Mi segunda visita á mi protector no alcanzó mejor éxito que la primera.
Había salido de su despacho, y el desabrido portero no supo ó no quiso
decirme adónde, ni si volvería ni cuándo; de volver á su casa, no me
había quedado gana maldita, y para esperarle en los pasadizos del
Ministerio y echarle el alto de sopetón, no servía yo, corto y apocado
aldeano lleno de desconfianzas y miramientos. Dolíame perder un día
más, y aquello no me gustaba; pero como no era mía la culpa ni el
remedio estaba en mis fuerzas, tornéme á la posada y arremetí con las
novelas, las cuales no dejé de la mano hasta la hora de comer.
Después llegó don Serafín vestido de día de fiesta; y según lo
convenido, me acompañó á su casa, donde ya nos esperaban Carmen y
Quica: aquélla poniéndose los guantes, y ésta, á su lado, abanicándose
maquinalmente, tiesa, muy tiesa, como clavada en el suelo, la boca
fruncida, la mirada de asombro, y algo conmovida, cual si su espíritu
estuviera meciéndose ya entre las emociones que barruntaba. Con su
actitud jeremiaca y sus atavíos estrepitosos, estaba horrible; lo mismo
que un muñeco de esos que asustan á los niños alzándose de un brinco
dentro de una caja, en cuanto salta la tapadera. Á Carmen le sucedía
entonces lo que á todas las chicas guapas _per sé_: cuanto más se
acicalan y se atusan y se prensan, más se desfiguran. Valía mucho menos
vestida de señorita pobre, que de simple costurera. Sin embargo, estaba
muy linda, porque lo mucho da para todo.
Renuncio á pintar las impresiones de asombro, de gusto y de curiosidad
que me causó el teatro, lleno de luz, de caras, de vestidos y de
rumores, desde que penetré en él hasta que, á fuerza de propósito,
logré, á media función, orientarme en la forma, usos y procedimientos
de aquella maravillosa región en que me encontraba por primera vez en
mi vida; porque si doy en aficionarme á este género de pinturas, va á
ser el cuento de nunca acabar, hallándome, como entonces me hallaba,
en un mundo enteramente nuevo para mí, y en la edad en que con mayor
actividad se piensa y se siente. Digo que logré orientarme allí á
fuerza de empeñarme en ello, porque careciendo yo de virtud bastante
para confesar que nunca me había visto en otra, observaba hasta el
menor de los detalles, para deducir yo solo la ley por que se regía el
mecanismo del escenario, y la relación establecida entre este mundo
ficticio y las gentes de telón afuera.
Recorriendo con la vista las localidades del teatro, repletas de
elegantes damas, de caballeros presumidos y de vulgo sencillote y
embelesado, topé con la familia Valenzuela, acomodada en uno de los
palcos de preferencia: Clara ceñuda é impasible, como siempre; Pilita
con la espalda vuelta al escenario, el fastidio pintado en su faz,
y zarandeando el abanico: lo mismo que en su casa; Manolo, en el
fondo del palco, muy bien vestido, pero muy mal sentado. Don Augusto
no pareció por allí en toda la noche; pero, en cambio, entraban y
salían, durante los entreactos, jovenzuelos del pelaje de Manolo, á
hacer reverencia y cortesía á las señoras, quienes, especialmente
Pilita, se mostraban con ellos bastante más atentas y risueñas que se
habían mostrado conmigo. Entró también á lo último, y allí se quedó
como si fuera de la familia, un señor entrejoven, de gran estampa,
muy planchado y reluciente, guapote, y, al parecer, muy pagado de su
marcialidad y elegante apostura. Pensé yo si sería el ministro, porque
de aquel corte me los imaginaba á todos los del oficio.
Observé que casi todas las damas de copete y la mayor parte de los
caballeros _distinguidos_, veían con la misma indiferencia que la
familia Valenzuela lo que ocurría en el escenario, y que cuanto más
nutrido era el aplauso que arrancaba al sencillote público un arrebato
apasionado de Teodora Lamadrid, más se acentuaba el desdén en las
gentes principales. Andando el tiempo me persuadí de que la moda impone
á sus esclavos exigencias verdaderamente inconcebibles.
¡Qué contraste formaba aquella estudiada frialdad con las profundísimas
emociones que estábamos experimentando nosotros! Quica era un goterial
de lágrimas y un incesante puchero. Don Serafín, electrizado y
nervioso, no cabía en su asiento, y se revolvía como si le punzasen
agujas las asentaderas; sacaba el busto fuera de la barandilla,
estiraba el pescuezo, y con los ojos fijos en el actor, hacía embudos
con los labios mientras éste hablaba: remedábale todos los gestos,
marcaba las cadencias con la cabeza, y parecía trazar en el aire, con
la mano derecha, todos los signos ortográficos del diálogo. Carmen,
en las situaciones de apuro, volvía hacia mí sus grandes ojos algo
empañados, y yo la respondía con una sonrisa contrahecha, inútil
disfraz del nudo que me ponía en la garganta la extremada tensión de mi
espíritu, partícipe verdadero de todos los fingidos infortunios de la
heroína del drama que se representaba.
Para mí, aficionado hasta la pasión á las ficciones novelescas,
aquello que estaba presenciando era la realidad de un suceso. En el
libro hallaba el relato sobre el cual tenía yo que construir con la
imaginación cuanto no podía darme el libro; allí estaba todo hecho,
vivo, real y tangible: el hombre en cuerpo y alma, con sus vicios
y sus virtudes; un cómodo rinconcito del mundo, donde se exponían
á la contemplación de los curiosos las batallas de la vida humana,
sus grandezas, sus caídas, lo noble y lo bajo, lo serio y lo cómico.
Aquella noche me tocaba padecer; otra noche, ó en otro teatro, me
tocaría reir. ¡Admirable espectáculo!... Y el gozar de él á menudo no
era dificultoso para un hombre solo que, como yo, tuviera el bolsillo
bien repleto y pocas necesidades de otra especie.
Expongo estas reflexiones en el mismo orden en que me las iba haciendo
yo insensiblemente, y á medida que las peripecias del espectáculo
me cautivaban; las cuales reflexiones fueron germen de otras muchas
del propio género á que me entregué después de salir del teatro, y
base de muy largos y detenidos razonamientos, cuyo resultado fué el
engolosinarme de tal manera á este deleitoso pasatiempo, que en menos
de quince días conseguí (si vale la frase) tomar la embocadura á los
diversos géneros dramáticos que se cultivaban en los pocos teatros
que entonces existían en Madrid, y familiarizarme con los nombres y
aptitudes artísticas de los respectivos actores.
Con esto quiero decir que no era sólo el atractivo del argumento ni
el de la disposición material del espectáculo lo que me seducía y
cautivaba; había en mí un instinto artístico, cierto gusto pasivo,
algo como tentación de análisis, que me arrastraba á investigar el
por qué y la calidad de las cosas. Evidente es que mis juicios, por
mi inexperiencia y por mi ignorancia, no podían ser completos ni
enteramente atinados; pero, al cabo, eran juicios, que me procuraban,
sobre el placer de admirar lo desconocido, el más sabroso de cotejarlo
á mi manera con los preceptos rudimentarios de unas leyes, que yo
llamaba _mi parecer_.
El cual hizo á mi gusto esclavo de Julián Romea, desde la primera vez
que con su asombrosa naturalidad (que después se ha llamado _realismo_)
le vi interpretar una de las mejores obras de su repertorio, _El hombre
de mundo_; movió mis manos para aplaudir al ya decrépito Guzmán, en
_El enfermo de aprensión_; á su heredero único en los donaires de
_gracioso_ del castizo teatro español, Mariano Fernández, y me infundió
cierta repugnancia que jamás he podido vencer, á la híbrida Zarzuela,
sostenida entonces, y casi creada, por Salas y Caltañazor, en el Circo
de la Plaza del Rey; con lo cual podría ver cualquiera persona de buen
gusto, que el mío no se manifestaba mal encaminado por lo que al teatro
se refiere; y válgame esta confesión, si se tacha de presuntuosa, en
gracia de la que también hago de que, en cambio, en el ramo de novelas
entraba con todas, y no era yo otra cosa que un glotón insaciable,
sin pizca de paladar: todas me sabían lo mismo; mejor dicho, todas me
gustaban con tal que me interesasen de cualquier modo; y aun prefería
las más farragosas y descomunales.
¡Teníamos que oir don Serafín y yo, durante los intermedios, haciendo
comentarios sobre lo visto, y pronósticos sobre lo que nos faltaba que
ver, mientras Quica lanzaba suspiros entrecortados, como los niños
recordando una azotina! Y aún duraron los comentarios, y hasta con
notas de las dos mujeres, mientras caminábamos hacia su casa, después
de terminada la función con harta pesadumbre de todos. De aquella noche
me pasé en claro la mayor parte, poseído, repleto de los lances de la
tragedia, de los acordes de la música, de las luces de la araña, del
rumor y apiñamiento del público, de Quica, de Carmen, de Balduque...
todo lo sentía junto y revuelto en la cabeza, y me rechispeaba en los
ojos, aunque estaba á obscuras, y en los oídos, aunque los tapara.
¡Memorable noche!
Durante los tres días que la siguieron, continuó don Serafín
acompañándome por las calles de Madrid, en su tenaz propósito de que
le conociera yo como la palma de la mano. No quedó rincón que no
visitáramos, ni paseo, ni camino de ronda que no midiéramos con los
pies. Era incansable el hombrecillo aquél; y yo me congratulaba de su
empeño, por lo mucho que me entretenía. Al fin tuvo que tomar posesión
de su destinillo transitorio, y ya no le veía sino muy de tarde en
tarde.
Quedéme, durante el día, solo, como quien dice, y dime á observar
con sosiego mucho de lo que me había ido mostrando bastante más de
prisa mi complaciente amigo; y cuando se me pasó el atolondramiento
de recién llegado á aquel populoso centro tan distinto de cuanto yo
conocía, y logré separar las cosas de los ruidos y de los colores y
del movimiento, porque al principio todo caía revuelto y en oleadas
sobre mí por donde quiera que andaba, comencé á escribir largas cartas
á mi padre, especie de crónica minuciosa de viajero impresionable y
reparón; con la cual tarea, además de estar yo seguro de complacerle
mucho, entretenía mis diurnos ocios y mis murrias, producto necesario
del sospechoso aspecto que iba tomando el asunto que yo perseguía en la
capital de las Españas.
Era por entonces ésta, en lo que atañe á sus condiciones exteriores,
bien diferente de lo que es hoy; y la altísima idea que yo tenía de
las grandezas de una corte, por razón de la misma pobreza y angostura
del pueblo en que yo había vivido siempre, hacía que saltaran á mis
ojos, en doble tamaño del verdadero, las muchísimas deformidades y
miserias de que adolecía la famosa villa del oso y del madroño, al paso
que se me antojaban bastante menos que sorprendentes sus decantadas
maravillas. Por cierto que si la generación que ha venido después
y se ha formado en el Madrid de ahora, ó le ha conocido siquiera
de vista, echara la suya sobre aquéllos mis bocetos del Madrid de
entonces, fieles copias de la verdad, no obstante lo fuerte y recargado
de algunos de sus trazos ó perfiles de escasa monta, tomáralos por
invención de mi fantasía, costándole mucho trabajo creer que en un
lapso de tiempo, relativamente tan corto, pudiera obrarse el casi
milagro de haberse convertido en lo que es actualmente, aquel lugarón
desmantelado, viejo, sucio y árido, que parecía no tener enmienda ni
compostura por ninguna parte. De lo que hablé mucho, muchísimo, á mi
padre, fué del ferrocarril de Aranjuez. No había en España más que él,
y otro de Barcelona á Mataró.
Digo que así me entretenía y pasaba las horas, hasta que llegaban las
de la noche y me iba al teatro, después de un buen rato de tertulia en
el café con mis amigos, ó á algún baile público, sin privarme por eso
del café ni del teatro; pues la noche, que no se entendía allí como en
mi tierra, daba para todo... y mucho más. ¡Gran vida!
Pero ¿había ido yo á Madrid para eso? ¿Podía, en conciencia, entregarme
á aquellos lujos y crearme tantas necesidades mientras no adquiriera
con mi propio esfuerzo los medios suficientes para satisfacerlas?
Pero ¿tenía yo la culpa de que el señor don Augusto no me abriera las
puertas de su despacho? ¿No había llamado también á las de su casa, y
hasta penetrado en ella inútilmente? ¿Había de tomarlas por asalto y
exigir mi credencial á bofetones?
¡Ah, si este medio hubiera valido!...
[Ilustración]
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