Pocos días después de ésta mi llegada al pueblo, aparecieron en él, en
sendos caballos poderosos, desempedrando los callejones y excitando
la curiosidad de todo el vecindario, el señor de Calderetas y otro
personaje de gran estampa, con los correspondientes espoliques. Uno
de éstos se adelantó, corriendo á más no poder, hasta la casa de los
Garcías. Llamó recio con dos garrotazos á la puerta del estragal; salió
el alcalde, oyó el recado, vistióse apresuradamente la chaqueta que
tenía echada sobre los hombros, y siguió á buen andar al emisario;
alcanzaron ambos á los caballeros al revolver de una calleja; saludóles
muy fino y reverente el alcalde; contestáronle ellos lo menos que
pudieron, y todos juntos, después de breves palabras enderezadas al
García por el señor de Calderetas, echaron barrio arriba, sin parar
hasta la casona solitaria.
Allí permanecieron largo rato, examinándola el desconocido personaje
por afuera y por adentro, y el castañar contiguo y la huerta y el
prado, desde cuya loma contempló después, con grandes aspavientos, el
mar y la playa y cuanto desde aquel observatorio alcanzaba la vista en
todas direcciones.
Tras esto y algunas preguntas sueltas dirigidas por el mismo personaje
al alcalde, descendieron á la casona los señores, cabalgaron otra vez,
y salieron del lugar entre las sombreradas del alcalde y el asombro de
los vecinos.
¡Cuánto hubiera dado mi padre, y cuánto hubiera dado yo por estar á la
sazón en buenas amistades con los Garcías, para saber inmediatamente de
su boca á qué habían venido al lugar aquellos personajes!
Afortunadamente no se pasaron muchas horas sin que lo supieran hasta
los sordos; porque á los hombres vanos, como el susodicho García, no
se les pudren en el cuerpo las noticias de tal calibre. Piensan que
publicándolas crecen ellos muchos codos en la consideración del vulgo;
y por eso se supo antes del mediodía que el acompañado del señor de
Calderetas era un personaje de Madrid que quería comprar la casona
solitaria, para componerla y habitarla después con su familia durante
los veranos.
Y el dicho se confirmó; porque, transcurridas dos semanas, vinieron
gentes extrañas, y con la del pueblo que á ello se prestó, comenzaron
á remendar lo ruinoso, á afirmar lo débil, á revocar por aquí y á
tillar por allá, con tal apresuramiento, que antes de mediar julio
parecía nueva la casa, y hasta contenía los necesarios muebles para ser
habitada inmediatamente.
El efecto que aquella noticia y estos acontecimientos causaron en el
lugar, parecería increíble en estos tiempos en que tan acostumbrados
están los montañeses de la costa á rozarse en callejas y desfiladeros
con gentonas veraniegas, de altísimo y hasta egregio copete. Pero
todos mis convecinos echaron la impresión á buena parte: sólo mi
padre y yo la recibimos como una pesadumbre, porque, bien examinado
el asunto y vista la intervención de los Garcías en él, perdimos las
pocas esperanzas que teníamos de arrancarles la administración de los
consabidos bienes.
Antes de acabarse el mes de julio, nueva y más honda impresión en todo
el lugar, con la llegada de los señores, á la casa restaurada, en
entoldado carro del país, con otros tres que le seguían cargados de
sirvientes y equipajes.
En los ocho primeros días no se vivió de traza en la aldea, ocupado
hasta el más perezoso y esquivo en averiguar lo que se hacía y se
guisaba en el remozado palación, cuyos dueños se dejaban ver muy
poco y á lo lejos, y se reducían al personaje ya mencionado, y á una
jovenzuela, su hija, algo desmedrada y enclenque; á la cual, según
rumores, se le habían prescrito, por la ciencia de curar, los aires de
la costa cantábrica, precisamente de la costa cantábrica; mucha aldea,
mucho ejercicio, poca sociedad y bastante agua ferruginosa.
Entre tanto, hubo en mi casa largas y calurosas porfías entre mi padre
y yo, sobre si debíamos ó no debíamos ir á ofrecer nuestros respetos
y servicios á aquellos señores. La voluntad, bien sabe Dios que era
inmejorable; pero temiéndonos un recibimiento frío y desdeñoso, el
condenado puntillo montañés se sublevaba y no sabíamos en qué acertar.
Al fin, mi padre, invocando su lema sempiterno de «nobleza obliga»,
disipóme las no muy arraigadas repugnancias que yo sentía; resolvióse
él también, y allá nos fuimos una mañana, muy planchados, eso sí, y con
lo mejor del baúl á cuestas; pero harto recelosos, y hasta conmovidos,
por no habernos visto jamás en otra.
Á la puerta del estragal nos encontramos con el alcalde que salía,
como Pedro de su casa, muy orondo y satisfecho; y aun se infló mucho
más cuando nos vió llegar bajo la mal disimulada impresión de timidez
y recelo ya mencionados. Verdaderamente nos contristó mucho aquel
encuentro, no tanto por lo que contribuyó á encrespar la vanidad del
García, cuanto por lo que en presencia de éste nos apocaba á nosotros.
Subimos, y un criado con más que ribetes de grosero, nos introdujo en
la sala, en la cual se presentó, antes de media hora, el señorón de
Madrid, de bata chinesca, gorro por el estilo y pantuflas coloradas.
Era hombre de buena edad, frescachón, patilludo, protuberante de
estómago y rollizo y blanco de manos y pescuezo. Saludámosle muy
reverentes; correspondió fino y suelto á nuestras reverencias y
sombreradas; sentóse á nuestro lado, y dióse comienzo á la visita en
los términos que sabrá cualquiera de corrido, por ser los mismos, los
mismísimos que ahora se usan, y se usarán probablemente en todos los
casos parecidos á aquél; pues en este particular no han adelantado las
gentes un solo paso.
En un dos por tres nos dijo el personaje:
--El país me encanta. Jamás le había visto hasta que vine á Santander
_con Su Majestad_. (Estas palabras las recalcó mucho). Necesitaba yo
un rincón tranquilo, de aires puros é inmediato al mar; hablóme mi
amigo el señor de Calderetas de este pueblo y de esta casa; la vimos,
compréla al punto... y aquí me tienen ustedes á su disposición. (Aquí
nos descoyuntamos á reverencias mi padre y yo). Pero, amigos, no
quiero ocultarles que si lo de los aires puros y los campos risueños
y los bosques frondosos y el mar sin límites me enamora, como á buen
manchego que soy, lo de la soledad y el reposo ha resultado mucho más
de lo imaginado, y hasta de lo que se puede resistir. Verdaderamente
es esto insoportable para un hombre que lleva veinte años metido en el
hervor de la vida madrileña, entre los combates de la política y las
agitaciones del gran mundo. Así es que devoro los periódicos que recibo
cada tres días, y los libros que conmigo traje; cuento desde el balcón
los árboles del monte, y de noche las estrellitas del cielo, y aún me
sobran horas que no sé en qué invertir.
Compadecimos de veras al ostentoso y contrariado manchego, y le
deseamos días más llevaderos, hasta por la honrilla del lugar, único
alivio que podíamos ofrecerle; y con poco más que esto y menos de otro
tanto que él nos dijo, nos levantamos para despedirnos.
Levantóse también el personaje, y apretando una mano de mi padre, y
otra mía con las suyas, nos rogó que le visitáramos á menudo, porque en
ello recibiría gran merced.
Á lo cual mi padre, como si le hubieran pisado el dedo malo, respondió
sin poder contenerse:
--Gran honor sería para nosotros esa merced que usted recibiera con
nuestra humilde presencia en esta casa; pero como ya hay quien se nos
ha anticipado, y no nos gusta molestar...
--¡Anticipado!--exclamó el señorón algo sorprendido.--Como no sea
el alcalde, única persona del pueblo que nos ha visitado antes que
ustedes... Por cierto que, sin ofensa de su señoría, paréceme un
tantico entrometido, y un si es no es impertinente.
Miróme aquí mi padre, cargada su faz de mal disimulado júbilo, y
replicó al instante:
--Ya ve usted... la falta de cuna, de educación...
Y sin considerar que acaso dijera de nosotros cosa semejante al otro
día, prometímosle acompañarle á menudo, y nos retiramos, sospechando
yo, y en ello no me equivocaba, que el personaje de Madrid había
pescado en el dicho de mi padre la mala ley que éste y el alcalde se
tenían.
Á todo esto no habíamos visto á la joven delicada de salud, aunque
oportunamente preguntamos muy finos por ella á su padre; el cual se
limitó á respondernos que se encontraba mejor desde que había llegado
á la Montaña, y bastante menos aburrida que él; pero al salir del
estragal á la corralada, la vimos que llegaba envuelta en una bata
blanca, con el pelo negro y abundante, desmadejado sobre los hombros y
la espalda, y defendiendo del sol la cabeza con una sombrilla, blanca
también, de largo y torneado palo. Descubrímonos al pasar junto á
ella; respondiónos, creo que sin mirarnos, con una ligera inflexión de
pescuezo, y entró en su casa mientras nosotros salíamos á la calle.
Parecióme esbelta y de no vulgar continente; descolorida en extremo,
dura de faz y más que medianamente descarnada. En nada de esto se fijó
mi padre, puesto que lo que me dijo, tan pronto como pusimos los pies
en la calleja, revelaba que no había pensado en otra cosa desde que se
despidió del personaje; y lo que me dijo fué:
--Ya lo has oído, Pedro: vino «con su Majestad»; vive hace veinte años
en Madrid «entre las batallas de la política y las agitaciones del gran
mundo»; le ha gustado la Montaña; necesitaba aires puros y proximidad
al mar, y ha comprado esta casa, ¡la que nos parecía invendible!...
¡la del Infantado!... ¡y sin regatearla! y en ella nos ofrece sus
servicios, y solicita nuestro trato, y, por añadidura, le desagrada el
del alcalde...
--Bien, ¿y qué?--respondí yo.
--Pues nada, si te parece--repuso mi padre dando un fuerte golpe en un
canto del suelo con el regatón de su vieja caña de Indias con puño de
plata y borlas de seda negra:--un personaje de tales requilorios, que
se hace servir, casi de espolique, por un señor como el que le acompañó
á este pueblo el primer día que vino á él... ¡digo si será pájaro de
cuenta!
--Por tal le tuve desde que le conocimos; y por eso no me sorprende
ahora, como le sorprende á usted...
--Hombre, tanto como sorprenderme, tampoco á mí, si bien se apura el
caso; pero, vistas las condiciones extraordinarias del caballero, eso
de no tragar al alcalde, al paso que á ti y á mí nos ruega que le
visitemos á menudo, me parece, Pedro, me parece...
--Es verdad--dije, adivinando la intención de mi padre.--Pero, á
todo esto--añadí, mientras caminábamos muy ufanos hacia nuestra
casa,--¿quién será?
--Por lo que rezan los sobres de la correspondencia, que llega á
montones para él á la cartería, el «Excelentísimo Señor Don Augusto
Valenzuela».
--Ya lo sé--añadí.--Pero quiero yo decir qué pito tocará ese hombre en
el mundo.
--Hijo--respondióme mi padre humillando la cabeza,--sobre ese
particular nada puedo yo decirte en este momento; pero--añadió,
irguiéndose con la fuerza de un profundísimo convencimiento,--¡pito muy
principal debe de ser!
[Ilustración]
[Ilustración]
V
No se le cocía el pan á mi padre hasta hablar otra vez con aquel
caballero tan atento y campechano que le había pedido á él, pobre y
obscuro fidalguete de lugar, la merced de sus visitas. Así fué que le
hicimos la segunda sin cumplirse dos días desde que tan satisfechos
salimos de la primera.
Acababan de llegar, padre é hija, de la playa, donde habían pasado lo
mejor de la tarde jugueteando con las olas, echando firmas en el arenal
y acopiando cascaritas y pedrezuelas. Descansaban ambos de la fatigosa
tarea cuando llegamos nosotros: el padre muy repantigado en un sillón,
dándose aire con un periódico, y la hija arrimada á una mesa, sobre la
cual clasificaba, por especies y tamaños, el pintoresco botín de su
campaña.
--¡Muy señores míos!--exclamó al vernos el personaje, sin dejar de
abanicarse, con grandes extremos de alegría, de seguro falsa. Pero
falsa ó verdadera, nos animó muchísimo, lo cual nos hacía buena falta;
pues al notar, cuando entramos, la desmadejada actitud del uno, y
tan absorta, lacia y taciturna á la otra, entendimos que más ganosos
estarían de quietud y de silencio, que de la insulsa conversación de
dos extraños impertinentes.
--¡Vean, vean, amigos!--añadió el Excelentísimo, señalando hacia
la mesa, después de los obligados cumplimientos de una y otra
parte;--¡vean si esta tarde se ha perdido el tiempo!
Vimos, en efecto, como era nuestro deber, lo señalado; y en
cumplimiento de otro no menos ineludible, en nuestro concepto,
hartámonos de ponderar la riqueza del acopio; y ya, puestos á ponderar,
ponderamos la playa también que lo daba, y hasta lo divertido y lo
saludable y aun lo instructivo que era correr por ella y atropar
_litos_ y _concharras_; de modo que llegamos á convenir sin dificultad
los cuatro, en que era una ganga tener á las puertas del hogar una
playa así, con unas olas tan bonitas, un rumor tan agradable y unas
brisas tan higiénicas.
Por remate de estas cosas y otras no menos divertidas, nos dijo el
señor de Valenzuela que aquel día era uno de los más agradables que
había pasado en la Montaña, puesto que, para que nada le faltara, había
tenido carta de _Pilita_, de la cual no había sabido cosa alguna en
toda la semana. Á lo que observó tímidamente mi padre:
--Pues creí que no tenía usted más hijos que esta señorita.
--Pilita es mamá,--dijo aquí la aludida, tomando parte por vez primera
en la conversación.
--Pilita es mi señora,--confirmó casi al mismo tiempo el personaje.
--Vamos--se atrevió á añadir mi padre,--se ha quedado en Madrid.
--No, señor--repuso el otro:--está en Vichy con Manolo, nuestro hijo.
Tiene esa costumbre hace mucho tiempo, y no puede prescindir de tomar
aquellas salutíferas aguas.
--Quiere decir, que nos honrará con su presencia cuando termine su
temporada.
--Escasamente--respondió el Excelentísimo.--Desde Vichy irá á Biarritz
á pasar el resto del verano con su pariente y amiga, la duquesa del
Pico... Es su costumbre. Nos reuniremos en Madrid ya bien entrado el
otoño... á la apertura de los salones.
Confieso que antes que en lo, para mí, insólito de aquel modo de vivir
_en familia_, me fijé en lo dispendioso que era y en el caudal que
necesitaba poseer el personaje, en cuya casa me hallaba, para atender á
tantas necesidades con la abundancia que éstas exigían. Á mi padre le
sucedió lo mismo, según me confesó después.
Poco á poco se fué reduciendo el tema de la conversación; llegóse á
la política, manjar muy del gusto de mi padre; y mientras los dos se
entretenían en saborearle, afirmando y exponiendo dogmáticamente el uno
y asintiendo á puño cerrado el otro, parecióme á mí que debía acercarme
á la mesa donde continuaba la joven arreglando su tesoro de _pitas_,
cáscaras y caracolillos, y así lo hice, bien sabe Dios con cuánta
desconfianza y cortedad.
Para entonces había tenido yo ocasión de observarla detenidamente,
muy de cerca; y por venir ella de su expedición harto desencajada y
porosa, en las mejores condiciones para no equivocarme en mi juicio.
Así, pues, afirmo que, más que delgada, era flaca, bastante angulosa
por ende; obra, si vale la comparación, más de azuela y garlopa que de
torno. Era, no obstante, armónico y agradable el conjunto de todas sus
partes. Su rostro, en el cual brillaban como dos centellas los ojos
negros rasgados, bajo unas cejas negrísimas también, de las cuales
parecían la sombra unas ojeras cárdenas, y casi relucían, por lo limpio
del esmalte, dos filas de menudos dientes entre unos labios finos
con un ligerísimo matiz de rosa pálida, hubiera sido hasta hermoso,
algo más lleno y menos descolorido; pero de los que se imponen, no de
los que atraen y enamoran. Faltaba á sus ojos la dulzura, que es el
mayor encanto de la belleza; antes eran de mirar duro y osado, y muy
poco codiciosos de lo que tenían delante, y á menudo se reflejaba en
ellos un espíritu desabrido é indómito. Echábase de menos también en
aquella cara seca el ambiente de la sonrisa, compañera inseparable de
la dulzura de los ojos. La sonrisa de Clara (así se llamaba la joven)
era un acto mecánico de su voluntad, una mueca, una simple contracción
de los músculos faciales. Acompañábala ordinariamente una palabra dura,
en un timbre de voz áspero y varonil, y esta condición hacía doblemente
desagradable la sonrisa, las pocas veces que ésta se dejaba ver en la
faz de Clara.
En fin, que me pareció la hija del Excelentísimo señor don Augusto
Valenzuela, considerada en conjunto y en detalle, una mujer
desenfadada, imperiosa y tesonuda, especie de alma de acero encerrada
en un estuche de alambre, condición siempre temible, aun cuando en
ese temple excepcional tengan mucha parte los golpes de la experiencia
en las batallas de una larga vida mundana; pero de incalculable poder
cuando le da formado ya la naturaleza en una joven casi niña. Quizá era
éste el verdadero atractivo de Clara, no para mí, bien lo sabe Dios,
sino para los hombres que pudieran tratarla con la experiencia que yo
también adquirí después en las borrascas de la vida.
Por entonces, si se me hubiera obligado á hacer su retrato, hubiérame
limitado á decir que la hija del personaje de Madrid _no me gustaba_,
sintiendo instintivamente lo que hoy trato de explicar en este breve
análisis de su carácter.
Digo que me aproximé á Clara desconfiado y corto, y he de añadir que
hasta trémulo; pues no se me ocultaba á mí, aunque inexperto, que
cuando un galán se acerca á una señorita está obligado á decirle
algo que la distraiga y entretenga, siquiera para que el acto de
cortesía no resulte pesada cruz para quien es objeto de él; y daba
la maldita casualidad de que yo ni entonces fuí, ni después de rodar
por el mundo he sido gran repentista en esto de sutilezas y perfiles
galantes. Siempre pequé de soso al acercarme á una dama, y jamás
se me venían á los labios las buenas ocurrencias hasta apartarme de
ella, es decir, cuando ya no las necesitaba. ¡Cómo envidiaba yo en
aquel apurado trance las donosuras y bizarrías de ciertos diálogos
que había leído en las novelas de mi casa! Hasta recordaba algunas de
ellas que podían aplicarse al caso que me apuraba tanto, y aun tentado
me vi en los primeros trasudores á encajarlas allí de corrido; pero
felizmente (y no se tome esto á vanidosa jactancia), á faltas de las
apuntadas condiciones de travesura, he tenido siempre cierto buen
sentido, del cual me he amparado para salir de apuros de este jaez,
ya que no triunfante ni muy airoso, tampoco abochornado ni corrido;
es decir, que me he limitado á seguir mi canto llano y no meterme en
contrapuntos «que se suelen quebrar de sotiles», como diría el buen
maese Pedro; lo cual se consigue hablando poco y á tiempo y de aquello
que se le alcance á uno algo; y eso es lo que hice entonces, tomar
pie del interés con que la joven continuaba escogiendo y agrupando
en montoncitos lo atropado en el arenal, y decirla cuál de aquellas
chapucerías se llamaba _almeja_, cuál _peregrina_, cuál _burión_, cuál
era un chinarro que no merecía la honra de ser recogido por tales
manos; en qué sitios y en qué épocas del año se pescaban vivos los
animalejos correspondientes á aquéllos y otros despojos que también
abundaban en la playa; cómo se guisaban y á qué sabían. Jamás historia
curiosa ni cuento peregrino fueron escuchados de oídos infantiles con
la atención y el interés que prestó la hija del señor de Valenzuela á
aquéllas mis prosaicas observaciones; merced á lo cual, tornéme sereno
y animoso, como dueño que era de mí mismo, y no fué esto poco adelantar.
Presumo yo que al llegar aquí quien estos apuntes acertara á leer,
había de asombrarse de que pretenda yo, en estos tiempos en que la
curiosidad necesita, para ser excitada, muchísima sal y pimienta,
entretenerle con inocentadas que desdeñan los precoces galanes al uso,
que se levantan la tapa de los sesos antes de apuntarles el bozo; y
aunque pudiera disculparme con el ejemplo de tal cual relato novelesco
contemporáneo, no mucho más interesante, reconozco humildemente la
increpada delincuencia, y digo que incurro en ella arrastrado por
mi inquebrantable propósito de apuntar aquí cuantos acontecimientos
dejaron alguna impresión en el fondo de mi alma, como éste que voy
refiriendo, no seguramente por su magnitud absoluta, sino por mi
pequeñez y blandura en aquella edad y en medio de las condiciones
apacibles y sosegadas de mi existencia... Y ahora añado que si muy
satisfecho quedé yo por haber vencido tan fácilmente los pasos del
temido atolladero, mucho, pero muchísimo más, quedó mi padre de su
conversación con el señor de Valenzuela.
--¡Estos son hombres, Pedro!--me decía mientras tornábamos á nuestra
casa.--¡Qué afabilidad, qué penetración, qué tino, qué experiencia...
qué palabra! ¡Si vieras lo que me ha dicho, lo que me ha confiado!
¡Cómo me ha puesto delante de los ojos el cuadro en esqueleto de la
gobernación del Estado, con sus gobernantes de ayer, sus gobernantes de
hoy y los que trabajan para serlo en el día de mañana! ¡Qué pericia,
Pedro, y qué ojo! ¡Es un asombro cómo desde la altura de su importancia
atendía y consideraba la menor de mis observaciones! Para todas tenía
fácil y pronta respuesta, y á cada momento me decía: «porque usted,
con su buen juicio é ilustrado criterio, no podrá desconocer estoy
aquello... porque á su penetración no puede ocultarse lo otro y lo de
más allá». Te digo, Pedro, que después de oir á estos personajes que
tantos motivos tienen para ser altaneros y desdeñosos con obscuros
aldeanos como nosotros, asco, verdadero asco da el acordarse, no más
que acordarse, de los humos de un chapucero pelagatos como los Garcías.
Convine en ello sin dificultad; y el resultado final de aquella visita
y de los subsiguientes comentarios, fué decirme mi padre, al acabar
de cenar y estando cada uno de los dos palmatoria en mano, con el
correspondiente cabo de vela de sebo comenzando á correrse y á oler mal:
--Si esto sigue como empieza, dentro de un par de días se podrá ir
preparando el terreno.
--¿Para qué?--respondí.
--Para tantear el vado.
--¿Qué vado?
--El de la administración... En mi juicio, va á ser, Pedro, coser y
cantar. Con este hombre no se conciben imposibles. Nada te digo de la
secretaría, porque en cuanto le haga una seña con el dedo al señor de
Calderetas, ya está el alcalde boca abajo.
Repliqué á esto, aunque me halagaba muchísimo, que, en mi opinión,
convenía dejarlo para más adelante, porque no creyera el Excelentísimo
señor que el interés de la ganga era lo que nos movía á ser tan
atentos y obsequiosos con él. Túvose por bueno mi reparo; y sin otros
particulares que dignos de narrar sean, nos fuimos á la cama.
[Ilustración]