No tuvimos necesidad de llamar á la puerta; pues Carmen, que nos
esperaba detrás de ella vigilante, nos la abrió tan pronto como oyó
el ruido de nuestros pasos. Asaltóme al entrar el recuerdo de la
primera vez que había visto yo á la hija de don Serafín en aquel mismo
pasadizo. ¡Con qué respeto, con qué ruborosa admiración á su belleza,
con qué cortedad de lugareño la tendí la mano entonces! Pero en esta
otra ocasión, después de lo que yo había aprendido en la escuela del
_chico_ y del _gran mundo_; de haberme acostumbrado al trato de tantas
y tan diversas gentes; después de haber ejercido durante un año una
verdadera dictadura en la república de las letras, y, sobre todo, con
la aureola que me daba la persecución del Gobierno por la publicación
de una obra cuya resonancia había hecho de mi nombre una bandera en la
corte de las Españas, donde tantos hombres de altísimo valer viven
obscuros y desconocidos, ¡qué grande me vi en la pequeñez de aquella
morada, y con qué aires de protector me digné tutear á Carmen, mientras
tomaba sus dos manos entre las mías y las contemplaba risueño y
bondadoso desde la altura de mi grandeza!
Creo que no la desagradó aquella muestra de paternal confianza. Desde
que me hice publicista, noté yo en ella, las pocas veces que nos vimos,
ciertas señales de admiración á mi talento. No es de extrañar que la
admiración llegara al asombro en aquellos días en que tanto ruido hacía
mi nombre.
Condujéronme padre é hija al gabinetito de la sala, que habían
destinado para mí, y noté bien pronto que á expensas de aquélla estaba
muy bien provisto de muebles. Sobre una mesita con tapete encarnado,
en el centro de la estancia, había recado de escribir, con abundancia
de papel blanco, algunos libros y los últimos números de _El Clarín de
la Patria_. Vi en todo ello la delicada previsión de Carmen, y le di
las gracias con una mirada de grande hombre reconocido. ¡Sabe Dios en
qué apreturas y estrecheces se habría metido aquella pobre familia para
proveerme á mí de todo lo necesario!
Cuando nos quedamos solos en el gabinete don Serafín y yo, dije á éste:
--Antes de tomar posesión de este placentero refugio que usted me ha
proporcionado, necesito decirle que sólo le acepto con la condición de
que, mientras en él me halle, ha de correr de mi cuenta el gasto diario
de la casa. De otro modo, ahora mismo me largo...
Hubo tras esto una porfía que no refiero porque se presume fácilmente,
y quedó este punto arreglado del mejor modo posible.
--Ahora--añadí,--dígame usted qué me quería esta mañana cuando fué á
buscarme á la redacción.
Nublósele la faz á Balduque, se rascó la cabeza, se atusó el crespo
bigote con toda la mano y me respondió al fin, mustio y desalentado:
--Pues le quería á usted... ¡Qué calabaza! no sé á punto fijo para qué
le quería. Por de pronto, para desahogarme un poco en la confianza
de su buena amistad; después, para decirle: aquí está un hombre que
no teme riesgos ni peligros; un hombre dispuesto á todo con tal de
ganar honradamente... lo que gana el portero de la redacción...
Porque ha de saber usted que estoy tres días hace sin el empleillo
particular que desempeñaba. El usurero judío que me le dió, casi á
regañadientes, dice que se basta y se sobra para desempeñarle, por
la cama y la comida, un sobrinazo que le ha llegado, no sé de dónde;
y me ha plantado en la calle. ¡Y en qué ocasión!... días después de
haber levantado mi compadre su tienda de ultramarinos, y marchádose
para siempre con su mujer al último rincón de Galicia. Por ahora no
me apura la situación, porque hay algunos ahorrillos, á fuerza de
economía, y estas mujeres ganan todo lo que necesitamos; pero pueden
enfermar; puede llegar el día en que yo no las consienta trabajar
tanto; puede... ¡Qué sé yo, calabaza!... Mire usted, señor don Pedro:
de un tiempo acá ¡me entran unas aprensiones, unos temores... y unas
murrias!... Me falta aquella fe que yo tenía antes para esperar la
reposición en cuanto llegaba la cesantía. Últimamente he dado en verlo
todo obscuro, en desconfiar del mañana y de los hombres... hasta de
mis propias fuerzas. Y esto debe consistir en que, á mis años y con mi
mala suerte, la menor contrariedad parece el fin de la vida... ¡Ahora
se está armando una gorda, y se armará como Dios está en los cielos! No
son tiempos éstos de pensar un hombre como yo en que le hagan justicia
los mismos que le agraviaron... Llegará el día de reventar, y esto
reventará... ¡vaya usted á saber por dónde, calabaza! De modo que
negro el presente, obscuro el porvenir... Porque ríase usted, señor don
Pedro, de toda esta vocinglería patriotera que se oye por todas partes;
eso de moralidad, honra, justicia, economías y libertad, lo he oído
yo gritar veinte veces en otras tantas vísperas de pronunciamiento:
de buena fe si usted quiere y con igual entusiasmo que ahora; pero
al día siguiente, después de ganar la partida, ¡música celestial!:
lo mismo que los otros, punto más, punto menos. Lo mejor, para los
atrevidos; y los desechados, á gritar contra ellos á la plaza... Ya
lo verá usted. Por de pronto, bueno es que se arme algo, porque así
no se puede estar; pero... Hablemos de otra cosa. Ésta es su cárcel
de usted, y todos los carceleros estamos á su disposición con alma y
vida... Duerma usted, pues, con entera tranquilidad, que mucha fuerza
ha de mandar la desgracia para que le descubran aquí los polacos. Por
de pronto, nadie le persigue todavía; quizá no se le persiga nunca, ¡y
ojalá que tal suceda! Pero si no sucediese, considere usted que otros
pájaros más gordos andan más á la vista, y aún no han dado con ellos
los polizontes... Y ahora, dígame á quiénes he de enterar mañana del
paradero de usted, y cuanto se le ocurra para el mundo de los vivos;
porque, hoy por hoy, téngase usted por muerto, si no prefiere que le
maten los polacos á disgustos; y entienda que entre ese mundo y usted,
no ha de haber otro medio de comunicación que yo.
Hablamos, en efecto, de este particular que, por interesarme muy de
cerca, hizo que me olvidara de la tribulación de don Serafín; después,
por exigencia mía, entró Carmen con su labor en el gabinete; y en muy
agradable tertulia los tres, se acercó la hora de recogerme.
Al otro día tuve un despertar medianejo. Limpia y cómoda era mi cárcel;
monísima y dulce como una tórtola la carcelera; pero, al cabo, yo no
era libre; y tras de no serlo, no estaba seguro de que á la hora menos
pensada no me arrojara la suerte en una cárcel verdadera. ¿Cuánto
duraría aquella situación? ¿Cómo se resolvería? ¿Qué sería de mí si
la conspiración fracasaba y el Gobierno se afirmaba con el triunfo, y
teníamos polacos para todo el año?
No quise echar mis pensamientos por este lado, y me arrojé de la
cama. Una hora después me servía Carmen el chocolate en la mesita del
gabinete.
--En verdad--la dije,--que muchos trocaran su libertad por mi
cautiverio, si supieran qué carcelerita me sirve á la mesa.
--¿Chicoleos otra vez?--respondió Carmen con burlona sonrisa.
Acordéme de los de la noche de marras, y convine con la hija de don
Serafín en que la había dicho una majadería.
--Le prometo á usted la enmienda--añadí,--si me perdona el pecado.
--Anoche me tuteaba usted,--me respondió.
--Otra majadería quizá,--repuse.
--No lo entendí yo así.
--¿Prefiere usted que siga tuteándola? En este caso, ha de ser á
condición de que usted me tutee también.
--No es lo mismo,--dijo Carmen poniéndose más encendida que la grana.
--¿Por qué no es lo mismo? Si yo peinara canas, ó fuera un hombre de
_esos_ cuya sombra es un amparo... cuyo nombre inspira respeto; cuyo...
Esperaba yo que Carmen me atajara diciéndome: «cabalmente porque usted
es de esos hombres»; pero no me atajó así, sino que dió media vuelta,
y con una sonrisita muy mona, se fué, después de decirme, aludiendo al
chocolate:
--Que aproveche.
Aquella mañana supieron mis compañeros de redacción y Matica el lugar
de mi refugio; y recibí, con las precauciones convenidas la víspera
entre nosotros, equipaje y libros. Según don Serafín, las cosas
marchaban viento en popa; tanto, que Matica, aunque muy entrado ya
junio, se quedaba en Madrid en espera de los acontecimientos que se
preparaban; mi carta á Valenzuela había sido llevada á su destino, y el
Gobierno buscaba sin descanso el escondrijo de O'Donnell, alma de la
conspiración; pero no daba con él... Casi lo mismo que yo sabía antes
de esconderme.
Después leí durante una hora; almorcé «en familia»; me paseé á lo largo
de la sala y á lo ancho del gabinete hablando al mismo tiempo con
Carmen, que cosía sin cesar, ó con su padre, que entraba y salía, ó con
Quica cuando llegó á ayudar á Carmen. Luego, vuelta á leer otro rato
y á pasearme en seguida... hasta que volvió de la calle don Serafín
con cuatro noticiones absurdos y una noticia comprobada: la de que me
andaba buscando la policía. Esto me hizo poquísima gracia, y noté que
Carmen se inmutó al oirlo. Mostré una tranquilidad que no tenía, y á
las seis comimos. Después de comer, lo mismo que la noche anterior.
Con ligerísimas variantes, ésta fué mi vida durante dos semanas. Mi
padre, aunque sin saber todo lo que me pasaba, me escribía con sobre á
Matica, y yo le escribía á él por conducto del cura del lugar: cuatro
palabras secas para darnos mutuamente fe de vida: no estaban los
tiempos para otros lujos.
Por fin se rompió la monótona regularidad de aquel vivir, el
antepenúltimo día del mes. Volvió de la calle, á la hora de almorzar,
don Serafín, cubierto de sudor y acelerado.
--¡Se armó la gorda!--dijo, arrojando el sombrero, y arrojándose él
mismo después encima del sofá.
Quedéme boquiabierto; y Balduque me refirió lo siguiente en voz baja y
anhelosa:
--Esta madrugada se ha pronunciado el general Dulce, director de
Caballería, al frente de toda la que había en Madrid, más un batallón
de infantería... Han dado el grito en el Campo de Guardias, donde se
les ha unido O'Donnell para ponerse al frente del movimiento. Se cuenta
con tropas de Toledo; toda la guarnición de Alcalá... ¡qué sé yo! y
con el mismo demonio que se ha desencadenado para acabar con la infame
polaquería. El Gobierno está aturdido, y no deja ni respirar á los
sospechosos... ¡Ah! se me olvidaba: Redondo está en el Saladero con
Sixto Cámara, Rivero y no sé quiénes más. Las gentes hormiguean en las
calles, y comienza el conde de Quinto á publicar cada bando que asusta.
En la redacción de _El Clarín_ no he hallado más que al conserje... Se
teme el alzamiento del pueblo; pero hasta ahora no se menea... De todos
modos, la cosa es formidable, y el Gobierno está en capilla.
Pasé el día entre emociones, procurándomelas don Serafín con las
noticias que me traía de vez en cuando, de sucesos que no se acentuaban
todo lo que yo deseaba.
Al siguiente supe que _El Clarín_, como todos los demás periódicos
que, tras de hablar algo fuerte en favor del pronunciamiento, no
reprodujeron los decretos de la _Gaceta_ deshonorando á los generales
pronunciados, había sido suprimido por una orden de la autoridad
militar. El 30 por la noche me espantó Balduque refiriéndome los
horrores que se contaban del encuentro de las fuerzas insurrectas
con las del general Lara en los campos de Vicálvaro, á las puertas,
como quien dice, de Madrid, desde cuyos tejados distinguieron muchos
curiosos, ó lo soñaron, el movimiento, y hasta oyeron el ruido de la
batalla.
--¿Y en qué paró?--pregunté anheloso á don Serafín.
--Según el Gobierno--respondióme Balduque,--en que huyen á la
desbandada y derrotados, los _otros_; y según los partidarios de éstos,
en que las fuerzas de Lara se han refugiado en Madrid, acosadas por
las tropas de O'Donnell hasta la puerta de Alcalá. No; y correr, bien
corría calle abajo Vista-Hermosa, con un tropel de soldados que yo vi
entrar al anochecer.
--Y el pueblo soberano ¿qué hace en presencia de esas cosas?
--Enterarse de ellas achantadito... Él sabrá la causa; porque agallas
no deben de faltarle.
--Pues que las guarde para mejor ocasión,--dije, desconfiando de las
supuestas agallas y comenzando á sentir el desaliento, que llegó á su
colmo al saber al otro día que las tropas sublevadas tomaban el camino
de la Mancha, en busca de la frontera de Portugal.
¡Dios mío! ¡cómo se me desvaneció entonces de repente todo el humo de
la cabeza! ¡Yo político; yo revolucionario; yo autor de un escrito
sedicioso, tejido tal vez de calumnias alevosas; yo perseguido por
la policía; yo escondido como un criminal; yo expuesto á no poder
andar sobre el suelo de mi patria á la luz del sol, como los hombres
honrados! Y ¿por qué todas estas cosas? Por un falso y repentino
entusiasmo, como el que anima al comediante cuando representa un papel
que le han escrito, debajo de unos hábitos que no son los suyos, y
delante de unas gentes á quienes no conoce. ¿Estaba yo seguro de que
fuera cierto todo cuanto se decía del Gobierno que mandaba? ¿Serían
más honrados los otros, puestos en las mismas condiciones? ¿No habría
siquiera un poco de pasión de partido, algo de furor de secta, de
deseos de lucro, de ambiciones de mando, de apego á los destinos
públicos, en la mayor parte de los que le difamaban y le escarnecían y
se levantaban en armas contra él? ¿No habría, entre tantos ardentísimos
patriotas, algunos centenares de inocentes como yo, cuyos gritos de
¡adelante! fueran arrancados por el ansia de hallar una salida, después
de haberse cortado incautamente ellos mismos la retirada?... Porque yo
no cesaba entonces de pedir al cielo el triunfo de los pronunciados; y
juro á Dios que sólo lo hacía por el deseo que me hormigueaba de andar
libre por la calle, como el último de los barrenderos de la villa. ¡Y
don Serafín, por todo consuelo, me traía los partes que publicaba el
Gobierno, «para _satisfacción_ del _leal_ vecindario», dando cuenta
á éste de las ventajas alcanzadas por la división perseguidora, de
Blaser, sobre los perseguidos, los cuales, á creer al ministro interino
de la Guerra, sólo esperaban, para presentarse en Madrid como rebaños
de corderos, á que la Reina les perdonase la calaverada! Verdad que
al mismo tiempo me traía noticias muy al contrario, que le daban para
mí los redactores de _El Clarín_, iniciados en los asuntos de la
revolución; pero ¡estaban tan desacreditadas las ponderaciones de la
gente revolucionaria!...
Notaba Carmen éstos mis desalientos, y me dijo una vez:
--¡Qué pesada se le va haciendo á usted la cárcel!
--Bien sabe Dios--respondí,--que no es por culpa de sus guardianes.
--No lo será--replicó ella;--pero tampoco consiguen, por más que lo
intentan, hacerle á usted llevadera la prisión.
--Pues ¿qué sería de mí--exclamé tomando entre mis manos una de las
lindísimas de Carmen,--en tantos días de forzoso encierro, sin los
cuidados que me consagra y los consuelos que me da y la luz que esparce
en su derredor mi hermosa carcelera?
Una leve tinta ruborosa en sus mejillas fué la única respuesta que me
dió. De pronto, retiró su mano, y preguntóme, tras un suspiro muy hondo:
--¿Usted sabe qué le pasa á mi padre?... ¿Ha hablado algo con usted?
--¿De qué, hija mía?--preguntéle yo á ella con mucha curiosidad.
--¡Qué sé yo!...--me dijo.--Hace tiempo, muchos meses, que no es lo que
era. Anda caviloso... á lo mejor habla solo; apenas come, duerme muy
mal... Cuando me ve, disimula, y hasta quiere bromearse como antes;
pero más se le conoce así... Desde que perdió el empleillo particular
y se marcharon á su pueblo mis padrinos, se han agravado tanto en él
estas cosas, que á veces me da miedo... Cuando le pregunto algo, se ríe
de lo que él llama «mis aprensiones»... Puede que tenga razón; pero
antes no era así... Como ustedes hablan tan á menudo á solas, podía
haber sido más franco con usted que conmigo.
--¡Bah!--exclamé, riéndome también de las aprensiones de Carmen,--¡no
sea usted niña! ¿Qué me ha de haber contado su padre de usted? Es un
manojo de nervios, y ahora le da por ahí.
Y no hablamos más, porque el tal, con un ruidoso taconeo, apareció en
la sala diciéndome con gran encarecimiento:
--¡El brigadier Buceta, al frente de mucha tropa y mucho paisanaje, ha
entrado en Cuenca!
--¿Y qué hacemos en Madrid en vista de ello?--preguntéle, siguiendo el
hilo de una aprensión que se me había metido entre los cascos.
--Pues... achantaditos hasta que se presente la ocasión.
Pocos días después:
--¡Valladolid está en armas!
--¿Y el enano?--pregunté muy serio á don Serafín.
--¿Qué enano?--preguntóme á su vez éste, con asombro.
--El de la venta.
--No sé una palabra,--respondió Balduque con un candor angelical.
Echéme á reir de todas veras, aunque me estaban llevando los demonios
de coraje.
Al día siguiente, lunes 17 por la mañana: don Serafín entrando
desaforado:
--¡Zaragoza!... ¡Barcelona!...
--¡Y nosotros--dije yo,--ni por esas!
--Dicen--añadió don Serafín,--que el elemento militar ha desvirtuado
la revolución; que no es el interés del pueblo lo que ha sacado á las
tropas de los cuarteles...
--Cuatro días hace que me trajo usted un ejemplar del manifiesto de
Manzanares, en el que se demuestra todo lo contrario.
--Hombre, sus razones habrá para no moverse; porque agallas no faltan.
El mismo día, al anochecer: Balduque entrando:
--¡Ahora sí que va de veras! Ya podemos gritar á voz en cuello: ¡mueran
los tunantes! ¡mueran los ladrones!... Choque usted esos cinco. Desde
esta mañana está el ministerio boca abajo. ¡Y el pobre pueblo, sin
saber nada!... De modo que en cuanto lo ha olido al salir de los toros,
¡buf! ¡no le cabe en las calles! y grita que se las pela; y ha mandado
que repiquen todas las parroquias; y pide las cabezas de los ministros,
y la de...
--Pero ¿qué otro Gobierno se ha nombrado?--pregunté con ansia.
--Ninguno. Dicen si Córdoba está encargado de formarle; pero ó no
quiere, ó no halla el modo, porque en este momento no hay más Gobierno
en Madrid que la gente que grita por las calles.
--¿Es decir que yo soy libre de andar por donde se me antoje?
--¡Claro que sí, calabaza!
No quise saber más. Me vestí precipitadamente.
--Si no vengo á una hora regular--dije á toda la gente de la casa que
me contemplaba atónita,--no me esperen. Conque hasta luego, ó hasta
mañana.
Don Serafín trataba de acompañarme.
--De ningún modo--le dije.--No son estos lances para dejar solas á dos
mujeres. Vea usted, las pobrecillas, qué miedo tienen.
Carmen estaba pálida, y Quica tiritando y comenzando á hacer pucheros.
Los abracé á todos, y salí como potro desbocado.
[Ilustración]
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