Continuando sin perder día el trato de aquellas empingorotadas gentes,
llegó á establecerse entre ellas y nosotros cierta familiaridad que,
sin menoscabo del debido respeto, quitaba de nuestras conversaciones y
empresas la estudiada ceremonia y la artificiosa etiqueta, estorbos de
gran monta para llegar á conocerse y estimarse las personas.
Con esto se me venían á las manos las ocasiones de acompañar á los
forasteros; y como yo cuidaba de no pasar más allá de aquello en que
se me alcanzaba alguna cosa y para lo cual era llamado, quedábame la
seguridad de no ser impertinente, ya que en punto á la calidad de la
estimación que me iba conquistando, me conformara con muy poco.
Era asaz poltrón y perezoso el señor de Valenzuela; pero, en cambio,
su hija era una andarina de grandes alientos; y como de complacerla
en todo se trataba, y se le había recomendado el ejercicio por la
ciencia de curar, todos los días los acompañaba en sus expediciones,
que yo mismo proponía, por conocer los sitios merecedores de la
visita de nuestros huéspedes. Yo les enseñaba el mejor camino, ya
para llegar más pronto, ya para dar mayor regalo á la vista en la
contemplación de hermosos paisajes ó pintorescos horizontes. Yo les
conducía á la ignorada fuente ferruginosa en lo más hondo y obscuro de
la sombría cañada, ó á la gruta de estalactitas cerca de los abruptos
peñascos de la costa. Yo les informaba, cruzando el valle, de las
labores campestres, y les decía el nombre, calidad y valor positivo
de los frutos del país; les apuntaba cuanto sabía de sus costumbres,
y colocado entre ambos en lo alto de la pradera que dominaba el mar,
les hablaba de sus temibles veleidades, de sus arrullos mentirosos,
de sus tempestades imponentes, y de la arriesgada y espinosa vida de
los marineros. ¡Y cómo brillaba entonces en los ojos de la madrileña,
de ordinario mudos y sombríos, el fuego de los agitados pensamientos!
¡Qué poder tan asombroso el de sus pupilas al registrar los pliegues
misteriosos de la inquieta superficie! ¡Qué actitudes tan resueltas
y bizarras las de aquel débil cuerpecillo mientras el aire fresco y
pegajoso agitaba sus mal prendidos cabellos y los largos pliegues de la
falda, y se clavaba su vista en los agudos peñascos donde las olas se
estrellaban convirtiéndose en blanca y hervorosa espuma!
En una de estas ocasiones me preguntó, con su voz áspera, sin dejar de
contemplar una gaviota que se cernía sobre las rompientes:
--¿Hace usted versos?
Al oir esta pregunta me puse más rojo que un tomate, porque, como
si temiera que Clara los estuviera leyendo por encima de mi hombro,
recordé cuantos había escrito en mi vida, y todos me parecieron á cual
peor. Así es que, sin titubear, respondí:
--¡Jamás!
--Me alegro--añadió sin mirarme siquiera:--eso prueba que es usted
hombre de gusto. Me encanta la verdad, y jamás la hallo en los
copleros, en su afán de vestirla de arlequín y de medirla por sílabas.
Ya no se hacen versos más que en España... y en Turquía.
Confieso que me gustó poco esta sinceridad en boca de una mujer tan
joven; porque entendía yo, por instinto natural, que para elevación del
alma, singularmente la de la mujer, hay mentiras necesarias y hasta
indispensables, como son las del arte en cuanto tienden á embellecer la
naturaleza y dar mayor expansión y nobleza á los humanos sentimientos.
Lo cierto es que aquella respuesta seca y prosáica, juntamente con
lo resuelto y aun airado de la actitud de Clara en el momento de
pronunciarla con sus labios marmóreos, infundióme algo como temor,
semejante al que producen la soledad de los páramos ó la yerta aridez
del invierno. Sin embargo, la pregunta misma, hecha en tal ocasión,
revelaba que el alma de Clara no era insensible á los encantos de la
naturaleza: no en el ritmo dulcísimo de su reposo, sino en el fragor y
estrago de sus tempestuosos desconciertos, en los cuales quizá soñaba
el espíritu bravío de la joven en el instante en que contemplaba el
acompasado batir de las olas sobre los peñascos de la orilla.
Por lo demás, todo iba para mi padre y para mí á pedir del deseo;
quiero decir, que cada día intimábamos más con los madrileños, y
parecíamos serles más útiles y agradables. Á menudo me llamaban
«Pedro» á secas, y «señor don Juan» á mi padre, en vez del ceremonioso
«Sánchez» ó «señor de Sánchez» con que al principio se nos nombraba,
las pocas veces que se nos hacía dignos de servir para algo á aquellos
señores. El cura les había perdido también el miedo y les hacía la
tertulia con nosotros. El señor don Augusto, cuando le faltaba el
resuello breña arriba, se colgaba familiarmente del brazo de mi padre,
no muy sobrado de alientos por la pesadez de los años, mientras que
Clara me desafiaba á hundir la vista con mayor serenidad en el negro
fondo de un abismo desde la peña más escarpada y resbaladiza. Habíamos
comido tres veces con ellos en su casa, y más de otras tantas habían
ellos refrescado á la sombra de nuestros limoneros, con los limones
cogidos por Clara y el agua traída por mí de un fresco manantial
encajonado entre esponjosos cantos, en el rincón más frondoso de la
huerta.
Con todo lo cual y mucho más que omito por innecesario, el alcalde
no asomaba á la restaurada casona sino cuando á ella era llamado por
el señor de Valenzuela para que hiciera componer tal callejón mal
empedrado, ó llegar _en posta_ alguna carta á manos del señor de
Calderetas; encargos que desempeñaba el García con la misma sumisión
y diligencia que si emanaran del soberano en cuyo nombre ejercía la
autoridad en el pueblo. ¡Figúrense ustedes si con estos lances y aquel
alejamiento le retozaría á mi padre el alma dentro del cuerpo!
Como que llegó á decirme una mañana, entrando en mi cuarto, espoleado
por la vehemencia misma de su propósito:
--Pedro, de hoy no paso sin dejar arreglado _ese punto_.
Entendíle yo, por constarme que no pensaba en otra cosa, y no le opuse
el menor reparo. La verdad es que ó don Augusto Valenzuela no podía
cosa mayor en el asunto de que se trataba, ó la administración iba á
ser mía tan pronto como se le apuntara el deseo de conseguirla.
¡Y qué feliz casualidad! Precisamente fué aquel día cuando se le antojó
al señorón de Madrid, hallándonos mi padre y yo á su lado aguardando
una coyuntura favorable para _entrar en materia_, preguntarme por mi
plan de vida para lo porvenir. Verdad que la tal pregunta fué originada
por una insinuación, no del todo pertinente, de mi padre, sobre la
corrupción de los tiempos y los peligros de la juventud ociosa en los
pueblos, por falta de medios ó valedores.
Conmovióse de los pies á la cabeza el bendito señor, pues vió llegado
el instante de que sonara la voz del oráculo que había de revelar el
misterio de mis destinos, y expuso á la vista del personaje el cuadro
de todas mis ambiciones. Mientras no supo el señor de Valenzuela qué
casta de administración era aquélla que se pretendía, nada dijo en
bien ni en mal de la pretensión; pero cuando averiguó que entre ella
y la secretaría del ayuntamiento no producirían arriba de tres mil
quinientos reales, no acababa de asombrarse de nuestra pequeñez de
miras. Clara se santiguó al oirme que con aquello me bastaba para vivir
hecho un príncipe en mi lugar.
--Señor don Juan--exclamó el Excmo. don Augusto encarándose con mi
padre,--hay que distinguir de tiempos; y entienda usted que en los que
corren, eso que quiere hacer su hijo de usted equivale á un suicidio,
del que Dios le ha de pedir cuentas.
Aquí fuimos nosotros dos los asombrados.
--No comprendo la razón,--balbució mi padre, descolorido.
--Un suicidio he dicho, y lo sostengo--continuó el señor de
Valenzuela.--¿Usted sabe lo que son tres mil reales hoy... ¡tres mil
reales! que los gasta una familia, por modesta que sea, en un par de
semanas? Las generaciones, señor don Juan, y hoy con doble motivo que
en los tiempos que usted alcanzó y va dejando atrás, se siguen y no
se parecen. Á usted le bastó la hacienda que tiene para crear una
familia y sostenerla con cierta independencia, porque las costumbres de
entonces en estos pacíficos retiros no exigían cosa mayor; pero su hijo
de usted no puede conformarse con eso sólo, porque las circunstancias
han variado mucho y han de variar mucho más. Mientras viva al lado de
usted, vaya con Dios; pero á la hora menos pensada deseará casarse,
y se casará... y tendrá hijos... quizá muchos hijos; y para entonces
se habrá transformado completamente este pueblo, porque llegará hasta
él, en día no lejano, el movimiento de la nueva vida que comienza á
extenderse desde el corazón á las extremidades de la península; verá
sus hijos vagar medio desnudos por estos callejones, y crecer bravíos
entre la cultura y el lujo de los forasteros que han de veranear
aquí, no muy tarde, atraídos por la hermosura de la playa. Mas aunque
estuviera decretado que este pueblo no saliera jamás del aislamiento en
que hoy se halla, la transformación de los comarcanos dejaría sentir
en él su influjo avasallador. Pedro no podría soportar las cargas que
le impusiera la vanidad de su alcurnia, y sin abnegación bastante para
decidirse á labrar la tierra con sus manos, acaso se corrompiera la
bondad de su corazón, movido de las tentaciones á que le arrastraría
la calidad de su empleo. ¿Qué mayor suicidio que éste, señor don Juan?
Además, y aun suponiendo que le bastara con los tres mil y pico de
reales del sueldo y de la administración, más los cuatro terrones que
le pertenezcan de la hacienda de su padre, para vivir sin ahogos y
sin trampas, ¿no es un dolor, un verdadero pecado mortal, que un mozo
de sus prendas, tan gallardo y despierto (¡qué de reverencias hice yo
aquí!) se conforme con vivir y morir en esta obscura soledad, como
el árbol en el monte?... Me dirá á esto el señor don Juan que así ha
vivido él sin corromperse ni encanallarse; pero á eso le replicaré
repitiéndole que á otros tiempos, otras costumbres. Usted fué entonces
por donde iban todas las gentes de su condición, porque no había otro
camino que seguir ni otras ambiciones que acariciar; pero hoy se van
abriendo muchas puertas antes cerradas á las empresas de los hombres
como ustedes, y es hasta un deber de hidalguía en los jóvenes, como
Pedro, salir á romper una lanza en ese palenque donde los mozos de
corazón conquistan honra y provecho.
Todas estas reflexiones, expuestas, al parecer, con cariñosa
vehemencia, eran completamente nuevas para mí; quedéme absorto al
oirlas, como paleto ante cuyos ojos se descorre por primera vez la
cortina de un escenario lleno de mágicas maravillas, y no me atreví
á replicar una palabra. Mi padre, no menos asombrado que yo, dijo al
terminar su discurso el señor de Valenzuela:
--Muy al caso está todo eso, señor don Augusto; pero usted sabe muy
bien que no siempre es la suerte para quien la busca.
--Si no se halla la suerte--repuso el personaje,--se halla algo que se
le parezca, y, de seguro, mucho que valga más que la secretaría de este
ayuntamiento. Cuando menos, se ve el mundo, se aprende algo y se cumple
con el deber de luchar por la vida.
--Bien está--tornó á decir mi padre;--pero ¿y si se pierde lo cierto y
no se logra pizca de lo dudoso?...
--Se vuelve á empezar y se lucha de nuevo.
--Ya; pero usted no considera que para lanzarse á esas aventuras,
para dar los primeros pasos, para proveerse, digámoslo así, de las
indispensables armas, no todos cuentan con los recursos necesarios, á
falta de valedores generosos...
--En plata, señor don Juan--exclamó aquí el manchego personaje:--el
buscarle á Pedro un destinillo en Madrid con que pueda ir viviendo
mientras la suerte y sus merecimientos le pongan más arriba, es para
mí cosa facilísima. Díganme ahora, con franqueza, si les conviene la
oferta que les hago con todo mi corazón.
Miróme aquí mi padre y miréle yo á él, y no me atrevo á asegurar quién
de los dos estaba más conmovido y desencajado.
El resultado final de aquella memorable escena fué rogar al señor de
Valenzuela, después de agradecer, cuanto cabía en pechos hidalgos, la
protección con que me brindaba, que nos permitiera meditarlo despacio,
antes de darle la respuesta, que no pasaría del día siguiente.
¡Meditarlo! ¿Para qué?, si antes de salir de casa del personaje ya me
imaginaba yo ser otro que tal, y no andaba mi padre á dos dedos de mis
figuraciones, según colegí de lo primero que me dijo al poner los pies
en la calleja.
Al día siguiente, muy temprano, monté á caballo, y no corrí, sino
volé á casa de mi hermana la procuradora: referíle el caso, pedíle su
parecer delante de su marido, y antes que yo concluyera de hablar, ya
me estaban empujando los dos, locos de contentos, para que volviera
á coger al rumboso don Augusto por la palabra. Brindáronse también á
ayudarme con cuanto fuera necesario en todo aquello para lo cual no
alcanzasen los ahorros de mi padre; tomélo muy en cuenta, y de otro
tirón me planté en casa de la jándala. Alegróse también ésta de la
suerte que se me metía por las puertas, y me excitó á que, cuanto
antes, aceptara la oferta del señorón; pero ni ella ni su marido
soltaron la menor prenda referente al auxilio pecuniario que yo pudiera
necesitar. Tenía el jándalo fama bien ganada de roñoso, y ya he dicho
en otra ocasión que ésta mi hermana iba asimilándose poco á poco
todos los resabios de su marido. También el arbitrista y su mujer me
aconsejaron que aceptara el destino; pero en lo tocante á _lo otro_, no
fueron más rumbosos que la jándala.
Volvíme á casa antes del mediodía, no sin haber sacado á espolazos
los pocos bríos que le quedaban al cuartago de mi padre; referí á
éste el éxito feliz de mi viaje; comimos luego bastante desganados y
muy pensativos, y fuímonos por la tarde á dar al señorón de Madrid,
afirmativamente, la respuesta que le habíamos prometido.
En esto avanzaba el mes de septiembre; el tiempo iba refrescando, y se
comenzaba en el caserón restaurado á preparar la vuelta de sus dueños á
Madrid.
--De manera--dijo mi padre al despedirnos aquel día,--que usted
avisará desde Madrid cuándo ha de ir Pedro á tomar posesión del destino.
--Nada de eso--respondió don Augusto.--Lo más acertado es que Pedro
vaya á Madrid tan pronto como yo esté allá. Su presencia será para mí
el mejor aguijón en medio del cúmulo de negocios que me rodea en cuanto
pongo los pies en aquel infierno de ocupaciones.
Y en ello quedamos.
[Ilustración]
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