XXI

Comenzaba el otoño; tornaban á sus hogares los expedicionarios

veraniegos de Madrid, que entonces no eran tantos ni tan varios

como ahora; inauguraban sus campañas de invierno los teatros;

despolvoreábanse los aristocráticos salones; comenzaba, en fin, á

palpitar la vida de invierno en el corazón del adormilado Madrid

del estío, y _El Clarín de la Patria_ aún tenía echada la llave á

la sección de revistas semanales, crónica razonada del movimiento

literario de España, con entretenidas excursiones, á veces, hasta por

la elegante indumentaria de salón. Y ¿cómo abrirse aquellas puertas

si el que vivía dentro se había mudado de casa? Es de saberse que

_Segismundo_ había cambiado su pluma de revistero por la de oficinista

en el ministerio de la Gobernación, adonde le había llevado el Conde

de San Luis, gran protector de literatos, si es que puede llamarse

protegerlos el colocarlos de modo que ó tengan que dejar de escribir,

ó que descuidar los asuntos de su cargo. Y que no amengüe en nada la

franca exposición de éste mi leal parecer la buena memoria de aquel

rumboso prócer, en lo que atañe á su incansable deseo de amparar á los

hombres de talento; pues bien sabe Dios que si desapruebo el modo,

estoy muy lejos de no aplaudir la intención.

El caso es que como no era decente que _Segismundo_ cobrara con una

mano la respetable nómina de su destino, y con otra escribiera en el

periódico de más rabiosa oposición de cuantos se publicaban en España,

se despidió muy cortesmente de Redondo, con expresiones para todos

los demás de la casa; y habiendo acontecido esto, un día me llamó

el director á su gabinete, donde estaba con los demás redactores; y

después de poner á _Segismundo_ de pancista, de liberal de pega y de

otros tales primores, que no había por dónde cogerle, me dijo:

--Hemos acordado ahora mismo que se encargue usted de hacer las

revistas literarias.

Necesité que me repitieran á coro todos los presentes estas palabras,

para convencerme de que estaba despierto y de que no se burlaban de mí

aquellos señores, cada uno de los cuales podía desempeñar el cargo muy

gallardamente, al paso que yo...

--No hay excusa que valga--me decían, atajando uno á uno mis

reparos.--Es cosa resuelta. Ninguno de nosotros puede dedicarse á eso

por falta de tiempo, y aun de dotes que abundan en usted.

Me asustó el piropo, y quise sacudirme de él. Me lo volvieron á echar

encima. Expuse mi ignorancia, mi inexperiencia...

--Le hemos oído á usted muchas veces--dijo el

gacetillero,--atinadísimas observaciones sobre las obras dramáticas que

conoce; y en lo que lleva publicado en _El Clarín_ hay muestras de todo

lo que se necesita para ser un revistero en regla...

--No es lo mismo--repliqué,--emitir una opinión hablando familiarmente,

que escribir un juicio razonado, que ha de leerse y criticarse...

--¡Qué juicio ni qué calabaza, hombre!--replicó el redactor madrileño,

que escribía hasta de teología sin haberla saludado.--¡Medrados

estábamos si tuviéramos que conocer á fondo todos los asuntos que

ventilamos en la prensa! ¿Para qué es el ingenio, para qué las

callejuelas y puertas falsas del arte, de la lengua y del estilo,

sino para entrar donde se nos antoje y salir cuando nos acomode,

sin temor de que nadie nos cierre el paso ni nos sorprenda ni nos

corte la retirada? Es natural--continuó,--por lo mismo que es usted

modesto, que le asuste un poco la idea de lanzarse de golpe y porrazo

á fallar en última instancia pleitos de tan especial naturaleza; pero

si usted reflexiona que, por de pronto, no es de necesidad absoluta

que esos fallos sean tan claros que todo el mundo los entienda, ni

siquiera que sean fallos, la cuestión cambia de aspecto. Vea usted

un plan. Mientras examina usted el terreno y toma posiciones y se

acostumbra á mirar cara á cara al enemigo, y al olor de la pólvora

y al estruendo de las primeras embestidas; en una palabra, mientras

no sea dueño absoluto del campo (que no tardará en serlo), no suelte

usted prenda alguna allí donde vacile siquiera, y despáchese con un

poco de pirotecnia que deslumbre y haga ruido; donde se considere algo

más firme y mejor pertrechado, hunda el arma hasta la empuñadura, ó

sacuda el incensario hasta que se acabe el humo. Para hacer esto con

valentía y desparpajo y, sobre todo, con acierto, comience usted por

dividir las obras que examine en dos grandes grupos: las de nuestros

amigos y las de _los otros_. Entiendo por obras de nuestros amigos las

comedias, las novelas, los folletos, cuanto publiquen los hombres

de nuestras ideas ó de nuestra amistad íntima, ó aquéllos á quienes

siquiera hablemos ú oigamos hablar en el café, ó nos merezcan alguna

estimación en cualquier concepto simpático; y entiendo por obras de

_los otros_ las que publiquen los enemigos de la libertad y no nos

saluden en la calle. Pues bien: supongamos que en una obra de nuestros

amigos anda muy descuidada la forma; que es una comedia con la cual se

duermen los espectadores, ó silban y patean; ó un libro que se cae de

las manos y afrenta á la lengua castellana. «Cierto»--diremos,--«que

hay algunos desaliños de lenguaje, y algunas contradicciones de

carácter, y, si se quiere, también algunos descuidos de monta en la

trabazón de la fábula; descuidos, contradicciones y desaliños que no

significan nada, absolutamente nada, en las obras de arte, por lo

mismo que son de fácil y mecánico remedio, siempre que el autor se

digne descender de las altas esferas de su inspiración desbordada para

ocuparse en esas prosaicas maniobras de taracea. Pero el fin objetivo,

pero la idea, pero los cauces que allí se abren á las corrientes de la

nueva civilización; pero el altísimo criterio con que se expone y se

desenvuelve esto y lo otro y lo de más allá...». Y aquí derrama usted

el talego de todas las ponderaciones, hasta sacar en consecuencia que

en la tal obra lo bueno es de lo mejor, y lo malo no pasa de _ligeros

lunares_. No hay para qué decir que cuando las obras de nuestros amigos

son siquiera medianas en la forma y en el fondo, se voltean todas las

campanas de la crítica. Pues supongamos las mejores condiciones de

bondad en las obras de _los otros_. «No puede negarse»--diremos,--«que

está bastante bien escrita, que tiene cierta gracia, y que interesa

_hasta cierto punto_; pero ¿cómo ha de ser bello lo que está concebido

en la obscuridad y el frío de los sepulcros, y en la lobreguez de las

ruinas? ¿Á qué fin artístico responde el propósito fundamental de este

libro ó de esta comedia ó de este drama? ¿Quién le ha dicho al autor

que el arte, que es la belleza, puede hermanarse nunca con horribles

ideas que pugnan con las corrientes de las modernas sociedades: el

frío mortal del invierno con el calor vivificante del estío; la luz

con las tinieblas?». Y así le va usted abrumando poco á poco, hasta

que le mata, demostrando que la obra que analiza es una verdadera

abominación. Si además de lo malo del fondo, por no ser de nuestras

ideas, tiene flojilla la forma, cuatro despreciativos garrotazos, y á

otro asunto... Desengáñese usted, no hay oficio más cómodo.

¡Ay, Matica de mi alma! ¿por qué retrasaste tu vuelta á Madrid? ¿Por

qué no sanaste primero del prosaico romadizo que fué la causa de

ello? ¿Por qué no estuviste á mi lado en aquellos infaustos días en

que la serpiente me tentó con fruta tan de mi gusto? ¡Tú, con tu buen

seso y parecer tan distinto del de aquellas empecatadas gentes, no

me hubieras dejado caer en la tentación!... Porque caí, sí, caí sin

que me valieran razones ni alegatos que se desvanecían en el humo

del incienso con que me trastornaban el juicio mis interlocutores.

Llegué á creerlos y á creerme á mí, por ende, capaz de las más altas

empresas crítico-literarias; y cuando volvió Matica, muy cerca del fin

de octubre, ya era tarde para retroceder. Ya había probado dos veces

los deleites de aquel apetitoso magisterio, que á tantos mortales,

tan firmes de mollera como yo, ha hecho unos pobres mentecatos antes

y después acá. ¡Buenas cosas me dijo! ¡Grandes verdades me cantó

palmoteando sobre los mismos testimonios de mi delincuencia!; pero ni

Matica ni el Preste Juan eran capaces de convencerme de que no debía

continuar la empresa que traía entre manos, desde que yo había leído en

todos los periódicos liberales de Madrid, estas palabras, remitidas,

como supe andando los meses, por el gacetillero de _El Clarín_: «Están

llamando la atención de todos los literatos las revistas críticas que

publica en _El Clarín de la Patria_ el distinguido escritor que oculta

su verdadero nombre tras el modesto seudónimo de _Pedro Sánchez_.

No tiene nuestro colega por qué sentir la deserción del famoso

_Segismundo_ al campo enemigo».

He de decir cuatro palabras acerca del estado en que se hallaban mis

dominios al empuñar yo el cetro de la crítica. En la novela imperaban

las traducciones del francés; y eran los autores preferidos V. Hugo,

Dumas, J. Sand, Sué, Paul de Kock y Soulié. La española tenía pocos

cultivadores, y no abundaban los lectores que preguntaran por ella.

Sabíase, creo que de oídas, que Villoslada había escrito _Doña Blanca

de Navarra_, y que era ésta una novela excelentísima al modo de las

de Walter Scot; alguna de Fernández y González era bastante más

leída y celebrada. Fernán Caballero acababa de publicar _Clemencia_,

después de haber adquirido fama con _La Gaviota_ en 1849; Pero es de

advertir que, por resabios románticos que quedaban aún en el gusto del

público, éste prefería el amor empalagoso é inverosímil de aquella

sensible y lacrimosa heroína, al ridículo y extravagante inglés, y las

inaguantables escenas á que este punto da lugar, á los sabrosos pasajes

y cuadros llenos de color y de verdad, en los cuales entran, como

figuras de primer término, don Martín, don Galo Pando, la Marquesa,

la Coronela y la tía Latrana. Esto se desechaba por _vulgar_ y poco

elegante; y, sin embargo, era la miga del ingenio de Fernán; lo que

ha hecho que viva y no muera jamás esa novela, como no morirán _La

Gaviota_ ni otras muchas de la misma ilustre autora, precisamente por

estar llenas de «vulgaridades» por el estilo. Como efecto de aquella

misma causa, gozaban de cuanta boga podían gozar entonces libros en

España, _Jarilla_ y _La Sigea_, dos novelas románticas de Carolina

Coronado, y _El..._ (no recuerdo qué) _de Monfaucon_, otra que tal de

la Avellaneda; en la cual novela andaba la heroína con la cabeza de su

amante colgada del pescuezo, por medio de una cadena de plata, suplicio

á que la había condenado el bárbaro castellano su marido. Antonio

Flores había dado á luz otra de costumbres contemporáneas, con el

título de _Fe, Esperanza y Caridad_, abundante en cuadros curiosos y no

mal pintados, pero atestada de lugares comunes de novelón por entregas.

Vale mucho más que esto su galería de cuadros, _Ayer, Hoy y Mañana_,

comenzada á exhibir en 1854, y terminada por completo años después.

Reciente estaba también la publicación de _El libro de los Cantares_,

de Antonio de Trueba, el mejor y más fecundo cuentista de cuantos se

pasean en España, y el autor español más traducido á extrañas lenguas.

Ayguals de Izco se había propuesto ser el Eugenio Sué de acá, y no

quiero decir cómo lo lograba. De Antonio Hurtado se conocía una novela,

_Cosas del Mundo_, premiada recientemente por la Academia de la Lengua.

Otra circulaba bastante, de Patricio Escosura, _El Patriarca del

Valle_, y se elogiaban una de Juan de Ariza, _Un Viaje al Infierno_,

sátira del Madrid entonces, en que había muchos anagramas demasiado

transparentes, y otra, _La Dama del Conde-Duque_, bien perjeñada y con

mucho sabor de época, de Diego Luque, á la sazón casi un muchacho.

_El Curioso parlante_ había cerrado su cartera de apuntes literarios, y

se entretenía en escribir de vez en cuando sobre _Mejoras de Madrid_,

mientras saboreaba la gloria del renombre que le habían dado sus

_Escenas Matritenses_.

En el _Museo de las Familias_, de Mellado; la mísera y casi andrajosa

_Ilustración_, de Fernández de los Ríos, y _El Semanario Pintoresco_,

no recuerdo de quién, pero sí que andaba en sus postrimerías, dábanse

á luz, entre muchas traducciones, algunos trabajillos sueltos con las

firmas precedentes que no han de inmortalizarse allí, y otras tantas

que se han olvidado ya, ó que, de seguro, estarán en _Los españoles

pintados por sí mismos_, mamotreto célebre en que se declara todo menos

lo que el editor se propuso; porque entiendo que en España hay algo

más, como color nacional y distintivo, que zapateros de portal, beatas,

canónigos, toreros, mozos de cordel y cuanto se inventaría en aquel

catálogo de excepciones singularísimas; lo cual no quiere decir que

cada figura de por sí no sea digna obra del pincel que la trazó; pero

sí que el rótulo del álbum fué mal aplicado, ó no se ajustaron á su

sentido los pintores que iban llenando las hojas.

Y esto, salva alguna insignificante omisión en que pueda haber

incurrido mi memoria, es cuanto daba de sí el género, aunque parezca

mentira.

El Duque de Rivas, Zorrilla, Villergas y otros poetas de nota, andaban

fuera de la patria, ó calladitos en su pueblo ó á la sombra de un

destino. La Avellaneda, la Coronado y García de Quevedo, publicaban tal

cual lucubración romántica, de tarde en tarde. El surtido de poesías

de los pocos y malos periódicos literarios que existían, corría de

cuenta de los Larrañaga, Vila y Goyri, Ribot y otros de quienes ya no

me acuerdo ó no quiero acordarme.

El teatro, ya que no por la cantidad, por la calidad de los poetas,

tenía más lozana vida que la novela. Bretón de los Herreros, aunque en

el crepúsculo de la tarde, iluminaba todavía la escena en que tantos

lauros había ganado, con frescas y agradables luces de su inagotable

ingenio. Hartzenbusch escribía comedias tan delicadas como _Un sí y un

no_; García Gutiérrez, aunque muy tentado del demonio de la zarzuela,

no olvidaba del todo á la musa que le inspiró _El Trovador_ y tantas

obras coronadas por el aplauso y la admiración del público de su

tiempo; Tamayo trepaba á la más alta jerarquía del ingenio dramático

con su tragedia _Virginia_; Ventura de la Vega, trabajando también

á destajo para la zarzuela, saboreaba los aplausos que le valía _El

hombre de mundo_, que aún no había perdido la novedad en los carteles,

igual que acontecía con _Don Francisco de Quevedo_, lo único bueno que

supo hacer para el teatro el ingenioso _bohemio_, haragán impenitente,

Florentino Sanz; de Ayala se estrenaba _Rioja_ con mediano éxito, y

de Rubí _De potencia á potencia_ y algo más que no recuerdo; Eguílaz

había aparecido el invierno anterior con _Verdades amargas_, comedia

ruidosamente aplaudida, y que no por estar plagada de incorrecciones

de lengua, y hasta de arte, dejaba de anunciar un poeta dramático de

buena cepa; inmediatamente después obtuvo otro gran éxito su drama

_Alarcón_; y en la temporada de mi advenimiento á la crítica, su obra,

_El Caballero del Milagro_, no fué menos afortunada que las anteriores;

Serra emulaba los donaires de Bretón en humoradas tan lindas como _La

Boda de Quevedo_; Juan de Ariza escribía comedias muy agradables; y, en

fin, y sin contar otras producciones más efímeras ni mencionar otros

poetas de menor cuantía, se representaban traducciones tan importantes

como _Adriana_ y _Sullivan_, drama este último que valió á Julián Romea

los mayores triunfos de su ya entonces larga y gloriosa carrera de

actor.

Este hombre insigne, con la Palma y el viejo Guzmán, representaban

aquel invierno en el teatro de los Basilios; en el del Príncipe, Arjona

con Teodora Lamadrid, Calvo y los Osorios; en la Cruz, Variedades é

Instituto, compañías de poco más ó menos, entreteniendo con melodramas,

magia y hasta _cuadros disolventes_, el escaso público de que podían

disponer.

Aún se representaba de vez en cuando algo del _género andaluz_, puesto

de moda años antes por el actor Dardalla y sus imitadores. Yo alcancé

á ver todavía _El corazón de un bandido_ en el teatro del Instituto,

y _El Tío Caniyitas_ en el del Circo, drama romántico muy afamado

la primera de estas obras, y popularísima zarzuela la segunda, de

Franquelo y Sanz Pérez, respectivamente, como casi todo lo que se

representaba y se había representado del mismo abominable género.

El teatro de moda era el Circo de la Plaza del Rey, donde Salas y

Caltañazor habían encontrado una mina de oro con la zarzuela, que

comenzaba á volar muy alto, y se estrenaron, entre otras que no

recuerdo, en aquella sola temporada, obras tan importantes como _El

Marqués de Caravaca_, de Ventura de la Vega y Barbieri; _El Grumete_,

de García Gutiérrez y Arrieta; _El Valle de Andorra_, de Olona y

Gaztambide, y _El dominó azul_, de Camprodón y Arrieta.

Para juzgar de todas éstas y aquellas cosas y de cuanto con ellas se

relacionara, según los fueros de su bien ganada autoridad, estaban el

ya entonces sabio y respetado Fernández Guerra (don Aureliano), que

se firmaba _Pipí_, y Ochoa (don Eugenio), en _La España_; y en _El

Heraldo_, Cañete.

Hecho este ligero croquis del campo de mis hazañas, declaro que para

mantener mi absoluto dominio dentro de él, no contaba yo con otras

fuerzas ni más caudal de saber que el fárrago de novelas y de toda

clase de libracos que había engullido, y de cuya mala digestión

conservaba en la memoria, juntamente con lo atropado en periódicos,

corrillos y cafés, montones de parrafadas retumbantes, tumultos

de hueca palabrería, apotegmas lamentables que yo sabía zurcir en

el aire tomando del almacén tres de aquí y una de allá, y algunos

latinajos de _cálamo currente_, muy usados en la prensa política,

como _¿risum teneatis?; ¿quare causa?; donec eris felix...; amicus

Plato, sed magis amica véritas; fiat justicia et ruat cœlum; timeo

Danaos et dona ferentes_... y otros tales. Sabía también, por

habérselo oído á Matica, y por haberlo leído, que hubo un Boileau

que escribió un _Arte poética_, reflejo de otra de Horacio, conocida

con el nombre de _Epístola á los Pisones_; la cual _Epístola_, á su

vez, estaba inspirada en la _Poética_ de Aristóteles; sabía llamar

_preceptiva_ á cada uno de estos cuerpos de doctrina: preceptiva de

Aristóteles... preceptiva de Horacio... ¡Sonaba muy bien! Después

mucho de _delinear caracteres, fluidez de lenguaje, estilo ameno,

catástrofe, dualismo, unidades, razones estéticas_, y, sobre todo, _el

conflicto, el problema, los ideales_. Estas palabrejas no las soltaba

yo de la pluma en cuanto me caía una novela por la banda. «¿Cuál es el

_problema_?...». «¿Dónde está aquí el _conflicto_?...». «¿Qué _ideales_

se persiguen?...». Sabía algo sobre Molière: que algunas de sus mejores

obras eran arreglos de otras de Plauto; y llamaba _Tartuffe_ á todo

gazmoño, y no ignoraba que Moratín había imitado y hasta traducido á

aquel insigne francés. También habían llegado á mis oídos, como modelos

de arranque sublimemente enérgico, los famosos _Quos ego_, de Virgilio

en boca de Neptuno, para apaciguar una tempestad, y _¡Qu'il morût!_ del

viejo Horacio en la tragedia de Corneille. ¡Mucho juego me dieron estas

palabrotas!

Pues bien: con todo esto y con los nombres de los poetas y de muchas

comedias de nuestro teatro antiguo, y un poco más á su semejanza, y un

compendio de Retórica y Poética, de Araujo, en preguntas y respuestas,

que compré para estar al tanto del tecnicismo del arte, y saber lo

que es _peripecia, anagnórisis, hipálaje, metonimia, hipotiposis_

y _similicadencia_, y la escasa luz que podía darme aquél mi buen

sentido educado en los teatros por Matica, pero trastornado por el

vértigo de la altura en que me había puesto á predicar sobre lo que

apenas sabía discernir, me lancé á la brecha.

Recuerdo que me costó un poquillo tomar la embocadura á la tarea; pero

con unos preludios de falsa modestia, un sahumerio discreto al talento

de mi predecesor, y unas excursiones, eruditas á mi modo, por los

cerros del arte, fuése templando el horno. Comencé entonces á barajar

nombres y metafísicas y latinajos, y la política imperante y la moral

de los estoicos y los fríos de la estación, con el carácter distintivo

de la dramática moderna y cuanto se me iba ocurriendo de sopetón, y

aquello era volar, porque el meollo me ardía; me devoraba la _fiebre

estética_, que dijo un doctor de fama; y de mi pluma caían, entre mares

de tinta, borbotones de frases caldeadas. Nada tenía que ver todo ello

con el asunto de que se trataba; pero la verdad es que abultaba mucho

y que sonaba mucho más. Parecía una función de fuegos artificiales

terminada con la explosión de una caja de cohetes.

Leíselo á mis compañeros, y lo aplaudieron; se publicó después,

y gustó á los lectores. Esto acabó de cegarme; y desde aquel

día, proclamándome señor y dueño del campo, comencé, con inaudita

desvergüenza, á tratar al arte de tú y á mirar por encima del hombro

á poetas, novelistas y comediantes. Declaréme, por supuesto, _sprit

fort_, para estar en consonancia con el periódico en que escribía; y

vi que era de necesidad aplicar á los escritores la _ley de razas_,

tal como me la había explicado el madrileño. Recuerdo que la primera

justicia que hizo fué en Fernán Caballero, con motivo de su flamante

novela _Clemencia_. Yo no podía hablar bien de este autor (cuyo sexo

verdadero me era aún desconocido), por ser un pertinaz propagandista

de ideas reaccionarias (lo cual iba con _El Clarín_ más que conmigo),

y no saber dar interés laberíntico, ni unidad ni fondo á sus libros,

repletos de _charranadas_ andaluzas (y esto era de mi particular

iniciativa y de mi especial incumbencia). Además, era de _los de

afuera_, otra casta de escritores que había descubierto yo; porque

es de saberse que casi iba persuadiéndome de que no se podía tener

talento en España más que en Madrid. Para estas pobres gentes usaba

yo un procedimiento particularísimo, de mi exclusiva propiedad: una

ironía zumbona, sobre la cual retozaba una sonrisa de protectora

compasión; tal, que no parecía sino que la mención aquélla era un

mendrugo arrojado de caridad al hambriento de mis elogios. Pues con

esta sorna cargante me fuí sobre el libro; y, por si era poco y no

me entendía el autor, convencido de que con ello le mataba para las

letras, adelantándome treinta años á los pedantes de ahora, le asesté

estas puñaladas, que, en mi opinión, no tenían cura: «¿Dónde está el

_argumento_? ¿Qué _problema_ se plantea en él? ¿Qué _conflicto_ se

resuelve? ¿Qué _ideales_ se persiguen?... ¿No hay ideales? ¿No hay

conflicto? ¿No hay problema? ¿El argumento es pobre? Luego no hay

novela». Y ya, puesto á matar, lancéme sobre Ochoa y Eguílaz, que

acababan de publicar sendos artículos poniendo á _Clemencia_ en los

cuernos de la luna, cosa que yo no podía consentir. Por fortuna, nadie

me hizo caso; pero muchos jóvenes sabios, que no conocían ni de oídas á

Fernán y se tuteaban con Cúchares y el Regatero, me colmaron de elogios.

Así crecía mi fama, y se acreditaba mi autoridad, y me temían ciertos

cómicos, y me saludaban desde lejos determinados autores, y me tuteaban

muchos periodistas; y tanto llegué á inflarme, que esquivaba la

compañía de Matica, cuyas sinceridades eran mi castigo, y abandoné

la tertulia del modesto café de _La Esmeralda_ y la sociedad de

mis paisanos, y me hice concurrente al Suizo entre la _bohemia_ de

la gacetilla y de la dramática al menudeo; y allí cobré afición á

la disputa, y llegué á distinguirme por una facilidad de palabra

verdaderamente espantosa.

Á todo esto, mi padre estaba aturdido. «Hombre--me escribía una

vez:--no entiendo bien esas cosas que plumeas; pero no quiero ocultarte

que revelan mucho saber; y me asombra lo pronto que lo has adquirido

y lo gallardamente que lo derramas. Estos Garcías, á quienes he hecho

que lean algo de ello por medio del señor cura, están que trinan, y

sostienen que el que lo firma es otro Sánchez, que nada tiene que ver

con los Sánchez de mi casa. ¡Qué burros!».

En idéntico sentido me hablaba el cura, y de paso me enmendaba la

ortografía de algunos latines usados por mí malamente. De mis cuñados,

á quienes enviaba gratis el periódico, solamente el procurador se dió

por entendido, y aun por entusiasmado. Me lo demostró en una décima, en

estilo curial, que tenía que ver.

En fin, que adonde quiera que miraba y por donde quiera que iba,

hallaba el camino sembrado de flores.

[Ilustración]

Pedro Sánchez · 第 21 / 35 题