La muchedumbre que yo había visto á la entrada de la calle de
Cedaceros, se había ido extendiendo por la Carrera de San Jerónimo; y
allí, frente á la iglesia de los Italianos, entre una masa de caras,
atónitas unas, ferozmente alegres las más, ardía una enorme hoguera,
cuyos rojizos resplandores alumbraban por igual los harapos y las
costras de los holgazanes malvados, la atildada levita del indiferente
curioso, y el casual, si no estudiado, desaliño de los patriotas
vocingleros y de los asombrados como yo.
Desde el fondo de la otra calle, y en el mismo afanoso rebullir de un
hormiguero en sus tareas, llegaban sin cesar hasta la hoguera hombres
de aspecto patibulario, agitando en la punta de un sable, de una
bayoneta ó de un garrote, una rica colgadura, una extraña prenda de
vestir, un cuadro de gran valor, una bata de cachemira... un pañuelo;
ó conduciendo al hombro ó arrastrando ó en la mano, un mueble de
preciadas maderas, una alfombra, libros lujosísimos, candelabros,
estuches y los más primorosos caprichos de arte. Un grito bestial
anunciaba la llegada de cada objeto, y otro más nutrido y feroz llenaba
la calle en cuanto caía en medio de las llamas. Así se alimentaban
aquéllas que á mí me espantaron. Las ricas tapicerías, los artísticos
tallados, las finísimas y exóticas pieles; el grabado de Alberto
Durero y de Morghen; las agua-fuertes de Rembrandt; los cincelados de
Benvenuto; la armadura florentina; el rarísimo _incunable_ y el lienzo
en que palpitaban el genio y el pincel de Velázquez y Murillo, se
confundían en breves instantes en un solo montón de ceniza. Y, entre
tanto, en la morada de donde tantas riquezas salían se destrozaban á
golpes las porcelanas sajonas, los vidrios de Murano, ánforas y barros
etruscos... hasta los artesonados de los techos y las doradas molduras
de las paredes. ¡Y todo este inicuo saqueo, todo este brutal destrozo,
se hacía al grito de _¡mueran los ladrones!_ y en la casa de un hombre
desligado muchos años hacía de todo linaje de políticas, pródigo de su
dinero ganado en colosales empresas, cuya prosperidad refluía en la
del Estado y en bien del pueblo trabajador!
¡Qué razón tenía Clara! Sólo una bestia, con horror ingénito á
lo limpio y á lo hermoso, podía deleitarse en consumar tantas
profanaciones á un tiempo.
Huí de aquel sitio, lleno el corazón de pena y hasta de remordimientos.
Temí que estuviera aconteciendo lo mismo en la calle del Príncipe.
Miré hacia ella al atravesar su desembocadura en la Carrera; pero,
afortunadamente, nada vi que confirmara mis temores. En cambio, oí
que en la de las Rejas, en la del Prado y en alguna otra más, ardían
también hogueras alimentadas con el saqueo hecho por la fiera en las
moradas de otros tantos personajes _caídos_.
Llegué á la redacción de _El Clarín_ no sé cómo ni por dónde, puesto
que el miedo de volver á contemplar espectáculos que tanto me
repugnaban, me hacía caminar muy de prisa y casi con los ojos cerrados.
Encontré á todos mis compañeros reunidos, y llevaba la palabra Redondo,
que había sido puesto en libertad por algunos revolucionarios que
abrieron las puertas de la cárcel á todos los presos políticos en
cuanto se inició el movimiento. Abrazóme gozoso, y le abracé de muy
buena gana, y todos los de la casa me abrazaron después. Pero bien
sabe Dios que á ninguno estreché contra mi corazón con tanta fuerza
como á Matica. Ya se sabía allí mi aventura de la Puerta del Sol.
¡Cómo me la aplaudieron y con qué calor me la admiraron! Ya se ve:
era yo de la casa, y mi _gloria_ se reflejaba en ella. Redondo se
asombró de que, por miramientos _mal entendidos_, hubiera empleado yo
la fuerza de mi prestigio á favor de un hombre como Valenzuela; y yo
me asombré de que Redondo no se avergonzara de lo que estaba pasando
en las calles de Madrid. Sin embargo, tenía buen cuidado, á pesar de
su fanatismo revolucionario, de llamar _bandidos y enemigos pagados_
de la revolución, á los ejecutores de aquellas _justicias_. «¡Esos
monstruos no son el pueblo!» decía, y decía muy bien; pero aceptaba los
hechos en odio á los _ajusticiados_, como un ejemplo necesario. ¡Quién
era el guapo que podía traer á la razón á un hombre capaz de tales
acomodamientos de juicio!
Matica, que me apoyaba en la porfía, dijo terminándola:
--Por de pronto, esos vandálicos sucesos han dado ya su resultado
natural y lógico. El Gobierno, en vista de su gravedad, ha sacado
fuerzas de flaqueza; las tropas han recuperado el Principal, y en la
calle de las Rejas ha habido muertos y heridos. La guerra, pues, está
declarada entre el poder y el pueblo; y usted, señor Redondo, y usted,
señor Sánchez, vuelven á vivir de contrabando, y quizás todos nosotros,
lo cual no acontecía dos horas hace.
Yo, que no sabía una palabra de estas cosas, me quedé yerto.
--Pues ¿dónde ha estado usted, alma de Dios?--me preguntó Matica que,
por lo acontecido en la Puerta del Sol y por el tiempo transcurrido
desde entonces, me juzgaba más enterado de los sucesos.
--Poniendo en lugar seguro á la familia Valenzuela,--respondí secamente
y sin dar otros pormenores.
Sentóle muy mal esta respuesta á Redondo, en quien el fanatismo de
secta se sobreponía, en ocasiones, á los impulsos de su buen corazón;
pero Matica elogió el hecho como el más digno y generoso remate de mi
hazaña de la Puerta del Sol; y este elogio, por ser de quien era, me
supo muy bien.
El resultado de la conversación que se siguió á las palabras de
mi amigo, que tan triste impresión me causaron, fué el amargo
convencimiento de que mi situación era mucho más grave que cuando
me hallaba oculto en casa de don Serafín Balduque. Entonces sólo
se trataba del autor de un escrito satírico; últimamente, era yo el
caudillo aclamado por las turbas en el momento de empezar éstas á
cometer las horribles fechorías que habían sacado de su inacción al
débil y desalentado Gobierno. Si el paisanaje no triunfaba, vendrían,
con la velocidad y el alcance del rayo, las duras represalias, las
sangrientas venganzas, los tremendos castigos; y no habría cuartel
ni miramientos ni caridad con los hombres señalados, como yo, por el
ruido de una popularidad que en aquellos instantes era una infalible
sentencia de afrentosa muerte en un patíbulo, ó detrás de las tapias
de un cementerio. Esto acontecería tan pronto como el Gobierno
alcanzara en Madrid la más pequeña ventaja sobre la revolución, y se
extendiera la noticia del suceso por las provincias, donde ganaría
con ello el necesario prestigio para acabar de afirmarse. Y, entre
tanto, el paisanaje carecía en Madrid de una inteligente dirección que
le organizase y le hiciera capaz, cuando menos, de oponer una seria
resistencia al empuje de las tropas, embravecidas ya con el espectáculo
de la sangre vertida en los primeros encuentros. Urgía, pues, organizar
al pueblo, y ayudarle en su empresa con alma y vida. No entendía yo
jota de lo primero, y Dios me es testigo del horror que me inspiraba
la fratricida guerra de las calles; pero la resolución que me negaba mi
falta de fe política, me la dió la necesidad con largas creces; y á lo
segundo me brindé con ciega abnegación, jurando llegar en la contienda
tan lejos como el más guapo.
Muchas veces me he preguntado después acá: ¿influiría algo en aquel
arrebato mío, en momentos tan peligrosos, la excitación de Clara á que
siguiera yo el camino de las aventuras de la revolución, seguro de
llegar muy lejos si no me amedrentaba ni encogía? Lo que tomé por un
recurso de la necesidad, ¿no pudo ser el fruto de la semilla arrojada
en mi corazón por las palabras de aquella mujer, á quien no podía
olvidar un momento desde que me había separado de ella?
De dudar es el caso; pero ello fué que, cinco horas después, á la
madrugada del 19 de julio, me batía como un desesperado en la calle de
Jacometrezo contra las avanzadas de Palacio; que rechazadas éstas por
nosotros hasta la plaza de Santo Domingo, continuaba batiéndome allí,
sin saber todavía por qué no me asustaban las balas que oía por primera
vez; cómo resistía, sin desplomarme, los rayos del sol que caían sobre
mi cabeza descubierta cual chorros de cristal fundido; cómo miraba sin
espanto á los infelices que mordían el polvo á mi lado, y entregaban á
Dios el alma entre borbotones de sangre y quejidos de agonía, ni qué
espíritu diabólico se había apoderado de mí para hacerme ver en cada
soldado un enemigo mortal de quien era preciso deshacerse con el plomo
de mi certero fusil; que seguí tan tenaz en la encarnizada lucha, que
se necesitó todo el prestigio popular que había ganado en Vicálvaro
el coronel Garrigó, cayendo herido á la boca de los cañones del
Gobierno, para que, viniendo de intercesor, cesara aquélla cerca del
mediodía, sin lo cual, ¡Dios sabe lo que hubiera sido de mí!; que una
hora después me hallaba disputando á la Guardia civil la Plaza Mayor,
y que, tras una lucha bárbara por ambas partes, fuí uno de los doce
locos que avanzamos á cuerpo descubierto por el boquete de la calle
de Ciudad-Rodrigo hasta la verja de la estatua ecuestre del centro;
dando con esta locura tal ejemplo á los demás, que hicimos retirarse
á los soldados por la calle de Postas, y quedó la plaza por nosotros.
Sobre regueros de sangre entramos en los desalojados soportales, y, sin
embargo, yo hubiera sido capaz de celebrar el triunfo empapando mis
labios en ella. ¡Tan embrutecido, tan borracho me tenían el tufillo de
la pólvora y el ardor de la refriega!
Tan borracho, que sin dar descanso á mi cuerpo ni otro alimento que un
pedazo de pan y dos sorbos de vino, por la tarde me batía contra el
coronel Gándara en la calle de Atocha... Recuerdo el extraño efecto
que, no obstante mi insana obcecación, me causó la vista de aquel
hombre, de gallardo continente, con su hermosa barba negra, vestido de
paisano, hasta con sombrero de copa, á caballo, al frente de algunos
soldados, en medio de la calle, batiéndose contra un enemigo invisible
que le hostilizaba por ventanas y buhardillas. Era gran amigo del
personaje con las riquezas de cuya morada se había alimentado la
hoguera de la Carrera de San Jerónimo. Presenció este injusto y bárbaro
atropello; y tal como se hallaba, después de acudir al ministerio de
la Guerra, montó á caballo. El impulso fué noble y generoso. Desde
entonces, hasta que le vi en la calle de Atocha, no se había apeado; y
sabía yo que al aventar á balazos por la mañana aquella hoguera después
de haber aventado otra parecida en la calle de las Rejas, algo más que
pavesas se habían llevado sus proyectiles por delante.
Pero no obstante el tributo rendido por mi imaginación novelesca á
estos rasgos de paladín legendario, yo tiraba á matar cuando le tuve
enfrente con los suyos, porque á matar venían ellos.
Los últimos tiros de este empeño resonaron pavorosamente en medio del
silencio y la soledad de la noche; y mientras desfilaban las tropas de
Gándara hacia la calle de Carretas, después de haber depositado algunos
cadáveres de infelices soldados en las bóvedas de San Sebastián, yo,
por otras calles, deslizábame en busca de mi casa para reponer un poco
las quebrantadas fuerzas y dar á Clara un testimonio de que no había
olvidado mi compromiso de velar por ella.
Estaban tiznadas mis manos, y había sangre en ellas, y sangre también
y polvo en mis vestidos; y debía tener yo todo el aspecto de un
bandolero, cuando aparecí delante de la familia Valenzuela, y sin
cumplidos ni ceremonias, rendido por la fatiga y las emociones, me
dejé caer en el sofá, con espanto de Pilita, asombro de Manolo y no sé
si admiración de Clara, que en un buen rato no apartó de mí sus ojos
fulgurantes. Huyendo de su invencible firmeza los míos, los fijé en
el espejo que tenía enfrente; y entonces vi que mi cara no estaba más
limpia ni mejor aliñada que el resto de mi cuerpo. Eramos Clara y yo,
en aquel instante, tal para cual: yo un acabado modelo de matón de
barricada, y ella la viva encarnación del genio inspirador de hazañas
como las mías.
Referí, á sus instancias, todo lo que había visto y sabía, y lo que
podía referirse de cuanto yo había hecho; infundí en Pilita, pues
Clara no parecía preocuparse con ello, grandes esperanzas de que en
breve acabaría su cárcel; y aunque nada me quedaba que hacer allí, y
el cuerpo me reclamaba alimento y descanso, dejábame con gusto vencer
de la fuerza fascinadora con que los ojos y las palabras de Clara me
retenían á su lado.
Al otro día ¡nunca él amaneciera! era yo aclamado jefe de una barricada
que en la calle de la Montera habíamos levantado muy temprano, bajo
los fuegos incesantes de las tropas del Principal. Por una serie de
casualidades que no hay para qué referir, Matica estaba á mi lado, tan
sereno y mordaz enfrente del enemigo, como en el blando sillón del
teatro ó en la banqueta del café. El aspecto que ofrecía Madrid en
aquella mañana era verdaderamente aterrador. Ni una puerta abierta, ni
un transeunte en las calles, ni otros ruidos que el de las descargas de
fusilería acá y allá, y algún grito de los combatientes, cuando no el
¡ay! lastimero del moribundo. Un sol africano, abrasador, digna luz de
tal cuadro, le iluminaba.
Pues en estas circunstancias, cuando el reló del Buen Suceso acababa de
dar las once, apareció entre nosotros, deslizándose calle abajo, por la
acera de San Luis, muy pegadito á las casas, el sempiterno cesante don
Serafín Balduque. Movidos instantáneamente de un mismo impulso Matica
y yo, nos lanzamos sobre él y le metimos en el portal contiguo á la
barricada. ¡Le hubiera sopapeado entonces de buena gana por imprudente
y mentecato!
--¡Qué demonio le inspiró á usted la idea de venir á este estrelladero
de balas?--le dije, casi pegándole.
--Déjeme usted hablar--me respondió sentándose en el primer peldaño de
la escalera, y limpiándose el sudor de la calva con el pañuelo.--Déjeme
hablar, que hablando se entiende la gente... Ayer no salí en todo el
día de casa; y usted, que había quedado en volver, no pareció por ella.
Como se anduvo á tiros todo el día y parte de la noche anterior, y
usted estaba tan metido en los belenes revolucionarios, temimos que le
hubiera sucedido algo... y no así como quiera, sino que á mí me aplanó
la murria por entero; Carmen no probó bocado en todo el santo día, y
Quica no cesó de mojar la pestaña. Con estos temores y el escozor de
saber algo de lo que había pasado en Madrid, esta mañana, al ver que
parecía la villa una balsa de aceite, aventuréme á asomar las narices
á la calle con ánimo de ir explorando el terreno poco á poco y hasta
donde se pudiera. Carmen no quería; Quica, que es más curiosa, me
animaba; y como yo tengo más agallas de lo que parece, y de un tiempo
acá, como sabe usted muy bien, tanto me da pepinos como calabazas,
entre si salgo ó no salgo... salí. Por aquella parte no se movía una
mosca... salvo unos tiritos que sonaban hacia la calle de Toledo; seguí
andando, y tampoco; y andando, andando, aunque veía en esta calle y en
la otra gentes muy afanadas en levantar adoquines, llegué sin tropiezo
ni rodeo de importancia hasta la de Atocha... ¡No miento si aseguro que
tiene encima una alfombra de cascotes de más de medio pie de espesor!
Contemplando esto y las marcas de las balas en la fuente de la plaza
de Antón Martín, me pasé un rato. Un transeunte de regular catadura me
explicó lo que había sucedido allí... y también me aconsejó que no me
detuviera mucho á la intemperie. Supuse que no lo diría solamente por
el calor que hace; pero aunque también había por aquellas alturas mucho
revoltijo de adoquines, noté que se podía ganar un poquito de camino
más hacia adentro. «¡Pues vamos allá, qué calabaza»! me dije, «y veamos
lo que pasa»; y entré por la calle del León, y seguí después la del
Prado arriba, donde ya la cosa se iba formalizando y era el tránsito
un poco más difícil. Pero pasé; y ya, puesto en la calle del Príncipe,
dije: «vamos hasta la del Caballero de Gracia, y allí preguntaré por
ese hombre en su misma posada». Costóme gran trabajo, y en más de un
riesgo me vi, porque en tiempos de revolución no son confites todo lo
que anda por el aire, ni todos los caminos están como la palma de la
mano, ni todos los hombres tienen el don de gentes ni la más esmerada
educación; pero llegué, y ¡calabaza! estaba el portal cerrado... como
todos los que iba dejando atrás. «Pues no retrocedo», me dije, «porque
á estas horas estarán tapadas todas las salidas, al paso que iban las
barricadas y las cosas cuando yo las vi... Pues vamos por la Red de San
Luis...». Verdad que estaba oyendo yo rato hacía tiros hacia la Puerta
del Sol; pero también habían sonado algunos hacia la Cibeles... y yo
por algún lado había de salir, ¡calabaza!... Y fuíme á lo desconocido,
por si acaso era mejor que lo otro, que no era bueno, puesto que á poco
me santiguan con un balazo al atravesar la calle de Alcalá. Ya en la
Red, y obstruidas por barricadas las calles que en ella desembocan,
tomé una carrerita en busca de la plazuela del Carmen... Pero cata que,
mirando hacia esta barricada, los distingo á ustedes; y ¡calabaza!
¿qué había de hacer sino llegarme á darles un abrazo y pedirles un
refugio?...
--¡Á buena parte ha venido usted á buscarle!--exclamó Matica, medio en
serio y medio en broma.--¿Usted sabe que aquí no pasa un cuarto de hora
sin que lluevan las balas á docenas?
--De manera--dijo don Serafín,--que como no me han dado á escoger...
--Debiera usted--añadí yo hondamente disgustado,--no haber hecho
la locura de salir de su casa; y ya que salió, haberse vuelto á
ella cuando pudo hacerlo. Usted no es un muchacho en quien puedan
disculparse las calaveradas de esta especie... Tiene usted una hija...
--Mire usted, señor don Pedro--me respondió Balduque interrumpiéndome
con muy mal gesto,--todo lo que puede sonar en esa cuerda, me lo estoy
oyendo yo sin cesar... ¡Ojalá no sonara tanto! Ahora estamos aquí
tratando de otra cosa muy distinta.
--Pero hay que pensar en todo... ¿Sabe usted cuándo acabará esto, y
cómo acabará... y cómo acabaremos nosotros, y los que con nosotros se
hallan en esta ratonera?...
--Si me echara yo á pensar todas esas cosas... y si no cavilara tanto
en otras muchas, seguro que no me hallara aquí en este momento...
Cuando así hablaba don Serafín, oyéronse los tiros que volvían á
cruzarse entre el Principal y la barricada. Salí á ella, recomendando
mucho á Balduque que no se moviera de allí. Muy poco después volvía al
portal con un hombre que acababa de recibir una herida en un brazo.
Teníamos allí á prevención algunas hilas, aglutinantes, etc... y en el
entresuelo de la misma casa catres y colchones para lances más graves.
El herido arrimó el fusil á la pared; sentóse, y llegó Matica, que
aseguraba recordar algo de lo que había oído explicar en San Carlos; y
reconociendo la lesión, dijo que se curaba con dos cuartos de ungüento.
Mientras esto sucedía, Balduque, con el sombrero en la coronilla; las
manos tan pronto en los bolsillos del pantalón como rascando la cabeza
ó sobando los bigotes á contrapelo; los ojos errabundos, y moviéndose
todo de un lado para otro, revelaba hallarse bajo el imperio de una
excitación nerviosa que me alarmaba. Encargué mucho al herido que
cuidara de él mientras yo volvía; y salí de nuevo á la barricada,
porque el fuego no cesaba un punto... Por salir cayó en mis brazos
un combatiente, con un balazo en el pecho. Ayudóme otro hombre á
sostenerle, y entre los dos le condujimos hasta el entresuelo.
--Esto es más grave--dije á Matica al llegar al portal; y á don Serafín
porque no se quedara solo:--Suba usted también para ayudarnos en lo que
pueda.
Y subió con los demás, y nos ayudó á descubrir la herida, que parecía
cosa muy seria. Temblábanle las manos al cesante y hablaba sólo
palabras incoherentes. La triste obra en que todos estábamos empeñados,
llegó á ocupar toda mi atención. De pronto noté la falta de Balduque en
el grupo que componíamos los demás alrededor del nuevo herido. Alcé la
cabeza, y tampoco estaba en el entresuelo; corrí á la escalera, y vi
con espanto que, con un fusil entre las manos, se lanzaba del portal á
la calle.
Bajé de dos brincos, y salí tras él, en medio del tiroteo que no cesaba.
--¿Adonde va usted, desdichado?--gritéle.
--¡Á ganar con mis puños lo que se me debe en justicia!... ¡Á enviar al
Gobierno con una bala el memorial de mis agravios!...
Y esto lo voceaba encaramándose ya en lo alto del parapeto, echándose á
la cara el fusil, ¡que ni siquiera estaba cargado!
--¡Viva la justicia!--gritó allí como un desesperado.
Y un instante después, ¡aciago instante! cuando tocaba yo los faldones
de su levita con mis manos, se desplomaba entre ellas con la inerte
pesadez de un moribundo.
En presencia de aquella tremenda desgracia, sin valor para resistir el
vocerío de los pensamientos que diabólicamente eslabonados me asaltaron
la cabeza, desde el fondo de mi corazón pedí al cielo otra bala para
mí; pero no hubo una, entre tantas como silbaban á mi lado, que anidar
quisiera en un pecho tan lleno de pesadumbre.
Todos cuantos recursos terapéuticos nos había proporcionado la
previsión de Matica, que no eran muchos, se emplearon inmediatamente
en el empeño de volver á la vida á aquel pobre hombre que parecía
un cadáver. Hasta se puso de nuestro lado, ¡bien tarde ya! la feliz
casualidad de haberse suspendido en aquel instante las hostilidades
entre el paisanaje y las tropas, quitándonos con ello el único cuidado
que pudiera separarnos del moribundo.
--No se cansen ustedes--nos dijo éste, con voz apenas perceptible,
vidriosa la mirada, lívido el semblante, jadeante el pecho y
ensangrentada la boca:--tengo la muerte allá dentro... y hará su
oficio muy pronto... Yo la busqué con una locura... hija de muchos
pensamientos ¡muy tristes! ¡muy negros!... Sé que debí vencerlos,
porque hombres hay más desgraciados que yo, y no los tienen; pero no
pude... No es culpa mía... y por eso me absolverá la misericordia
de Dios, cuando á su tribunal me acerque... ¡Hija mía!... ¡Ésta sí
que es pena sin consuelo para mí!... ¡Sola!... ¡sola en este mundo
sin justicia!... Y sola, porque yo no pensé bastante en ello... al
arriesgar hoy mi vida entre las balas... con el deseo de ganar á tiros
lo que se me debe en buena ley... Esto no sé si me lo perdonará Dios,
aunque disculpa y razón tiene en las flaquezas humanas... Usted que
la conoce... mi buen amigo, no la desampare de todo... Y usted, señor
Mata, haga por conocerla... ¡Verá usted cómo la juzga digna de su
amparo!... ¡Que tenga siquiera una sombra!... algo á que arrimarse
para llorar, más que la triste Quica... ¡pobre Quica! ¡Desventurada
Carmen!... ¡Dios mío!...
Tomóle aquí un desmayo... y no volvió de él. ¡Me pareció un sueño aquel
tan inesperado, tan rápido y tan tremendo infortunio! Maldije otra vez
á la revolución, y me maldije á mí mismo, y maldije la brutal empresa
en que yo estaba empeñado desde la víspera; causa quizá de la muerte de
aquel desdichado, del desamparo de la pobre huérfana y de las acerbas
lágrimas que vertería en su dolor sin consuelo...
El mismo Matica, tan frío y sereno de ordinario, permanecía pálido y
mudo delante de aquel cadáver...
* * * * * * *
Apenas me di cuenta de los restantes sucesos del día, no obstante la
activa parte que tomé en ellos por razón del cargo que desempeñaba
allí. Sé que la suspensión de hostilidades lograda por negociaciones
entre el Gobierno y una Junta de armamento y defensa, formada aquella
misma madrugada por hombres notables del partido progresista, bajo
la presidencia del general San Miguel, duró sólo algunas horas; que
á media tarde se reprodujo con mayor saña la refriega en todos los
barrios de la villa; que me batí de nuevo hasta el anochecer; y que
entonces, nombrado capitán general de Madrid y ministro de la Guerra
San Miguel, hizo saber éste, _urbi et orbi_, que había sido llamado
Espartero para formar ministerio y arreglar la cosa política tal
cual se quería en el Manifiesto de los generales pronunciados; con lo
cual abrazáronse tropas y paisanos, y, con gran regocijo de todos,
acabóse aquella bárbara matanza; pero quedando el pueblo armado en sus
barricadas, «por si acaso...». Lleváronse los heridos á los hospitales
de sangre, y los muertos al campo santo. ¡Pobre Balduque! Si se supo
en qué lugar del mundo reposaban tus honrados huesos, á mi previsión
fué debido, al celo de Matica y á la fidelidad de dos hombres que no se
separaron de tu cadáver hasta dejar señalada con una cruz la tierra que
le cubrió.
No pude hacer más por ti en aquel instante.
Para lo que hubo que hacer tan pronto como fué posible el tránsito
por las calles, no hallé fuerzas en mi espíritu. Matica, que le tenía
más sereno y no estaba ligado á la pobre huérfana por los afectuosos
vínculos que yo, se aventuró, en obsequio mío, á darle la noticia del
mejor modo que pudo... Nunca quise oir á mi amigo el relato de aquella
dolorosa entrevista. No sé aún lo que pasó en ella, aunque sé que fué
terrible.
Cuando, al otro día, acudí yo á ver á Carmen, las fuentes de su corazón
se habían secado. No quiso que la hablara una palabra del suceso.
Pálida, recogida en su dolor, muerta en su rostro la sonrisa, estaba
como tanteando los bríos de su alma para afrontar con ellos los azares
en la triste soledad de su vida.
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