No me conformé con esto sólo: había otro campo en que espigar nuevos y
muy sabrosos triunfos, y nadie en mejores condiciones que yo entonces
para colarme en él. Este campo era _el mundo_, la _buena sociedad_.
Quería seguir las huellas que me dejó trazadas mi predecesor; y cuando
lo consiguiera, mis revistas tendrían doble atractivo, y mi imperio
se dilataría en casi otro tanto por las regiones del _buen tono_. Ya
no era yo el apocado y meticuloso provinciano recién llegado á Madrid
á pretender un destinillo que nunca se me daba; que estudiaba en los
transeuntes el modo de andar y de vestir á la moda, y, estrujando los
bolsillos para sacar un puñado de pesetas que no eran mías, adquiría
con ellas un contrahecho arreo con qué presentarme, tropezón y
balbuciente, entre las gentes elegantes; ya no temía encontrarme con
la familia Valenzuela, porque Clara respondía muy atenta á mis saludos,
cuando de lejos se los hacía, y á los demás no quería saludarlos yo;
vestía á la moda, porque mi sueldo, casi doblado desde que me había
metido á crítico, daba para ello; era yo, en fin, un _publicista_ que
tenía un nombre que sonaba mucho en tertulias y cafés, y amigos y
admiradores, y trato de gentes, y soltura y desembarazo para andar por
Madrid como por mi casa... ¿Quién, pues, como yo para entrar con planta
firme en los empingorotados salones, y aspirar á ser el mimado cronista
de sus fiestas y ornamentos?
Y entré, comenzando por aquéllos en que me había presentado Matica
meses atrás. Pero me engañaba algo el pensamiento. Delante de los
hombres me desenvolvía tal cual; mas delante de las damas desconocidas
continuaba siendo un pobre babieca: me faltaba el pertrecho de
ingeniosas frivolidades con que los _chicos_ de mundo improvisan un
tiroteo de galantes agudezas con una mujer, tan pronto como se acercan
á ella; pertrecho que, por lo común, no se adquiere comenzando á
buscarle cuando se tiene ya la cara llena de barbas, y se ha pasado el
tiempo que queda atrás en los jarales de una aldea. Por fortuna mía,
estaba allí Clara aquella noche; y viéndome perplejo y desorientado, á
Clara me acerqué, como de escala en puerto conocido. No me pesó de ello.
¡Singular naturaleza la de esta joven! Siempre me hacía el efecto de
una estatua con voz y movimiento. Costábame trabajo persuadirme de que
detrás de aquella piel tersa, mate, verdaderamente marmórea, hubiera
nervios sensibles, y arterias con sangre caliente, y un corazón que
palpitara como el mío, y un alma que se asomara á aquellos ojos duros,
imperiosos, negros; tan negros, que tizne de su negrura parecían las
cárdenas ojeras que los circundaban. ¡Qué labios aquéllos, aunque
húmedos y finos, pálidos, y, en la apariencia, yertos; y aquellos
dientes menudos, blancos, cual si fueran tallados en una pieza de
porcelana, y no nacidos uno á uno... y la voz, cadenciosa y hombruna,
que, por una fascinación ejercida por este conjunto de singularidades
plásticas, más me parecía efecto inmediato de la luz de los ojos, que
formada al modo de todas las voces humanas!...
Pero estatua ó no, la hija de don Augusto Valenzuela había llegado ya
á un grado de morbidez tan simpático, que se estaba uno á su lado muy
á gusto. Ni ¿cómo era posible que yo, que la había conocido un año
antes tan angulosa y enfermiza en la Montaña, contemplara las ronchas
que le hacían los guantes en las rollizas muñecas, la redondez de su
cuello y turgencia de sus hombros, mal velados por la transparente gasa
de su ondulante y parlero camisolín, sin un sentimiento, cuando menos,
de lícita vanidad, por ser hijo de la _tierruca_ cuyos aires tales
maravillas habían obrado en tan poco tiempo?
Creo que hablamos algo de ella, es decir, de mi tierra; pero ni una
palabra de mis empresas literarias. Ó no las conocía Clara, ó las
estimaba en poco: de todas maneras, no era la omisión para envanecerme.
Después bailamos juntos; y cuando descansaba de la fatiga del wals
apoyándose en mi brazo, un poquillo jadeante y con un amago de sonrisa
y una mirada rápida me explicaba la razón de su lícito abandono,
entrábanme como deseos de decirla: «cánsese usted más, señora, que
aquí hay brazo para todo». Pero me conformaba con admirar otra vez, en
conjunto y en detalle, mientras hablábamos de cosas bien distintas, la
obra regeneradora y escultural de las brisas de mi pueblo.
Apenas se hubo sentado, llegóse el fachendoso Barrientos á saludarla, y
yo me separé de ella.
Mis subsiguientes empresas, aunque no á todo mi gusto, como tanteo de
bríos no me dejaron descontento. Al otro día, que lo era de revista
para el periódico, escribí algo de aquella _soirée_. Me consta que la
mención fué del gusto de las damas aludidas.
Me animó el éxito del ensayo y lancéme á otros salones: hízose en ellos
ancho lugar el ruido de mis lisonjas; prestóme la osadía la travesura
que me faltaba, y se colmaron mis ambiciones de ser el rey de la
crítica literaria y el primer cronista del mundo elegante. ¡Poder de
cuatro dones aparatosos de la madre naturaleza, y de una desfachatez
imperturbable!
Entre tanto, el gobierno de los _polacos_ nos daba un disgusto cada
día, y estaba poniendo en el disparadero la paciencia de la gente
liberal. Hablábase de tropelías, de concusiones, de vandalismos; en
fin, de todo linaje de desafueros cometidos por el poder; protestaba la
prensa contra la opresión en que vivía, en un manifiesto al público,
y eran encarcelados los repartidores y encausados y multados los
firmantes; adheríanse á este manifiesto los periodistas y escritores
de todas castas; uníanse estrechamente progresistas y moderados, y
_manifestábanse_ también contra la tiranía del Gobierno...; hasta «la
juventud» indignada lanzaba su protesta correspondiente, pidiendo de
paso «espadas; y si no las había, chuzos; y si no, piedras».
O'Donnell andaba oculto, porque burló la vigilancia de la policía,
mientras salían «de cuartel», á varios puntos del reino, Armero,
Concha, Infante... y no sé cuántos generales más; y muchos personajes
civiles, unos á la fuerza y otros por precaución, desaparecían de la
noche á la mañana; y como se había declarado una guerra á muerte entre
el poder y las oposiciones, la palabra «insurrección» se traslucía
en la forzada insipidez de los periódicos; oíase clara y terminante
en las conversaciones de todos los corrillos, en la calle, en las
tertulias y en los cafés... hasta que estalló en Zaragoza en forma de
pronunciamiento, en el cual perdió la vida el brigadier Hore que se
había puesto al frente de él.
La política, pues, lo absorbía todo en aquellos días vecinos á la
primavera; pero la política tumultuosa, candente, convulsiva, oliendo á
pólvora y á motín. En esto apareció _El Murciélago_, hoja clandestina
que, bajo sobre enlutado, se colaba en todos los bolsillos, y hasta
en los regios aposentos de Palacio; en la cual hoja se estampaban en
letras de molde cuantas desvergüenzas se murmuraban al oído en las
conversaciones reservadas. Y aquello fué un volcán, uno de cuyos
cráteres más activos era la redacción de _El Clarín de la Patria_,
como órgano de la fracción más inquieta y avanzada del progresismo de
entonces.
¡Válgame Dios, qué hervidero aquél! El bueno de Redondo daba compasión,
con los ojos hundidos, los bigotes erizados, los dedos sucios de tinta;
sin comer, sin dormir, sin afeitarse; tan pronto perorando en la mesa
de la redacción, como cuchicheando en el gabinete á puertas cerradas,
con emisarios y cómplices; á veces escondido, á veces escondiéndose,
sobresaltado, nervioso, inapetente... Bujes no cesaba de ir y venir.
¡Y qué gentes solían acompañarle! ¡Y qué cosas referían, y á qué cosas
se brindaban! Los redactores, mis subalternos de la administración,
los repartidores, todo el mundo hacía algo, servía para algo allí;
todo el mundo menos yo, que, en aquellas horas de vértigo, atolondrado
y absorto, hasta me olvidaba de que había en el periódico una sección
que estaba á mi exclusivo cargo. Pero, en cambio, tenía, como nadie, el
don desdichado de apropiarme los gustos, las impresiones y hasta las
majaderías de los demás; una propensión funesta á contagiarme de las
pasiones que flotaran en el ambiente que yo respirase; y, al cabo, me
contagié de aquella fiebre revolucionaria que consumía á mis compañeros.
Síntomas de ella fué la admiración que comencé á sentir por los hombres
que de tal modo se sacrificaban por la libertad de su patria; y Brutos,
Catones y Gracos me parecían hasta Bujes y el portero de la redacción.
El éxito ruidoso de los manifiestos y periódicos secuestrados por la
autoridad, me llenaban de noble envidia; y comparándome yo con los
hombres que tales riesgos afrontaban, dábame vergüenza del chisporroteo
de mis batallas á alfilerazos con poetas y comediantes, y de los
afeminados perfiles que mi pluma consagraba á los fútiles pasatiempos
del mundo elegante.
Comencé á discurrir que, no obstante la importancia que mi altísimo
_ministerio_ (así llamaba yo al oficio) me prestaba entre editores,
autores, empresarios, damas encopetadas y galanes á la moda; á pesar
del pisto que yo me daba recibiendo, «en testimonio de consideración»
y de otros sentimientos, ejemplares de cada libro, de cada comedia, de
cada folleto, de cada copla que vomitaban las prensas de imprimir, la
plaza de revistero prometía muy poco para en adelante; y el día en que
la abandonara, nada me quedaría que la recordase sino la enemistad
de los flagelados, el agradecimiento insulso y platónico de los pocos
amigos á quienes había colmado de elogios, y el de las mujeres feas y
de los hombres fatuos adulados por las lisonjas de mi pluma. Necesitaba
yo, indudablemente, sin renunciar por entero á estos triunfos
pacíficos, otros más resonantes y viriles; algo en que ejercitar las
fuerzas que me prestaba la atmósfera que me envolvía, y más compatible
con las aspiraciones de que me vi henchido de repente. Al logro de
estas aspiraciones se caminaba por la sección de política palpitante de
_El Clarín_. En busca de este camino enderecé resueltamente mis pasos.
Continuaba la prensa periódica más vigilada y opresa cada día; y, por
lo mismo, más empeñados los periodistas en hablar de cuanto les estaba
prohibido, que era mucho. De aquí el estudio y los esfuerzos de ingenio
que se hacían para decirlo todo sin decir nada, y el hábito de afrontar
riesgos muy graves á trueque de satisfacer las propias comezones y
la curiosidad del publico, ávido de escándalos con qué entretener el
desasosiego en que vivía.
Sin dar cuenta á nadie de mis proyectos; bien pertrechado de hojas
sueltas y de algunos números de _El Murciélago_; tomando de las unas
y de los otros hechos y nombres que yo desconocía, y procacidades y
desvergüenzas calumniosas, cuya sola lectura me asustaba, convertílo
todo en substancia y compuse con ello, en el silencio y la soledad de
algunas noches, un _Cuento oriental_ que concluía empalando el pueblo
al Visir, hombre infame y tirano que tenía secuestrado al Califa á
quien hacía, con viles amaños, encubridor de sus torpes y descomedidas
ambiciones. Morían también los eunucos del serrallo y no sé cuántos
servidores del alcázar, por desleales á su señor y cómplices del gran
Visir en todos sus crímenes abominables. Estaban los lances del cuento
rigurosamente ajustados á los sucesos políticos evidentes y á los
rumores calumniosos del día, y abundaban las reflexiones satíricas y
maleantes y los comentarios insidiosos, para que se fuera leyendo entre
renglones lo que no alcanzaran á explicar los hechos descarnados del
asunto. Dicho sea sin vanidad, el cuento resultaba no mal perjeñado,
bastante entretenido y, á pesar de su tremebundo desenlace, muy
risueño. Se le leí á Matica antes que á nadie, y le ponderó muchísimo.
--Parece mentira--me dijo,--que esto lo haya escrito la misma pluma que
tanto ha barbarizado haciendo revistas literarias. Hay que publicarle,
suceda lo que suceda.
Después se leyó á claustro pleno en el gabinete de la redacción.
--Aunque me cueste un viaje á Filipinas--exclamó Redondo
entusiasmado,--esto se publicará, y en la sección de fondo: mañana
mismo. La hoguera necesita más leña, y este solo tizón es un incendio.
¡Á las cajas!
¡Cosa rara! El Argos de la censura previa, que no daba paz á sus cien
ojos rebuscando en los impresos delitos que perseguir, fué ciego
aquel día con _El Clarín de la Patria_; y sólo cayó en la malicia
del cuento después que los repartidores se habían echado á la calle.
Entonces comenzó el ojeo de la policía; y con los estruendosos alardes
de costumbre, se secuestraron simultáneamente los ejemplares que
quedaban en la redacción y los que se arrebataron de las manos de los
repartidores. ¡Á buen tiempo! Una gran parte de la tirada se había
distribuido ya en Madrid; y con el pretexto de que los suscriptores
que no habían recibido el número supieran la causa, _El Clarín_ tuvo
buen cuidado de referir en un suplemento el suceso, con el mayor número
posible de pelos y señales.
Sucedió lo de siempre: el secuestro, y secuestro tan extemporáneo,
avivó la curiosidad; buscáronse con avidez los ejemplares repartidos;
leyóse el cuento pecaminoso; parecieron sus malicias de doble
relieve del que les correspondía; cundió la fama de ellas; creció la
curiosidad; y no bastando los ejemplares que existían en el dominio
público, hízose copiosa edición clandestina del cuento; y de este
modo no quedó casa ni café ni taberna ni bolsillo donde no anduviera
mi obra, ni boca que no pronunciara el nombre del autor. Porque yo
mismo le declaré, «en confianza», al primero que me preguntó por él,
tan pronto como caí en la cuenta de que tanto ruido y matraqueo era
un toque á gloria para mí, y lo confirmaron en todas partes, sabiendo
que en ello me complacían, Matica y mis compañeros de redacción. Para
que nada faltase á mi popularidad, Bujes, entusiasmado, y después de
abrazarme conmovido, diómela en los barrios bajos repartiendo las
hojas á docenas, descifrando los enigmas de la historia y ensalzando
el talento y las cívicas virtudes del autor. Excitaba en la calle la
curiosidad de los transeuntes, y me estrechaban la mano gentes que me
eran desconocidas.
Yo estaba borracho de felicidad. Sin embargo, no dejaba de conocer
que en circunstancias normales no hubiera producido el cuento tan
extraordinario aplauso; que éste era obra de la persecución del
Gobierno y del estado de los ánimos. En el embrollado mar de la
política, no tienen otros méritos tantos y tantos escritos que después
del mío se han hecho muy famosos.
Hasta tal extremo lo fué éste, que llegué á abrigar muy serios temores
de que el Gobierno me disipara la embriaguez del triunfo con algún
disgusto serio. Lo mismo opinaban mis compañeros y amigos.
En esto recibí una carta de Valenzuela, el cual me llamaba á su
despacho para tratar de un asunto que me interesaba. La primera
impresión que sentí fué de espanto. Después me tranquilicé considerando
que para apoderarse el Gobierno de mí, no necesitaba tenderme un lazo,
ni mucho menos valerse para ello de la mano de Valenzuela, en quien no
podía concebirse tan ocioso alarde de maldad, por malo y pícaro que
fuése.
Consulté el caso, y hubo tres pareceres: que acudiera á la cita; que no
acudiera; que me ocultara. Opté resueltamente por lo primero.
¡Qué fino, qué cariñoso... y qué desmejorado hallé al rumboso manchego!
Me tendió la mano y hasta me preguntó por mi padre.
--Quiero demostrarle á usted--me dijo,--que soy hombre de palabra,
cumpliendo la que le empeñé aquí mismo, de avisarle tan pronto como
pudiera ofrecerle algo que le conviniera.
--Siento muchísimo--respondí humildemente,--que ese testimonio de
estimación con que Vuecencia me honra, llegue un poco tarde.
--¡Tarde!--exclamó Valenzuela:--¿por qué?
--Porque temiendo morirme de hambre--repuse sin altanería,--en espera
de cosa mejor, acepté, apenas cesó Vuecencia en el alto cargo que
hoy ejerce de nuevo, el empleo que un amigo me proporcionó en la
administración de un periódico.
--Algo más que administrarle bien ha sabido el afamado revistero
Pedro Sánchez--añadió Valenzuela en tono lisonjero, y, á mi parecer,
acordándose más del _Cuento_ que de las revistas;--y precisamente
porque conozco esas muestras de su buen ingenio y de su gallarda pluma,
quiero emplearle á usted de modo que dentro de sus aficiones, trabaje
menos y le luzca más. ¿Entiende usted?
--Si Vuecencia se sirviera explicarse...
--Ante todo, déjese usted de tratamientos ceremoniosos, amigo Sánchez...
--Como usted guste,--dije siguiéndole el humor.
--Pues quiero--continuó Valenzuela, encareciendo mucho sus palabras
con el tono y los ademanes,--darle á usted algo que no sólo valga la
pena desde luego, sino que le sirva como de ingreso á más lucida y
provechosa carrera. En este concepto, tiene usted á su disposición una
plaza de redactor de un periódico que merece todas las simpatías del
Gobierno, por estar identificado con su política salvadora. Ya sabe
usted lo que esto significa, dicho en este sitio por un hombre como yo.
--No lo ignoro--respondí algo turulato, así por la índole como por
lo inesperado de la oferta;--pero le ruego á usted que considere
cuáles son las ideas de _El Clarín de la Patria_, y los compromisos de
gratitud que tengo con él.
--Esas delicadezas le honran á usted mucho, señor Sánchez; pero han
de servirle de muy poco. Los hombres _consecuentes_ y los escritores
_concienzudos_ son los primeros que se mueren de hambre en los tiempos
que se usan. Pero, en fin, allá usted. Por lo que á mí hace, atento
solamente á lo que puede convenirle, le reitero la oferta. Dígame con
entera confianza si la acepta ó no.
Me faltó valor para responder categóricamente lo que sentía, dando
por cierto que los ofrecimientos de Valenzuela descendían por línea
directa del éxito ruidoso de mi _Cuento oriental_, y le pedí el plazo
de algunas horas para estudiar el asunto con la debida serenidad.
--Tómese usted cuantas necesite,--me respondió secamente, penetrado,
sin duda, de mis verdaderas intenciones.
Despedíme con poco más que una fría reverencia, y volé á dar cuenta del
suceso á mis amigos, que me aguardaban anhelosos en la redacción.
--No alcanzo--dije, después de referir punto por punto la
entrevista,--qué interés puede tener el Gobierno en que yo escriba en
su periódico de cámara, cuando cuenta con plumas bastante más diestras
en esas lides que la mía.
--Lo que menos le importa al Gobierno--replicó Matica, que se hallaba
presente,--es lo que usted pueda escribir en favor suyo: demasiado sabe
él que la enfermedad que le está matando no se cura con sahumerios
ni con panegíricos, aunque se los haga el mismísimo San Pablo; pero
sabe también que el nombre de Pedro Sánchez, desde la publicación del
_Cuento oriental_, que es obra suya, anda en todas las bocas que se
complacen en decir algo malo de la situación; y que sería de gran
efecto, por lo que desencantaría á las oposiciones, la aparición
en todos los periódicos ministeriales de un sueltecito que dijera,
sobre poco más ó menos: «Desde hoy figura entre los redactores de
_El Mensajero_ el joven y afamado escritor don Pedro Sánchez». Esto,
en las actuales circunstancias, equivaldría al paso de un regimiento
al enemigo en el momento de comenzarse la batalla. ¿Se entera usted?
Pues para eso, para que deserte, le ha llamado á usted el rumboso
Valenzuela. Conque ¿qué piensa usted contestarle?
--¡Que no!--respondí, muy ofendido de semejante pregunta.
--Pues dígalo usted por escrito--me aconsejó el madrileño con la
conformidad de todos los demás,--y no envíe la carta hasta después de
hallarse escondido en lugar seguro; porque para usted no hay escape: ó
sacrifica á los dioses del poder, ó le envían á las fieras del circo.
La disyuntiva me espantaba; pero era la pura verdad. ¡Esconderme,
renunciar á la luz y al aire de la libertad!... Y ¿en dónde? ¿hasta
cuándo?
Don Serafín Balduque, que venía preguntando por mí, me halló en estas
mentales lamentaciones. Confiéle en secreto la causa de ellas; y
llevándome al rincón más apartado, me dijo al oído:
--Arregle usted sus cosas aquí y en la posada, y deje lo demás de mi
cuenta, que yo le prometo encerrarle donde no le huelan los mejores
sabuesos de la policía. Después de encerrado, me encargaré también de
descubrir el encierro á las personas que usted designe... Pero que sean
pocas, porque secretos de muchos...
Convine en ello de muy buena gana; y quedando con don Serafín en que
volviera á buscarme después de anochecido, le pregunté:
--Y usted ¿para qué me buscaba?
--Á la noche se lo contaré á usted más despacio,--díjome, y salió de la
redacción como un cohete.
Pasé el resto del día ocupado en los preparativos de mi _viaje_:
escribí una carta muy fina á Valenzuela, y se la di á mis compañeros
con encargo de que no la enviaran á su destino hasta el día siguiente.
Después de anochecido volvió don Serafín; despedíme de todos, y salí
con él.
--¿Adónde me lleva usted?--le dije en la calle.
--Á mi casa--me respondió muy ufano.--¿Dónde más seguro ni mejor
cuidado había de hallarse usted, calabaza?
[Ilustración]