Comenzaba el otoño; tornaban á sus hogares los expedicionarios
veraniegos de Madrid, que entonces no eran tantos ni tan varios
como ahora; inauguraban sus campañas de invierno los teatros;
despolvoreábanse los aristocráticos salones; comenzaba, en fin, á
palpitar la vida de invierno en el corazón del adormilado Madrid
del estío, y _El Clarín de la Patria_ aún tenía echada la llave á
la sección de revistas semanales, crónica razonada del movimiento
literario de España, con entretenidas excursiones, á veces, hasta por
la elegante indumentaria de salón. Y ¿cómo abrirse aquellas puertas
si el que vivía dentro se había mudado de casa? Es de saberse que
_Segismundo_ había cambiado su pluma de revistero por la de oficinista
en el ministerio de la Gobernación, adonde le había llevado el Conde
de San Luis, gran protector de literatos, si es que puede llamarse
protegerlos el colocarlos de modo que ó tengan que dejar de escribir,
ó que descuidar los asuntos de su cargo. Y que no amengüe en nada la
franca exposición de éste mi leal parecer la buena memoria de aquel
rumboso prócer, en lo que atañe á su incansable deseo de amparar á los
hombres de talento; pues bien sabe Dios que si desapruebo el modo,
estoy muy lejos de no aplaudir la intención.
El caso es que como no era decente que _Segismundo_ cobrara con una
mano la respetable nómina de su destino, y con otra escribiera en el
periódico de más rabiosa oposición de cuantos se publicaban en España,
se despidió muy cortesmente de Redondo, con expresiones para todos
los demás de la casa; y habiendo acontecido esto, un día me llamó
el director á su gabinete, donde estaba con los demás redactores; y
después de poner á _Segismundo_ de pancista, de liberal de pega y de
otros tales primores, que no había por dónde cogerle, me dijo:
--Hemos acordado ahora mismo que se encargue usted de hacer las
revistas literarias.
Necesité que me repitieran á coro todos los presentes estas palabras,
para convencerme de que estaba despierto y de que no se burlaban de mí
aquellos señores, cada uno de los cuales podía desempeñar el cargo muy
gallardamente, al paso que yo...
--No hay excusa que valga--me decían, atajando uno á uno mis
reparos.--Es cosa resuelta. Ninguno de nosotros puede dedicarse á eso
por falta de tiempo, y aun de dotes que abundan en usted.
Me asustó el piropo, y quise sacudirme de él. Me lo volvieron á echar
encima. Expuse mi ignorancia, mi inexperiencia...
--Le hemos oído á usted muchas veces--dijo el
gacetillero,--atinadísimas observaciones sobre las obras dramáticas que
conoce; y en lo que lleva publicado en _El Clarín_ hay muestras de todo
lo que se necesita para ser un revistero en regla...
--No es lo mismo--repliqué,--emitir una opinión hablando familiarmente,
que escribir un juicio razonado, que ha de leerse y criticarse...
--¡Qué juicio ni qué calabaza, hombre!--replicó el redactor madrileño,
que escribía hasta de teología sin haberla saludado.--¡Medrados
estábamos si tuviéramos que conocer á fondo todos los asuntos que
ventilamos en la prensa! ¿Para qué es el ingenio, para qué las
callejuelas y puertas falsas del arte, de la lengua y del estilo,
sino para entrar donde se nos antoje y salir cuando nos acomode,
sin temor de que nadie nos cierre el paso ni nos sorprenda ni nos
corte la retirada? Es natural--continuó,--por lo mismo que es usted
modesto, que le asuste un poco la idea de lanzarse de golpe y porrazo
á fallar en última instancia pleitos de tan especial naturaleza; pero
si usted reflexiona que, por de pronto, no es de necesidad absoluta
que esos fallos sean tan claros que todo el mundo los entienda, ni
siquiera que sean fallos, la cuestión cambia de aspecto. Vea usted
un plan. Mientras examina usted el terreno y toma posiciones y se
acostumbra á mirar cara á cara al enemigo, y al olor de la pólvora
y al estruendo de las primeras embestidas; en una palabra, mientras
no sea dueño absoluto del campo (que no tardará en serlo), no suelte
usted prenda alguna allí donde vacile siquiera, y despáchese con un
poco de pirotecnia que deslumbre y haga ruido; donde se considere algo
más firme y mejor pertrechado, hunda el arma hasta la empuñadura, ó
sacuda el incensario hasta que se acabe el humo. Para hacer esto con
valentía y desparpajo y, sobre todo, con acierto, comience usted por
dividir las obras que examine en dos grandes grupos: las de nuestros
amigos y las de _los otros_. Entiendo por obras de nuestros amigos las
comedias, las novelas, los folletos, cuanto publiquen los hombres
de nuestras ideas ó de nuestra amistad íntima, ó aquéllos á quienes
siquiera hablemos ú oigamos hablar en el café, ó nos merezcan alguna
estimación en cualquier concepto simpático; y entiendo por obras de
_los otros_ las que publiquen los enemigos de la libertad y no nos
saluden en la calle. Pues bien: supongamos que en una obra de nuestros
amigos anda muy descuidada la forma; que es una comedia con la cual se
duermen los espectadores, ó silban y patean; ó un libro que se cae de
las manos y afrenta á la lengua castellana. «Cierto»--diremos,--«que
hay algunos desaliños de lenguaje, y algunas contradicciones de
carácter, y, si se quiere, también algunos descuidos de monta en la
trabazón de la fábula; descuidos, contradicciones y desaliños que no
significan nada, absolutamente nada, en las obras de arte, por lo
mismo que son de fácil y mecánico remedio, siempre que el autor se
digne descender de las altas esferas de su inspiración desbordada para
ocuparse en esas prosaicas maniobras de taracea. Pero el fin objetivo,
pero la idea, pero los cauces que allí se abren á las corrientes de la
nueva civilización; pero el altísimo criterio con que se expone y se
desenvuelve esto y lo otro y lo de más allá...». Y aquí derrama usted
el talego de todas las ponderaciones, hasta sacar en consecuencia que
en la tal obra lo bueno es de lo mejor, y lo malo no pasa de _ligeros
lunares_. No hay para qué decir que cuando las obras de nuestros amigos
son siquiera medianas en la forma y en el fondo, se voltean todas las
campanas de la crítica. Pues supongamos las mejores condiciones de
bondad en las obras de _los otros_. «No puede negarse»--diremos,--«que
está bastante bien escrita, que tiene cierta gracia, y que interesa
_hasta cierto punto_; pero ¿cómo ha de ser bello lo que está concebido
en la obscuridad y el frío de los sepulcros, y en la lobreguez de las
ruinas? ¿Á qué fin artístico responde el propósito fundamental de este
libro ó de esta comedia ó de este drama? ¿Quién le ha dicho al autor
que el arte, que es la belleza, puede hermanarse nunca con horribles
ideas que pugnan con las corrientes de las modernas sociedades: el
frío mortal del invierno con el calor vivificante del estío; la luz
con las tinieblas?». Y así le va usted abrumando poco á poco, hasta
que le mata, demostrando que la obra que analiza es una verdadera
abominación. Si además de lo malo del fondo, por no ser de nuestras
ideas, tiene flojilla la forma, cuatro despreciativos garrotazos, y á
otro asunto... Desengáñese usted, no hay oficio más cómodo.
¡Ay, Matica de mi alma! ¿por qué retrasaste tu vuelta á Madrid? ¿Por
qué no sanaste primero del prosaico romadizo que fué la causa de
ello? ¿Por qué no estuviste á mi lado en aquellos infaustos días en
que la serpiente me tentó con fruta tan de mi gusto? ¡Tú, con tu buen
seso y parecer tan distinto del de aquellas empecatadas gentes, no
me hubieras dejado caer en la tentación!... Porque caí, sí, caí sin
que me valieran razones ni alegatos que se desvanecían en el humo
del incienso con que me trastornaban el juicio mis interlocutores.
Llegué á creerlos y á creerme á mí, por ende, capaz de las más altas
empresas crítico-literarias; y cuando volvió Matica, muy cerca del fin
de octubre, ya era tarde para retroceder. Ya había probado dos veces
los deleites de aquel apetitoso magisterio, que á tantos mortales,
tan firmes de mollera como yo, ha hecho unos pobres mentecatos antes
y después acá. ¡Buenas cosas me dijo! ¡Grandes verdades me cantó
palmoteando sobre los mismos testimonios de mi delincuencia!; pero ni
Matica ni el Preste Juan eran capaces de convencerme de que no debía
continuar la empresa que traía entre manos, desde que yo había leído en
todos los periódicos liberales de Madrid, estas palabras, remitidas,
como supe andando los meses, por el gacetillero de _El Clarín_: «Están
llamando la atención de todos los literatos las revistas críticas que
publica en _El Clarín de la Patria_ el distinguido escritor que oculta
su verdadero nombre tras el modesto seudónimo de _Pedro Sánchez_.
No tiene nuestro colega por qué sentir la deserción del famoso
_Segismundo_ al campo enemigo».
He de decir cuatro palabras acerca del estado en que se hallaban mis
dominios al empuñar yo el cetro de la crítica. En la novela imperaban
las traducciones del francés; y eran los autores preferidos V. Hugo,
Dumas, J. Sand, Sué, Paul de Kock y Soulié. La española tenía pocos
cultivadores, y no abundaban los lectores que preguntaran por ella.
Sabíase, creo que de oídas, que Villoslada había escrito _Doña Blanca
de Navarra_, y que era ésta una novela excelentísima al modo de las
de Walter Scot; alguna de Fernández y González era bastante más
leída y celebrada. Fernán Caballero acababa de publicar _Clemencia_,
después de haber adquirido fama con _La Gaviota_ en 1849; Pero es de
advertir que, por resabios románticos que quedaban aún en el gusto del
público, éste prefería el amor empalagoso é inverosímil de aquella
sensible y lacrimosa heroína, al ridículo y extravagante inglés, y las
inaguantables escenas á que este punto da lugar, á los sabrosos pasajes
y cuadros llenos de color y de verdad, en los cuales entran, como
figuras de primer término, don Martín, don Galo Pando, la Marquesa,
la Coronela y la tía Latrana. Esto se desechaba por _vulgar_ y poco
elegante; y, sin embargo, era la miga del ingenio de Fernán; lo que
ha hecho que viva y no muera jamás esa novela, como no morirán _La
Gaviota_ ni otras muchas de la misma ilustre autora, precisamente por
estar llenas de «vulgaridades» por el estilo. Como efecto de aquella
misma causa, gozaban de cuanta boga podían gozar entonces libros en
España, _Jarilla_ y _La Sigea_, dos novelas románticas de Carolina
Coronado, y _El..._ (no recuerdo qué) _de Monfaucon_, otra que tal de
la Avellaneda; en la cual novela andaba la heroína con la cabeza de su
amante colgada del pescuezo, por medio de una cadena de plata, suplicio
á que la había condenado el bárbaro castellano su marido. Antonio
Flores había dado á luz otra de costumbres contemporáneas, con el
título de _Fe, Esperanza y Caridad_, abundante en cuadros curiosos y no
mal pintados, pero atestada de lugares comunes de novelón por entregas.
Vale mucho más que esto su galería de cuadros, _Ayer, Hoy y Mañana_,
comenzada á exhibir en 1854, y terminada por completo años después.
Reciente estaba también la publicación de _El libro de los Cantares_,
de Antonio de Trueba, el mejor y más fecundo cuentista de cuantos se
pasean en España, y el autor español más traducido á extrañas lenguas.
Ayguals de Izco se había propuesto ser el Eugenio Sué de acá, y no
quiero decir cómo lo lograba. De Antonio Hurtado se conocía una novela,
_Cosas del Mundo_, premiada recientemente por la Academia de la Lengua.
Otra circulaba bastante, de Patricio Escosura, _El Patriarca del
Valle_, y se elogiaban una de Juan de Ariza, _Un Viaje al Infierno_,
sátira del Madrid entonces, en que había muchos anagramas demasiado
transparentes, y otra, _La Dama del Conde-Duque_, bien perjeñada y con
mucho sabor de época, de Diego Luque, á la sazón casi un muchacho.
_El Curioso parlante_ había cerrado su cartera de apuntes literarios, y
se entretenía en escribir de vez en cuando sobre _Mejoras de Madrid_,
mientras saboreaba la gloria del renombre que le habían dado sus
_Escenas Matritenses_.
En el _Museo de las Familias_, de Mellado; la mísera y casi andrajosa
_Ilustración_, de Fernández de los Ríos, y _El Semanario Pintoresco_,
no recuerdo de quién, pero sí que andaba en sus postrimerías, dábanse
á luz, entre muchas traducciones, algunos trabajillos sueltos con las
firmas precedentes que no han de inmortalizarse allí, y otras tantas
que se han olvidado ya, ó que, de seguro, estarán en _Los españoles
pintados por sí mismos_, mamotreto célebre en que se declara todo menos
lo que el editor se propuso; porque entiendo que en España hay algo
más, como color nacional y distintivo, que zapateros de portal, beatas,
canónigos, toreros, mozos de cordel y cuanto se inventaría en aquel
catálogo de excepciones singularísimas; lo cual no quiere decir que
cada figura de por sí no sea digna obra del pincel que la trazó; pero
sí que el rótulo del álbum fué mal aplicado, ó no se ajustaron á su
sentido los pintores que iban llenando las hojas.
Y esto, salva alguna insignificante omisión en que pueda haber
incurrido mi memoria, es cuanto daba de sí el género, aunque parezca
mentira.
El Duque de Rivas, Zorrilla, Villergas y otros poetas de nota, andaban
fuera de la patria, ó calladitos en su pueblo ó á la sombra de un
destino. La Avellaneda, la Coronado y García de Quevedo, publicaban tal
cual lucubración romántica, de tarde en tarde. El surtido de poesías
de los pocos y malos periódicos literarios que existían, corría de
cuenta de los Larrañaga, Vila y Goyri, Ribot y otros de quienes ya no
me acuerdo ó no quiero acordarme.
El teatro, ya que no por la cantidad, por la calidad de los poetas,
tenía más lozana vida que la novela. Bretón de los Herreros, aunque en
el crepúsculo de la tarde, iluminaba todavía la escena en que tantos
lauros había ganado, con frescas y agradables luces de su inagotable
ingenio. Hartzenbusch escribía comedias tan delicadas como _Un sí y un
no_; García Gutiérrez, aunque muy tentado del demonio de la zarzuela,
no olvidaba del todo á la musa que le inspiró _El Trovador_ y tantas
obras coronadas por el aplauso y la admiración del público de su
tiempo; Tamayo trepaba á la más alta jerarquía del ingenio dramático
con su tragedia _Virginia_; Ventura de la Vega, trabajando también
á destajo para la zarzuela, saboreaba los aplausos que le valía _El
hombre de mundo_, que aún no había perdido la novedad en los carteles,
igual que acontecía con _Don Francisco de Quevedo_, lo único bueno que
supo hacer para el teatro el ingenioso _bohemio_, haragán impenitente,
Florentino Sanz; de Ayala se estrenaba _Rioja_ con mediano éxito, y
de Rubí _De potencia á potencia_ y algo más que no recuerdo; Eguílaz
había aparecido el invierno anterior con _Verdades amargas_, comedia
ruidosamente aplaudida, y que no por estar plagada de incorrecciones
de lengua, y hasta de arte, dejaba de anunciar un poeta dramático de
buena cepa; inmediatamente después obtuvo otro gran éxito su drama
_Alarcón_; y en la temporada de mi advenimiento á la crítica, su obra,
_El Caballero del Milagro_, no fué menos afortunada que las anteriores;
Serra emulaba los donaires de Bretón en humoradas tan lindas como _La
Boda de Quevedo_; Juan de Ariza escribía comedias muy agradables; y, en
fin, y sin contar otras producciones más efímeras ni mencionar otros
poetas de menor cuantía, se representaban traducciones tan importantes
como _Adriana_ y _Sullivan_, drama este último que valió á Julián Romea
los mayores triunfos de su ya entonces larga y gloriosa carrera de
actor.
Este hombre insigne, con la Palma y el viejo Guzmán, representaban
aquel invierno en el teatro de los Basilios; en el del Príncipe, Arjona
con Teodora Lamadrid, Calvo y los Osorios; en la Cruz, Variedades é
Instituto, compañías de poco más ó menos, entreteniendo con melodramas,
magia y hasta _cuadros disolventes_, el escaso público de que podían
disponer.
Aún se representaba de vez en cuando algo del _género andaluz_, puesto
de moda años antes por el actor Dardalla y sus imitadores. Yo alcancé
á ver todavía _El corazón de un bandido_ en el teatro del Instituto,
y _El Tío Caniyitas_ en el del Circo, drama romántico muy afamado
la primera de estas obras, y popularísima zarzuela la segunda, de
Franquelo y Sanz Pérez, respectivamente, como casi todo lo que se
representaba y se había representado del mismo abominable género.
El teatro de moda era el Circo de la Plaza del Rey, donde Salas y
Caltañazor habían encontrado una mina de oro con la zarzuela, que
comenzaba á volar muy alto, y se estrenaron, entre otras que no
recuerdo, en aquella sola temporada, obras tan importantes como _El
Marqués de Caravaca_, de Ventura de la Vega y Barbieri; _El Grumete_,
de García Gutiérrez y Arrieta; _El Valle de Andorra_, de Olona y
Gaztambide, y _El dominó azul_, de Camprodón y Arrieta.
Para juzgar de todas éstas y aquellas cosas y de cuanto con ellas se
relacionara, según los fueros de su bien ganada autoridad, estaban el
ya entonces sabio y respetado Fernández Guerra (don Aureliano), que
se firmaba _Pipí_, y Ochoa (don Eugenio), en _La España_; y en _El
Heraldo_, Cañete.
Hecho este ligero croquis del campo de mis hazañas, declaro que para
mantener mi absoluto dominio dentro de él, no contaba yo con otras
fuerzas ni más caudal de saber que el fárrago de novelas y de toda
clase de libracos que había engullido, y de cuya mala digestión
conservaba en la memoria, juntamente con lo atropado en periódicos,
corrillos y cafés, montones de parrafadas retumbantes, tumultos
de hueca palabrería, apotegmas lamentables que yo sabía zurcir en
el aire tomando del almacén tres de aquí y una de allá, y algunos
latinajos de _cálamo currente_, muy usados en la prensa política,
como _¿risum teneatis?; ¿quare causa?; donec eris felix...; amicus
Plato, sed magis amica véritas; fiat justicia et ruat cœlum; timeo
Danaos et dona ferentes_... y otros tales. Sabía también, por
habérselo oído á Matica, y por haberlo leído, que hubo un Boileau
que escribió un _Arte poética_, reflejo de otra de Horacio, conocida
con el nombre de _Epístola á los Pisones_; la cual _Epístola_, á su
vez, estaba inspirada en la _Poética_ de Aristóteles; sabía llamar
_preceptiva_ á cada uno de estos cuerpos de doctrina: preceptiva de
Aristóteles... preceptiva de Horacio... ¡Sonaba muy bien! Después
mucho de _delinear caracteres, fluidez de lenguaje, estilo ameno,
catástrofe, dualismo, unidades, razones estéticas_, y, sobre todo, _el
conflicto, el problema, los ideales_. Estas palabrejas no las soltaba
yo de la pluma en cuanto me caía una novela por la banda. «¿Cuál es el
_problema_?...». «¿Dónde está aquí el _conflicto_?...». «¿Qué _ideales_
se persiguen?...». Sabía algo sobre Molière: que algunas de sus mejores
obras eran arreglos de otras de Plauto; y llamaba _Tartuffe_ á todo
gazmoño, y no ignoraba que Moratín había imitado y hasta traducido á
aquel insigne francés. También habían llegado á mis oídos, como modelos
de arranque sublimemente enérgico, los famosos _Quos ego_, de Virgilio
en boca de Neptuno, para apaciguar una tempestad, y _¡Qu'il morût!_ del
viejo Horacio en la tragedia de Corneille. ¡Mucho juego me dieron estas
palabrotas!
Pues bien: con todo esto y con los nombres de los poetas y de muchas
comedias de nuestro teatro antiguo, y un poco más á su semejanza, y un
compendio de Retórica y Poética, de Araujo, en preguntas y respuestas,
que compré para estar al tanto del tecnicismo del arte, y saber lo
que es _peripecia, anagnórisis, hipálaje, metonimia, hipotiposis_
y _similicadencia_, y la escasa luz que podía darme aquél mi buen
sentido educado en los teatros por Matica, pero trastornado por el
vértigo de la altura en que me había puesto á predicar sobre lo que
apenas sabía discernir, me lancé á la brecha.
Recuerdo que me costó un poquillo tomar la embocadura á la tarea; pero
con unos preludios de falsa modestia, un sahumerio discreto al talento
de mi predecesor, y unas excursiones, eruditas á mi modo, por los
cerros del arte, fuése templando el horno. Comencé entonces á barajar
nombres y metafísicas y latinajos, y la política imperante y la moral
de los estoicos y los fríos de la estación, con el carácter distintivo
de la dramática moderna y cuanto se me iba ocurriendo de sopetón, y
aquello era volar, porque el meollo me ardía; me devoraba la _fiebre
estética_, que dijo un doctor de fama; y de mi pluma caían, entre mares
de tinta, borbotones de frases caldeadas. Nada tenía que ver todo ello
con el asunto de que se trataba; pero la verdad es que abultaba mucho
y que sonaba mucho más. Parecía una función de fuegos artificiales
terminada con la explosión de una caja de cohetes.
Leíselo á mis compañeros, y lo aplaudieron; se publicó después,
y gustó á los lectores. Esto acabó de cegarme; y desde aquel
día, proclamándome señor y dueño del campo, comencé, con inaudita
desvergüenza, á tratar al arte de tú y á mirar por encima del hombro
á poetas, novelistas y comediantes. Declaréme, por supuesto, _sprit
fort_, para estar en consonancia con el periódico en que escribía; y
vi que era de necesidad aplicar á los escritores la _ley de razas_,
tal como me la había explicado el madrileño. Recuerdo que la primera
justicia que hizo fué en Fernán Caballero, con motivo de su flamante
novela _Clemencia_. Yo no podía hablar bien de este autor (cuyo sexo
verdadero me era aún desconocido), por ser un pertinaz propagandista
de ideas reaccionarias (lo cual iba con _El Clarín_ más que conmigo),
y no saber dar interés laberíntico, ni unidad ni fondo á sus libros,
repletos de _charranadas_ andaluzas (y esto era de mi particular
iniciativa y de mi especial incumbencia). Además, era de _los de
afuera_, otra casta de escritores que había descubierto yo; porque
es de saberse que casi iba persuadiéndome de que no se podía tener
talento en España más que en Madrid. Para estas pobres gentes usaba
yo un procedimiento particularísimo, de mi exclusiva propiedad: una
ironía zumbona, sobre la cual retozaba una sonrisa de protectora
compasión; tal, que no parecía sino que la mención aquélla era un
mendrugo arrojado de caridad al hambriento de mis elogios. Pues con
esta sorna cargante me fuí sobre el libro; y, por si era poco y no
me entendía el autor, convencido de que con ello le mataba para las
letras, adelantándome treinta años á los pedantes de ahora, le asesté
estas puñaladas, que, en mi opinión, no tenían cura: «¿Dónde está el
_argumento_? ¿Qué _problema_ se plantea en él? ¿Qué _conflicto_ se
resuelve? ¿Qué _ideales_ se persiguen?... ¿No hay ideales? ¿No hay
conflicto? ¿No hay problema? ¿El argumento es pobre? Luego no hay
novela». Y ya, puesto á matar, lancéme sobre Ochoa y Eguílaz, que
acababan de publicar sendos artículos poniendo á _Clemencia_ en los
cuernos de la luna, cosa que yo no podía consentir. Por fortuna, nadie
me hizo caso; pero muchos jóvenes sabios, que no conocían ni de oídas á
Fernán y se tuteaban con Cúchares y el Regatero, me colmaron de elogios.
Así crecía mi fama, y se acreditaba mi autoridad, y me temían ciertos
cómicos, y me saludaban desde lejos determinados autores, y me tuteaban
muchos periodistas; y tanto llegué á inflarme, que esquivaba la
compañía de Matica, cuyas sinceridades eran mi castigo, y abandoné
la tertulia del modesto café de _La Esmeralda_ y la sociedad de
mis paisanos, y me hice concurrente al Suizo entre la _bohemia_ de
la gacetilla y de la dramática al menudeo; y allí cobré afición á
la disputa, y llegué á distinguirme por una facilidad de palabra
verdaderamente espantosa.
Á todo esto, mi padre estaba aturdido. «Hombre--me escribía una
vez:--no entiendo bien esas cosas que plumeas; pero no quiero ocultarte
que revelan mucho saber; y me asombra lo pronto que lo has adquirido
y lo gallardamente que lo derramas. Estos Garcías, á quienes he hecho
que lean algo de ello por medio del señor cura, están que trinan, y
sostienen que el que lo firma es otro Sánchez, que nada tiene que ver
con los Sánchez de mi casa. ¡Qué burros!».
En idéntico sentido me hablaba el cura, y de paso me enmendaba la
ortografía de algunos latines usados por mí malamente. De mis cuñados,
á quienes enviaba gratis el periódico, solamente el procurador se dió
por entendido, y aun por entusiasmado. Me lo demostró en una décima, en
estilo curial, que tenía que ver.
En fin, que adonde quiera que miraba y por donde quiera que iba,
hallaba el camino sembrado de flores.
[Ilustración]