Pasaron años sin que yo volviera á salir de mi pueblo sino para hacer
breves excursiones á algunos de los inmediatos, y pasó con ellos el
tan temido riesgo de que la mala fortuna me llevara á ser soldado de
la patria, ú obligara á mi padre á vender lo mejor de la hacienda
para librarme de ello. Este feliz acontecimiento que me dejó dueño y
señor de mi voluntad, causa fué de que los nunca dormidos intentos de
aspirar á la secretaría, por de pronto, y á la administración en hora
favorable, renacieran con nuevo calor en nuestras conversaciones, y
hasta de que se pensara en llevar á vías de ejecución procedimientos
tantas veces examinados y discutidos. Pero quiso el azar que en
aquellos meses los ya casi rotos vínculos de unión entre el alcalde
y el secretario volvieran á reanudarse por no sé qué fechoría
administrativa de entrambos, que reclamaba este mutuo esfuerzo
de abnegación para librarlos de una causa criminal con todas sus
consecuencias, y héteme otra vez resignado y tranquilo con la esperanza
de lograr más propicias coyunturas, y vuelto á la vida de caballero
descuidado, mozo ya de bien nutrido bigote, muy fornido de miembros,
y según público decir (no del todo desmentido por el espejillo de
mi cuarto, ni por los más amplios de las pozas del lugar) la mejor
estampa de galán que se paseaba en muchas leguas á la redonda. Podría
haber sobre esto algo de exageración en los dichos de las gentes y
un poquillo de vanidosa ceguedad en mí; pero lo que no tiene duda es
que yo continuaba siendo, entre tantos estímulos para ser un haragán
completo, un inverosímil ejemplar de bien arreglado y edificante
doncel, perseverante en aquellas literarias aficiones insinuadas bien
temprano en mí, con el aditamento de otra nueva, hacia las faenas
campestres, que últimamente comenzaba á solicitarme con vivísimas
fuerzas.
En esto, el tan debatido plan de unir las áridas llanuras de Castilla
con el mejor puerto del Cantábrico por medio de un ferrocarril, iba á
dar el primer paso en el terreno de los hechos consumados. ¡Y de qué
manera!: «bajando» la corte, ó una parte muy integrante de ella, á
solemnizar con su presencia y concurso un acto ya, por su naturaleza,
solemne y transcendental. Con tan fausto motivo los santanderienses
echaban la casa por la ventana, y se agitaba y se conmovía la provincia
entera, entre la curiosidad y los recelos, hijos una y otros de esas
hondas impresiones que causan en los hombres pacíficos y sedentarios
los misteriosos rumores que le anuncian un súbito cambio de vida y
costumbres; la invasión inmediata de extraños elementos que han de
borrar en breves días de febril actividad la obra de tantos siglos de
inmovilidad y de sosiego. Los periódicos de la capital, henchidos de
programas de fiestas y jolgorios, inundaban pueblos y caseríos, y el
aldeano más apático y remolón daba un tiento á la enjuta bolsa por
si topaba en ella algo con qué vivir dos días fuera de su casa, para
satisfacer la tentación de ver las anunciadas maravillas, entre las
que descollaba la de un rey, no en su trono precisamente, rodeado de
ostentosos magnates, con el cetro en la mano, la corona en la cabeza
y el manto sobre los hombros (pues, tratándose de reyes, así se los
imaginaban en mi lugar), sino en medio de una pradera, hiriendo el
suelo con el azadón, cargando la removida tierra en una carretilla,
y conduciéndola con su augusto esfuerzo, entre sus regias manos,
algunas varas más allá. Verdad que el azadón sería de plata, y de plata
la pala, y de barnizada madera la carretilla; pero ¿no consistía en
esto mismo la novedad del lance? ¡Un monarca cavando la tierra como
un simple ganapán, y sus cortesanos formándole la cuadrilla! Hay que
advertir que así, al pie de la letra, tomaban el suceso mis toscos
convecinos, entre quienes abundaban los que ya veían los chorros de
sudor cayendo por la augusta faz abajo. Y todo esto iba á suceder
dentro de breves días, y á las puertas, como quien dice, de sus
hogares, y en unos tiempos en que los monarcas españoles no se codeaban
todavía con los simples mortales, ni dejaban el alcázar de Madrid
sino para habitar alguno de los de sus cuatro sitios celebérrimos.
Así es que se despoblaron materialmente las aldeas con motivo de
aquel memorable acontecimiento. El cual también me sacó á mí de casa
y me arrastró á la ciudad, con grandísima complacencia de mi padre,
que se resistió á acompañarme so pretexto de que, á sus años, más le
molestaban que le divertían estruendos y baraúndas tales, aunque yo
jurara que se privó de ellos porque luciera en mí solo el puñado de
duros de que podía disponer á la sazón y que cariñosamente deslizó en
mi bolsillo.
Ésta fué mi segunda salida del paterno hogar. Hícela á caballo hasta el
camino real, y en diligencia desde la villa.
¡Bueno estuvo aquello! Dígolo por el estruendo y revoltijo de cosas y
de gentes; pues de las funciones apuntadas en los prospectos, no vi
pizca, unas veces porque no era de los llamados; otras, porque, siendo
públicos los actos, ó llegaba tarde á ellos, ó me perdía en el mar de
curiosos que se ponían de puntillas para lograr, á lo sumo, ver los
sudorosos pestorejos de los que nos precedían y también se estiraban
sin enterarse de cosa mucho más divertida.
--¡Ahí va!--oí decir varias veces, mientras asomaba por una bocacalle
un tropel de gentes á todo correr; y en seguida:
--¡Ese es!
--¿Cuál de ellos?--preguntaba yo, hecho todo ojos y curiosidad.
--¡Ese que va en coche!
Pero pasaban por delante de mí, con la rapidez del viento, entre
nubes de polvo y turbas de desocupados jadeantes, lo menos cuatro
coches llenos de personajes hechos un ascua de oro; fijábame en el más
relumbrante de todos ellos, y resultaba luego que no era _aquél_, sino
_el otro_; otro que iba en el primer coche, en el cual coche no reparé
yo creyéndole ocupado por gentes de poco más ó menos.
Al principio no dejaba de entretenerme el bullicioso y pintoresco
hervor de la ciudad, y hasta me asombraban, por lo incansables y
resistentes, aquellas oleadas de curiosos que invadían calles y paseos
al solo impulso de un vago rumor de que _por allí iba á pasar_;
conmovíanme aquellos racimos de pudientes señorones, de granujas
entremetidos y de populacho sencillote, colgados de rejas y faroles,
victoreando, enronquecidos ya, al augusto huésped desde que le
columbraban á lo lejos hasta que le perdían de vista; me entusiasmaba
el acendrado realismo de aquella elegante juventud que alfombraba con
sus levitas las gradas de la catedral al subir por ellas el egregio
visitante, ó se vestía de simple marinero para tener la honra de bogar
en la regia falúa, ó siquiera en las que le servían de cortejo, desde
el sitio de la inauguración de las obras hasta la rampa larga del
Muelle; despistojábame leyendo los lemas de los arcos de laurel y los
versos arrojados á cada instante por ventanas y balcones, como espesa
lluvia, en papel de lo más majo; versos, dicho sea sin ofensa, no mucho
mejores que los que en mi lugar escribía yo de cuando en cuando...
¡Y cómo no entretenerme y fascinarme á mí, sencillote aldeano, tal
revoltijo de cosas, estruendos, jerarquías y colores?
Pero al cabo, el esfuerzo mismo de la curiosidad, siempre excitada y
tirante, y rara vez satisfecha, llegó á producirme un mortal cansancio
de espíritu y de cuerpo. Mareábanme las muchedumbres, y hube de sentir
algo como indigestión de uniformes, marciales ruidos de tambores y
charangas, flámulas de percalina, lugareños papanatas, cruces, bandas
y libreas, víctores de todas clases, cañonazos y cohetes. Latíame
la cabeza, dolíanme los músculos del pescuezo, y las piernas me
flaqueaban. Entristecíme, y hasta me asaltó la nostalgia de mi lugar.
Desde entonces huí de los bullicios y algaradas, y busqué los puntos
donde la población estaba en reposo y en silencio, en sus hábitos
de trabajo y con su cara de todos los días. Con este procedimiento
conseguí dar descanso á mi imaginación, meter en sus quicios las
dislocadas ideas y ver cada cosa á la luz que le pertenecía.
Logré separar en el cuadro lo postizo y casual de lo permanente y
necesario; y entonces fué cuando comencé á entretenerme con fruto
observando lo que jamás había observado: en la aldea, por su natural
obscuridad y la propia sencillez de mis ambiciones; en la ciudad,
por un deslumbramiento de mis sentidos. Observé que con la sociedad
acontece lo que con la naturaleza contemplada desde lejos: atraen
la atención los altivos picachos, los agudos perfiles, las grandes
moles; el resto del panorama es una masa descolorida, de triste
aridez y penosa monotonía; júzgase inaccesible lo saliente, y no hay
en lo vago y confuso nada que mueva la curiosidad; y á lo uno y á lo
otro se va acostumbrando la vista sin el más leve escozor del deseo.
Pero acércase el observador al cuadro; y en aquellos antes vagos y
descoloridos términos, piérdese la consideración en un cúmulo de no
soñadas maravillas: la pintoresca roca entre rozagantes arbustos,
el aterciopelado suelo, el parlanchín arroyo, la sombría cañada, el
silvestre rosal, el gigantesco roble... y el más insignificante de
éstos y otros mil detalles, le seduce y atrae más que la admirada
eminencia, que de cerca es triste por escabrosa y árida.
Contemplada la sociedad desde el agreste retiro, colúmbranse las
figuras de primera magnitud; los monarcas, los guerreros de fortuna,
los magnates, los atletas de la política, los héroes de la riqueza;
nombres que la fama trae y lleva á su antojo. Todo lo restante es
masa deforme que bulle y se agita á merced de aquellas irresistibles
voluntades, como las aguas del mar á los caprichos del viento. Pero
salga el observador de su retiro; métase entre el bullir de las gentes,
y ¡cuán distinta de lo imaginado verá la realidad!
Cavilando yo sobre esto, después que, terminadas las fiestas, se quedó
la ciudad como escenario de teatro cuando se retiran los actores y se
apagan las candilejas; cavilando sobre esto, repito, de vuelta á mi
lugar, caballero en el paterno rocín que hallé esperándome al apearme
de la diligencia en la villa de los Calderetas, según lo convenido
antes de salir de casa.
--¡Válgame Dios!--exclamaba para mis adentros:--sin ser rey, ni
ministro, ni general, ni diputado á Cortes, ni gobernador de provincia,
ni escritor de fama, ¡cuántas cosas puede ser un hombre además de
secretario de Ayuntamiento y administrador de unas cuantas fincas de la
casa del Infantado! ¡Cuántas posiciones existen en el mundo al alcance
de la mano, con un poco de fortuna ó con mucha fuerza de voluntad!
Y exclamaba yo de esta manera, porque en aquel instante desfilaban en
mi memoria los átomos y burbujitas de la masa deforme; los pintorescos
detalles del término indeciso del consabido panorama; cuantos
representantes había visto de las ciencias, de las artes, del comercio,
de la industria, ya en la ostentosa comitiva, ya en medio de los afanes
de sus respectivas ocupaciones; cuya manifestación palpable era aquella
varia riqueza que yo admiraba cuando las muchedumbres desaparecían y
quedaba el barrio entregado á sus propios y naturales elementos.
Pero no se deduzca de éste mi modo de discurrir, que al volver de
la ciudad á mi casa paterna llevaba ya conmigo el roedor gusano de
las desmedidas ambiciones. Nada más lejos de mí. Juro á Dios que me
entregaba á aquellas meditaciones tan fresco y desimpresionado como
si nada tuviera yo que ver con ellas; y que al llegar á mi casa, ni
en lo más mínimo lastimó su pobreza ni conturbó la serenidad de mi
espíritu el recuerdo que tan fresco traía de las pompas y relumbrones
que durante tres días habían estado pasando en la ciudad por delante de
mis ojos. Ni por esto que afirmo se me tenga por un admirador romántico
de la paz y hermosura de mi aldea; téngaseme sencillamente, y se estará
en lo cierto, por un mozo con las mejores condiciones de carácter
para vivir muy á gusto en el elemento que me había tocado en suerte;
siendo también de advertir que nada de ello era obra de enrevesadas
filosofías, ni del esfuerzo de virtudes sobrehumanas, sino pura, simple
y prosáicamente, porque de ese barro quiso hacerme Dios.
[Ilustración]
[Ilustración]