Al fin, logré romper el cerco misterioso, no sé si á la undécima ó á la
duodécima tentativa, y penetrar en el encantado recinto. Allí estaba el
santón pomposo, repantigado en alto y bien mullido sillón, sobre peluda
alcatifa, algo raída á trechos y no del todo limpia, entre cónicos
cestos de papeles rotos, medio embutido en la panza de un escritorio
negro, cerca de una chimenea, negra también, debajo de un retrato de la
soberana, y con un puro de á tercia entre los labios.
Soltó unos papelotes que examinaba cuando yo entré; y tomando con la
zurda el cigarro que chupaba, díjome, sin hacer caso de las palabras de
cortesía que, pálido y temblando, le dirigí:
--Ya sé que anda usted por aquí á menudo. ¿Qué se le ocurre?
--¡Buenas y gordas!--dije para mí, sintiendo á modo de un escalofrío
en todo el cuerpo; y respondí en voz alta y tartamudeando:
--Pensé que Vuecencia (no me apeó el tratamiento) recordaría lo que
tuvo á bien ofrec... prop... digo, indicarme en mi lugar... Por eso
vine desde allá hace tres semanas...
--Creo recordar, en efecto, que, deseando usted un destinillo, le
prometí hacer algo en su favor.
--Eso es,--respondí, con el alma á los pies.
--Pues estoy en ello, señor Sánchez, estoy en ello--añadió serio
y aparatoso, y dejando caer sus palabras como si me las diera de
limosna;--pero no puedo en estos días... ¡no puedo!... ¡no puedo!...
Veremos si un poco más adelante... Vuélvase usted por ahí á menudo para
recordármelo...
En esto, cogió otra vez los papelotes, llevó de nuevo el cigarro á la
boca; y viendo que yo permanecía enfrente de él atusando la felpa del
sombrero,
--¡Vuélvase, vuélvase!--me dijo casi en el mismo tono con que se echa
un perro á la calle.
En virtud de lo cual, hice una reverencia y salí, temblándome las
piernas y viendo chiribitas delante de los ojos.
¡Qué hombre, Dios mío! Bien que no me cumpliera lo que me había
ofrecido; pero ¿por qué me trataba con aquella frialdad y aquel desdén?
¡Ni siquiera las buenas palabras y la afabilidad de otras veces! ¿Le
cogería en mal cuarto de hora? ¿Le abrumaría el peso de los negocios?
¿Le habrían incomodado mis asedios? ¡Pero si él me los aconsejó en mi
lugar... y acababa de aconsejármelos de nuevo; y por eso precisamente
había ido yo á Madrid, y desvalijado á mi padre y á mis hermanas, y
estaba gastando lo que no me pertenecía! ¿Cómo me callé como un idiota,
cuando pude haberle confundido respondiéndole esto y lo otro y lo de
más allá! Pero bien mirado, mejor era así, porque si se sulfuraba de
veras y me cerraba las puertas y renegaba de mí... Después de todo,
estaba al comienzo de la empresa; y con un poco de tacto, mucha
paciencia, otra visita á Clara que, al cabo, era lo más atento de la
familia... Y con esto, y mucha fuerza de voluntad y el apego que iba
tomando á la corte, consoléme; y tan pronto como llegué á la posada,
escribí á mi padre diciéndole que el asunto marchaba bien, aunque
despacio; que el señor don Augusto acababa de repetirme, después de
colmarme de atenciones (como me colmaba toda su familia, cada vez que
la visitaba), que no me olvidaba un momento, y que pronto me daría
pruebas de ello...
Verdad que aquel día andaba yo un poco preocupado con una empresa que
debía acometer por la noche; la cual empresa consistía en bailar por
primera vez en Capellanes, considerándome ya muy apto para ello, no
sólo por el propio convencimiento, sino por el dictamen de mis amigos
y compañeros de hospedaje, uno de los cuales, al son de la flauta que
tocaba otro, me había dado las necesarias lecciones prácticas de baile
en la salita de la posada, que estaba siempre á disposición de los
huéspedes y de los amigos de los huéspedes, que eran muchos, aunque
ninguno de ellos valía á mis ojos lo que Matica.
Este endiablado extremeño me sorbió los sesos desde el día en que
le conocí. Me daban miedo su frialdad de espíritu, su imperturbable
continente, lo crudo de sus ideas políticas, su fe sospechosa, las
liviandades de su obscena musa, y su lengua acerada y mordicante; pero
me arrastraban cautivo los donaires de su conversación, su altísimo
ingenio, su frase castiza y pintoresca, su elocución fácil y sobria,
la originalidad de sus juicios, el vigor artístico con que los imponía
y acreditaba, y, sobre todo, la agudeza, fluidez y gallardía de sus
versos incomparables. Hasta su cuerpecillo delicado, por lo armónico
de sus partes y el aseo y buen gusto con que le ataviaba, me atraía.
¿Cómo, cuándo y de qué nació la estimación en que me tuvo desde que
nos tratamos superficialmente en la posada, y la cordial y bien
notoria amistad en que esta estimación se convirtió después? ¿Conoció
la admiración que yo sentía por él y halagó esto su vanidad? No es
creíble en un mozo de tan superior entendimiento. La razón del cariño
subsiguiente, ya es más obvia: hice de él, poco á poco, mi guía y mi
consejero en todo lo intelectual y recreativo; y como no pecaba yo
de impertinente ni dejaba de sacar fruto de las lecciones recibidas,
Matica se complacía en dármelas á cada instante; de la cual manera
nació en nosotros el mutuo y arraigado afecto que á menudo se ve entre
un maestro entusiasta por la profesión, y un discípulo dócil y muy
aprovechado, sin que la intensidad de este afecto altere las distancias
ni confunda las jerarquías.
Debía yo á Matica, entre otras atenciones delicadas, la de no
traer á cuento jamás, en nuestras particulares conversaciones, las
verdes crudezas de su especial humorismo; no sé si porque conocía
mi repugnancia instintiva á ese género de desnudeces, ó por no
desprestigiar delante del discípulo su autoridad de maestro. Inclínome
á lo primero, porque se aviene mejor con una cualidad, especie de
pudor artístico, que brillaba en Matica como una de las mayores
contradicciones aparentes de su carácter. Es, pues, de saberse, que
aquel empecatado mozo que en la intimidad de sus amigos, de sobremesa ó
en la de un café, despellejaba con una frase la honra mejor acorazada,
ó enrojecía á la misma desvergüenza con una copla indecente, no podía
sufrir una palabra mal sonante en medio de la calle, ni un pasaje de
sospechosa pulcritud en un periódico ó en un libro ó en el teatro;
detestaba la zarzuela, y no había que mentarle los bailes públicos.
Llamo yo á esta cualidad «aparente contradicción» de su carácter,
porque cabe en lo humano, y hasta es usual y corriente, tener el
sentimiento de lo bello, admirar el orden y todas las virtudes fuera de
casa, y pecar del vicio contrario dentro de la propia. Juraría que en
los mejores códigos del mundo han andado algunas manos así.
He vuelto á sacar á colación á Matica, porque desde la hora y punto en
que las despabiladeras de mi protector me demostraron bien claramente
que mi pleito, aun ganándole yo al fin, había de durar mucho, me
propuse sacar el mejor partido posible, en bien de mis gustos é
inclinaciones, del terreno en que me hallaba y de los recursos que
tenía á mi disposición. El principal de éstos era, á mi entender,
Matica; y á él acudí tan pronto como hube satisfecho mi brutal antojo
de estrenarme en Capellanes como danzante. Sucedió lo que yo esperaba:
cogí un hartazgo de restregones y zancadas, y una ronquera al salir á
la calle con la camisa pegada al cuerpo, los huesos macerados y las
narices atascadas de polvo y de pelusa, y en ocho días no quise ni que
me hablaran de semejante barbaridad. En descargo de mi conciencia,
declaro que nunca fuí gran devoto de ese pasatiempo, más propio de
salvajes que de hombres cultos que se estiman en algo.
Ya he dicho que mi pasión dominante fué el teatro desde que le hube
gustado por vez primera; pero aún lo fué en más alto grado en cuanto
logré satisfacerla en compañía de Matica, el cual tenía entrada libre
y asiento gratis en los principales coliseos de Madrid, por sus
intimidades con poetas, actores, empresarios y periodistas, y era
tan aficionado como yo á esta clase de entretenimientos. Digo que
experimentaba en tales ocasiones y al lado del agudo extremeño nuevo
y más sabroso placer, porque sus advertencias y juicios, lo mismo
sobre las obras que sobre sus intérpretes y accesorios escénicos, iban
perfeccionando poco á poco mis rudimentarias y naturales aptitudes,
depurando mi gusto, educando mi sentimiento y poniendo á su alcance y
al de mi percepción las bellezas y los secretos del arte; comparaba
pasajes con pasajes, obras con obras, autores con autores, comediantes
con comediantes, géneros con géneros, estilos con estilos, y épocas con
épocas; y de este modo iba haciéndome insensiblemente explorador y casi
ciudadano de una región totalmente ignorada de mí hasta que la columbré
por casualidad desde una galería del teatro de Variedades, y sin idea
alguna de su extensión y riqueza hasta que el experto guía me puso
dentro de sus linderos. Vi varias comedias del teatro antiguo, y leí
muchas más, y hasta hube á las manos, siempre por mediación de Matica,
los inapreciables _Orígenes_, de Böhol de Faber, en una hermosa edición
de Hamburgo; con lo cual, los nombres de Naharro, Lope de Rueda, Juan
del Encina, etc., me fueron tan queridos y familiares como los de
Lope de Vega, Tirso, Moreto, Rojas y Calderón. No estaba tan boyante
el teatro Español como en aquel siglo de colosales ingenios, en las
humildes calendas á que me refiero; mas no por ello me merecían menos
respeto y admiración los escasos poetas que sostenían la patria escena
con sus creaciones. ¡Cuán exiguo era el número de éstos, y qué escaso
el positivo valor de la mayor parte de las obras!
Lo que más abundaba eran las traducciones y arreglos del francés; y
como la zarzuela comenzaba á estar de moda, á perjeñar libretos de
zarzuela se daban, no solamente los escritores que no valían para otra
cosa, sino muchos de los que preferían á los lauros de Talía, el lucro
positivo con que les brindaba la musa cascabelera de la Plaza del Rey.
Volviendo á lo interrumpido, digo que también me hablaba Matica,
en ocasión oportuna, de las damas y caballeros que ocupaban las
principales localidades. De muchas y de muchos sabía curiosísimas
historias y anécdotas muy interesantes; y como el Madrid de entonces
era pequeño, y relativamente exigua su _buena sociedad_, y á ésta
pertenecían las gentes que eran «ornamento de los teatros», y este
ornamento no pasaba de ser un simple trasiego de un mismo público á
diferente vasija, resultaba que con verme siempre entre las mismas
personas y conocer las respectivas historias, parecíame estar viviendo
en familia, lo cual doblaba á mis ojos el interés del espectáculo.
Que en muchos de ellos tropecé con la familia Valenzuela, no necesito
decirlo. ¡Y de qué buena gana le hubiera dicho á Matica alguna
vez: «Cuénteme usted algo de esas gentes!» pero el temor de que el
desenfadado cronista confirmara mis recelos, y con ello deshiciera
el castillo de mis esperanzas, me contenía. Lo extraño es que no se
le ocurriera á él ese algo sin que se lo apuntara yo. ¿Me juzgaba,
por lo que me había oído hablar de esa familia, recién llegado yo á
Madrid, más ligado á ella de lo que en rigor estaba, y me guardaba
la consideración de no desollarla viva delante de mí?... porque era
imposible que aquellas gentes, siquiera Pilita y Manolo, no tuvieran
flaco en que cebarse la acerada lengua de mi amigo.
Como el buen mozo del teatro de Variedades no solía faltar nunca entre
los más asiduos concurrentes al palco de esta familia, pregunté una
noche á Matica:
--¿Quién es ése?
--Ése es Barrientos,--me respondió.
--Y ¿quién es Barrientos?--insistí.
--Pues Barrientos,--insistió él también.
--Ya me entero.
--Pues no se dan otras señas, sin ofensa del que pregunta, del sol, de
la lluvia, del aire; y ese mozo es aquí como el aire, como la lluvia,
como el sol; porque es Barrientos, nombre que tiene usted obligación de
conocer, llevando dos meses de residencia en Madrid.
--Pero ¿es pariente de esa familia, ó amigo ó qué?... porque le veo muy
á menudo con ella.
--Barrientos es un personaje que «revienta de buen mozo», concepto que
se lee en su frontispicio resplandeciente, tan pronto como se le mira;
pertenece en cuerpo y alma á esa región de preferencia que se llama
_gran mundo_; y tal es la fama de sus galantes proezas en él, que no
hay familia en Madrid, con derecho á llamarse distinguida, si le falta,
especialmente en público, la intimidad de Barrientos, el cual explota á
maravilla las ventajas de tan alta preeminencia. Además, monta bien á
caballo, y cuenta, según la fama, algunos triunfos de mérito en otros
tantos _lances de honor_; tiene todas las grandes cruces, un cargo
de lustre en Palacio, y, sobre todo, mucho dinero. Un dato que puede
ahorrarle á usted una pregunta: á veces juega por tabla; quiero decir
que no siempre que toma una posición, es para quedarse en ella, sino
para batir otra con mayor comodidad.
Dime por enterado, y no pregunté más á mi amigo.
Recorriendo las calles se valía éste del mismo procedimiento para lo
que llamaba yo _desasnarme_, y él _ponerme al uso_. Delante de las
librerías hablábamos de los libros de recreo, y especialmente de la
novela, que entonces estaba menos que en pañales en la patria del
_Quijote_. Me indicaba las menos malas entre el inmenso fárrago de las
traducidas, y las rarísimas buenas de las españolas, y hasta me largaba
substanciosos párrafos sobre la historia y vicisitudes de este ramo
de la literatura nacional, y me exponía sus caracteres propios, sus
peculiarísimas condiciones, y los puntos en que debía diferenciarse una
novela de costumbres españolas de las que con tal rótulo se exponían en
los escaparates, escritas á destajo en perverso castellano, y vaciadas
en moldes extranjeros, por _literatos_ salidos de pronto del mostrador
de una botica, y hasta de los talleres de los sastres. Pero en este
particular, aunque me lo callaba muy bien, rara vez íbamos de acuerdo
el maestro y el discípulo, no porque no reputara yo por muy cuerdos
sus dictámenes, sino porque en lo referente á novelas, y como ya lo
tengo advertido, contra lo que el buen sentido propio y el parecer de
Matica me aconsejaban, entraba con todas; y cuanto más farragosa y más
_novelón_ era la obra, más me seducía. En la comedia, en cualquier
otro libro de imaginación, saboreaba la frase y el estilo, los donaires
y las filigranas; pero en las novelas, siempre los argumentos... ¡Ah,
los argumentos!... Las sorpresas, lo desconocido... lo inesperado, las
_anagnórisis_, que dijo el pedante: ¡sobre todo, las _anagnórisis_!
Andar tres docenas de personajes, blancos unos, negros otros, éste
banquero, mendigo aquél, duquesa aquélla, menestrala la otra; aquí un
niño sin madre, allá un padre sin mujer, y media carta resobada, y el
relato de un incendio, con un cadáver calcinado y un pastor que lo vió
y se quedó mudo de repente, y es el único personaje que podía delatar
al criminal, que es un caballero tétrico é intratable que vive en una
quinta solitaria... ¡y el diluvio de cosas!; andar, digo, deslizándose
todo ello, sombrío y altisonante al mismo tiempo, por las encrucijadas
misteriosas del asunto, dejando un cabo suelto en cada bardal, quiero
decir, capítulo; y cuando ya nadie se entiende allí, y la novela es
un montón de acontecimientos y una maraña de personajes, y están las
pasiones para reventar, las víctimas extenuadas de hambre, rotas y
descalzas y á las puertas de la cárcel, y los pícaros con el fruto de
su rapiña asegurado, y el pastor haciendo contorsiones delante del juez
conmovido, para romper á hablar, porque de pronto se descubrió un
medallón ó una cicatriz en el pecho del niño desvalido, ó una marca con
corona en el pañuelo de la menestrala, los rencores se calman, el acero
se cae de las manos; el hombre malo prorrumpe: ¡hijo mío!; el hijo:
¡padre!; la duquesa: ¡hija!; la menestrala: ¡madre mía!, confundiéndose
todos en un cuádruple abrazo, mientras el pastor exclama con un
bramido formidable: ¡bendita sea la providencia de Dios!, y el juez,
soltando la vara, repite, mirando al cielo: ¡bendita sea! ¿Hay nada
más dramático y conmovedor? Todos estos lances me ponían á mí carne
de gallina, me oprimían el corazón y la garganta, y arrancaban mudas
lágrimas de mis ojos.
Pues no digamos nada de las de intriga caballeresca, y las románticas
de amor fino, como una que todavía recuerdo, en un tomo colosal, si
no eran dos, obra de la triste imaginación de un poeta muy sonado
en aquellos tiempos, no sé si por lo resonante de su firma ó por lo
mucho que gemía en verso y en prosa en _Liceos_ y en periódicos.
Titulábase la novela _La enferma del corazón_; y á pique me puso su
lectura de padecer yo la misma enfermedad que la heroína. De _El judío
errante_, _Los misterios de París_, _Los tres mosqueteros_ con todas
sus consecuencias, _El hijo del diablo_, _El conde de Montecristo_, y
otras que por entonces imperaban en el gusto público, no necesito decir
hasta qué extremo me emborrachaban.
De líricos, tampoco andábamos sobrados; pues los buenos, ó estaban
ausentes de España ó dados á la política ó tenían enfundado el laúd; y
de los malos no quiero hablar, aunque mucho me habló de ellos Matica
para ponérmelos por ejemplo de lo abominable y vitando.
Á todo esto, tenía yo un memorión colosal, y una singular disposición
para asimilarme el estilo y la estructura de las obras ajenas. Y lo
declaro aquí, porque en virtud de esta memoria y de este poder de
asimilación, en poniéndome á escribir hacía cosas que me asombraban; y,
sin embargo, no valían dos pitos, como me lo demostró Matica en más de
una ocasión y con motivo de pedirle yo su parecer sobre lo que había
hecho.
--Esto es de Bretón,--me dijo una vez.
Juré lo contrario creyendo jurar verdad; pero me dejó confundido
recitándome una letrilla del famoso vate, de la cual era la mía un
remedo. Sin embargo, yo no había pensado en la una al escribir la otra,
y así lo afirmé.
--Lo creo--replicó mi censor,--porque hasta ahora no ha hecho usted
sino engullir, amontonar en el almacén de su memoria; y de ese montón
es lo que sale, por su propio peso, en cuanto abre usted la puerta,
creyendo abrir la del ingenio. No hay que confundirlas.
Otra vez resultó calco de Zorrilla lo que yo presenté á mi amigo como
de propia cosecha. Entonces me dijo:
--Por esto, por lo otro y por todo cuanto conozco á usted, le aconsejo
que no caiga por ahora en la tentación de echar á la calle sus
engendros poéticos; pues si entre los ignorantes ganaría algún lauro
de alquimia, los entendidos le molerían á palos. Y digo «por ahora»,
porque quizá más adelante, cuando haya adquirido mayor caudal de ideas
propias, si es que las hay, y digerido bien las ajenas, logre vencer
con ello el mal enemigo de su buena memoria. Donde ésta sea el único
almacén de la casa, jamás se producirán acabadas obras de arte, pues
no puede haberlas sin la condición que las distingue y enaltece: la
originalidad, el sello de fábrica. De distinto modo le hablara si
tratáramos de la metralla periodística, ó de peroraciones de tribuno
de ocasión, ó de cualquiera de esos empeños en que sólo se busca el
efecto inmediato, y de los cuales no queda á las pocas horas sino el
recuerdo de sus relumbrones. Pompas de jabón. Por cierto que las hace
usted primorosas cuando llega el caso. Tiene usted hermosa voz, fácil y
bien acentuada palabra, mirada firme y valiente, gallardas actitudes...
en fin, cuanto se necesita para hacerse oir, arrancar aplausos y
falsificar la razón cuando se habla sin ella. Lo he observado en sus
porfías de sobremesa y del café de la Esmeralda. Y no le pese de
ello, que estas dotes, que acaso le envanecen poco por no habérselas
tasado yo en mucho, no se adquieren á ningún precio, y pueden llegar
á ser eminentísimas, al paso que las otras, que tanto ambiciona, se
consiguen á veces por hombres como usted, ó, cuando menos, algo que las
aparenta y ofrece sus mismos goces. Conque ánimo, y no le ofendan mis
claridades, que yo no puedo ser de otro modo. Si le tuviera á usted por
ladrón, lo mismo se lo diría.
Á veces interrumpía sus razonamientos para enseñarme, con las
ilustraciones y comentarios de costumbre, un literato de nota, un
personaje político ó una mujer de historia que acertase á pasar por
la acera de enfrente; ó un edificio notable, un pecado de ornato, un
buen mozo famoso, ó un desdichado sin vergüenza, de gran celebridad,
no ya en Madrid, sino en toda España. Entonces la gozaba un grotesco
personaje llamado _Don Pepito_, como la gozó luego _Cepedita_; no sé
quién después, y últimamente _el perro Paco_.
De esta manera hablábamos de todo lo imaginable y mucho más, y siempre
había para cada cosa su merecido en el inagotable saco del mordaz
extremeño.
Entre tanto, yo que nada le ocultaba y me complacía en oirle hasta
cuando fustigaba mis debilidades y resabios, no le había dicho todavía
el verdadero motivo de mi estancia en la corte. Sólo sabía de mí que
era un montañés de pocas rentas, que había ido á Madrid por asuntos
particulares. Lo mismo que sabían en la posada y en casa de Balduque.
¡Singular escrúpulo el mío!
[Ilustración]
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