XV

La educación que me daban los estudiantes mis paisanos, era, como se

habrá visto por alguna muestra ya exhibida, muy diferente de la que

recibía del extremeño.

La cátedra de café, en el de _La Esmeralda_, era diaria, y desde que

acabábamos de comer hasta la hora de ir á otra parte, ó hasta que se

disolvía la tertulia por cansancio. La asistencia al café era entonces,

y creo que continuó y continúa siéndolo, una verdadera necesidad para

la gente madrileña: no he visto pueblo más aficionado á cocerse en el

_baño de María_; que no otra cosa es un salón de aquéllos, donde el

aire se corta, por lo espeso, el calor asfixia, y el rumor de voces y

cuchareteos y el bullir de entrantes y salientes, aturden y marean.

Por lo común, no se habla en los cafés, sino que se disputa, ó, por

lo menos, se grita, pues de otro modo no podrían entenderse los

interlocutores. Sin duda por esto no se trata allí cuestión que valga

dos cominos, y se echa la lengua sobre nimiedades que se presten á la

zumba, ó sobre temas que, por su propia naturaleza, traigan aparejada

la pasión con todas sus legítimas intolerancias y voceríos. Hay quien

da como causa de esto la calidad de los asistentes á esos concursos:

estudiantes, artistas, empleados de poco sueldo, jubilados y cesantes,

haraganes empedernidos, gentes, en fin, alejadas, por hábito y por

necesidad, de los estudios serios y de los negocios graves.

Sea lo que fuere, es lo cierto que hay hombres para quienes esas

tertulias son la primera necesidad de la vida, por la taza de café,

por las luces, por la bulla, por la concurrencia, por el periódico,

por el olor de la atmósfera avinagrada y pegajosa, por el piloncito,

ó caramelo, ó terrón sobrante, según el uso; por cada una de estas

cosas y por todas ellas juntas. De estos hombres era un tal Agamenón,

que se arrimaba algunas noches á nuestra mesa. Era grandote y áspero;

áspero de todo: de voz, de genio, de pelos, de cutis, de palabras y

de meollo. Había sido teniente de movilizados, contaría á la sazón

medio siglo, era manchego y solterón, y llevaba veinte años en Madrid

comiéndose descansadamente el escaso producto de unos censos ó cargas

de justicia, ó no sé qué. Con un periódico en la mano y otro debajo de

las posaderas «para después», la taza de café y la copa de ron delante,

tan pronto sorbía, como leía, como estornudaba, como metía cucharada

en la conversación, ó la manaza libre en el platillo de acá ó de allá,

donde hubiera terrones de azúcar sobrantes.--«Hágame»,... decía en

tales casos, y cuando ya tenía la zarpa en la presa; y lo mismo decía

después de quitarnos el cigarro de la boca para encender el suyo, ó el

vaso de agua de la bandeja correspondiente, ó de tumbar con los hombros

al más descuidado de los colaterales, mientras arrastraba la banqueta

hacia aquel lado para hacerse más ancho lugar. «Hágame» era, pues, una

abreviación de «hágame usted el obsequio»; y tanto la repetía, que le

pusieron _Agamenón_.

Pues este Agamenón, amante bestial de Madrid, pero de Madrid _por

fuera_, es decir, de sus casas, de sus calles, de sus plazuelas y

letrinas y mercados, en suma, de cuanto se ve, se palpa y se huele

andando todo el santo día de Dios á pata y á la intemperie, como andaba

él, tenía la singularísima gracia de creer y afirmar que la culpa de

que no fuera Madrid la primera maravilla del universo, pues del mundo

sublunar ya lo era en su opinión, la tenían «las infames provincias que

la esquilmaban sin caridad con subvenciones para esto y sueldos para

lo de más allá; carreteras por aquí y puertos por el otro lado». Es

texto suyo, que le oí soltar muchas veces. Para aquel hombre singular,

el dinero del Erario era del manantial de Madrid. Si, por ejemplo, se

secaba un árbol de los pocos y malos que había y tenía él muy contados,

exclamaba al relatar el suceso:

--Yo lo creo, ¡barraganes! En cambio, vaya usted por esas infames

provincias, y verá bosques enteros de árboles como navíos... Para esas

nunca falta dinero en el Tesoro _de Madrid_... Ya les daría yo...

¡barraganes!

Cuando nuestra tertulia se deshacía, ó cualquiera de las varias á que

él se arrimaba, porque se arrimaba á muchas, íbase con _los suyos_, que

eran cuatro ó cinco originales por el estilo, que se acomodaban en la

mesa más cercana al mostrador. ¡Barraganes, y qué peloteras se armaban

allí en cuanto Agamenón llegaba!

Como mis amigos le tenían bien estudiado, sacaban gran partido de él

buscándole las cosquillas, que bien á la vista estaban.

Uno de ellos le dijo, la primera vez que yo le tuve delante:

--Presento á usted este caballero que acaba de llegar de provincias.

--Ya se le conoce--respondió el hombrazo, mirándome con mal gesto;

y añadió:--Vendrá á lo que todos los de esa banda: ¡á medrar aquí á

nuestra costa!

Cargáronme soberanamente la grosería, la voz, la cara, el gesto; el

hombre, en fin, de pies á cabeza; tomé la cosa por lo serio, y le

solté tal andanada, y tan de corazón, que yo mismo, que no recordaba

haberme enfadado jamás, me asombré de lo mucho que se me ocurría y

de lo elocuente que estuve. Aplaudiéronme los estudiantes con el

piadoso fin de echar más leña al fuego en que se quemaba el otro, y lo

lograron, porque Agamenón se puso hecho un jabalí, y solamente se le

bajaron las cerdas y escondió los colmillos, cuando me vió dispuesto á

pegarle un botellazo, si él por su parte trataba de acudir á razones de

parecido calibre. Después revolvió la banqueta sin levantarse de ella,

tumbando con las patas otras dos desocupadas; y se fué gruñendo, con un

periódico en cada mano y el bastón debajo del brazo.

Explicáronme entonces mis amigos lo que era aquel animal que parecía

un hombre, y me pesó lo que había hecho; pero Matica, que estaba

presente, aprobó en serio mi conducta y me saludó en broma como al

Cicerón abrumador de aquel estúpido Catilina. ¡Y yaya si me dió cierta

consideración entre las mesas circunvecinas aquel lance! y aun cierta

soltura y como un poquillo de afición á la frase oratoria, para las

sucesivas, pero amistosas controversias, en que tomaba yo parte muy

activa con mis compañeros y paisanos. Á estos lances se refería Matica,

sin duda alguna, cuando ponderaba mis «pompas de jabón».

En cuanto al hombrazo aquél, volvió á la noche siguiente á nuestra

mesa, tan fresco como si nada hubiera pasado entre nosotros, de lo

que me alegré mucho, porque, sabiendo lo que era, me divertían sus

originalidades.

Uno de mis amigos (el de la montera asturiana) tenía una novia.

Comenzaron por hacerse gestos detrás de las vidrieras; siguieron las

cartitas por debajo de la puerta, y concluyó la novia por franquear

las suyas á mi amigo. Encarecíame éste los ratos que pasaba adentro, y

yo no lo ponía en duda. Según él, todo era allí patriarcal y amoroso

como una égloga de Garcilaso; todo sencillez, todo _familia_, en el

sentido más dulce de la palabra. La novia, Trinis, era un ángel _intus

et foris_; su hermana mayor, Luz, un tipo de vestal romana, con las

virtudes y el arreglo de una monja paulista; la madre, una santita de

Dios, y su padre, un patriarca bíblico. Además, solían bajar algunas

noches las del cuarto piso y subir las del segundo; y como había un

pianejo regular en la sala, se bailaba los domingos, y en las noches

de entre semana cantaba Luz tres melodías á cual mejor; en fin, que se

pasaba allí muy bien el tiempo. Mi amigo se había tomado la libertad

de anunciar mi presentación en aquella casa, á título de mayorazgo

rico y soltero, que había ido á Madrid á ver el mundo, y _ellas_, que

me conocían ya por haberme visto en la calle con él, esperaban mi

visita con vivísimos deseos. De manera que con este solo motivo (sigue

discurriendo mi amigo) yo no podía, _decentemente_, dejar de _entrar

en la casa_. Además, me convenía, para ver y aprender un poco de todo,

é irme instruyendo y soltando en los usos y procedimientos del trato

social. Las reuniones eran de entera confianza; podía ir con lo puesto,

sin gastar un ochavo: á lo sumo, un par de guantes de medio color, no

por la casa precisamente, sino por mi propio lustre.

¡Grandísimo tuno! Lo que en mí iba buscando era un cirineo que cargara

en la tertulia con la cruz de toda la familia, para dedicarse él, con

mayor fruto y sosiego, á la empresa que le llevaba allí. Pero me dejé

presentar de buena gana, porque también yo pensaba que me convenía

saber de todo, si estaba á mis alcances.

Si las hubiera habido en la casa, me hubieran recibido con volteo de

campanas; y lo afirmo porque, á faltas de ese agasajo, me hicieron

cuantos podían hacerme aquellas excelentes personas. «¡Tenemos

tantísimo gusto!... ¡Pase usted!... ¡Más adentro!... ¡Aquí, en la

butaca!... ¡No, en el sofá!... ¡Deje usted el sombrero!... ¡Trae

esa luz al velador, Trinis!... digo, si no ofende á la vista... ¡La

pantalla verde!... ¿Por qué se ha quitado usted el abrigo?...». Y yo,

á todo esto, cabezada va y encorvadura viene, apretón de manos aquí,

cumplido allá, sin saber á quién, porque toda la familia me rodeaba y

se movía y hablaba á un tiempo; y en el sitio en que empezaba una de

las hijas, concluía su papá: parecía que estábamos jugando á las cuatro

esquinas.

Al fin se calmó aquello y nos sentamos todos: Trinis junto á mi amigo,

en el rincón de la derecha; Luz á mi izquierda; su mamá al otro lado, y

junto á ésta, en una butaca, su papá. Y empezó la sesión con todas las

majaderías y vulgaridades de costumbre, sobre si me gustaba Madrid, y

cuánto tiempo hacía que había llegado; si le veía por primera vez; si

echaba de menos á mi país; si tenía buenas noticias de mi casa...

El señor de la en que yo me hallaba (y comienzo por él porque le tenía

enfrente), don Magín de los Trucos, era bajito y regordete, y muy corto

de vista, de brazos y de cuello; tenía peluca y unos asomos de patilla

rala y entrecana, recortada á la altura de los oídos. De allí para

abajo, todo era moflete limpio.

--¡Conque de las Montañas de Santander!--exclamó con voz algo atiplada,

enfilándome los anteojos y restregándose las manezuelas.

--Para lo que ustedes me manden,--respondí yo, muy fino, golpeándome

suavemente la boca con el puño del bastón.

--Por cierto--añadió don Magín cambiando de postura en la butaca y

buscando con la voz los puntos más graves que podía alcanzar,--que la

última vez que yo hablé de ese país, fué ocho años hace con mi pobre

amigo Trigales, con motivo de necesitar éste una nodriza para su

sobrina. ¡Qué coincidencias tan extrañas se ven en la vida! Tal como

hoy hablamos de la Montaña, y quince días después se moría mi amigo de

una pulmonía. ¡Vea usted qué casualidad!

No la veía yo tal; pero asentí á la exclamación con otra parecida; y

saltó la señora de don Magín, y dijo:

--El año pasado me regalaron unas amigas mantequilla de las Montañas de

Santander. ¡Qué rica era con el chocolate! Abundará mucho allí, ¿no es

verdad?

Volvíme para responder á esta señora, y entonces reparé en que era

el vivo retrato físico de su marido; y más que su mujer, parecía su

hermana mayor, porque representaba más años que él, y aun era más

barriguda y fuerte de voz, y quizá de barba.

--Es lástima--continuó,--que esa tierra no sea más conocida, porque me

han dicho que es muy pintoresca, y está toda llena de pasiegas... y de

peñascos espantosos.

Advierto que, por entonces, «todo Madrid», incluso los literatos,

tenían de la Montaña la misma idea que la señora de don Magín de los

Trucos; el cual, sin darme tiempo para responder á lo expuesto por doña

Arcángeles (que así se llamaba su mujer), díjome:

--Y de política, ¿qué tal se anda por allá? Mal, supongo yo; porque

ustedes, atentos á sus rebaños, á sus boronas y á sus besugos...

Hombre, ¡qué casualidad! el mismo día que comí yo besugo la última

vez, ahora por Navidad va á hacer un año, me tocaron cuarenta y dos

reales á la lotería primitiva. Mire usted que es raro, ¿verdad? Pues

como decía, aquí, en cambio, hallará usted los ánimos hechos una

pólvora con eso de las economías de Bravo Murillo: unos, porque si no

sabe lo que se trae entre manos; otros, porque si lo sabe con exceso, y

que zurra y que dale... ¡y vea usted qué casualidad más rara! el mismo

día en que fué nombrado Bravo Murillo presidente del Consejo, cumplí yo

sesenta y dos años y perdí la última muela que me quedaba en la boca...

Por lo demás, caballero, aquí hallará usted una pobreza, si se quiere;

pero confianza y buen deseo, como sabe muy bien su amigo de usted

desde que nos honra con su presencia. Luego vendrán las chicas de la

vecindad; y con éstas, que son también animadas de por sí... en fin, se

pasa tal cual el rato.

Uno bien largo duró todavía este sabroso tiroteo del apreciable

matrimonio, sin dejarme meter baza, siquiera con unos cuantos

monosílabos de cortesía, mientras Trinis y su novio no daban paz á la

lengua (muy bajito), ni á los ojos, y jurara que ni á las rodillas, y

Luz se entretenía á mi lado jugueteando con los colgantes del cinturón

de su vestido.

Al fin se marchó con mi venia don Magín, pretextando ocupaciones

urgentes en su despacho, y poco después, con parecida excusa, su

dignísima señora. Quedéme solo con Luz. Solo digo, porque Trinis y el

estudiante se conceptuaban á solas también. Miróme Luz entonces, como

diciéndome: «á ti te toca empezar», y respondí yo con otra mirada, sin

ocurrírseme cosa mejor que decirle.

No era tan «vestal» como me la había pintado mi amigo; pero sí resto

muy agradable de algo parecido á ello. Estaba un tanto marchita y como

trabajada por largos y malogrados deseos de cambiar de vida; pero aún

eran bellos é insinuantes sus ojos, blanca y apretada su dentadura, y

esbelto y bien contorneado su talle. En cambio, su hermana rebosaba de

juventud y frescura. Era toda una guapa moza, quizá con exceso metida

en carnes, por ser de talla menos que regular. Para _ángel_, como la

había llamado su novio, me pareció demasiado maciza. Lo que era, sí,

muy pegajosa; y eso bien á la vista estaba.

Como yo no rompía á hablar, lo hizo Luz con las generales de la ley;

y en esto estábamos candorosamente entretenidos, cuando comenzaron

á llegar los contertulios del cuarto y del segundo: entre todos,

diez personas por el estilo de las de la casa, en cuanto á pelaje y

flacidez del atavío; pues en lo que toca á nutrición, si se exceptúa

á Luz, que no pecaba de rolliza, la familia de don Magín era mucho

más lucida que las otras, que se descomponían en cuatro papás (dos

matrimonios, se entiende), cuatro señoritas y dos muchachones

deslavazados, zanquilargos, orejudos y narigones, de voz bronca y

desentonada, y algo cortos de mangas y perneras, como que estaban en el

período de _muda_. Eran estudiantes de San Isidro, con ánimos de _ir

para_ boticario el uno, y para ingeniero el otro, y comenzaban entonces

á bailar _en familia_, para irse haciendo á la buena sociedad. En este

punto, lo mismo que yo. Entre tanto, habían vuelto también á la sala

don Magín y su señora, y me fueron presentando á todos y á cada uno de

los recién llegados, á título de «caballero principal de las Montañas

de Santander, soltero, que viajaba por recreo».

Y ya la tertulia _en pleno_, y sin dejar que se sentaran los que aún

estaban de pie, comenzó don Magín á dar recias palmadas y grandes voces

para imponerse á la algarabía que reinaba allí; y empujando á éste y

apercibiendo á aquél y haciendo que se sentara al piano una de las

señoritas del segundo,

--¡Ea!--gritó cuanto pudo.--¡Á bailar se va!

Después metió el velador del centro en el gabinete, y fué arrimando á

la pared las butacas y cuanto estorbaba en la sala, que no era grande.

Cubría su suelo embaldosado una estera de cordelillo, y colgaban de las

paredes dos grandes cuadros bordados con felpilla (un _Divino Pastor_

con su borrego, y un _Bautismo del Salvador en el Jordán_), obras ambas

de las niñas cuando iban al colegio; un espejo sobre la consola, la

cual sostenía dos floreros de trapo, un reló de centro y dos pastores

de _cascaritas_, cosa muy estimada entonces en Madrid; un grupo _al

daguerreotipo_, de toda la familia, y un tirador de campanilla, ancha

cinta de seda terminada en un anillo de latón dorado; la sillería era

de caoba vieja y damasco de lana verde marchito, como la cinta y como

el papel de las paredes, en cuyos ángulos había rinconeras con tazas y

platillos de porcelana, toreros de barro y otras baratijas.

Rompimos el baile Luz y yo, por todo lo fino, y Trinis y su novio, que

parecían el papel y la oblea por lo pegados que iban. Los demás se

arreglaron como pudieron. Y así, con ligeros descansos y trocando las

parejas (menos mi amigo, que no soltó la suya un momento) y con dos

melodías cantadas por Luz, bastante mal, hasta las once de la noche.

Al despedirme, empeñada ya mi palabra de volver «á menudo», díjome Luz:

--Sé que es usted poeta, y me va usted á hacer un favor.

Asombréme de que tal supiera, y díjome que lo sabía por mi amigo. El

tal amigo se había despachado á su gusto.

--Suponiendo que lo fuera--respondí yo,--¿qué favor puedo hacer á usted

con serlo?

--Honrar mi _álbum_ escribiendo algo en él.

¡Su álbum! En aquel tiempo estaba el álbum en todo su auge y en la

fuerza de su esplendor. Todo el mundo tenía álbum, y al hombre más

inofensivo se le enviaban á su casa para que «pusiera algo» en él,

cuando no se lo metían por los ojos, de sopetón, para que en el acto

escribiera «alguna cosa bonita». Sin embargo, como la oferta del álbum

era una patente de capacidad, había hombres que se pagaban mucho de

esas ofertas, y hasta las solicitaban con intrigas. En descargo de mi

conciencia, declaro que en aquella ocasión me infló un poco la vanidad

la oferta del álbum de Luz á título de poeta, aunque me constaba que me

había levantado ese falso testimonio el novio de su hermana. Acepté,

pues (no sin remilgos y protestas de fingida modestia), y Luz me

entregó el libro, ó mejor, el estuche que le encerraba.

Lleváronme casi en volandas hasta la puerta, donde puede decirse que se

despegaron Trinis y mi amigo; y pregunté á éste en cuanto nos vimos en

la calle:

--Pero, alma de Dios, ¿adonde piensas llegar (me tuteaba ya con todos

mis compañeros de posada) por ese camino?

--¿Por cuál?--preguntó, á su vez, mi amigo.

--Por ese en que te he visto toda la noche con tu novia.

--Pues nos dejamos conducir tan guapamente.

--Ya; pero ¿hasta dónde?

--Hombre... pues todo lo más allá que yo pueda.--Y añadió, arrimándose

mucho á mí:--¡Ay, Pedro Sánchez de mi alma! no me dejes, no me

abandones. ¡Si vieras qué beneficio _nos_ has hecho! ¡Sin ti no soy

hombre: tengo que atender á todo; estar en todo, especialmente cuando

no es noche de tertulia; ser joven atento y fino con los papás, y, al

mismo tiempo, apasionado galán de mi novia; y como la familia ya sabe

que lo soy, y en tal concepto me abrió las puertas, tendré que hablar

de mis honestos fines, y apuntar propósitos para mañana, y deslizar

noticias de mi familia y bienes; y esto no puede ser, porque me reiría

yo de mí mismo!... Pero estando tú... ¡oh! tú lo llenas todo: todos te

miman, todos te escuchan y casi te adoran; y al amparo tuyo... ya lo

has visto... ¡Ay, qué noche, Pedro Sánchez!

--¡Cáspita!--exclamé, apartando de un codazo al fogoso novio de

Trinis,--¡pues me honras con el oficio que me das!

--¿Por qué no haces tú lo mismo con Luz?--preguntóme, volviendo

á arrimarse á mí.--Pues yo contaba con eso, porque ella está

deseándolo... ¡Y mira que es guapa!... y hasta un poco sentimental,

como á ti te gustan... ¡Y digo! al ver ella que un mozo de tu

estampa... porque, sin adularte, la tienes de primera; y que, además,

es mayorazgo rico que viaja para ver mundo, y quizá casarse á su

placer... Vamos, que será las puras mieles. ¡Te digo que no merecerás

perdón si desaprovechas la ganga!... Mira qué pronto se largaron los

papás en cuanto te vieron arrimado á ella.

--Pero ¿en qué casa me has metido?--pregunté con la mayor ingenuidad á

mi amigo, al oirle hablar así.

--Pues en una casa muy honrada,--me contestó.

--¡Mucho, cuando se consienten y hasta se preparan esas cosas!

--Así y todo. Óyeme. Del tipo de esta familia, las hay á centenares

en Madrid: viven de una jubilación, de un destinillo, de una renta

mezquina... de cualquiera cosa; pero viven, y no deben nada á nadie,

y son buenas y hasta devotas. Pero tienen la manía de los novios

para «las chicas»; y llega uno de éstos, y se va, y no vuelve; y no

escarmientan; y reciben otro, ó le buscan, y se larga también, y aun

se dan casos de llevarse algo que no tiene vuelta posible; y tampoco

escarmientan: á otro en seguida; ¿es un estudiante? él acabará la

carrera; ¿es un desdichado sin empleo? él mejorará de posición;

¿es un cadete? él llegará á general. Lo primero es que haya novio,

¡novio á todo trance! Aquí, donde me ves, hago el número cuatro de

los que ha tenido Trinis á las barbas de sus adorados papás. ¡Sabe

Dios el que harás tú en la larga lista de los de Luz, si te decides á

requebrarla!... que sí te decidirás, por la cuenta que _nos_ tiene.

El demonio me lleve si no me entraron ganas de estrellar el álbum que

conservaba bajo el brazo, contra los adoquines de la calle, al oir al

pícaro estudiante. No me había forjado yo grandes ilusiones con el

recibimiento que debí á la familia de don Magín de los Trucos, puesto

que sabía que fueron la causa principal de él los falsos informes de

mi riqueza dados por mi amigo; pero ¡tanto como escribir coplas por lo

fino á una mujer así!...

--Pues tómala como se te presenta, bobo--dijo mi acompañante

respondiendo á estos reparos;--y ¡á vivir! Después de todo, ¿qué

te importa si no te has de casar con ella? ¡Cuando te digo que _te

resientes_ mucho _del país_!...

Y era verdad que me chocaban extraordinariamente aquellas costumbres

nunca por mí vistas ni soñadas.

Cuando llegamos á casa y me encerré en mi dormitorio, mi primer

cuidado fué abrir el estuche para ver el álbum. Tenía tapas forradas

de terciopelo azul, con esquineros y el rótulo del centro dorados. Le

abrí, y arrimándome al velón, comencé á hojearle. Me asombré. Estaba

lleno de todos los imaginables artificios poéticos. Había acrósticos

hacia arriba, hacia abajo, de través, en diagonal, á la derecha y á

la izquierda; estrofas en forma de cáliz, de guitarra, de cruz, de

pirámide y de reló de arena; sonetos encerrados en orlas de pichones

con guirnaldas en el pico; seguidillas encestadas... ¡qué sé yo! y el

nombre de Luz en cada copla; y Luz cantada por todas partes: por los

dientes, por los ojos, por el pelo, por el talle, por la voz y por

cuanto á la vista estaba y mucho más. Las firmas eran de Eduardo López,

Arturo Díaz, Santos Perales, Alfredo Granzones, y así por el estilo.

Yo elegí el cuello, por estar casi intacto en el álbum; y en cuanto me

hube acostado, «discurrí» materiales para dos décimas, sin que se me

quedara perdido en la memoria un solo voquible del catálogo usual y

pertinente al caso: tornátil, ebúrneo, alabastrino, mórbido, níveo...

nada se me olvidó. Al día siguiente escribí, á pulso y pareadas, las

dos décimas; las separé con una flecha punta arriba, y firmé con mi

nombre y apellido completos; que bien podían estar tranquilamente allí

donde había tantos que no valían más que ellos, ni sonaban mucho mejor.

Encima de todo escribí, en gruesa francesilla, que sabía yo hacer muy

bien: _Al cuello de Luz_; y se lo llevé por la noche.

Ahora querrán ustedes saber en qué paró aquella historia. Pues paró

en que, al cabo, «me declaré» (como decíamos entonces) á la hija

mayor de don Magín de los Trucos. Pero ¿cómo no hacerlo, si me echaba

unos ojos, y se arrimaba tanto, y me respondía de un modo!... Luego,

aquellos estúpidos papás, lo mismo era vernos juntos, que nos dejaban

solos, enteramente solos; porque la otra pareja, cada día estaba más

distraída y apartada.

Y una noche, saliendo, me dijo mi amigo sonriéndose:

--¿Piensas tú volver?

--¿Y tú?--pregúntele yo á mi vez, y también algo risueño.

--Yo no,--me respondió.

--Pues yo tampoco.

Y no volvimos más.

[Ilustración]

[Ilustración]

Pedro Sánchez · 第 15 / 35 题