Si me hubiera dejado llevar de las impresiones que me dominaban en
aquel momento, en lugar de irme derechamente á mi posada, me hubiera
detenido en la administración de las _Peninsulares_ para comprar un
billete de vuelta á la Montaña; pero como el que no se consuela es
porque no quiere, yo me consolé bien pronto aceptando por buena la
disculpa del señor don Augusto. Porque bien considerada, ¿en qué se
oponía á lo convenido entre él y yo en mi lugar? Que estaba muy ocupado
y no podía recibirme aquella tarde: ¿no me había dicho él cien veces
que no le dejaban en Madrid un instante de sosiego los asuntos de su
cargo? Verdad es que pudo haberme recibido siquiera para demostrarme
con un apretón de manos que no me tenía olvidado, y para decirme á
cuántos estábamos del asunto ó cuándo podríamos tratar de él...
pero ¡vaya usted á saber con quién estaría entretenido en aquellos
momentos--acaso con el ministro,--y qué negocios traerían entre manos!
Decididamente me cegaba un poquito la quisquillosidad montañesa, y otro
tanto la novedad del elemento en que había caído de repente.
Discurriendo así y andando hacia mi casa, me encontré con el bueno
de don Serafín Balduque en la calle de la Montera. Abalanzóse á mí,
y me abrazó por el pecho, por no alcanzar sus brazos más arriba.
Abracéle yo casi por el cogote, por no poder hacerlo más abajo sin
encorvarme mucho, y me dijo el pintoresco cesante, tan pronto como nos
desenredamos:
--Vengo de casa de usted. Dos veces he estado allá esta tarde.
--¿Para verme á mí?
--Para verle á usted.
--¿Algún asunto urgente, quizá?
--¡Qué asunto ni qué calabaza! El simple deseo de verle, de preguntarle
si ha descansado de las fatigas del viaje, de ponerme á su disposición
para acompañarle...
--Tantísimas gracias, señor don Serafín...
--¡Qué gracias ni que calabazas, hombre!... Conozco á Madrid á palmos;
no tengo en estos primeros días maldita la cosa que hacer, porque
del destinillo de temporero que se me ha proporcionado en una empresa
particular, no puedo tomar posesión hasta mediados de mes, por no
dejarle hasta entonces el sujeto que hoy le desempeña; y, por último,
tendría un grandísimo placer en servirle á usted de algo... y aquí
estoy á su disposición.
Si en estas fervorosas declaraciones no entraba para nada la
circunstancia de mi supuesta intimidad con el señor de Valenzuela, la
conducta de don Serafín era por todo extremo digna de mi mayor gratitud.
--¿Y Carmen?--le pregunté.
--Tan buena y tan guapa--me respondió;--quiero decir, tan alegre y
entretenida, arreglando los cuatro cachivaches de nuestra casita... que
es de usted también.
--No he olvidado la oferta, señor don Serafín; y sepa usted que si no
he ido á visitarlos ya, es porque no he tenido tiempo.
--¡Calabaza! pues si llegó usted ayer, y es además forastero en la
corte... Pero más días hay que longanizas; y sépase usted que tanto
Carmen como yo contamos con la visita.
--Ahora mismo, si usted quiere, voy á pagar con el mayor gusto esa
deuda de cortesía.
--Poco á poco, señor don Pedro: hoy no está mi casa en disposición de
que la honren personas tan distinguidas como usted.
--¡Señor don Serafín!...
--La verdad pura, amiguito: nunca me perdonaría Carmen que yo le
permitiera á usted asaltar hoy nuestro chiribitil.
--¿Por qué?
--Porque ya usted sabe que las mujeres transigen con todo menos con que
se las sorprenda desaliñadas y con los trastos de la hacienda patas
arriba... ¡y le aseguro á usted que tiene que ver la pobre muchacha en
su afán de acabar para mañana el arreglo de la casa sin otra ayuda que
la de Quica!... Ello es poco; pero como la gracia está en que se ha de
ver la cara hasta en los suelos...
--¿De manera que usted conservaba su casa puesta en Madrid?
--¡Calabaza!... ¡Pues buenos están los tiempos para esos lujos!...
Lo que hay es que tengo cuatro trapitos y media docena de trastos
viejos aquí, hace ya muchos años, en poder de un amigo, comerciante
de ultramarinos. Me dejan cesante en provincias, donde, si lo puedo
remediar, vivo con los muebles alquilados, y si no, hago almoneda de
ellos, como me ha sucedido ahora en Santander, y le digo al amigo de
Madrid: «tómame una casita barata y pásame á ella el pobre ajuar que
me tienes recogido»; y el amigo me sirve, mirando por mis pobres
intereses como si fueran los suyos propios, mientras llego yo de
provincias... porque ya usted sabe que tan pronto como me dejan
cesante, me vuelvo aquí á pretender de nuevo, con el surplús de un
empleillo particular que nunca suele faltarme... el mendrugo del
día, como si dijéramos... Esto me sale mucho más barato que vivir de
posada... Pero ¿por qué estamos parados en medio de la acera, señor de
Sánchez? Lo mismo podemos echar un párrafo andando... ¿Iba usted á su
casa?
--Sí, señor; pero como nada tengo que hacer en ella hasta la hora de
comer, y son las tres de la tarde, lo mismo me da ir con otro rumbo, si
usted quiere.
--Pues vamos á brujulear un poco por esas calles para que comience
usted á conocerlas.
Esto dicho, retrocedí yo; y mientras bajábamos hacia la Puerta del Sol,
me dijo, entre otras cosas, el bueno de don Serafín:
--¿Y cómo va de visitas?
--¿De qué visitas?--pregunté á mi vez.
--¡Calabaza! de las innumerables que tendrá usted que hacer en
Madrid... porque ustedes, los pudientes de la Montaña, son el mismo
demonio en este particular.
¡Los pudientes de la Montaña!... ¡Pudiente yo!... Este piropo me hizo
recordar que por un escrúpulo, hijo á medias de mi vanidad y del
triste efecto que me causó la historia de don Serafín, este pobre
hombre ignoraba que era yo en la corte tan pretendiente como él, y
acaso más desvalido, pues que ni siquiera me recomendaban sus años de
servicios y sus grandes desventuras. Oyóme decir que era mi íntimo
amigo el Excmo. señor don Augusto Valenzuela; me vió caminando hacia
Madrid, bien vestido y guapo mozo, y túvome por algo.
¡Si me hubiera visto una hora antes sudar de congoja en casa del
resonante manchego, y lacio y desvaído á la puerta de su despacho,
después de darme con ella en las narices!... Parecióme un pecado
mortal la falsa idea que había hecho concebir de mi importancia al
pobre cesante, y allí mismo le hubiera sacado de su error, si un vago
presentimiento que comenzaba á dominarme, no me hiciera reputar por
inútil la rectificación. Pero le dije, tratando de hablar en verdad,
sin ser la verdad misma:
--Ni soy pudiente, señor don Serafín, ni tengo que hacer en Madrid más
que una sola visita, que, por cierto, está ya medio hecha.
--¿La del señor de Valenzuela, acaso?--preguntó el cesante clavando en
los míos sus ojos vivarachos.
--La misma--le respondí.--Y digo que está ya medio hecha, porque,
aunque he saludado á su familia, no le he visto á él todavía, por estar
muy ocupado en su despacho.
--Como siempre--respondió mi acompañante, metiendo ambas manos en
los correspondientes bolsillos del pantalón.--Esos señores jamás se
desocupan... ¡Pues si tuviera usted que pedirle algo!... ¡Como no le
cogiera usted á tenazón, calabaza, ya podía aguardarle sentado!...
Lo mejor de mi vida me he pasado yo enamorando porteros y volviendo
«mañana» á contemplar la puerta de todos los Valenzuelas habidos hasta
ese amigo de usted. Á esas gentes hay que apretarlas por arriba.
--¿Cómo por arriba?
--Quiero decir, con recomendaciones que manden, no que supliquen...
Pero esto tiene que ver conmigo, pobre menesteroso, no con usted, que,
por su suerte, nada tiene que pedir á estos farsantes...
Con un pretexto cualquiera atajé á don Serafín en estos razonamientos,
que me descorazonaban lo que él no podía imaginarse, y manifestéle mi
deseo de que consagráramos el resto de la tarde puramente á brujulear
por las calles, como él me había dicho, para que empezara yo á
conocerlas. Y así lo hicimos durante dos horas, al cabo de las cuales
me volví á la posada, acompañándome don Serafín hasta la puerta, donde
nos despedimos después de haber convenido en que al día siguiente iría
á buscarme para continuar el «brujuleo» y conducirme él á su propia
casa.
Á las seis de la tarde, ó más bien de la noche, y tan pronto como
llegó el último de mis compañeros de posada, comimos. Encontrábame yo
bastante rendido y muy perezoso todavía, y no quise aceptar ninguno de
los modos que aquellos buenos paisanos me propusieron de pasar la noche
en su compañía. Resuelto á no salir de casa y á acostarme temprano,
pedíles una novela, y me dieron á elegir entre más de ciento que me
fueron mostrando, llevándome de alcoba en alcoba. Todo Paul de Kock
andaba por allí; lo más crudo de Pigault-Lebrun; lo selecto de Dumas
y Soulié; _El Judío errante_, á la sazón objeto de las más terribles
anatemas de la censura eclesiástica, y _Nuestra Señora de París_,
prohibido también por el Ordinario.
¡Inexplicables contubernios de juveniles y veleidosas fantasías!
Revueltas con aquel fárrago de malas pasiones y de libidinosas
profanidades, andaban las _Confesiones_, de San Agustín, y la _Guía de
Pecadores_, de Fr. Luis de Granada.
Tomé al azar unos cuantos volúmenes de los profanos, y me encerré con
ellos en mi alcoba, mal alumbrada por la luz vacilante y perezosa de
un velón de tres mecheros, pero con una sola mecha, que la patrona
había colocado sobre una mesita de pino, muy arrimada á la pared.
Allí, engurruñado en una silla de paja, con la cabeza entre las manos,
los codos sobre la mesa y el libro debajo de las narices, devorando
páginas y más páginas, engolosinado con las travesuras, no siempre
santas, de estudiantes y grisetas, y seducido por los lances, tan
inverosímiles como descomunales, de _Los tres mosqueteros_, me dieron
las doce de la noche; y quizá me la hubiera pasado toda en vilo, si
las continuas oscilaciones de la llama del velón, que no parecía sino
que andaba bregando por no caerse, como cuerpo escaso de vida, no
me hubieran advertido que iba á quedarme á obscuras. Aproveché los
últimos destellos de la luz, que se moría por momentos, para meterme
en la cama; y tan de prisa anduve, que aún me sobró tiempo para ver
desde ella las fantásticas sombras que dibujaba en techo y paredes
el incesante caer y levantarse de la expirante llama, que al fin se
extinguió con un débil chirrido, mientras comenzaban á confundirse en
mi cerebro amodorrado las monstruosas sombras que aún conservaba en mis
retinas sensibilizadas, y el recuerdo de las pendencias, liviandades,
estocadas y travesuras, cuyos relatos acababa de devorar yo sin punto
de sosiego.
[Ilustración]
[Ilustración]