IX

Hallé cuarto en la posada aquélla, aunque obscuro y angosto; y por él y

la comida, ajustéme en siete reales diarios. Por de pronto me sirvieron

un tente en pie; á las tres de la tarde, después de escribir á mi

padre, me metí en la cama, y del primer tirón dormí hasta las ocho de

la mañana siguiente. Tal necesidad tenía yo de dar descanso y mullida á

mis huesos machacados.

Á las diez me llamó la patrona para almorzar; y la misma mujer,

ajamonada y no fea ni sucia, me condujo al comedor á través de un

tortuoso, nada claro y estrecho pasadizo. Estaba la mesa preparada para

ocho personas, en una estancia reducidísima, con luces á un patio.

--Siéntese usted--me dijo,--que en seguida vendrán los demás; todos

chicos cariñosos y paisanos de usted.

Sentéme en la silla indicada por la patrona, y marchóse ésta. Momentos

después comenzaron á llegar «los demás». ¡Sorpresa jamás olvidada por

mí! Primeramente llegó un joven repolludo, blancote y de afeminadas

facciones, en calzoncillos de punto, con botas de charol de altas

cañas de tafilete encarnado; una levitilla corta puesta del revés; una

tohalla por corbata, y gorrita de jockey: cabalgaba sobre el lomo de

una silla de paja, y con ella entre piernas caracoleaba y daba brincos

y hasta botes de carnero; castigábala á menudo con un latiguillo, y

no sin grandes fatigas consiguió arrimar á la mesa la contrahecha

cabalgadura. Apeóse de ella, enderezóla, me saludó muy fino, volvióse

junto á la puerta, y allí se cuadró. Apareció en seguida en el hueco

de ella un mozo moreno, de rizada melena negra, altísimo sombrero de

copa, tirillas de papel, á la inglesa, corbata blanca, ceñido frac

azul con botones dorados, pantalón negro, tan raído y maltrecho como

el frac, guantes blancos de algodón y zapatillas de badana. Andaba

este personaje á paso trágico, y miraba con altivo gesto. Inclinóse el

lacayo delante de él; y después de recibir de sus manos el sombrero y

los guantes, preparóle una silla junto á la mesa. Sentóse el caballero

grave y solemne; saludóme también muy fino, y se acomodó á su lado

el fingido jockey después de arrojar debajo de la mesa los guantes y

el sombrero de su señor. Tras éste llegó un mozo de negra barba, tipo

árabe, con un viejo albornoz sobre los hombros, boina blanca en la

cabeza, un diccionario de la Lengua debajo del brazo y una guitarra

en la mano; al cual mozo acompañaba un cuarto personaje, asaz largo

y macilento, despechugado, mal ceñido de calzones y peor trajeado de

cintura arriba; pero muy armado de espadín de veras al costado, y con

un sombrero de tres picos, de lo más superior y neto, sobre la cabeza.

Casi al mismo tiempo que estos dos comensales, vinieron otros tres: el

uno rehecho, musculoso, chispeante de mirada, muy crespo de bigote,

envueltos el cuello y las quijadas en una bufanda de veinticinco

colores, y sobre el occipucio una montera asturiana; el otro cubría

el suyo con un raído bonete de doctor, cuya amarilla borla, grasienta

y deshilada, parecía un ataque de ictericia mortal: no recuerdo al

pormenor lo demás de su vestido, aunque puedo jurar que todo ello no

valía tres pesetas. Acaso no valiera tanto lo que llevaba encima el

último estudiante que entró en el comedor, y cuya especialidad digna de

mención era el ir tocado con una papalina.

Con estos tres huéspedes se llenó la mesa, y yo me vi entre todos

ellos dudando si soñaba ó si era lo que delante tenía un anticipado

carnaval... ó una burla que querían dedicar á mi rustiquez de lugareño

aquellos endiablados montañeses. Esta sospecha me desconcertó un

poquillo, por ser cosa muy distinta lo que yo me prometía al acomodarme

en aquella posada, y no contar con paciencia bastante para tomar á risa

zumbas de tal calibre y tan inmerecidas. Afortunadamente me convencí

muy pronto de que las sospechas me engañaban, pues una vez arrimados

á la mesa los estudiantes, mostráronse conmigo atentos conterráneos

y corteses camaradas, sin ajustar, para maldita de Dios la cosa, su

comportamiento al tono de sus raros disfraces, antes bien, olvidados

de ellos como si ya no los llevaran encima, ó el llevarlos así fuera

la cosa más natural del mundo; incongruencia que daba al cuadro el

aire más cómico y pintoresco que puede imaginarse. En adelante observé

que ni un solo día se sentaron á almorzar aquéllos mis compañeros de

posada vestidos como Dios manda, y por eso cito el hecho; que de haber

ocurrido una vez sola con aire de calaverada, no tendría gracia maldita.

Noté que las prendas más codiciadas de todos eran el espadín y el

sombrero de tres picos, piezas correspondientes al uniforme que usaban

entonces los alumnos de la Escuela de Ingenieros civiles, á la cual

pertenecía el mozo de la bufanda pintoresca y de la montera asturiana,

que jamás en casa quitaba de su cabeza. Algo más incomprensible

era la tenaz afición del taciturno del albornoz y la cara moruna

al diccionario de la Lengua y á la guitarra. No conocía dentro de

casa otros entretenimientos que puntear la una y hojear el otro. Qué

conexión misteriosa podía haber entre ambos _instrumentos_, nunca lo

supimos, ni nos lo quiso decir entonces el aficionado á ellos, ni

muchos años después me lo ha podido explicar, ni se explicará en los

siglos de los siglos. Pero es un hecho que no negarán el interesado

ni los testigos de él que aún viven y pueden dar fe de la exactitud

de todos éstos y los otros mis asertos, en la confianza de que no he

de sacar á relucir aquí otras menudencias de los mismos tiempos y del

propio lugar, por respetos fáciles de presumir.

También este pasaje de mis apuntes es de los que habían de provocar

desdeñosa sonrisa en los imberbes escolares al uso; y sin embargo,

merece algún respeto como dato curioso para la historia de las

costumbres; pues han de saber estos hombres precoces, que aquellos

muchachos recalcitrantes no eran menos listos, ni más tontos, ni menos

ingeniosos que ellos; pero les daba por las susodichas inocentadas,

porque no era costumbre entonces entre los estudiantes fundar

periódicos batalladores ni asaltar las cátedras del Ateneo y de las

Academias para difundir la luz de la ciencia por todos los ámbitos de

la patria; tarea peliaguda, cuyo _intento_ estaba, con mediana suerte,

encomendado á unos cuantos hombres con canas y de reconocida autoridad.

Durante el almuerzo, supe de qué pueblo de la Montaña era cada uno de

los estudiantes, y supieron ellos de dónde era yo. Recuerdo que el

jockey (muerto pocos meses después, de una tisis galopante), su amo

(médico de nota hoy) y el larguirucho del espadín (años ha desaparecido

del mundo de los mortales), eran de la capital; el árabe de la guitarra

y del diccionario, malogrado arquitecto entonces y hoy encanecido entre

los azares de los negocios, trasmerano; el de la bufanda pintoresca

y la montera asturiana (capaz de improvisar ahora un camino de

hierro sobre dos hilos de araña), de Toranzo; el de la papalina, de

Torrelavega, y el de la amarilla borla, pasiego.

Diéronme por de pronto minuciosas señas de la calle del Príncipe,

porque yo les dije que en ella vivía don Augusto Valenzuela, á quien

necesitaba visitar; me explicaron cómo podría yo, recién llegado

á Madrid, con algún dinero en el bolsillo, pasarlo regularmente

entretenido, de día brujuleando por las calles, de noche con ellos, á

primera hora en el café de _La Esmeralda_, en la calle de la Montera,

y más tarde en Capellanes ó en el paraíso del Teatro Real, etc., etc.;

y para matar las horas sobrantes dentro de la posada, brindáronme con

una copiosa colección de novelas, cuyos títulos me cautivaron desde

luego. No podían ofrecerme comidilla más de mi agrado: la novela era mi

tentación... ¡y cuánta había en aquella casa, donde apenas existía un

libro de texto!

Estando de sobremesa todavía, entró en el comedor un joven muy bien

vestido, hasta elegante. Saludó breve y expresivamente á todos los

comensales á la vez, y se dejó caer en el desvencijado sofá que estaba

debajo de las vidrieras por donde pasaba la luz del patio. El tal mozo

era pequeñito y flaco, blanco de tez, de mirar sutil y malicioso;

barba corta, pero negra y espesa; el cabello ralo, y muy limpio y

bien aliñado todo su traje. Recibiéronle muy regocijados mis siete

compañeros de mesa, y tuvo para cada uno de ellos algún apóstrofe

picaresco y bien adecuado al caso y á la persona. Continuando el

tiroteo de frases, no siempre de color de rosa, acertó alguien á

preguntarle por «el poema»; respondió que «así» le tenía aún; rogóle

el estudiante del frac azul que les recitara otra vez la introducción,

y no hubo necesidad de repetirle el ruego. Con reposado y solemne

ademán, sonora voz y magistral acento, comenzó á soltar octavas reales

por aquella boca. No he oído jamás cosas más indecentes, ni versos

más gallardos, robustos y armoniosos. Quevedo no los hizo mejores.

Terminada la introducción del poema, que á mí, pobre é inexperto

provinciano, me puso colorado de vergüenza, comenzó el poeta á recitar

epigramas de su cosecha contra todo lo existente y otro tanto más,

graciosísimos, punzantes é ingeniosos. Yo estaba asombrado. Estrujando

el chirumen en mi aldea y royéndome hasta las puntas de los dedos,

había logrado escribir media resmilla de ternezas quejumbrosas,

insulsas y descoloridas, ¡y aquel mozo tenía en la cabeza una fábrica

de versos y otra de malicias y donaires!

El empecatado poeta era extremeño: se llamaba Mata; llamábanle Matica,

y estudiaba medicina en el colegio de San Carlos, es decir, debía

estudiarla, porque llevaba nueve años matriculándose en la facultad, y

aún no había llegado á la mitad de la carrera. Conocía á todo Madrid,

y tuteaba á la cuarta parte de él. Era mozo de verdadera chispa, pero

sin señales de juicio, y muy capaz de poner en solfa la misma _Summa

Theológica_. Había acometido muchas obras serias; recitaba comienzos

magníficos, estrofas incomparables de composiciones épicas y místicas,

trozos en los cuales parecía emular la entonación robusta de Herrera

y la dulzura y suavidad de Fray Luis de León; pero de allí no pasaba

jamás: destellos, chispazos de un fuego cubierto de frías y sucias

cenizas: lo vulgar, lo grotesco, lo brutalmente carnal le solicitaba;

desvanecíale la altura, el águila perdía sus bríos, y descendía

rápida á manchar sus alas en los lodazales de la tierra. Frecuentaba

las redacciones de los principales periódicos de Madrid, y en todas

ellas se hubieran recibido con palmas las flores de su ingenio, si

éste hubiera sido capaz de amoldarse á las condiciones _sanitarias_,

digámoslo así, en que vivían los suscriptores y la ley de imprenta; se

le tentó con halagos de todas especies, hasta con pingües sueldos...

todo inútil: aquel pájaro no sabía cantar dentro de la jaula, ni podía

sujetar los raudales de sus armonías á ninguna ley; necesitaba la

libertad del monte para dar al viento toda la rica variedad de los

registros de su numen, y así cantaba, como un salvaje.

Es muy de notar que en su trato ordinario era culto, y revelaba

sus instintos de artista de raza hasta en las cosas más nimias;

su conversación era siempre amena, su imaginación fecundísima; su

habilidad para trazar en cuatro rasgos la biografía de un personaje

de los infinitos que él conocía en la política, en las artes y en las

ciencias, tremenda; sacaban sangre sus trazos, y levantaba ampollas

su colorido. Oyéndole pocas veces, se le creía capaz de las más altas

empresas; frecuentando su trato, se caía bien pronto en la cuenta de

que tenía dos enemigos invencibles: la sujeción y el método. Era un

vagabundo incurable que derrochaba su ingenio á borbotones en las mesas

de los cafés y entre estudiantes desenfadados. Estaba bien por su casa,

y de eso vivía holgadamente en Madrid, pues no era vicioso ni gastador.

Había sido condiscípulo de algunos de mis compañeros de posada, y por

eso la visitaba de vez en cuando.

Todo esto me contaron de él, en seguida que se marchó, los que creían

conocerle más á fondo. No tardé mucho en persuadirme de que el retrato

moral, aunque parecido, no era exacto. Matica valía mucho más.

Deshecha la tertulia de sobremesa, vestíme con lo mejor del baúl, y

lancéme á la calle, buscando, medio á tientas, la del Príncipe, donde

vivía el Excmo. señor don Augusto Valenzuela, causa tentadora de mi

presencia en Madrid, y faro, luz y guía de todas mis esperanzas.

[Ilustración]

[Ilustración]

X

Con las indicaciones que llevaba yo bien impresas en la memoria, no

me costó gran trabajo dar con la calle del Príncipe. Una vez en ella,

pronto encontré la casa. El portal era grande, la escalera ancha

y vieja, de ladrillo el suelo de los descansos, y acuarteronadas

y sarpullidas de gruesos clavos las puertas de los pisos. Llamé á

la del segundo, y me abrió un criado á quien yo conocía de haberle

visto en mi lugar. Mostróseme un si es no es risueño, y díjome que el

señor no estaba en casa; preguntéle por la familia, y me respondió

que aguardara la respuesta. Fuése por aquellos pasillos adelante, y

volvió luego para conducirme á la sala, en la cual me dejó encerrado

y á media luz. La estancia aquélla era amplísima; tenía rica alfombra

en el suelo, lujosos cortinones en las puertas, grandes espejos en

las paredes; brillaban el oro y la seda en los sillones, y estaban

mesas y veladores cubiertos de cachivaches y muñecos tan varios como

artísticos. Jamás me había visto entre tanto lujo, ni le había soñado

siquiera; me daba lástima pisar aquel finísimo vellón con mis botas

de becerro, y no me atrevía á sentarme sobre el pulido raso de la

sillería. La dudosa calidad de mi vestido, aunque flamante, realzaba

su ordinariez y aspereza entre aquellas tintas brillantes y delicadas,

y yo mismo, aunque de buen cutis y no mal perfilado, me veía en los

espejos con un no sé qué de montaraz y palurdo, que me hacía sudar de

congoja. Viéndome en tal guisa y tomándolo muy á pechos, sentí que

también me iba embruteciendo por dentro, y temí que cuando llegara el

caso de hablar en aquel aparatoso escenario, mis palabras y mi estilo,

y hasta mis ideas, habían de disonar tanto como mi persona. ¡Tan pobre

concepto había formado de mí mismo en presencia de aquellas inesperadas

y desconocidas grandezas, testimonios deslumbrantes de la altísima

importancia de las personas á quienes iba á molestar, recordándoles el

mendrugo que me habían ofrecido en mi pueblo! Malo es el pecado de la

petulancia y del atrevimiento desfachatado; pero el de la modestia que

raya en sandez, como el que yo cometía entonces, creo que es mucho peor.

Cerca de media hora pasé sumido en aquel espanto; y ya me asaltaba

también el de que me dejaran allí olvidado, lo cual hubiera tenido que

ver, cuando reapareció el consabido sirviente; abrió las puertas que

daban á un gabinete, alzó el pesado cortinaje, y apartando el cuerpo á

un lado, me dijo, mostrándome con la zurda la despejada senda:

--Pase usted.

Y pasé á otra estancia más pequeña, pero no menos lujosa que la que

dejaba atrás. Había allí tres personas arrellanadas en sendas butacas

de rica tapicería. Una de las personas era Clara, no con aquel desgaire

en que yo solía verla en mi pueblo, sino cargada de moños y follados

muy sobresalientes; tenía delante un lindo costurero y entre manos una

labor casi invisible por su tenuidad y sutileza. En buena justicia, no

debí quejarme del recibimiento que me hizo, pues siendo ella la misma

sequedad, quiso como sonreírse, y hasta me presentó á su madre, que se

sentaba cerca de ella. La turbación en que yo me hallaba no me impidió

ver, á la primera ojeada, los afeites y perifollos con que aquella

señora quería falsificar su fe de bautismo. Después acá he conocido

muchas mujeres de su tipo, viejas presumidas y rebeldes contumaces

al poder de los años y á la ley de la naturaleza; madres frívolas que

ven con mayor pesadumbre la caída de un diente ó la aparición de una

nueva arruga, que la muerte de un hijo. Ya se sabe que la señora de

Valenzuela se llamaba Pilita; y bastaba verla una vez, afectando aires

y hasta formas de niña dengosa y elegante, para comprender la razón del

diminutivo con que se la conocía.

Vuelta de espaldas á la poca luz que entraba en el gabinete por una

vidriera oculta entre cortinajes, entreteníase en juguetear con un

abanico, que abría y cerraba sin cesar, inmóvil en la postura estudiada

que parecía haber elegido para lucir á un tiempo su afectada altivez,

su vestido, su pie pequeño y su busto de Ceres trasnochada. Á la

presentación hecha por Clara, respondió con un imperceptible movimiento

de cabeza, mirándome al mismo tiempo con los ojos fruncidos y con un

gesto entre desdeñoso y de asco, como si contemplara un bicho raro y

molesto. Recuerdo perfectamente, porque fué uno de los detalles que

más me desconcertaron, que al sonar mi nombre en los labios de Clara,

le subrayó su madre con un _riiichsss-raaachsss_ de su abanico, que me

hizo el mismo efecto que si me le barriera con una escoba.

Detrás de Pilita estaba su hijo Manolo, á quien también me presentó

Clara al mismo tiempo que á su madre. Era un mozo encanijado y

escrofuloso, con una barbucha lacia, mucha nuez, poco pelo, largas

uñas, dientes rancios, gran pechera, poca corbata, largo talle y

ojos saltones. Hojeaba un grueso volumen con láminas, y respondió á

mi saludo, desconcertado y humilde, con un amago de levantarse de la

butaca en que estaba repantigado, y una inflexión de pescuezo; pero ni

acabó de incorporarse, ni me dijo una palabra, ni cerró el libro por

entero.

Yo me senté en una silla que estaba desocupada cerca de Clara,

y pregunté por don Augusto. Respondióme su hija que estaba en

el ministerio... y se acabó la conversación. Como Pilita no

cesaba de mirarme con los ojos fruncidos, ni cesaban tampoco los

_riiichsss-raaachsss_ de su abanico, únicos rumores que se oían en la

estancia, no contando tal cual ronco carraspeo de Manolo, y Clara no

levantaba la vista de su labor, convencíme de que mi presencia era allí

un estorbo, pero un estorbo ridículo, por haberme metido donde no me

llamaban. De todas maneras, ya fuera esto la pura verdad, ya que mi

cortedad de aldeano me hiciera ver visiones, el hecho innegable era que

yo estaba representando en la visita un desairadísimo papel, sin que

hubiera en mi derredor un alma caritativa que me prestase su auxilio

para salir del atolladero; y esta fundadísima consideración acabó de

desconcertarme: no sabía qué postura tomar en la silla, ni cómo romper

aquel silencio enloquecedor, más bien medido que roto por el diabólico

charrasqueo del abanico de Pilita; y, sobre todo, cómo preparar una

despedida decorosa que no dejara entre aquellas gentes un recuerdo

grotesco de mí. Si no por echarlo á perder, yo hubiera dicho á aquellas

desatentas señoras, y muy especialmente para que me oyera el grosero

mozo que no cesaba de hojear el librote con láminas:

--Han de saber ustedes que yo he venido aquí en virtud de lo convenido

en mi lugar con el señor de Valenzuela, que me lo propuso, y con usted,

Clara, que lo aplaudió, muy pocos días hace, cuando mi padre y yo nos

despepitábamos por hacerles llevadera la vida de la aldea, y ustedes

parecían muy satisfechos de nuestras cordialísimas y desinteresadas

atenciones. Si mi inexperiencia y cortedad de aldeano me han puesto en

este trance angustioso al pisar por primera vez en mi vida alfombrados

salones, y verme entre gentes encopetadas á quienes jamás he saludado,

á usted, Clara, que me ha tratado y sabe por qué vengo y á lo que

vengo á esta casa, y que no en todo soy tan zafio como en el arte de

presentarme con desembarazo en ella; á usted, repito, le toca sacarme

del apuro, apuntando la única conversación que aquí vendría al caso

ahora, ó diciéndome cuándo y en dónde podría yo hablar con el señor de

Valenzuela.

Pensaba yo todo esto, cuando la ruda voz de Clara se dejó oir de este

modo:

--¿Va usted á estar muchos días en Madrid?

No podían darse unas palabras más opuestas á las que, en mi concepto,

debían salir de los labios de Clara, puesto que la tal pregunta

revelaba un completo olvido del asunto que me llevaba á Madrid y á

aquella casa. Prodújome este desencanto cierta irritación de espíritu,

y respondí al punto:

--Eso dependerá de lo que disponga el señor don Augusto.

Un fortísimo _riiiisch_, terminado en seco, me hizo volver los

ojos hacia Pilita, y observé que no sólo fruncía los suyos para

mirarme, sino también las cejas, como si, al oirme, la moviera la

curiosidad tanto como el desdén. No replicándome Clara una palabra,

pensaba yo explicar mi respuesta, y de este modo encarrilar á mi

gusto la conversación, cuando se presentó á la puerta del gabinete

el sempiterno criado, y dijo con voz solemne, mientras hacía media

reverencia:

--El coche.

Estas palabras, dos charrasqueos muy briosos del abanico de Pilita, una

mirada harto dura de Clara, y el arrojar Manolo su libraco sobre un

velador, me dieron á entender en el acto que yo estaba allí de sobra.

Levantéme, y de muy buena gana, puesto que la casualidad deparaba á mi

visita un término menos ridículo que el que yo estaba temiéndome; mas

no quise despedirme sin preguntar dónde y á qué hora podía yo ver al

señor don Augusto.

--En el ministerio toda la tarde,--me respondió Clara.

--¿Está usted segura--volví á preguntar, escarmentado con lo que

acababa de pasarme allí,--de que me recibirá en su despacho, ó me

dejarán llegar á él?

--¿Y por qué no?--me preguntó á su vez Clara con ceño adusto.

--Por sus muchas ocupaciones, verbigracia,--respondí tratando de

enmendar el efecto de la sequedad de mi reparo.

Entonces Clara, abriendo las portezuelas de un mueble adornado de

ricos embutidos, que estaba cerca de mí arrimado á la pared, sacó una

tarjeta con su nombre, y me la dió después de escribir algunas palabras

en ella con lápiz.

--Haga usted que le entreguen ésta,--me dijo al dármela.

Agradecí el obsequio, y me despedí con toda la finura y elegancia de

que me juzgué capaz.

Ya en la calle, por demás se entiende que no pensé en otra cosa sino

en analizar por átomos el _quid_ de la visita que acababa de hacer.

¿Debía yo tomarlo en cuenta para calcular el éxito de mis planes?

Verdaderamente que lo acontecido en casa del Excmo. señor de Valenzuela

no se parecía en nada á lo que yo esperaba de la cuasi intimidad que en

mi pueblo me unía al encopetado personaje, y aun á su hija, ni guardaba

la más mínima relación con las espontáneas y reiteradas ofertas de

amparo, hechas por el aparatoso manchego; pero ¿qué mayor afabilidad

podía esperar yo del seco y desabrido carácter de Clara? ¿Fué, por

ventura, en mi lugar, mucho más expresiva y afectuosa conmigo, cuando

faltaba alguna circunstancia _externa_ cuyo peso rompiese el hielo

de su naturaleza esquiva? En cuanto á su madre y á su hermano, ¿qué

obligación tenían ellos, fatuos é insubstanciales madrileños, de ser

corteses y obsequiosos con un ente como yo, que comienza por sudar

gotas de angustia en cuanto se ve entre alfombras y tapices, y se

ataruga y atraganta con el charrasqueo de un abanico en manos de una

vieja presumida? Lo que á mí me importaba era que el señor don Augusto

Valenzuela me cumpliera lo ofrecido; y hasta entonces nada había

acontecido que á ello se opusiera. Del repolludo manchego, hombre

sencillote y locuaz, atento y cariñoso, tenía yo que esperarlo todo;

y con él iba á tratar tan pronto como las puertas de su despacho se

abrieran con el talismán que guardaba en mi bolsillo.

Discurriendo así y tropezando con todo el mundo, llegué al ministerio,

cuyas señas había pedido yo oportunamente. ¡Dios sabe las vueltas que

di en el laberinto de sus escaleras, pasadizos y encrucijadas, hasta

llegar al departamento de que era jefe el señor de Valenzuela! Pregunté

por él á un portero soez que apenas se dignó responderme. Mostréle la

tarjeta; y al ver el nombre litografiado en ella, desarrugó un poco

el fruncido ceño, la tomó en la mano, y diciéndome que le aguardara

allí, fuése; abrió, con el rechinamiento de un mastín que se despierta,

una mampara que se veía enfrente, y desapareció á la parte de allá,

cerrándose sola también entre gruñidos, y por la virtud de un resorte,

la mugrienta y resobada hoja.

Poco después volvió el portero.

--Que venga usted otro día--me dijo,--porque hoy está muy ocupado.

--¿Cuándo?--pregunté con las alas del corazón caídas.

El adusto cancervero se encogió de hombros y me volvió la espalda.

[Ilustración]

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Pedro Sánchez · 第 10 / 35 题