Los Garcías se llamaban así, en plural, siguiendo una costumbre muy
añeja en el pueblo, como se dice los Osunas y los Oñates, aludiendo más
á la casta en general que á sus individuos en particular; costumbre que
revela cierta importancia en la cosa nombrada, por no ser ésta casual
y transitoria, sino de influjo permanente y extensa envergadura. Por
lo demás, en el tiempo á que me refiero, no había en mi lugar más que
un solo García, de los Garcías temibles y manducones; pero este García
era alcalde casi perpetuo, y administrador de los consabidos bienes del
Infantado; y administrador y alcalde había sido su padre, y alcalde y
administrador su abuelo, y todos ellos mercadistas, ferieros y gente
de mucha trapisonda: ninguno de ellos fué más malo que su antecesor,
y todos adolecían de los mismos achaques. De aquí la costumbre de
nombrarlos á todos juntos aunque se tratara de uno solo.
Su no disimulada inquina á los Sánchez, también venía de padres
á hijos, así como sus burlas y menosprecios. Y esto consistía, á
mi entender, en la media levita de mi casta, hidalga aunque pobre
distinción que inspiraba cierto respeto en el pueblo; el cual respeto
jamás lograron conquistar ellos con sus interesadas y vejatorias
demasías. Á pesar de ellas, no levantaba su casa un dedo más que
la nuestra, ni en el pico del arca atesoraban mayores caudales que
mi padre en su viejo y claveteado pupitre, ni sus ganados eran más
copiosos ni más lucidos que los de mi casa, ni llegaba á cuarenta
carros de tierra la diferencia que nos sacaban en fincas de labranza,
aun contando á su favor las heredades que llevaban en arrendamiento de
las mismas que administraban. Pero ¡ya se ve! eran los tales de cepa
labradora, y ellos se lo guisaban y ellos se lo comían; y como con lo
que cuestan una mala levita de paño fino y unas faldas de alepín de la
reina y una hornada de pan de trigo, se compran cuatro chaquetas de
paño pardo, seis refajos de estameña del Carmen y una carga de maíz,
siempre andaban ellos más nuevos y galanes que nosotros, y hasta,
si se quiere, más hartos y satisfechos de estómago, y, por ende, más
alegres y descansados; es decir, que, relativamente, vivían con mayor
desahogo que nosotros, puesto que eran labriegos bien acomodados, al
paso que los Sánchez éramos señores menesterosos. De aquí sus zumbas
y menosprecios, y el andar mi padre muy retraído siempre y algo
acoquinado, y sus hijos poco menos.
Pues de las garras de un enemigo tan temible había de sacar yo la plaza
de secretario del ayuntamiento, cuando vacara, y la administración de
los bienes de la casa del Infantado, cuando Dios quisiera. Hay que
advertir además que mi padre no tenía en toda la provincia ni fuera de
ella un apoyo que valiera dos cuartos. Los valedores de los hombres
como mi padre, habían pasado para no volver, al decir de amigos y
enemigos, al paso que los Garcías, como gentes activas en el nuevo
curso de ideas y de sucesos en que iba entrando la sociedad más que de
prisa, tenían, en primer lugar, á los Calderetas de la villa no lejana,
familia en quien venía vinculándose la representación casi oficial,
y sin casi omnímoda, de los altos poderes «de arriba» para cuanto en
aquellas comarcas circundantes hubiera que cortar y que rajar, lo mismo
en el orden político que en el administrativo, y aun sospecho que en
el judicial, en bien del Estado, se entiende, y con la mejor de las
intenciones; siendo muy de tenerse en cuenta que en la tal familia
había ramas de todos colores, y hombres, por lo tanto, para todos los
apuros; de modo que los Calderetas siempre estaban en candelero, y,
por consiguiente, los Garcías de mi lugar. ¡Cómo demonios había de
conseguir yo arrancar á éstos una administración que conservaban ellos
tanto por cuestión de honra como por razón de provecho? Por eso dije
antes que aunque la tal administración tentaba mucho á mi padre, la
consideraba tan difícil de alcanzar como acertar un terno seco á la
lotería primitiva, no obstante la intimidad de mi cuñado el procurador
con el juez del partido; la de éste con el regente de la Audiencia del
territorio; el parentesco del regente con el marqués del Perejil...
No por tan dificultoso reputaba yo lo de la secretaría, pues como ésta
había de proveerse por todo el Ayuntamiento, tenía mi padre recursos
propios para influir en la elección de concejales cuando llegara el
caso, además de que en la casa de los Garcías no había por entonces
ningún varón que sirviera para el cargo, á la sazón desempeñado por
un hombre que á medida que envejecía iba apartándose del sempiterno
alcalde, que ya no podía verle. Era, pues, indudable que el cargo
vacaría á la hora menos pensada, y no muy aventurado creer que al
llegar el caso de proveerle, bien por medio de una lucha descarada ó
por virtud de un acomodamiento entre mi padre y el alcalde, me llevaría
yo la plaza.
Felizmente ni mi padre ni yo teníamos prisa. Había en casa qué comer;
yo andaba bien trajeadito, y entretenía mis ocios, que eran muchos, ora
leyendo los libros de la alacena y los folletines del periódico, ora
persiguiendo las codornices en la mies, las liebres y las sordas en
el monte y las ánades en la costa. Pasaba también algunas temporadas,
muy breves, por no dejar solo á mi padre, con alguna de mis hermanas,
especialmente la procuradora, en cuya casa no había los laberintos que
en las de las otras; y éste mi cuñado, por la índole particular de
sus ocupaciones, era de trato más atractivo para mí que el jándalo y
el arbitrista, en quienes asomaban demasiado las costras del oficio,
siendo muy de notarse que hasta sus mujeres se habían contaminado no
poco de ellas, lo cual antes me complacía que me disgustaba; pues esa
asimilación de las flaquezas de sus maridos les ahorraba la pesadumbre
mortal de conocerlas.
Entre tanto, rayaba yo en los diez y ocho, y ¡asómbrense los imberbes
de ahora, cansados de amar y de rodar por el mundo! aún no tenía pizca
de novia, ni trabajaba para tenerla, ni me acordaba de ello, ni había
salido dos leguas más allá de los términos de mi lugar; y ¡asómbrense
más todavía! el andar mi padre á la sazón empeñado en llevarme á dar un
vistazo á Santander, me traía sin hora de sosiego, indeciso y turulato,
sin poder darme cuenta yo mismo de si aquella impresión rarísima, por
lo profunda y cosquillosa, me alegraba ó me entristecía.
Llegó al fin el momento de decidirme, y, dos días después, el de sacar
del fondo del baúl los trapitos de cristianar; meter, «por si acaso»,
una muda de mi padre y otra mía en la maleta; colocarla en el arzón
trasero de la vieja silla _de borrenes_, puesta ya sobre el hirsuto
lomo del manso tordillo del cura; cabalgar de un salto, mientras mi
padre, con sombrero de felpa, alto y bien armado corbatín de raso
negro, larga levita verde-botella y botas de media caña, puesto el
pie izquierdo en el estribo, pasaba con alguna dificultad su pierna
derecha por encima de las vacías alforjas, atadas sobre la grupa de su
peludo rocín, harto de roer los helechos de la sierra; dar un adiós
de despedida á los curiosos que nos contemplaban, y salir del pueblo
sacando lumbres de los morrillos de sus callejones con las herraduras
de los jamelgos.
¡Válgame Dios, qué grande me parecía el mundo á medida que entraba
yo en lo desconocido, y á una hondonada seguía una cumbre, y á la
cumbre otra hondonada, y luego una sierra y después un valle, y otra
vez la cumbre, y vuelta á la hondonada! ¡Qué variedad de contornos,
de matices, de objetos, de luces y de horizontes! Aquí la aldehuela
agazapada entre peñascos y robledales; allí el molino maquilero,
debajo de una chopera, á la margen del río, manso y transparente,
reflejando en sus aguas sus festones de laurel y zarzas, alisos y parra
silvestre, y su puente de dislocados sillares, mal sostenidos por
ligazones de compacta yedra; junto al fresco manantial encerrado en un
arca de mohosos cantos, el solitario _humilladero_, obra de la piedad
de un pueblo cristiano, si no de los remordimientos de un pecador
arrepentido, pero reflejo siempre de una época de arraigada fe; sobre
el camino que serpenteaba cuesta arriba, en lo alto de la sierra, un
espeso cajigal con una ermita blanqueada: la ermita, para el santo
patrono del lugar inmediato; el cajigal, para dar sombra á los romeros
un día cada año. Á cada paso algún signo de éstos, perenne testimonio
de la fe de mis conterráneos. Y nada más puesto en razón en un país
donde no hay un detalle cuya belleza, bien observada, no sea un himno
de alabanza á la bondad y á la grandeza de Dios.
* * * * *
Y anda, anda, siempre una loma por delante, que me parecía la última, y
al trasponerla, otra nueva más allá.
Al fin se acabaron las alturas; fuése allanando el terreno; la senda
áspera y tortuosa que seguíamos trocábase en sólida carretera, la
carretera en ancha calzada, y los edificios próximos á ella iban
perdiendo su aspecto rústico y aldeano, y enfilándose en ambas orillas.
Del corralón de uno de ellos salió echando demonios el primer coche
de colleras que yo había visto en mi vida. Volaba delante de nosotros
entre nubes de polvo, gritos del mayoral, matraqueo del herraje y sonar
de las cascabeleras de las caballerías. Perdióse pronto de vista al
fin de la calzada; y siguiéndola nosotros, llegamos al camino real,
anchísimo arrecife, blanco como la nieve y duro como una peña. Había
allí un parador de mala muerte, y entramos en él á descansar un rato de
las tres largas horas de jornada que llevábamos; tomamos un refrigerio,
y ofrecimos otro á los rendidos bucéfalos, consistente en un maquilero
de maíz por boca, con la correspondiente paja, no de la fina de
Castilla, pues algo tiraba, por lo negra y correosa, al trigo de la
tierra.
Media hora después volvíamos á cabalgar y enderezábamos el rumbo á
Santander. No se tome á exageración; pero es lo cierto que me sentí
nueva y penosamente impresionado al verme entre gentes extrañas por
completo para mí. Entre gentes extrañas digo, porque á los pocos pasos
de nuestra salida del mesón topamos con la villa principal de la
comarca, patria y residencia de los Calderetas consabidos. Advirtiómelo
así mi padre; y como la carretera pasaba rozando la parte principal
de la villa, vi casas aparatosas, calles que se me antojaron enormes,
y personas que, por el atavío, me parecieron de mucha cuenta. Algo me
tentó la curiosidad, y muchas preguntas hice á mi padre y hasta le
apunté el deseo de ver un poco «lo de adentro»; pero como íbamos en
busca de cosa más grande, y lo restante del día no daba ya para muchas
detenciones si habíamos de llegar con sol á la ciudad, contentéme con
poner el rocín al paso mientras atravesábamos aquel contorno de la
población, y observar lo que buenamente se nos metía por los ojos.
Dejada la villa un buen trecho á la espalda, comencé á sentir en los
ojos, hechos á las dulces entonaciones y suaves tintas de la agreste
naturaleza, la blancura deslumbrante del camino real, cuyos trozos,
como los anillos de una inmensa serpiente, columbraba á lo lejos,
ya trepando la falda de una sierra, ya tendidos en la llanura de un
valle, aspecto fatigoso, en verdad, para el que, como yo, estaba tan
poco avezado á semejante monotonía, y llevaba encima la mejor ropa
de su baúl, blanqueada ya por el corrosivo polvo que movían carros y
viandantes de todas especies.
Lo de los carros me admiraba mucho, viéndolos en interminables hileras,
todos entoldados, y tan arrimada la yunta del uno á la _rabera_ del
otro, que parecían eslabones de una larguísima cadena.
--Estos carros que tanto te llaman la atención--me dijo mi padre,--van
de Reinosa, ó de Alar del Rey, cargados de harina, á Santander, donde
se embarca para medio mundo: todos son montañeses que se dedican á ese
tráfico. Las filas que pasan por nuestra derecha van de vacío. Cuando
se haga el ferrocarril, que ahora se proyecta, entre Alar y Santander,
concluirá esta carretería. ¡Gran beneficio para la agricultura, harto
descuidada en las comarcas vecinas al camino real!
Pasó un coche muy grande con seis mulas, enganchadas de dos en dos.
--Eso es una diligencia--díjome mi padre,--que corre, en días alternos,
entre la ciudad y la villa. La que va á Madrid desde Santander es
enorme, y tiene más de doce bestias. Este río que llevamos á la
izquierda--continuó--es el Besaya, reunido al Saja media legua
más atrás. Luego volveremos á verle, aunque desde lejos, en su
desembocadura.
Más adelante vi salir de entre un monte y una llanura verde, muchos
mástiles de barcos. Asombréme. Sonrióse mi padre y me dijo:
--Es el puerto de Requejada. Aquí desemboca el río. Como la ría es
angosta y tú y yo estamos lejos, desaparecen á nuestros ojos los
cascos de los buques entre las dos orillas; pero mira más allá y la
verás culebrear por la ribera, hasta perderse detrás de unos cerros.
Verás luego un pueblo sobre el más alto: pues es Suances. Allí está el
verdadero puerto: San Martín de la Arena. Estos grandes edificios junto
á los cuales vamos pasando, son almacenes para depositar el trigo de
Castilla, que viene en carros, como la harina, y se embarca en esos
buques cuyos mástiles te parecen salir del monte. También esto morirá
cuando se haga el ferrocarril... si se hace.
De este modo seguimos caminando más de tres horas, durante las cuales
anduvimos menos de cuatro leguas, pues las cabalgaduras no podían
ya con el rabo, y á mí me dolían los talones de tanto machacar con
ellos, inútilmente, los peludos ijares del tordillo. Aunque mi padre
no cerraba boca diciéndome cómo se llamaba cada pueblo, cada sitio,
cada venta que encontrábamos al pasar, mi atención llegó á dormirse por
completo y mi cuerpo á no sentir otra cosa que un quebrantamiento muy
grande en los riñones.
Al cabo, me dió en la nariz el tufillo de la mar; descubrieron mis
ojos, siguiendo la dirección marcada por el índice de la diestra de mi
padre, un trozo de bahía con medio bosque de mástiles; entramos bajo un
toldo formado por gigantescos álamos, cargados sus troncos de verrugas,
achaques de su vejez; y siguiendo aquella tenebrosa pero plácida senda,
antes de un cuarto de hora llegamos á las puertas, como quien dice, de
Santander, donde había un parador de mucha fama. Allí nos metimos con
caballo y todo; allí descansé á mis anchas, y allí cenamos y dormimos,
y de allí salimos al otro día, bien temprano, á dar el ofrecido vistazo
á la ciudad, de la que sólo conocía hasta entonces los faroles del
alumbrado, ó mejor dicho, el alumbrado de los faroles contiguos
al parador, el ruido insólito de la calle y el cantar dormilento y
perezoso del sereno del barrio.
De casi toda aquella rápida inspección apenas me queda otro recuerdo
que el de haberla hecho; ¡tan desorientado me encontraba yo y tan
atropelladamente pasaban ante mis ojos puertas, establecimientos,
encrucijadas y personas! Y yo creo que de esto tuvo más culpa que mi
cortedad y atolondramiento de aldeano, el desmedido afán que había
en mi padre de llamarme la atención hacia todo cuanto se nos ponía
delante. No cesaba un punto el buen señor.--«Éste del sable es un
policía... Mira esta casa ¡qué balconaje!... Repara esta tienda ¡qué
riquezas contiene!... Cinco soldados juntos: son de infantería...
Mira á la izquierda: la casa de Ayuntamiento... Mira á la derecha: la
catedral... El muelle: ¡qué grandiosidad, qué palacios!... La bahía:
parece un mar. Lo menos hay en ella quinientos barcos de _cruz_... Ésta
es la pescadería: tápate las narices... Por debajo de este puente ¿le
ves bien? se va á la plaza de la Verdura... Este señor de borlas en el
bastón pudiera ser muy bien el Jefe político. Por si acaso, salúdale
como yo, pues nobleza obliga». En fin, no cerraba boca.
Ocurriósele llevarme á oir la misa mayor de la catedral, y por esta
ocurrencia sola no dije yo al comienzo del precedente párrafo que de
toda aquella rápida inspección no me queda otro recuerdo que el de
haberla hecho, sino de _casi toda_, porque es de saberse que aquella
misa, que aquella hora pasada en la catedral, me dejó impresión tan
honda, que no han logrado borrarla ni las peripecias más culminantes de
mi vida.
Á un mozo de regular sentido le es fácil construir en su imaginación
una ciudad, sin haber visto otra como ella; llenarla de tiendas
aparatosas, de caballeros principales... y aun de lo que no existe sino
en los cuentos maravillosos; cabe, en fin, hasta mejorar la realidad, y
con frecuencia se observa este fenómeno en las gentes sencillas que han
soñado mucho y han visto poco. Pero es imposible adivinar hasta dónde
puede elevarse, cuánto puede sentir el espíritu humano excitado por el
concurso de agentes externos, de los cuales no se tiene la menor idea.
Yo me vi en este caso entonces. No me maravilló el templo con sus tres
naves góticas, su coro bajo frente al altar mayor, su suelo de mármoles
y sus capillas sombrías; pues si he de hablar con verdad, cosa más
grande y más rica me había imaginado yo para una catedral de población
tan renombrada é importante; pero comenzó la misa, y ya el ir y venir
de los canónigos arrastrando las negras colas; el solemne y ostentoso
ceremonial del presbiterio; los preludios del órgano; las nubes y el
olor de los incensarios agitados por los inquietos monaguillos vestidos
de rojo y blanco, y la templada luz que se descomponía en todos los
colores del prisma al atravesar los vidrios de las ojivas, imprimieron
un nuevo rumbo á mis ideas, sacándolas de sus ordinarios y naturales
cauces. Después, á medida que la misa adelantaba, crecía la fuerza
de mi atención, porque nuevas ceremonias y no soñadas impresiones la
sorprendían y la cautivaban, sin poder yo darme cuenta todavía de si
aquel arrobamiento en que comenzaba á caer era solamente una inesperada
excitación de más sentimientos religiosos en ocasión y sitio tan
señalados, ó si en él influía también un exceso de curiosidad. Pero
llegó un momento en que á las voces estentóreas de los sochantres, y á
las atipladas de los niños de coro, y al sonar de las campanillas de
los monagos, y al cántico trémulo é inseguro del oficiante, se unió
el estruendo de toda la trompetería del órgano, formando el conjunto
un verdadero torrente de armonías que se desbordaba de las naves del
templo y parecía estrellarse en inmensas oleadas contra los fustes, y
saltar en ecos resonantes desde los mármoles del pavimento hasta los
rosetones de las bóvedas. Entonces sentí un extraño cosquilleo que se
deslizaba por todas las fibras de mi cuerpo; perdí la noción racional
de cuanto tenía delante y en derredor de mí; hundí la cabeza en el
pecho; parecióme que los haces de columnas se alargaban y crecían hasta
perderse de vista, diáfanos y aéreos, y que la tempestad de sonidos se
extendía por todo el espacio hasta llenar los ámbitos del mundo, como
la voz terrible de Jeovah...; y LE VI, sí, LE VI flotando sobre nubes
de incienso y de armonías, entre las desvanecidas bóvedas del templo, y
LE sentí en mi corazón y en mi conciencia, y crecieron en ella las más
leves faltas hasta la magnitud de enormes culpas, al ardor de la fe que
también crecía en mi pecho; humillé mi cabeza... (creo que toqué con la
frente el duro mármol en que se hincaban mis rodillas); negóse mi labio
trémulo á pronunciar las plegarias que salían de mi corazón; brotaron
mudas lágrimas de mis ojos; y al verme en presencia de Juez tan grande
y majestuoso, avergonzóme la altura del suelo que me sostenía, y
envidié la obscuridad y bajeza del mísero gusano que se arrastra bajo
las costras de la tierra.
Doliente y quebrantado salí de aquel éxtasis extraño cuando el silencio
volvió á reinar en el templo, y mi padre, después de plegar en tres
dobleces el pañuelo de yerbas sobre el cual se había arrodillado, me
tocó en el hombro para advertirme que era hora de marcharnos, pues se
había concluido la misa y no quedábamos allí más que nosotros y cuatro
viejas rezadoras.
--Parece que te ha gustado la solemnidad--me dijo al llegar á los
claustros.--¡Nunca te vi oir una misa con tanta devoción!
En toda mi vida he vuelto á sentir impresiones como aquéllas.
De vuelta para la posada, compró mi padre medio queso de bola, una
docena de lechugas y dos bacaladas de _langueta_; comimos á las doce,
cabalgamos á la una, después de meter las compras en las alforjas; y
al cerrar la noche, quebrantados los cuerpos y dolorida mi cabeza de
mirar cara á cara el sofocante sol de junio durante siete horas, nos
apeábamos en la nativa aldea, debajo del balcón solariego.
Á esto se llamaba entonces dar un vistazo á la ciudad. Ya he dicho que
sólo traje á mi casa el recuerdo de haberla visto; recuerdo vago y
confuso, como el de un sueño febril que en nada alteró las apacibles
realidades de mi vida en el angosto recinto de mi lugar. Ni un solo
punto se extendió el horizonte de mis ambiciones en aquélla mi primera
exploración del mundo.
[Ilustración]
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