Hallé cuarto en la posada aquélla, aunque obscuro y angosto; y por él y
la comida, ajustéme en siete reales diarios. Por de pronto me sirvieron
un tente en pie; á las tres de la tarde, después de escribir á mi
padre, me metí en la cama, y del primer tirón dormí hasta las ocho de
la mañana siguiente. Tal necesidad tenía yo de dar descanso y mullida á
mis huesos machacados.
Á las diez me llamó la patrona para almorzar; y la misma mujer,
ajamonada y no fea ni sucia, me condujo al comedor á través de un
tortuoso, nada claro y estrecho pasadizo. Estaba la mesa preparada para
ocho personas, en una estancia reducidísima, con luces á un patio.
--Siéntese usted--me dijo,--que en seguida vendrán los demás; todos
chicos cariñosos y paisanos de usted.
Sentéme en la silla indicada por la patrona, y marchóse ésta. Momentos
después comenzaron á llegar «los demás». ¡Sorpresa jamás olvidada por
mí! Primeramente llegó un joven repolludo, blancote y de afeminadas
facciones, en calzoncillos de punto, con botas de charol de altas
cañas de tafilete encarnado; una levitilla corta puesta del revés; una
tohalla por corbata, y gorrita de jockey: cabalgaba sobre el lomo de
una silla de paja, y con ella entre piernas caracoleaba y daba brincos
y hasta botes de carnero; castigábala á menudo con un latiguillo, y
no sin grandes fatigas consiguió arrimar á la mesa la contrahecha
cabalgadura. Apeóse de ella, enderezóla, me saludó muy fino, volvióse
junto á la puerta, y allí se cuadró. Apareció en seguida en el hueco
de ella un mozo moreno, de rizada melena negra, altísimo sombrero de
copa, tirillas de papel, á la inglesa, corbata blanca, ceñido frac
azul con botones dorados, pantalón negro, tan raído y maltrecho como
el frac, guantes blancos de algodón y zapatillas de badana. Andaba
este personaje á paso trágico, y miraba con altivo gesto. Inclinóse el
lacayo delante de él; y después de recibir de sus manos el sombrero y
los guantes, preparóle una silla junto á la mesa. Sentóse el caballero
grave y solemne; saludóme también muy fino, y se acomodó á su lado
el fingido jockey después de arrojar debajo de la mesa los guantes y
el sombrero de su señor. Tras éste llegó un mozo de negra barba, tipo
árabe, con un viejo albornoz sobre los hombros, boina blanca en la
cabeza, un diccionario de la Lengua debajo del brazo y una guitarra
en la mano; al cual mozo acompañaba un cuarto personaje, asaz largo
y macilento, despechugado, mal ceñido de calzones y peor trajeado de
cintura arriba; pero muy armado de espadín de veras al costado, y con
un sombrero de tres picos, de lo más superior y neto, sobre la cabeza.
Casi al mismo tiempo que estos dos comensales, vinieron otros tres: el
uno rehecho, musculoso, chispeante de mirada, muy crespo de bigote,
envueltos el cuello y las quijadas en una bufanda de veinticinco
colores, y sobre el occipucio una montera asturiana; el otro cubría
el suyo con un raído bonete de doctor, cuya amarilla borla, grasienta
y deshilada, parecía un ataque de ictericia mortal: no recuerdo al
pormenor lo demás de su vestido, aunque puedo jurar que todo ello no
valía tres pesetas. Acaso no valiera tanto lo que llevaba encima el
último estudiante que entró en el comedor, y cuya especialidad digna de
mención era el ir tocado con una papalina.
Con estos tres huéspedes se llenó la mesa, y yo me vi entre todos
ellos dudando si soñaba ó si era lo que delante tenía un anticipado
carnaval... ó una burla que querían dedicar á mi rustiquez de lugareño
aquellos endiablados montañeses. Esta sospecha me desconcertó un
poquillo, por ser cosa muy distinta lo que yo me prometía al acomodarme
en aquella posada, y no contar con paciencia bastante para tomar á risa
zumbas de tal calibre y tan inmerecidas. Afortunadamente me convencí
muy pronto de que las sospechas me engañaban, pues una vez arrimados
á la mesa los estudiantes, mostráronse conmigo atentos conterráneos
y corteses camaradas, sin ajustar, para maldita de Dios la cosa, su
comportamiento al tono de sus raros disfraces, antes bien, olvidados
de ellos como si ya no los llevaran encima, ó el llevarlos así fuera
la cosa más natural del mundo; incongruencia que daba al cuadro el
aire más cómico y pintoresco que puede imaginarse. En adelante observé
que ni un solo día se sentaron á almorzar aquéllos mis compañeros de
posada vestidos como Dios manda, y por eso cito el hecho; que de haber
ocurrido una vez sola con aire de calaverada, no tendría gracia maldita.
Noté que las prendas más codiciadas de todos eran el espadín y el
sombrero de tres picos, piezas correspondientes al uniforme que usaban
entonces los alumnos de la Escuela de Ingenieros civiles, á la cual
pertenecía el mozo de la bufanda pintoresca y de la montera asturiana,
que jamás en casa quitaba de su cabeza. Algo más incomprensible
era la tenaz afición del taciturno del albornoz y la cara moruna
al diccionario de la Lengua y á la guitarra. No conocía dentro de
casa otros entretenimientos que puntear la una y hojear el otro. Qué
conexión misteriosa podía haber entre ambos _instrumentos_, nunca lo
supimos, ni nos lo quiso decir entonces el aficionado á ellos, ni
muchos años después me lo ha podido explicar, ni se explicará en los
siglos de los siglos. Pero es un hecho que no negarán el interesado
ni los testigos de él que aún viven y pueden dar fe de la exactitud
de todos éstos y los otros mis asertos, en la confianza de que no he
de sacar á relucir aquí otras menudencias de los mismos tiempos y del
propio lugar, por respetos fáciles de presumir.
También este pasaje de mis apuntes es de los que habían de provocar
desdeñosa sonrisa en los imberbes escolares al uso; y sin embargo,
merece algún respeto como dato curioso para la historia de las
costumbres; pues han de saber estos hombres precoces, que aquellos
muchachos recalcitrantes no eran menos listos, ni más tontos, ni menos
ingeniosos que ellos; pero les daba por las susodichas inocentadas,
porque no era costumbre entonces entre los estudiantes fundar
periódicos batalladores ni asaltar las cátedras del Ateneo y de las
Academias para difundir la luz de la ciencia por todos los ámbitos de
la patria; tarea peliaguda, cuyo _intento_ estaba, con mediana suerte,
encomendado á unos cuantos hombres con canas y de reconocida autoridad.
Durante el almuerzo, supe de qué pueblo de la Montaña era cada uno de
los estudiantes, y supieron ellos de dónde era yo. Recuerdo que el
jockey (muerto pocos meses después, de una tisis galopante), su amo
(médico de nota hoy) y el larguirucho del espadín (años ha desaparecido
del mundo de los mortales), eran de la capital; el árabe de la guitarra
y del diccionario, malogrado arquitecto entonces y hoy encanecido entre
los azares de los negocios, trasmerano; el de la bufanda pintoresca
y la montera asturiana (capaz de improvisar ahora un camino de
hierro sobre dos hilos de araña), de Toranzo; el de la papalina, de
Torrelavega, y el de la amarilla borla, pasiego.
Diéronme por de pronto minuciosas señas de la calle del Príncipe,
porque yo les dije que en ella vivía don Augusto Valenzuela, á quien
necesitaba visitar; me explicaron cómo podría yo, recién llegado
á Madrid, con algún dinero en el bolsillo, pasarlo regularmente
entretenido, de día brujuleando por las calles, de noche con ellos, á
primera hora en el café de _La Esmeralda_, en la calle de la Montera,
y más tarde en Capellanes ó en el paraíso del Teatro Real, etc., etc.;
y para matar las horas sobrantes dentro de la posada, brindáronme con
una copiosa colección de novelas, cuyos títulos me cautivaron desde
luego. No podían ofrecerme comidilla más de mi agrado: la novela era mi
tentación... ¡y cuánta había en aquella casa, donde apenas existía un
libro de texto!
Estando de sobremesa todavía, entró en el comedor un joven muy bien
vestido, hasta elegante. Saludó breve y expresivamente á todos los
comensales á la vez, y se dejó caer en el desvencijado sofá que estaba
debajo de las vidrieras por donde pasaba la luz del patio. El tal mozo
era pequeñito y flaco, blanco de tez, de mirar sutil y malicioso;
barba corta, pero negra y espesa; el cabello ralo, y muy limpio y
bien aliñado todo su traje. Recibiéronle muy regocijados mis siete
compañeros de mesa, y tuvo para cada uno de ellos algún apóstrofe
picaresco y bien adecuado al caso y á la persona. Continuando el
tiroteo de frases, no siempre de color de rosa, acertó alguien á
preguntarle por «el poema»; respondió que «así» le tenía aún; rogóle
el estudiante del frac azul que les recitara otra vez la introducción,
y no hubo necesidad de repetirle el ruego. Con reposado y solemne
ademán, sonora voz y magistral acento, comenzó á soltar octavas reales
por aquella boca. No he oído jamás cosas más indecentes, ni versos
más gallardos, robustos y armoniosos. Quevedo no los hizo mejores.
Terminada la introducción del poema, que á mí, pobre é inexperto
provinciano, me puso colorado de vergüenza, comenzó el poeta á recitar
epigramas de su cosecha contra todo lo existente y otro tanto más,
graciosísimos, punzantes é ingeniosos. Yo estaba asombrado. Estrujando
el chirumen en mi aldea y royéndome hasta las puntas de los dedos,
había logrado escribir media resmilla de ternezas quejumbrosas,
insulsas y descoloridas, ¡y aquel mozo tenía en la cabeza una fábrica
de versos y otra de malicias y donaires!
El empecatado poeta era extremeño: se llamaba Mata; llamábanle Matica,
y estudiaba medicina en el colegio de San Carlos, es decir, debía
estudiarla, porque llevaba nueve años matriculándose en la facultad, y
aún no había llegado á la mitad de la carrera. Conocía á todo Madrid,
y tuteaba á la cuarta parte de él. Era mozo de verdadera chispa, pero
sin señales de juicio, y muy capaz de poner en solfa la misma _Summa
Theológica_. Había acometido muchas obras serias; recitaba comienzos
magníficos, estrofas incomparables de composiciones épicas y místicas,
trozos en los cuales parecía emular la entonación robusta de Herrera
y la dulzura y suavidad de Fray Luis de León; pero de allí no pasaba
jamás: destellos, chispazos de un fuego cubierto de frías y sucias
cenizas: lo vulgar, lo grotesco, lo brutalmente carnal le solicitaba;
desvanecíale la altura, el águila perdía sus bríos, y descendía
rápida á manchar sus alas en los lodazales de la tierra. Frecuentaba
las redacciones de los principales periódicos de Madrid, y en todas
ellas se hubieran recibido con palmas las flores de su ingenio, si
éste hubiera sido capaz de amoldarse á las condiciones _sanitarias_,
digámoslo así, en que vivían los suscriptores y la ley de imprenta; se
le tentó con halagos de todas especies, hasta con pingües sueldos...
todo inútil: aquel pájaro no sabía cantar dentro de la jaula, ni podía
sujetar los raudales de sus armonías á ninguna ley; necesitaba la
libertad del monte para dar al viento toda la rica variedad de los
registros de su numen, y así cantaba, como un salvaje.
Es muy de notar que en su trato ordinario era culto, y revelaba
sus instintos de artista de raza hasta en las cosas más nimias;
su conversación era siempre amena, su imaginación fecundísima; su
habilidad para trazar en cuatro rasgos la biografía de un personaje
de los infinitos que él conocía en la política, en las artes y en las
ciencias, tremenda; sacaban sangre sus trazos, y levantaba ampollas
su colorido. Oyéndole pocas veces, se le creía capaz de las más altas
empresas; frecuentando su trato, se caía bien pronto en la cuenta de
que tenía dos enemigos invencibles: la sujeción y el método. Era un
vagabundo incurable que derrochaba su ingenio á borbotones en las mesas
de los cafés y entre estudiantes desenfadados. Estaba bien por su casa,
y de eso vivía holgadamente en Madrid, pues no era vicioso ni gastador.
Había sido condiscípulo de algunos de mis compañeros de posada, y por
eso la visitaba de vez en cuando.
Todo esto me contaron de él, en seguida que se marchó, los que creían
conocerle más á fondo. No tardé mucho en persuadirme de que el retrato
moral, aunque parecido, no era exacto. Matica valía mucho más.
Deshecha la tertulia de sobremesa, vestíme con lo mejor del baúl, y
lancéme á la calle, buscando, medio á tientas, la del Príncipe, donde
vivía el Excmo. señor don Augusto Valenzuela, causa tentadora de mi
presencia en Madrid, y faro, luz y guía de todas mis esperanzas.
[Ilustración]
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X
Con las indicaciones que llevaba yo bien impresas en la memoria, no
me costó gran trabajo dar con la calle del Príncipe. Una vez en ella,
pronto encontré la casa. El portal era grande, la escalera ancha
y vieja, de ladrillo el suelo de los descansos, y acuarteronadas
y sarpullidas de gruesos clavos las puertas de los pisos. Llamé á
la del segundo, y me abrió un criado á quien yo conocía de haberle
visto en mi lugar. Mostróseme un si es no es risueño, y díjome que el
señor no estaba en casa; preguntéle por la familia, y me respondió
que aguardara la respuesta. Fuése por aquellos pasillos adelante, y
volvió luego para conducirme á la sala, en la cual me dejó encerrado
y á media luz. La estancia aquélla era amplísima; tenía rica alfombra
en el suelo, lujosos cortinones en las puertas, grandes espejos en
las paredes; brillaban el oro y la seda en los sillones, y estaban
mesas y veladores cubiertos de cachivaches y muñecos tan varios como
artísticos. Jamás me había visto entre tanto lujo, ni le había soñado
siquiera; me daba lástima pisar aquel finísimo vellón con mis botas
de becerro, y no me atrevía á sentarme sobre el pulido raso de la
sillería. La dudosa calidad de mi vestido, aunque flamante, realzaba
su ordinariez y aspereza entre aquellas tintas brillantes y delicadas,
y yo mismo, aunque de buen cutis y no mal perfilado, me veía en los
espejos con un no sé qué de montaraz y palurdo, que me hacía sudar de
congoja. Viéndome en tal guisa y tomándolo muy á pechos, sentí que
también me iba embruteciendo por dentro, y temí que cuando llegara el
caso de hablar en aquel aparatoso escenario, mis palabras y mi estilo,
y hasta mis ideas, habían de disonar tanto como mi persona. ¡Tan pobre
concepto había formado de mí mismo en presencia de aquellas inesperadas
y desconocidas grandezas, testimonios deslumbrantes de la altísima
importancia de las personas á quienes iba á molestar, recordándoles el
mendrugo que me habían ofrecido en mi pueblo! Malo es el pecado de la
petulancia y del atrevimiento desfachatado; pero el de la modestia que
raya en sandez, como el que yo cometía entonces, creo que es mucho peor.
Cerca de media hora pasé sumido en aquel espanto; y ya me asaltaba
también el de que me dejaran allí olvidado, lo cual hubiera tenido que
ver, cuando reapareció el consabido sirviente; abrió las puertas que
daban á un gabinete, alzó el pesado cortinaje, y apartando el cuerpo á
un lado, me dijo, mostrándome con la zurda la despejada senda:
--Pase usted.
Y pasé á otra estancia más pequeña, pero no menos lujosa que la que
dejaba atrás. Había allí tres personas arrellanadas en sendas butacas
de rica tapicería. Una de las personas era Clara, no con aquel desgaire
en que yo solía verla en mi pueblo, sino cargada de moños y follados
muy sobresalientes; tenía delante un lindo costurero y entre manos una
labor casi invisible por su tenuidad y sutileza. En buena justicia, no
debí quejarme del recibimiento que me hizo, pues siendo ella la misma
sequedad, quiso como sonreírse, y hasta me presentó á su madre, que se
sentaba cerca de ella. La turbación en que yo me hallaba no me impidió
ver, á la primera ojeada, los afeites y perifollos con que aquella
señora quería falsificar su fe de bautismo. Después acá he conocido
muchas mujeres de su tipo, viejas presumidas y rebeldes contumaces
al poder de los años y á la ley de la naturaleza; madres frívolas que
ven con mayor pesadumbre la caída de un diente ó la aparición de una
nueva arruga, que la muerte de un hijo. Ya se sabe que la señora de
Valenzuela se llamaba Pilita; y bastaba verla una vez, afectando aires
y hasta formas de niña dengosa y elegante, para comprender la razón del
diminutivo con que se la conocía.
Vuelta de espaldas á la poca luz que entraba en el gabinete por una
vidriera oculta entre cortinajes, entreteníase en juguetear con un
abanico, que abría y cerraba sin cesar, inmóvil en la postura estudiada
que parecía haber elegido para lucir á un tiempo su afectada altivez,
su vestido, su pie pequeño y su busto de Ceres trasnochada. Á la
presentación hecha por Clara, respondió con un imperceptible movimiento
de cabeza, mirándome al mismo tiempo con los ojos fruncidos y con un
gesto entre desdeñoso y de asco, como si contemplara un bicho raro y
molesto. Recuerdo perfectamente, porque fué uno de los detalles que
más me desconcertaron, que al sonar mi nombre en los labios de Clara,
le subrayó su madre con un _riiichsss-raaachsss_ de su abanico, que me
hizo el mismo efecto que si me le barriera con una escoba.
Detrás de Pilita estaba su hijo Manolo, á quien también me presentó
Clara al mismo tiempo que á su madre. Era un mozo encanijado y
escrofuloso, con una barbucha lacia, mucha nuez, poco pelo, largas
uñas, dientes rancios, gran pechera, poca corbata, largo talle y
ojos saltones. Hojeaba un grueso volumen con láminas, y respondió á
mi saludo, desconcertado y humilde, con un amago de levantarse de la
butaca en que estaba repantigado, y una inflexión de pescuezo; pero ni
acabó de incorporarse, ni me dijo una palabra, ni cerró el libro por
entero.
Yo me senté en una silla que estaba desocupada cerca de Clara,
y pregunté por don Augusto. Respondióme su hija que estaba en
el ministerio... y se acabó la conversación. Como Pilita no
cesaba de mirarme con los ojos fruncidos, ni cesaban tampoco los
_riiichsss-raaachsss_ de su abanico, únicos rumores que se oían en la
estancia, no contando tal cual ronco carraspeo de Manolo, y Clara no
levantaba la vista de su labor, convencíme de que mi presencia era allí
un estorbo, pero un estorbo ridículo, por haberme metido donde no me
llamaban. De todas maneras, ya fuera esto la pura verdad, ya que mi
cortedad de aldeano me hiciera ver visiones, el hecho innegable era que
yo estaba representando en la visita un desairadísimo papel, sin que
hubiera en mi derredor un alma caritativa que me prestase su auxilio
para salir del atolladero; y esta fundadísima consideración acabó de
desconcertarme: no sabía qué postura tomar en la silla, ni cómo romper
aquel silencio enloquecedor, más bien medido que roto por el diabólico
charrasqueo del abanico de Pilita; y, sobre todo, cómo preparar una
despedida decorosa que no dejara entre aquellas gentes un recuerdo
grotesco de mí. Si no por echarlo á perder, yo hubiera dicho á aquellas
desatentas señoras, y muy especialmente para que me oyera el grosero
mozo que no cesaba de hojear el librote con láminas:
--Han de saber ustedes que yo he venido aquí en virtud de lo convenido
en mi lugar con el señor de Valenzuela, que me lo propuso, y con usted,
Clara, que lo aplaudió, muy pocos días hace, cuando mi padre y yo nos
despepitábamos por hacerles llevadera la vida de la aldea, y ustedes
parecían muy satisfechos de nuestras cordialísimas y desinteresadas
atenciones. Si mi inexperiencia y cortedad de aldeano me han puesto en
este trance angustioso al pisar por primera vez en mi vida alfombrados
salones, y verme entre gentes encopetadas á quienes jamás he saludado,
á usted, Clara, que me ha tratado y sabe por qué vengo y á lo que
vengo á esta casa, y que no en todo soy tan zafio como en el arte de
presentarme con desembarazo en ella; á usted, repito, le toca sacarme
del apuro, apuntando la única conversación que aquí vendría al caso
ahora, ó diciéndome cuándo y en dónde podría yo hablar con el señor de
Valenzuela.
Pensaba yo todo esto, cuando la ruda voz de Clara se dejó oir de este
modo:
--¿Va usted á estar muchos días en Madrid?
No podían darse unas palabras más opuestas á las que, en mi concepto,
debían salir de los labios de Clara, puesto que la tal pregunta
revelaba un completo olvido del asunto que me llevaba á Madrid y á
aquella casa. Prodújome este desencanto cierta irritación de espíritu,
y respondí al punto:
--Eso dependerá de lo que disponga el señor don Augusto.
Un fortísimo _riiiisch_, terminado en seco, me hizo volver los
ojos hacia Pilita, y observé que no sólo fruncía los suyos para
mirarme, sino también las cejas, como si, al oirme, la moviera la
curiosidad tanto como el desdén. No replicándome Clara una palabra,
pensaba yo explicar mi respuesta, y de este modo encarrilar á mi
gusto la conversación, cuando se presentó á la puerta del gabinete
el sempiterno criado, y dijo con voz solemne, mientras hacía media
reverencia:
--El coche.
Estas palabras, dos charrasqueos muy briosos del abanico de Pilita, una
mirada harto dura de Clara, y el arrojar Manolo su libraco sobre un
velador, me dieron á entender en el acto que yo estaba allí de sobra.
Levantéme, y de muy buena gana, puesto que la casualidad deparaba á mi
visita un término menos ridículo que el que yo estaba temiéndome; mas
no quise despedirme sin preguntar dónde y á qué hora podía yo ver al
señor don Augusto.
--En el ministerio toda la tarde,--me respondió Clara.
--¿Está usted segura--volví á preguntar, escarmentado con lo que
acababa de pasarme allí,--de que me recibirá en su despacho, ó me
dejarán llegar á él?
--¿Y por qué no?--me preguntó á su vez Clara con ceño adusto.
--Por sus muchas ocupaciones, verbigracia,--respondí tratando de
enmendar el efecto de la sequedad de mi reparo.
Entonces Clara, abriendo las portezuelas de un mueble adornado de
ricos embutidos, que estaba cerca de mí arrimado á la pared, sacó una
tarjeta con su nombre, y me la dió después de escribir algunas palabras
en ella con lápiz.
--Haga usted que le entreguen ésta,--me dijo al dármela.
Agradecí el obsequio, y me despedí con toda la finura y elegancia de
que me juzgué capaz.
Ya en la calle, por demás se entiende que no pensé en otra cosa sino
en analizar por átomos el _quid_ de la visita que acababa de hacer.
¿Debía yo tomarlo en cuenta para calcular el éxito de mis planes?
Verdaderamente que lo acontecido en casa del Excmo. señor de Valenzuela
no se parecía en nada á lo que yo esperaba de la cuasi intimidad que en
mi pueblo me unía al encopetado personaje, y aun á su hija, ni guardaba
la más mínima relación con las espontáneas y reiteradas ofertas de
amparo, hechas por el aparatoso manchego; pero ¿qué mayor afabilidad
podía esperar yo del seco y desabrido carácter de Clara? ¿Fué, por
ventura, en mi lugar, mucho más expresiva y afectuosa conmigo, cuando
faltaba alguna circunstancia _externa_ cuyo peso rompiese el hielo
de su naturaleza esquiva? En cuanto á su madre y á su hermano, ¿qué
obligación tenían ellos, fatuos é insubstanciales madrileños, de ser
corteses y obsequiosos con un ente como yo, que comienza por sudar
gotas de angustia en cuanto se ve entre alfombras y tapices, y se
ataruga y atraganta con el charrasqueo de un abanico en manos de una
vieja presumida? Lo que á mí me importaba era que el señor don Augusto
Valenzuela me cumpliera lo ofrecido; y hasta entonces nada había
acontecido que á ello se opusiera. Del repolludo manchego, hombre
sencillote y locuaz, atento y cariñoso, tenía yo que esperarlo todo;
y con él iba á tratar tan pronto como las puertas de su despacho se
abrieran con el talismán que guardaba en mi bolsillo.
Discurriendo así y tropezando con todo el mundo, llegué al ministerio,
cuyas señas había pedido yo oportunamente. ¡Dios sabe las vueltas que
di en el laberinto de sus escaleras, pasadizos y encrucijadas, hasta
llegar al departamento de que era jefe el señor de Valenzuela! Pregunté
por él á un portero soez que apenas se dignó responderme. Mostréle la
tarjeta; y al ver el nombre litografiado en ella, desarrugó un poco
el fruncido ceño, la tomó en la mano, y diciéndome que le aguardara
allí, fuése; abrió, con el rechinamiento de un mastín que se despierta,
una mampara que se veía enfrente, y desapareció á la parte de allá,
cerrándose sola también entre gruñidos, y por la virtud de un resorte,
la mugrienta y resobada hoja.
Poco después volvió el portero.
--Que venga usted otro día--me dijo,--porque hoy está muy ocupado.
--¿Cuándo?--pregunté con las alas del corazón caídas.
El adusto cancervero se encogió de hombros y me volvió la espalda.
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