en la calle del Príncipe,

dije: «vamos hasta la del Caballero de Gracia, y allí preguntaré por

ese hombre en su misma posada». Costóme gran trabajo, y en más de un

riesgo me vi, porque en tiempos de revolución no son confites todo lo

que anda por el aire, ni todos los caminos están como la palma de la

mano, ni todos los hombres tienen el don de gentes ni la más esmerada

educación; pero llegué, y ¡calabaza! estaba el portal cerrado... como

todos los que iba dejando atrás. «Pues no retrocedo», me dije, «porque

á estas horas estarán tapadas todas las salidas, al paso que iban las

barricadas y las cosas cuando yo las vi... Pues vamos por la Red de San

Luis...». Verdad que estaba oyendo yo rato hacía tiros hacia la Puerta

del Sol; pero también habían sonado algunos hacia la Cibeles... y yo

por algún lado había de salir, ¡calabaza!... Y fuíme á lo desconocido,

por si acaso era mejor que lo otro, que no era bueno, puesto que á poco

me santiguan con un balazo al atravesar la calle de Alcalá. Ya en la

Red, y obstruidas por barricadas las calles que en ella desembocan,

tomé una carrerita en busca de la plazuela del Carmen... Pero cata que,

mirando hacia esta barricada, los distingo á ustedes; y ¡calabaza!

¿qué había de hacer sino llegarme á darles un abrazo y pedirles un

refugio?...

--¡Á buena parte ha venido usted á buscarle!--exclamó Matica, medio en

serio y medio en broma.--¿Usted sabe que aquí no pasa un cuarto de hora

sin que lluevan las balas á docenas?

--De manera--dijo don Serafín,--que como no me han dado á escoger...

--Debiera usted--añadí yo hondamente disgustado,--no haber hecho

la locura de salir de su casa; y ya que salió, haberse vuelto á

ella cuando pudo hacerlo. Usted no es un muchacho en quien puedan

disculparse las calaveradas de esta especie... Tiene usted una hija...

--Mire usted, señor don Pedro--me respondió Balduque interrumpiéndome

con muy mal gesto,--todo lo que puede sonar en esa cuerda, me lo estoy

oyendo yo sin cesar... ¡Ojalá no sonara tanto! Ahora estamos aquí

tratando de otra cosa muy distinta.

--Pero hay que pensar en todo... ¿Sabe usted cuándo acabará esto, y

cómo acabará... y cómo acabaremos nosotros, y los que con nosotros se

hallan en esta ratonera?...

--Si me echara yo á pensar todas esas cosas... y si no cavilara tanto

en otras muchas, seguro que no me hallara aquí en este momento...

Cuando así hablaba don Serafín, oyéronse los tiros que volvían á

cruzarse entre el Principal y la barricada. Salí á ella, recomendando

mucho á Balduque que no se moviera de allí. Muy poco después volvía al

portal con un hombre que acababa de recibir una herida en un brazo.

Teníamos allí á prevención algunas hilas, aglutinantes, etc... y en el

entresuelo de la misma casa catres y colchones para lances más graves.

El herido arrimó el fusil á la pared; sentóse, y llegó Matica, que

aseguraba recordar algo de lo que había oído explicar en San Carlos; y

reconociendo la lesión, dijo que se curaba con dos cuartos de ungüento.

Mientras esto sucedía, Balduque, con el sombrero en la coronilla; las

manos tan pronto en los bolsillos del pantalón como rascando la cabeza

ó sobando los bigotes á contrapelo; los ojos errabundos, y moviéndose

todo de un lado para otro, revelaba hallarse bajo el imperio de una

excitación nerviosa que me alarmaba. Encargué mucho al herido que

cuidara de él mientras yo volvía; y salí de nuevo á la barricada,

porque el fuego no cesaba un punto... Por salir cayó en mis brazos

un combatiente, con un balazo en el pecho. Ayudóme otro hombre á

sostenerle, y entre los dos le condujimos hasta el entresuelo.

--Esto es más grave--dije á Matica al llegar al portal; y á don Serafín

porque no se quedara solo:--Suba usted también para ayudarnos en lo que

pueda.

Y subió con los demás, y nos ayudó á descubrir la herida, que parecía

cosa muy seria. Temblábanle las manos al cesante y hablaba sólo

palabras incoherentes. La triste obra en que todos estábamos empeñados,

llegó á ocupar toda mi atención. De pronto noté la falta de Balduque en

el grupo que componíamos los demás alrededor del nuevo herido. Alcé la

cabeza, y tampoco estaba en el entresuelo; corrí á la escalera, y vi

con espanto que, con un fusil entre las manos, se lanzaba del portal á

la calle.

Bajé de dos brincos, y salí tras él, en medio del tiroteo que no cesaba.

--¿Adonde va usted, desdichado?--gritéle.

--¡Á ganar con mis puños lo que se me debe en justicia!... ¡Á enviar al

Gobierno con una bala el memorial de mis agravios!...

Y esto lo voceaba encaramándose ya en lo alto del parapeto, echándose á

la cara el fusil, ¡que ni siquiera estaba cargado!

--¡Viva la justicia!--gritó allí como un desesperado.

Y un instante después, ¡aciago instante! cuando tocaba yo los faldones

de su levita con mis manos, se desplomaba entre ellas con la inerte

pesadez de un moribundo.

En presencia de aquella tremenda desgracia, sin valor para resistir el

vocerío de los pensamientos que diabólicamente eslabonados me asaltaron

la cabeza, desde el fondo de mi corazón pedí al cielo otra bala para

mí; pero no hubo una, entre tantas como silbaban á mi lado, que anidar

quisiera en un pecho tan lleno de pesadumbre.

Todos cuantos recursos terapéuticos nos había proporcionado la

previsión de Matica, que no eran muchos, se emplearon inmediatamente

en el empeño de volver á la vida á aquel pobre hombre que parecía

un cadáver. Hasta se puso de nuestro lado, ¡bien tarde ya! la feliz

casualidad de haberse suspendido en aquel instante las hostilidades

entre el paisanaje y las tropas, quitándonos con ello el único cuidado

que pudiera separarnos del moribundo.

--No se cansen ustedes--nos dijo éste, con voz apenas perceptible,

vidriosa la mirada, lívido el semblante, jadeante el pecho y

ensangrentada la boca:--tengo la muerte allá dentro... y hará su

oficio muy pronto... Yo la busqué con una locura... hija de muchos

pensamientos ¡muy tristes! ¡muy negros!... Sé que debí vencerlos,

porque hombres hay más desgraciados que yo, y no los tienen; pero no

pude... No es culpa mía... y por eso me absolverá la misericordia

de Dios, cuando á su tribunal me acerque... ¡Hija mía!... ¡Ésta sí

que es pena sin consuelo para mí!... ¡Sola!... ¡sola en este mundo

sin justicia!... Y sola, porque yo no pensé bastante en ello... al

arriesgar hoy mi vida entre las balas... con el deseo de ganar á tiros

lo que se me debe en buena ley... Esto no sé si me lo perdonará Dios,

aunque disculpa y razón tiene en las flaquezas humanas... Usted que

la conoce... mi buen amigo, no la desampare de todo... Y usted, señor

Mata, haga por conocerla... ¡Verá usted cómo la juzga digna de su

amparo!... ¡Que tenga siquiera una sombra!... algo á que arrimarse

para llorar, más que la triste Quica... ¡pobre Quica! ¡Desventurada

Carmen!... ¡Dios mío!...

Tomóle aquí un desmayo... y no volvió de él. ¡Me pareció un sueño aquel

tan inesperado, tan rápido y tan tremendo infortunio! Maldije otra vez

á la revolución, y me maldije á mí mismo, y maldije la brutal empresa

en que yo estaba empeñado desde la víspera; causa quizá de la muerte de

aquel desdichado, del desamparo de la pobre huérfana y de las acerbas

lágrimas que vertería en su dolor sin consuelo...

El mismo Matica, tan frío y sereno de ordinario, permanecía pálido y

mudo delante de aquel cadáver...

* * * * * * *

Apenas me di cuenta de los restantes sucesos del día, no obstante la

activa parte que tomé en ellos por razón del cargo que desempeñaba

allí. Sé que la suspensión de hostilidades lograda por negociaciones

entre el Gobierno y una Junta de armamento y defensa, formada aquella

misma madrugada por hombres notables del partido progresista, bajo

la presidencia del general San Miguel, duró sólo algunas horas; que

á media tarde se reprodujo con mayor saña la refriega en todos los

barrios de la villa; que me batí de nuevo hasta el anochecer; y que

entonces, nombrado capitán general de Madrid y ministro de la Guerra

San Miguel, hizo saber éste, _urbi et orbi_, que había sido llamado

Espartero para formar ministerio y arreglar la cosa política tal

cual se quería en el Manifiesto de los generales pronunciados; con lo

cual abrazáronse tropas y paisanos, y, con gran regocijo de todos,

acabóse aquella bárbara matanza; pero quedando el pueblo armado en sus

barricadas, «por si acaso...». Lleváronse los heridos á los hospitales

de sangre, y los muertos al campo santo. ¡Pobre Balduque! Si se supo

en qué lugar del mundo reposaban tus honrados huesos, á mi previsión

fué debido, al celo de Matica y á la fidelidad de dos hombres que no se

separaron de tu cadáver hasta dejar señalada con una cruz la tierra que

le cubrió.

No pude hacer más por ti en aquel instante.

Para lo que hubo que hacer tan pronto como fué posible el tránsito

por las calles, no hallé fuerzas en mi espíritu. Matica, que le tenía

más sereno y no estaba ligado á la pobre huérfana por los afectuosos

vínculos que yo, se aventuró, en obsequio mío, á darle la noticia del

mejor modo que pudo... Nunca quise oir á mi amigo el relato de aquella

dolorosa entrevista. No sé aún lo que pasó en ella, aunque sé que fué

terrible.

Cuando, al otro día, acudí yo á ver á Carmen, las fuentes de su corazón

se habían secado. No quiso que la hablara una palabra del suceso.

Pálida, recogida en su dolor, muerta en su rostro la sonrisa, estaba

como tanteando los bríos de su alma para afrontar con ellos los azares

en la triste soledad de su vida.

[Ilustración]

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Pedro Sánchez · 第 25 / 35 题