Cuando la tuve delante, arrastrada por diez ó doce briosas mulas, con
su postillón en la izquierda de las dos primeras, entendí que era una
casa ambulante con gentes asomadas á sus balcones, incluso el de la
buhardilla, que tal me pareció el altísimo _cupé_. Mostré mi billete
al mayoral; subieron mi baúl con el auxilio de una escalera de _pinos_
al desván de la casa, alzando por un costado el tejadillo de cuero, y
embutiéronme á mí en el departamento central, técnicamente _interior_,
en el que había ya cinco personas, las cuales me recibieron como debía
recibir el atormentado la cuña destinada á apretar la prensa de sus
huesos. Cedióseme una esquina que me pertenecía de las cuatro del
local, como lo rezaba el billete; acomodéme del mejor modo posible en
la parte de cojín que me correspondía en aquel banco, y por entonces
no me pareció muy duro que digamos, ni tampoco me lo parecieron las
paredes del coche, revestidas, como el almohadón, de bayeta encarnada,
con un poco de mullida, Dios sabe de qué.
En esto se oyeron hacia el pescante cuatro gritos, diez interjecciones
de cuadra, el restallar del látigo y mucho cascabeleo; viniéronse
los tres que iban de espaldas á las mulas sobre los otros tres que
las llevábamos de frente, como si un huracán los empujara, y comenzó
á rodar el coche camino de Madrid, con un ruido de cristales, de
muelles envejecidos y de portezuelas mal ajustadas, que verdaderamente
ensordecía y atolondraba.
Poco á poco me acostumbré á él, y hasta fuimos, á fuerza de sacudidas y
cerneduras, _entrando en caja_ los seis pasajeros que poco antes íbamos
casi en vilo de puro apretados; y con este relativo bienestar, pude
enterarme de las cataduras que me acompañaban en aquel departamento
de la diligencia. El pasajero de mi derecha era un medio señor gordo
y poroso, tipo de lo que era, como andando las horas se supo allí:
traficante en _caldos_; bufaba muy á menudo, y chupaba de vez en
cuando una punta de cigarro puro de infame calidad, que llevaba
ordinariamente entre el índice y pulgar de su mano izquierda, apoyada
ésta ligeramente sobre el muslo del mismo lado. Además de bufar se
bamboleaba mucho, y cada vez que se me venía encima parecía un brasero
por el calor que despedía. Ocupaba más de asiento y medio; y no nos
reventó á los dos colaterales, porque el que le seguía por la derecha
era un estudiantillo enclenque que cabía sin apreturas en la media
plaza, no cabal, que le quedaba libre. Enfrente de mí iba una joven
poco notable á primera vista, por la misma corrección y armonía de sus
facciones y contornos: verdaderamente no había una tacha que poner en
ella. Vestía con mucha modestia, y bajaba los ojos, negros y dulces,
en cuanto yo fijaba la vista en ellos. Cambiaba á menudo algunas
palabras y sonrisas con una mujer, ya cincuentona, pequeñita y fea,
que iba á su izquierda, inmóvil, casi rígida; pero curioseándolo todo
sin cesar, dentro y fuera del coche, con sus ojillos de rámila. Por
último, ocupaba el cuarto rincón un hombrecillo inquieto, limpio y muy
impresionable, enjuto y moreno de faz, de crespo y entrecano bigote,
cadena de similor y gorro de terciopelo. Este personaje llamativo
y simpático, era, según luego supe, padre de la joven; y la mujer
pequeñita, su ama de llaves y servidora única desde muchos años atrás.
Como no podía estarse callado, y el estudiante dormitaba, y el
caldista solamente le respondía por monosílabos... cuando le respondía,
y lo de casa no le llenaba mayormente, encaróse conmigo; y en un dos
por tres supo quién era yo, de dónde venía y adónde iba; y cuando nada
de esto le quedó por saber, comenzó á hablarme de las mieses entre las
cuales corría la diligencia; del maíz, de las calabazas, del fresco
y aterciopelado retoño, del rústico caserío, del ganado vacuno... en
fin, de cuanto veía; y él se lo hablaba y se lo aplaudía; y tan pronto
entonaba himnos de admiración á la belleza de la Montaña, como tristes
lamentos al escaso valer de sus productos en relación con el penoso
trabajo que exigían al labrador. Empeñábase mucho en interesar con sus
observaciones á todos los viajeros que le acompañábamos, y por eso su
vista saltaba rápida y bullidora de semblante en semblante. Siguiéndola
yo en sus vertiginosas exploraciones con infantil curiosidad, más de
dos veces se encontraron tope á tope mis ojos con los de la joven,
que me pagaba con una sonrisa cada gesto con que yo demostraba mi
aquiescencia á los pareceres de su padre. El cual hablaba tanto
como con la lengua, con las manos, con los ojos, con las piernas, y
hasta con el gorro de terciopelo. No he visto jamás hombre que más
dueño fuera de todos los músculos de su cuerpo, ni que mejor supiera
armonizar el menor de sus movimientos con las inflexiones de su voz.
Lo del gorro, especialmente, me tenía cautivo. ¡Con qué facilidad
le bamboleaba sobre su cabeza sin tocarle con las manos! ¡Cómo le
echaba sobre la frente en cuanto apuntaba una sospecha maliciosa,
ó le arrojaba hacia el cogote al confundirnos con una conclusión
irrefutable, ó le derribaba sobre una oreja mientras exponía un
antecedente ó soltaba un chiste!... Porque era también chistoso el
hombrecillo aquél, y agudo hasta no poder más; sobre todo, pintoresco y
entretenido.
Se fué estrechando el valle poco á poco, hasta que nos vimos en las
angosturas de las Hoces de Bárcena, cuyo paso duró hasta media tarde.
Llegamos á Reinosa, y allí nos apeamos para comer en un parador, del
cual salimos casi de noche y tiritando de frío; por lo que, bien
comidos y al calorcillo consolador que producíamos los seis viajeros
apretados en el interior de la diligencia, á pesar de la incesante
charla del hombre del gorro, no tardamos en arrimar la cabeza á las
paredes del coche y en dormirnos profundamente.
Cuando me despertó el sol del nuevo día, estábamos rodando sobre las
llanuras de Castilla la Vieja. Nunca olvidaré la aflictiva impresión
que me produjo en el ánimo la contemplación de aquel paisaje negro y
esponjoso, como rimero de escorias: ni un sér viviente, ni un sonido,
ni un árbol, ni un pájaro, ni un arroyo en cuanto alcanzaba la vista.
Cediendo á un impulso de mi corazón, tendí la mía sacando el busto por
la ventanilla, hacia lo que quedaba atrás; y allá lejos, muy lejos,
formando la barrera del horizonte, columbré una cordillera de montes
plomizos que parecían nubes, y una faja de nubes que parecían montes.
Entre dos picachos muy altos observé una mancha tenue y azulada,
recortada en línea horizontal por el cielo; y al fijarme en ella,
á punto estuve de lanzar un grito desde lo más hondo de mi pecho.
La fuerza del deseo, el amor á la tierra nativa, el profundo aunque
acallado dolor de abandonarla, me hicieron ver en aquel instante los
perfiles de sus montañas, y el mar cuyos estruendos habían arrullado
los mejores sueños de mi vida. Contemplé con los ojos de la imaginación
la apacible y pintoresca aldea, y en ella el hogar querido, y en el
hogar á mi padre triste y errabundo y solo. Pronto me convencí de que
todo ello era una alucinación de mis sentidos; la nostalgia de la
patria se apoderó nuevamente de mí, y á pique estuve de que publicaran
mis ojos la negra pesadumbre que me abrumaba el ánimo. Quizás no
comprendieran bien este exceso de sentimiento todos los lectores y le
achacaran muchos de ellos á un vicio de mi educación patriarcal, cuando
no tomaran mis palabras por un pueril alarde romántico. Algo puede
haber de lo primero; lo segundo no tendría disculpa hoy en mi pluma.
De cualquier manera, no serían montañeses los que se asombraran de lo
que refiero; porque un montañés de pura raza es capaz de todo, menos
de contemplar sin pesadumbre un suelo tapizado de secos rastrojos, sin
árboles que le asombren, sin arroyos que le refresquen, sin verdes
colinas que le limiten y sin pájaros que le alegren.
De esto hablé un poquillo con mi linda compañera de viaje, no tanto por
desahogar mi corazón, cuanto por dar á mis ojos, cansados de la aridez
del paisaje que me rodeaba, el regalo de su belleza.
De tarde en tarde hallábamos un pueblo derramado sobre la llanura,
como las fichas en un tablero de damas, sin una mata, ni un ribazo,
ni un muro, ni una huerta, ni una desigualdad que rompiera antes, al
fin ó alrededor de él, la triste monotonía de su forma escueta y de
su color negro terroso, como el suelo que le sustentaba, y los pocos
seres humanos que perezosamente discurrían entre sus moradas, y el
rebaño de ovejas que herbajeaba en la era, y el cabizbajo, taciturno y
embrutecido pastor que cuidaba de ellas.
En uno de estos pueblos, después de habernos desayunado en Palencia
con los famosos bollos del parador de Pampín, nos detuvimos á comer,
á las dos de la tarde. Entramos en el parador por la cuadra, con las
mulas del tiro que se remudaba allí, y pasamos á un comedor de adobes,
como todo el edificio, donde nos sirvieron en larga mesa, regularmente
limpia, tras de los clásicos garbanzos, pollos y palominos en varios
condimentos, queso ovejuno, dulce de membrillo y una infusión de salvia
que allí denominan _té_. ¡Con qué minuciosa exactitud recuerdo todas
estas cosas al cabo de tantos años, y con qué placer las revuelvo en la
memoria! Bien sabe Dios el trabajo que me cuesta cerrar la válvula para
que no salten sobre el papel otras infinitas de la misma casta; y con
qué recelos apunto las pocas que se me escapan en el relato, temiéndome
que ni aun por su interés histórico y arqueológico las aceptarían de
buen grado, si llegaran á verlas, los jóvenes que hoy van en diez y
ocho horas de Santander á Madrid, en cómodos vagones de ferrocarril, y
tienen la fortuna de no haber rodado nunca en diligencia sobre aquel
interminable camino, verdadero río de polvo zurcido en un mar de paño
pardo.
Que, entre tanto, el señor del gorro no cerraba boca, no necesito
decirlo; pero he de declarar que, aunque continuaba entreteniéndome
mucho su expresiva y pintoresca conversación, me entretenía mucho más
la de su hija, que para entonces me había perdido el miedo y hablaba
conmigo á ratos sin cortedad alguna. Me encantaba por ingenua, por
sencilla... y por todas y cada una de las cualidades y prendas que
iba descubriendo en ella. Era la más acabada antítesis de Clara; y no
sé si esta observación que se me impuso súbitamente, influyó algo en
el juicio que de ella formé entonces. Si esto no, el ser la segunda
mujer de aquel pelaje que yo había tratado en mi vida, y la intimidad
que se establece entre los compañeros de un largo y nada cómodo viaje,
bien pudieron ser parte á que mi imaginación la viera sobre más alto
pedestal que el que en buena justicia le pertenecía.
Por ella supe que su padre era un empleado del Gobierno, declarado
cesante en Santander cuatro meses antes. Iban á Madrid, donde ella
había nacido, porque su padre había logrado un empleíllo particular
allí, al amparo del cual pensaba vivir mientras trabajaba para que le
repusiera el Gobierno en su destino. El cesante se llamaba don Serafín
Balduque; su hija, Carmen, y la mujercilla fea, criada antiquísima de
la familia y casi aya de la joven, como ya queda dicho, Quica.
En otro poblachón como el en que habíamos comido, cenamos á deshora
de la noche los mismos pollos, los mismos palominos, el propio queso
con membrillo en dulce, y la mismísima salvia por remate... Y vuelta á
dormir y á rodar en llano, hasta que amaneció el nuevo día entre polvo
del camino real y campos de desolación. Sobre ellos, como sobre los
que iban quedando atrás, descollaban acá y allá muy de tarde en tarde,
tal cual tumor, plomizo y rapado, encima de alguno de los cuales se
erguía un castillete coronado de unos barrotes, entre los que subía y
bajaba una cosa negra, á modo de caldero. Eran los telégrafos ópticos,
que, lejos de alegrar el paisaje, le entristecían todavía más; pues
á la contemplación del insulso detalle iba unida la consideración de
que dentro de aquella jaula de sólidas paredes, había seres humanos
incomunicados con el resto del mundo; y para mayor burla de la
desgracia, ellos, los encargados de conducir maquinalmente la palabra
de los demás á través de la tierra, estaban condenados á no hablar con
nadie, fuera de lo que hablaran entre sí.
No sé por qué comparaba yo aquellos destellos de _luz_, relativamente
al sitio en que brillaban, con la mocosa candileja que se deja ver en
el fondo negro de un vasto subterráneo.
Nos explicó don Serafín cuanto se le alcanzaba del modo de funcionar
de aquellos aparatos; y llegando á decirnos la miserable retribución
con que pagaba el Gobierno el suplicio moral de los empleados que los
manejaban, puso á todos los gobiernos españoles como no digan dueñas; y
una vez enzarzado con ellos por aquel motivo, despellejólos vivos por
todos los imaginables, y especialmente por los que á él le atañían.
Entonces nos refirió su historia con todos sus pormenores el bueno de
don Serafín Balduque, historia que me puso á mí los pelos de punta, y
no era para menos.
Según su relato, el tal don Serafín había comenzado á servir al Estado,
bajo la protección de un _personaje influyente_, á la edad de diez y
siete años y con cuatro mil reales de gratificación. Desde entonces
hasta la fecha en que nos lo decía, cuarenta y siete años justos,
con una hoja de servicios limpia como una patena, había sido cesante
veintitrés veces, que representan veintitrés larguísimas temporadas
de angustiosas privaciones, y otras tantas batallas rudísimas para
conseguir la reposición. Como la necesidad le obligaba á aceptar lo que
le ofrecían, cada vez que le empleaban, vuelta á tejer el pobre hombre
casi de nuevo la destejida tela de su oficio en otro ramo diferente
de la Administración del Estado. Así saltaron sobre él todos sus
contemporáneos, y jamás pudo llegar á la categoría que le pertenecía
de derecho, para jubilarse con un sueldecillo mediocre, y descansar de
una vez. Había sido empleado en casi todas las poblaciones de España en
que hay oficinas del Estado, y pasaban de tres las ocasiones en que al
ir á tomar posesión de su nuevo destino, atravesando para ello toda la
península, antes de presentar sus credenciales al fin de la jornada, ya
era cesante otra vez.
--Es cosa sabida--concluyó,--y hasta proverbial entre las gentes del
oficio: ¿hay que hacer un hueco para colocar á un intruso recién
llegado? Pues Serafín Balduque cesante. ¿Ambiciona alguien el puesto
mío en una capital determinada? Al día siguiente ya está Serafín
Balduque trasladado á los quintos infiernos. ¿Se habla de crisis?
Balduque al agua. ¿Se arma un tiberio político en cualquiera parte del
mundo? Don Serafín sin empleo.
--Eso ya es mucho exagerar,--apuntó aquí el caldista con voz de
sochantre.
--¡Exagerar!--exclamó don Serafín mirándole con ojos de lástima,
después de haber echado con un rápido movimiento de cabeza el gorro
sobre el entrecejo.--Y ¿por qué?
--Porque no tiene nada que ver el destino que usted desempeña con lo
que suceda por esos mundos.
--¿Y cree usted--volvió á preguntar el cesante echando el gorro hacia
la oreja derecha,--que tiene algo que ver mi empleo con la venida del
rey á Santander?
--Maldita la cosa,--respondió el caldista.
--Pues bueno--continuó don Serafín:--en cuanto supe yo que S. M. venía
á inaugurar el ferrocarril, y vi la ciudad en movimiento y la gente
alborotada, me di por muerto.
--¡Vaya una aprensión!
--Aprensión, ¿eh?... En mayo estuvo el rey en Santander, ¡bien sabe
Dios lo que yo le aclamé, y las visitas que hice al jefe de mi
negociado que le acompañaba, y lo puntual y asiduo que estuve siempre
y para todo!... pues á mediados de junio ya me habían limpiado el
comedero.
--Casualidad.
--Enhorabuena; pero, como la capa del otro, tan llena está mi vida de
esas casualidades, que han llegado á ser la ley por que me rijo.
No perdía yo ripio en esta conversación, puesto que el asunto de ella
tenía bastante más concomitancia con mis proyectos que las crisis
europeas con el destino de don Serafín. Metí mi baza en la porfía, y
dije al sempiterno cesante:
--Carecerá usted de valedores.
--¡Calabaza, careceré!--respondióme al punto echando el gorro hacia la
nuca.--Los tengo como todo hijo de vecino.
--Pues no lo comprendo.
--Lo que hay es, que así como en fuerza de aburrirlos, no dejándolos á
sol ni á sombra, me ayudan algo para colocarme, es decir, para verse
libres de mí, después, si te he visto no me acuerdo.
--Corriente--dije yo;--pero esa serie de casualidades que le persiguen
á usted, aunque para usted han llegado á ser una ley ineludible, no lo
serán para todos los empleados del Gobierno.
--Hombre--replicó don Serafín con nerviosa viveza,--no diré que
á cada cuarenta y siete años de servicio correspondan en España,
irremisiblemente, mis veintitrés cesantías; pero lo que es veinte,
docena y media siquiera, no se las quita á nadie el lucero del alba...
salvo, se entiende, los niños mimados de la suerte, que comienzan por
donde uno acaba y llegan á la cumbre en un dos por tres. Pues si no
fuera así, la carrera de empleado era una canongía para los hombres
como yo, de pocas necesidades.
--Gran consuelo es todo eso que usted dice para los aspirantes á esa
carrera,--expuse yo aquí con la ingenuidad que puede presumirse.
--Le aseguro á usted, señor don Pedro--me dijo Balduque con toda la
solemnidad que cabía en él,--que no tiene vergüenza el hombre que, con
salud y mediano entendimiento, se echa hoy en España por ese camino.
Cuando vuelvo los ojos atrás y cuento los años que llevo sirviendo al
Estado; la burla que sus gobernantes han hecho de mí; los apuros, los
ahogos en que estas burlas me han puesto tantas veces; las privaciones
á que me he sometido; la fe... hasta el entusiasmo con que he trabajado
en los múltiples cargos que se me han cometido; la edad que tengo, lo
atrasado que estoy en la carrera; lo que será de esa infeliz (y miraba
conmovido á su hija, no muy serena), si Dios me quita la vida á la hora
menos pensada, me asombro del buen humor que tengo, de no deber un
céntimo á nadie... y de lo honrado que soy... De lo honrado que soy,
sí; porque conmigo se ha hecho todo lo posible para que no lo fuera.
¡Cuántas veces mi pobre mujer... (de resultas de un forzado viaje
penoso por el puerto de Pajares, en el corazón del invierno, la perdí),
cuántas veces me aconsejó que abandonara la carrera, sólo en desdichas
fecunda para la familia, por cualquiera de las ocupaciones que, á Dios
gracias, he tenido siempre en Madrid durante mis cesantías!... La
verdad es que á remendón de portal que me hubiera dedicado cuando tuve
el mal acierto de aceptar el primer destino que me ofrecieron, tendría
á la presente fecha mejor pelaje del que tengo, y, sobre todo, hogar y
reposo... Dicen que reina cierto malestar en el mundo político y que
se temen acontecimientos graves... Bien sabe Dios que no soy hombre de
matices ni de pasiones de ese género; pero les aseguro á ustedes que,
hoy por hoy, me creo capaz de echarme á la calle con el moro Muza,
si el moro Muza lo fuera de exterminar á garrotazo seco la pillería
que medra con todos los partidos, y manda y dispone y es causa de mis
desventuras, y de otras mucho mayores, que también me duelen porque las
llora la patria.
¡Pobre don Serafín! ¡Qué lástima me daba de él en estos casos, y
cuando, quizá por no tener con qué pagar las comidas y las cenas,
le veía yo, mientras los demás pasajeros de todos los departamentos
de la diligencia nos regodeábamos con los vulgares, pero abundantes
y calientes condumios de la mesa de los paradores, comprar, medio á
escondidas, un poco de pan para volver á comerlo en la diligencia,
en compañía de Carmen y de Quica, con los míseros fiambres que
éstas sacaban cuidadosamente de un saquito de alfombra que llevaban
sujeto entre las correas del techo! ¡Á qué tristes consideraciones
me arrastraba el ejemplo de aquella desdichada familia, cada vez que
pensaba yo con alguna serenidad en los propósitos que me habían sacado
de mi lugar!
En una ocasión, y no sé á cuento de qué, cité yo el nombre de don
Augusto Valenzuela. Preguntóme don Serafín si le conocía; respondíle
muy hueco que tenía la honra de ser gran amigo suyo por haberle
tratado mucho aquel verano en mi lugar; díjome si pensaba visitarle
en Madrid; contesté que tan pronto como llegara, aunque me guardé
mucho de decirle el por qué de la visita; y desde aquel instante don
Serafín, Carmen y hasta la misma Quica, no supieron ya dónde ponerme,
ni cómo contemplarme; y al oir á don Serafín ponderar el influjo del
orondo manchego en la política dominante, y el valor de una amistad
como la suya, verdaderamente me acusaba la conciencia de haberme
dejado arrastrar con exceso del demonio de la vanidad al hablar de mis
intimidades con el personaje; pero sirva como atenuación de mi pecado
el cordial propósito que hice de emplear en beneficio de don Serafín,
tanto como en el mío propio, cuanta estimación hubiera conquistado yo
hasta aquella fecha, y pudiera conquistar en adelante, en el corazón
del influyente manchego. No se lo oculté á don Serafín, y esto acabó de
darme una importancia colosal á los ojos de aquella apreciable familia,
con la cual departía yo á todas horas con la más patriarcal franqueza,
especialmente desde que, habiéndose quedado el gordo caldista en
Olmedo, y no estorbándonos para nada el imberbe estudiantillo, vivíamos
los cinco en el interior de la diligencia como en el propio hogar. Á
los demás viajeros sólo los veíamos á las horas de comer. Conocíamonos
todos de vista, y nos tratábamos con la cortesía de vecinos de una
misma escalera, pero nada más. Y no es de tachar la comparación, pues
los mismos puntillos de etiqueta que entre las familias de una misma
vecindad, se observaban entre nosotros: quiero decir, que los pasajeros
de la berlina nos miraban con cierto desdén á los del interior,
al paso que éstos, es decir, nosotros, nos creíamos un tantico más
entonados que los de la rotonda, y mucho más que los del cupé.
Y andando andando, es decir, rodando rodando, concluyéronse las
llanuras, y comenzó la subida del áspero y largo Guadarrama. Á la
bajada de él me dijo don Serafín, echándome una mano sobre el hombro
derecho y señalando con la izquierda hacia el horizonte del Sur:
--¡Allí le tiene usted!... La cúpula de San Francisco el Grande, la
torre de Santa Cruz, la mole de Palacio...
Miré con ansiedad hacia donde me señalaba el dedo de don Serafín, y, en
efecto, vi cuanto el cesante me iba nombrando, alzándose sobre un cerro
amarillento y pelado, y recortándose sus perfiles en el azul purísimo
de un cielo incomparable.
--Aquello es Madrid--añadió mirando hacia allá asido con las dos manos
al marco de la ventanilla, y bamboleando el encorvado cuerpecillo,
según lo pedían los tumbos y vaivenes que daba la diligencia en
su rápido y estruendoso descenso.--¡Ah! ¡si yo tuviera poder para
tanto!... Un recadito secreto á las gentes honradas para que
escurrieran el bulto; luego una lluvia espesa de pólvora fina; en
seguida otra lluvia de rescoldo... y como en la gloria todos los
españoles.
Hízome reir y dióme qué pensar esta ocurrencia, y ya no se habló más
que de Madrid en todo lo restante de la jornada. El estudiantillo
metió la cuchara en la conversación muchas veces, y aun se me antojó
más versado en las cosas de Madrid que en los códigos de Justiniano.
Oyóme decir que me gustaría vivir en la corte entre paisanos, y me
recomendó cierta posada de estudiantes montañeses, mozos de buen
humor, en la calle del Caballero de Gracia. Tomé nota de ello en mi
cartera, y tomóla también don Serafín, porque pensaba visitarme á
menudo, tanto como se lo permitieran sus ocupaciones en la corte,
entre cuyos laberintos y encrucijadas quería servirme de piloto.
Dióme en justa correspondencia las señas de la casa donde él iba á
parar (Olmo, 42 duplicado, cuarto 4.º interior de la derecha); y
en éstas y otras tales, al rayar el mediodía, sin un árbol, ni un
sembrado, ni un detalle de los mil que anuncian en toda tierra de
cristianos la proximidad á una gran población, llegamos á la puerta
de San Vicente, y veinte minutos después, á la calle de Alcalá,
parador de las _Peninsulares_, en cuyo patio nos apeamos entumecidos,
polvorientos y desgreñados. Hubo allí, tras el registro de ordenanza,
las acostumbradas despedidas entre los viajeros de cada departamento:
me dolió de veras la que hice de la hermosa Carmen, en cuyos ojos leí
un vivísimo deseo de que volviéramos á vernos pronto; prometíselo con
otra mirada no menos elocuente, mientras estrechaba en mi diestra la
suya blanquísima, suave y menuda; y encomendando mi baúl á las espaldas
de un forzudo mozo de cordel, seguíle á la posada, cuyas señas le
di, tropezando con el espeso oleaje de transeuntes de la calle de la
Montera, ensordecido con el estruendo que producía el rodar de los
coches y el hablar de tantas gentes, y deslumbrado y borracho por la
novedad del sitio, del movimiento y de los colores; extraño mar en que
yo me zambullía de repente, desde el fondo de un cajón con ruedas,
venido de las agrestes soledades de mi lugar atravesando interminables
arideces, tristes como las estepas de Rusia.
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