Era muy entrada la mañana del día siguiente cuando desperté; y bien
puedo asegurar que á medida que por una puerta de mi cerebro se
largaban las visiones quiméricas engendradas en él durante el sueño
por la lectura de las novelas, por otra le invadían las imágenes del
mundo real con la necesaria carga de pensamientos ajustados á las
impresiones que más honda mella me habían hecho el día anterior. Así
fué que, no bien abrí los ojos, ya me sentí verdaderamente poseído,
repleto, de la familia Valenzuela con todos sus memorables adherentes,
como las alfombras y los cortinajes de la sala; el gesto dengoso y el
abanico rechinante de Pilita; la barba lacia, la nuez picuda y los ojos
saltones del descortés Manolo; las «ocupaciones» de su padre, y el
portero brutal de su oficina.
Este hartazgo súbito me costó un suspiro con largos dejos de honda
pesadumbre. Yo no sé qué atractivo pueda tener el momento de despertar
para todos los pensamientos tristes; pero lo cierto es que hasta los
más remotos acuden á él volando á porfía; y para mayor tortura del que
despierta, vestidos con lo peor y más negro de la casa... Pero, en
cambio, ¡qué recuerdos tan dulces me asaltaron de la mía paterna, y
qué tentadora la vi, para complemento de mi pesadumbre, á través de la
bruma de mis tristes pensamientos!
Poco á poco se fué disgregando cada parte del abigarrado montón que me
abrumaba el juicio; sentíme fuerte y animoso tan pronto como sacudí la
modorra y me vi dueño de toda mi razón; entraron en sus quicios mis
ideas, y obra fué de escasísimos minutos el ver barrido de nubes el
sonrosado cielo de mis ilusiones.
Pero aun en el supuesto de no encerrar malicia lo acontecido en
las dos visitas hechas á la familia Valenzuela, ¿debía yo insistir
inmediatamente en la de don Augusto, ó aplazarla para algunos días más
allá? Todo tenía sus inconvenientes y sus ventajas; y en apreciar las
unas y los otros, sin resolver cosa alguna, se me fué lo mejor de la
mañana.
Vestíme, llamáronme para almorzar; y almorzando estaba entre mis
paisanos, tan pintorescamente ataviados como el día anterior, cuando
llegó don Serafín. Su presencia me recordó el compromiso con él
contraído de ir á saludar á su hija aquel mismo día, y esto acabó de
decidirme á dejar para otro la visita á mi empingorotado protector.
Así como así, ningún remedio podía buscarse tan oportuno y eficaz como
la dulce y atractiva belleza de Carmen para templar en mi memoria el
molesto recuerdo de las caras de vinagre de la familia Valenzuela.
Y á todo esto, ¿por qué le había caído yo tan en gracia á don Serafín
Balduque? ¿Tendríanme él y su hija por algún primogénito ricacho que
iba á Madrid á despilfarrar el oro que me sobraba? ¿Serían frecuentes
en el mundo, que yo desconocía, las intimidades de _escopetazo_, como
la que parecía unirnos al sempiterno cesante y á mí?
¿No habría en las afectuosas demostraciones de este hombre algún
propósito de mala ley... egoísta siquiera?... ¿Y por qué no habían
de bastar su carácter campechano, su genial impetuosidad, y mi
desembozada y campesina sencillez para crear profundas simpatías
entre ambos, durante tres días de viaje, dando tumbos sobre las
mismas ruedas, dentro de un mismo cajón, sorbiendo polvo de una misma
nube, contemplando las mismas arideces y despertándonos las mismas
interjecciones y los propios trallazos del mismísimo mayoral?
Así pensaba yo mientras bajaba las escaleras de mi casa delante de don
Serafín, que no cesaba de hablar; y como bastaba mirarle para creerle,
y era yo mozo incapaz de inclinarme á lo malo en los dudosos juicios
acerca de los hombres, y me acordaba de Carmen, retrato vivo de los
corazones sin hiel, y de la historia narrada por el pobre cesante,
sentíme algo avergonzado de las dudas con que por un instante le
había agraviado, y me faltó muy poco para pedirle perdón por aquellos
recelillos que jamás volvieron á asaltarme las mientes.
Mostréme de propio intento muy afable y cariñoso, y así, en regocijada
plática, atravesando calles y enterándome del nombre y calidad de
cada una de ellas, llegamos al número 42 de la del Olmo. Guiándome
don Serafín, entramos en el portal, no muy ancho ni limpio, del cual
arrancaba, á la derecha, la escalera que daba acceso á los cuartos con
luz á la calle; á la izquierda estaba el tabuco del portero, sastre
remendón de oficio, á juzgar por la obra que traía á la sazón entre
manos. Entre la portería y la escalera había un pasadizo angosto, y
por él salimos nosotros á un patio descubierto, pero más grande que
el portal, verdadero fondo de un pozo, en cuyo brocal, á una altura
de sesenta ó setenta pies, se quebraba un rayo de sol, dádiva de la
madre naturaleza, que sólo servía de tortura á los habitantes de aquel
agujero: en el frío invierno, porque le veían sin sentir su calor; en
el sofocante estío, porque era un tizón más de la hoguera en que se
abrasaban. Atravesando el patio, entramos en un portalillo lóbrego, en
el que comenzaba una escalera angosta, sin más luz que la necesaria
para no subir por ella á tientas.
--Perdone usted por lo poco--me dijo don Serafín,--que no es culpa mía,
sino de los infames gobiernos que me ponen en tales estrecheces.
Y comenzamos á subir tramos y más tramos. En el cuarto piso, con cuyo
techo andaba mi sombrero si toca ó llega, nos detuvimos. Tiró don
Serafín de un cordelillo que colgaba de la pared; sonó dentro una
campanilla; abrióse momentos después la puerta, y apareció Quica en el
claro resultante, con pañuelo _á la cofia_ y amplio mandil de cocina.
Fea estaba como un demonio, pero limpia como la plata. Despepitóse
conmigo en saludos y reverencias; y por mi parte, creo que hasta le
di un abrazo. Oyónos Carmen desde adentro, y salió á recibirnos...
¡Qué monísima estaba! Jurara yo que se le enrojecieron un poco las
mejillas al encararse conmigo. Parece que la estoy viendo todavía con
su cabellera abundosa, un poquito rizada naturalmente, los labios
húmedos y rosados, los dientes como la más limpia porcelana, los ojos
dulces y rasgados, la nariz un si es no es aguileña, en cada carrillo
un hoyuelo, el cutis fino y transparente, y el cuello como de rosas
y azucenas; después una pañoleta azul sobre el seno túrgido, y un
vestidillo de percal, fresco y almidonado, cuyos pliegues descendían
del esbelto talle hasta el suelo, formando cola por detrás, y no tan
largos por delante que, al andar, los pisaran unos pies como dos
almendras, prisioneros en sendos zapatitos bajos, sobre unas medias
como los ampos de la nieve... Reiríanse de ello, si á leerlo acertaran,
los libertinos al uso; pero la verdad es que sólo me atreví á tocar
ligeramente con la mía, la suavísima y ebúrnea mano que me tendió, un
poquillo ruborizada, la hija de don Serafín. Tal respeto me infundió la
irradiación de su fragante y casta hermosura en aquella lóbrega mansión
de la pobreza.
Pasamos inmediatamente á lo que llamaban sala Carmen y su padre,
reducidísima estancia que casi se llenaba con un menguado sofá,
cuatro sillas de Vitoria y una consola de nogal, y recibía la luz por
una ventana que daba al patio. Esta salita, un gabinete contiguo, dos
alcobas en el corredor, enfrente de la puerta de la escalera, y la
cocina y el comedor al otro extremo, componían toda la casa. Pero ¡qué
limpio, oreado y hasta fragante estaba cuanto de ella vi! Sobre el sofá
de la sala había, colgado en la pared, un cuadrito con la estampa de
la Virgen del Carmen; en la consola un vaso de porcelana con musgo y
siemprevivas, y encima, en la pared se entiende, un espejillo de dos
pies en cuadro; delante del sofá un felpudo nuevo, y otro debajo de
la ventana, junto á una silla de labor y un canastillo con obra de
costura; pobre defensa contra el frío de las baldosas del suelo que,
más que fregadas, parecían bruñidas. Unas cortinillas blancas, de
muselina rameada, en las vidrieras, completaban el _lujo_ visible de
aquella humilde vivienda que, sin exagerar, cabía toda en el ostentoso
salón de la familia Valenzuela.
Mientras nos sentábamos don Serafín y yo en el sofá, Carmen lo hizo
en la sillita que estaba debajo de la ventana, muy cerca de él; y
sin dejar de mirarme á menudo con su cara dulce y placentera, ni de
tomar parte en el interrogatorio de lugares comunes con que nos
acribillábamos los tres, cogió del canastillo una prenda á medio
hacer, que era un enorme chaleco, y comenzó á coserla por donde sin
duda lo había dejado para salir á recibirme á mí. Lo de ser tan grande
el chaleco, siendo tan exiguo el tórax de don Serafín, ya me llamó
un poquito la atención; pero me la llamó mucho más el hecho de que,
al tomarle Carmen en sus manos, quedaron al descubierto, sobre el
canastillo, otras dos piezas preparadas, que me parecieron chalecos
también.
--¡Cáspita!--dije á don Serafín, señalándolos con el bastón:--veo que
se pertrecha usted de firme para el invierno.
Cruzóse cierta sonrisa triste entre Carmen y su padre, y me respondió
éste:
--Si hubiera de romperlos yo, con más gusto trabajaría en ellos la
pobre Carmen. ¿No es verdad, hija mía?
Comprendí por estas palabras y aquella sonrisa que había cometido una
imprudencia al decir lo que dije, y añadí para enmendarla:
--Perdónenme la franqueza, si con ella me he metido donde no me
llamaban.
--¡Perdonarle! ¿Y de qué, calabaza?--saltó don Serafín muy
asombrado.--¿De haber descubierto que Carmen me ayuda con su trabajo
á levantar las cargas domésticas en mis largas cesantías? Ya ve usted
cómo ella lo oculta... ¿y por qué lo había de ocultar? ¿Es un pecado
trabajar honradamente para comer? Pecado fuera quitarlo de la boca para
emplearlo en moños, ó morirse de hambre por no confesar la pobreza,
que no viene de despilfarros viciosos, sino de maldades de pícaros
ministros... Que me diga usted que es duro, eso es ya diferente;
porque duro, muy duro es, y hasta frío como un puñal, para mí que
lo veo, el que un ángel de Dios como ese le quite al sueño muchas
horas para... ¡calabaza! pero que diga ella si yo le he impuesto, ni
siquiera aconsejado, el sacrificio, y si le consiento tan pronto como
me emplean y da el sueldo para todo. Allá con su madrina, la señora
del comerciante de ultramarinos que me recoge los muebles y me busca
casa cuando es necesario, lo arreglaron durante una de mis cesantías.
Desde entonces, un sastre de rumbo le proporciona cuanta obra se le
pide, y de la menos penosa, como esos chalecos que usted ve... Ayer
los trajo Quica en cuanto acabaron de arreglar la casa: ya está el uno
temblando... También hay quien proporciona ropa blanca; en fin, se hace
á todo; y cuando hay apuros, ayuda Quica, que cose como unas perlas.
Estas faenas dice Carmen que la entretienen mucho, y que sin ellas no
sabría qué hacerse en una casa que tan poco entretenimiento da por sí
sola, como la nuestra... Y el caso es que yo he llegado á creerlo,
porque en cuanto se halla ociosa, se le hacen las horas siglos... y no
me extraña, que en las jaulas á obscuras, sin sol y sin cielo, como
ésta y cuantas habitamos aquí en tiempos de estrechez y penuria, están
de más los ojos y el entendimiento, si no se emplean de puertas adentro.
--Pero esta vida de encierro y de trabajo--interrumpí yo mirando á
Carmen con honda pesadumbre,--no es para continuada mucho tiempo,
porque el cuerpo no es de bronce.
--Sana es como unos corales--respondió Balduque,--y ya verá usted cómo
hasta la engordan estas faenas... ¡La Providencia de Dios!
--Pero--insistí,--la procurará usted en tales casos algunas
distracciones...
--Eso sí--respondió su padre:--de movimiento, siempre que tenemos
una hora de sobra en día de trabajo; en los festivos, de sol á sol,
como quien dice: por la mañana, después de oir misa tempranito,
entre calles; por la tarde no nos cabe en Madrid, y nos vamos los
tres al Príncipe Pío, ó al Retiro, hacia el cerrillo de San Blas,
ó á Chamberí... en fin, adonde haya más luz que ver y más aire
que respirar... Solemos permitirnos también, en estas ocasiones,
la calaveradilla, á la vuelta, de un café por barba, y alicuando
alicuando, es decir, de mes á mes, si hay cunquibus, el escándalo de
unas delanteritas de grada por la noche en el teatro donde trabajen
Romea ó Arjona... porque ha de saber usted que ésta mi hija, en materia
de funciones dramáticas, ó las quiere buenas ó no quiere nada, en lo
cual va con mi gusto, y también con el de Quica, que, por gustarle
todo, se acomoda perfectamente al nuestro. Es raro, calabaza, lo que le
pasa á esta mujer en el teatro: todo cuanto ocurre de telón adentro,
le causa las mismas impresiones; todo la hace llorar; que muera en el
drama hasta el apuntador, ó que á los personajes les toque la lotería,
y Mariano Fernández haga desternillarse de risa á los espectadores, la
cara de Quica no se limpia de goteras.
Reíase Carmen como una chiquilla al oir á su padre, y continuó éste:
--Ya comprenderá usted que me refiero, en este cuadro de vida que
le trazo, á los tiempos calamitosos de mis cesantías, pues tantas
han sido y tan periódicas, que me han permitido establecer un plan
de existencia inalterable durante ellas... Porque mientras estoy
empleado, le aseguro á usted, calabaza, que vivimos como príncipes:
tenemos casa con vistas á la calle, tomamos el sol cuando nos da la
gana, y vamos al teatro, si le hay en la población, todos los domingos;
porque entonces Carmen no cose más que para nosotros; yo tengo horas
cómodas de oficina, y ahorro una buena parte del sueldo... Conque ya ve
usted, mi buen amigo, cómo, por fas ó por nefas, no somos tan dignos
de compasión como á primera vista parece... hasta tenemos nuestro
correspondiente vicio.
--En efecto--dije siguiéndole el humor á don Serafín,--tienen ustedes
el vicio de la luz y del aire libre.
--Y el del teatro,--añadió Carmen con cierta sonrisilla entre picaresca
y codiciosa.
--¿Le gusta á usted mucho?--la pregunté, comprendiendo su intención.
--¡Muchísimo!--respondió.--Si fuera rica, no perdería noche. Ya ve
usted si soy viciosa.
--Ese no es vicio, Carmen: antes es afición que enaltece.
--¿Lo cree usted así?
--Sin la menor duda. El teatro es escuela de moral y buenas
costumbres,--exclamé con gran aplomo, lo mismo que si hubiera visto un
teatro en todos los días de mi vida, y no hubiera tomado la máxima del
periódico de mi padre, que la repetía á menudo, aunque con minuciosas
salvedades.
Rodando la conversación sobre este tema, asaltóme el deseo (puesto
que me sobraban medios de realizarle, y realizándole satisfacía yo
la curiosidad que comenzaba á sentir) de ofrecer á aquella singular
familia un extraordinario esparcimiento de los que tanto apetecía
Carmen. Busqué el modo que me pareció más prudente para decirlo sin
ofensa de ninguna fibra sensible, y logré que conviniéramos don Serafín
y yo, con visible regocijo de Carmen, en que iríamos todos juntos al
teatro en la noche del día siguiente, con dos condiciones que impuso
Balduque: primera, que, por entenderlo mejor que yo, recién llegado á
Madrid, habíamos de ir á las localidades que él eligiera (sin duda para
serme menos gravoso el obsequio); segunda, que había de aceptar yo la
recíproca cuando llegara el caso.
¡Si me hubiera sido tan fácil reponer á don Serafín en su destino
como proporcionar á su hija tres horas de descanso y de recreo!...
Y bien sabe Dios que, al asaltarme entonces el enojoso recuerdo de
mi malograda visita al influyente Valenzuela, no fué por lo que me
interesaba personalmente.
Algo hablamos de él allí, y de mis cordialísimos propósitos de
recomendarle la reposición del mísero cesante; algo también de los
primeros pasos dados por éste, sin éxito alguno, en el terreno de sus
particulares conexiones; y mucho más de ciertas generalidades que me
entretuvieron grandemente, por ser Carmen quien hizo el mayor gasto en
la conversación.
Llegó la hora de despedirme de ella, y salí con don Serafín á la
calle. Recorrimos otras muchas, siempre bajo la dirección de mi amigo,
que se complacía en no llevarme dos veces por una misma; y en la de
la Magdalena nos detuvimos delante de una fachada medio cubierta de
carteles.
--Éste es el teatro de Variedades--me dijo Balduque.--Veamos qué
función habrá en él mañana... La misma de esta noche, _Adriana_:
¡soberbio! Verá usted qué Teodora Lamadrid y qué Joaquín Arjona. Es
cosa de partírsele á uno el alma, según dicen los que han visto la
tragedia... Tomando de víspera la localidad, cuesta una friolerilla de
surplús; pero tiene uno la seguridad de no quedarse sin asiento, y la
ventaja de escogerle á su gusto.
Entramos en el vestíbulo, y pasando á la contaduría del teatro, pidió y
escogió don Serafín cuatro delanteras de grada, que importaban menos
de treinta reales, que me apresuré á pagar con sumo gusto.
--Ahora, á brujulear otra vez,--me dijo el cesante mientras salíamos
á la calle y me guardaba yo los cartoncitos que, según me informó don
Serafín, y no me pesó de ello, pues jamás las había visto más gordas,
acreditaban mi derecho á entrar en el teatro y á sentarme en la
localidad pagada.
--Mañana cuidaré yo de ir á recogerle á usted á su casa; pues si se
lanza solo en busca de la mía, se expone á extraviarse.
Y brujuleando estuvimos, viendo yo nuevos barrios y nuevas calles,
hasta que anocheció, y se despidió don Serafín á la puerta de mi casa.
Aquella noche, ó porque estuvieran más insinuantes mis paisanos, ó
porque me hallara yo mejor dispuesto para todo, no solamente los
acompañé al café después de comer, sino á los recién inaugurados
salones de _Capellanes_, de donde no salimos hasta muy cerquita de la
media noche.
No eran entonces aquellos famosos bailes lo que han llegado á
ser después acá los de su misma categoría; pero así y todo, es
fácil calcular cuál sería el estupor que me produjo la inesperada
contemplación de aquel mar de frenéticos, corriendo entrelazados
alrededor del deslumbrante salón, al compás de una música encaramada
allá arriba, entre gritos, porrazos y estridentes algarabías, teniendo
presente que jamás había visto yo otros bailes que los aldeanos de mi
tierra, al son del encascabelado pandero; bailes en que el demonio
tiene poquísimo ó nada que hacer, porque es imposible que, con toda su
infernal astucia, logre extraer un adarme de malicia de aquel piafar
inocente, ni de aquellas respetuosas y acompasadas mudanzas, sin asomo
de contacto entre ambos sexos.
Muy á menudo me asaltaban, sin saber por qué, el recuerdo de mi padre
y el de la linda costurera de la calle del Olmo, y hasta observé que
coincidían estos asaltos con los instantes en que más infernal y
libidinoso me parecía el cuadro; y notaba en mí, al propio tiempo, un
instintivo é inconsciente empeño de ahuyentar aquellas consoladoras,
pero severas imágenes de la honradez y del pudor, como se oculta, por
un movimiento maquinal, la cadena del reló en cuanto se oye gritar
¡ladrones! Pero lo cierto es que aunque me sucedían estas cosas y me
pasé la noche sin tomar parte más que con la vista en el jolgorio, no
me parecieron largas las horas.
Volviendo hacia mi casa con dos de mis compañeros y paisanos, pues los
restantes por allá se quedaron todavía, lamentábame yo de la corrupción
de los tiempos y de la perversión de las costumbres, en vista de lo
visto.
--Cuando se observa de lejos, como usted lo ha observado esta noche--me
respondió uno;--pero desde _adentro_ parece muy distinto.
--Lo cierto es--concluí con la mayor ingenuidad,--que si he de sacar
partido de _estas cosas_, necesito aprender á bailar.
Por conclusión, y después de acostarme, me di un hartazgo de novela de
Paul de Kock. Me leí _Zizina_ de punta á cabo.
[Ilustración]
[Ilustración]