PEDRO SÁNCHEZ
SEGUNDA EDICIÓN
MADRID
EST. TIP. DE LA VIUDA É HIJOS DE TELLO
1904
_Es propiedad del autor._
[Ilustración]
I
Entonces no era mi pueblo la mitad de lo que es hoy. Componíanle cuatro
barriadas de mala muerte, bastante separadas entre sí, y la mejor
de sus casas era la de mi padre, con ser muy vieja y destartalada.
Pero al cabo tenía dos balcones, ancho soportal, huerta al costado,
pozo y lavadero en la corralada, y hasta su poco de escudo blasonado
en la fachada principal. Nunca pude darme cuenta de lo que venían á
representar aquellos monigotes carcomidos y polvorientos; pero mi
padre, que afirmaba haberlos alcanzado en su pristina forma, me aseguró
muchas veces que eran unas _abarcas_, al modo de las del país, es
decir, almadreñas, y el busto de un gran señor con barbas y capisayo,
y que todo aquel conjunto era como jeroglífico que significaba, en
castellano corriente, _Sancho Abarca_, del cual descendíamos los
Sánchez de mi familia. Parecíame ingeniosa y hasta agradable la
interpretación, y aceptábala sin meterme en nuevas investigaciones, no
tanto porque así complacía á mi padre, que se pagaba mucho de estas
cosas, cuanto por lo que de ellas se mofaban los Garcías contiguos,
gentes ordinarias que nos miraban por encima del hombro, porque
contribuían por lo territorial algo más que nosotros, y nunca salían
del ayuntamiento.
La verdad es que la hacienda de mi padre y el pelaje de su media levita
no eran cosa mayor para echar grandes roncas á sus convecinos, toscos
labradores, pero pobres felices, que tenían en mayor estima un pedazo
de borona que los mejores timbres de nobleza esculpidos en un sillar
ruinoso.
Pobres felices dije, puesto que no es desgraciado, por el mero hecho
de no ser rico, el hombre que no tiene necesidad de ocultar su pobreza
á los demás, que como pobre vive y trabaja, y para pobres educa á sus
hijos. Desgraciado es el pobre que, por respetos humanos, necesita
andar en hábitos y holganzas de rico, para sostener el prestigio de un
_don_ de bambolla que heredó de sus mayores, como censo irredimible.
Mucho de esto acontecía en mi casa. Éramos cuatro hermanos (tres
hembras y yo). Para mantenernos á todos _de señores_, sólo contaba
mi padre con cinco mil escasos reales que venían á producirle, en
especie y en dinero, las tierras y ganados de su pertenencia, parte
administrados por él, y parte dado á renta y aparcería, más otros dos
mil, no completos, procedentes de una carga de justicia, tan pronto
reconocida como puesta en tela de juicio por el Gobierno; por lo que se
llevaba la mitad de su producto este incesante trabajo de sostener un
derecho que jamás llegaba á ponerse enteramente claro.
Mis tres hermanas eran garridas mozas, bien afamadas de tales; pero
como eran _señoras pobres_, se veían y se deseaban para acomodarse,
pues se juzgaban demasiado altas para bajarse hasta los mocetones del
lugar, y las tenían en poco los galanes ricos de las inmediaciones.
Al fin, partiendo la diferencia, acomodóse la mayor con un _jándalo_
hacendoso que la conoció en una romería, no sin grandes repugnancias
de mi padre, que tasaba el lustre de su alcurnia en mucho más; y ya
transigente una vez en punto tan espinoso, casáronse las otras dos al
año siguiente, con un arbitrista bien redondeado y con un procurador
del partido, mozo de porvenir en la carrera, según informes de toda la
curia del juzgado, sin que faltara el respetabilísimo y fehaciente de
su Señoría.
Yo era el menor de los hijos de mi padre, y en mí tenía éste puestos
los cinco sentidos, no solamente por ser el Benjamín de la casa, sino
por mi calidad de varón, llamado, por ende, á conservar el apellido
de familia, de lo cual se pagaba mucho el candoroso autor de mis
días, ni más ni menos que si los Sánchez no abundasen en el mundo, ó
hubiera en la rama directa de los de mi casta alguna particularidad
eminente que valiera la pena de irse esculpiendo en la memoria de las
sucesivas generaciones de mi familia, ó no pudiera ni debiera endosarse
á cualquier otro Sánchez de los muchos que había en el lugar, ó al
primero con quien se topase al revolver la esquina, á faltas de otro
mejor.
Con haberse aliviado mi padre del peso de mis hermanas (que no llevaron
otra dote que las que debían á la naturaleza, y la parte ideal que les
correspondía de los preclaros timbres del apellido), vime yo en casa
más regalado y mejor vestido que antes; y hasta anduvo mi padre en
tentaciones de darme una carrera literaria, aun á costa de someterse
él á mayores y nuevas angosturas en lo de pura necesidad para la vida;
pero, echadas bien las cuentas, no alcanzaban á tanto sus haberes, ni
á mucho menos; y tras de que ello era poco, pidióse por entonces una
nueva revisión de la desdichada carga de justicia, con lo que nos faltó
también este importantísimo recurso.
Contaba yo á la sazón doce años bien cumplidos, y sabía cuanto podía
aprenderse en la escuela del lugar, regida por un maestro del antiguo
sistema; pero, afortunadamente, por ser yo hijo de quien era, amén de
gozar gran fama de listo y amañado para todo, cogióme por su cuenta
el párroco, no bien me dejó de la suya el pedagogo, y me enseñó casi
todo el latín que él sabía, con algunas cosas más, que, aunque no
muy nuevas, no eran malas, con lo que dicho queda que eran útiles.
De este modo, y con leer á menudo la _Clarisa Harlowe_, _El hombre
feliz_ y el _Quijote_, que andaban algo empolvados en la alacena que
en mi casa hacía las veces de librería, cobré señalada afición á la
amena literatura, y comencé á abandonar mis hasta entonces ordinarios
entretenimientos con los muchachos de mi edad, toscos motilones en
quienes no entraba la gramática ni á puñetazos, y el catecismo á duras
penas; no por falta de entendimiento seguramente, sino por la índole
grosera de sus obligaciones ineludibles, mal avenidas siempre con toda
clase de perfiles escolares.
Como, demás de esto, era yo, por naturaleza, blanco de color, pulido
de facciones y bien contorneado de miembros (lo cual era el orgullo
de mi padre, pues me creía cortado por la mano de Dios para ser un
caballero), creyéronme, á lo mejor, enfatuado por tales prendas
mis rústicos camaradas; dieron en mirarme recelosos, y concluí por
separarme de ellos y por hacer vida aparte, sin gran esfuerzo, aunque
bien sabe Dios cuánto me gustó siempre tocar las campanas á vísperas
los domingos y fiestas de guardar, y al mediodía casi todos los de
la semana; _acechar_ nidos, jugar á la cachurra, coger _mayuetas_,
ó fresas silvestres, en el monte; saltar las huertas; apedrear los
nogales; calar la _sereña_ en la cercana costa; hacer, en fin, cuanto
hacer pudiera el más ágil, más duro y más revoltoso muchacho de mi
lugar.
No por el nuevo rumbo que tomaban mis ideas llegaron éstas á volar tan
alto que traspusieran las cumbres de los montes, entre los cuales y la
costa, que por el lado opuesto me cerraba la salida, se desparramaba
el pueblo, señor de un reducidísimo valle tapizado de verdor perenne,
eterno jardín con callejos por sendas y manchas sombrías de espesos
robledales, olorosos limoneros y laberintos de zarzas y madreselva.
En aquella fragante hondonada yacía desde que el mundo era mundo,
al decir de mis viejos convecinos, tan resignado á su pobreza y tan
satisfecho con ella, que ni siquiera se tomaba el trabajo de estirarse
un poco hasta plantar una casa sobre la loma del Poniente para ver
desde allí la mar que le pertenecía, y hacerse cargo de la hermosa y
abrigada playa con que lindaba por aquella parte su término municipal.
Un solo edificio parecía acometido de aquella mala tentación, pues
se le veía arrastrándose cuesta arriba en dirección al mar, pero sin
llegar á columbrarle, ni con la monterilla de la chimenea. Dijérase
que, arrepentido de su temeridad á medio camino, se había quedado
allí despatarrado y sin ánimos para volverse atrás, estribando en los
pedruscos calcáreos de una pradera, y con la espalda guardada por un
castañal frondoso. De los muchos años que llevaba en aquella actitud
violenta é indecisa, eran irrevocable testimonio las yedras que le
ceñían por un lado y le estrujaban hasta el punto de haber reducido
á escombros entre sus brazos temibles, medio hastial del oeste y el
correspondiente alero del tejado. El tal edificio, mejor conservado por
las fachadas de Este y Mediodía, era grande y tenía cierto aspecto
señorial. Pertenecía, con las tierras que le circundaban y otras muchas
desparramadas en las mieses del pueblo, á la casa del Infantado, bienes
que administraban en mi lugar los ya citados Garcías: aquellos Garcías
que se mofaban del escudo de armas de mi familia, y nunca salían del
ayuntamiento.
Comunicábase el pueblo con los inmediatos por unas malas camberas,
verdaderos caminos de cabras, donde sólo podían andar los pesados
rodales y las cabalgaduras del país; así es que ver en aquellas
callejas un jinete forastero ó un carro entoldado con gente desconocida
amontonada en el colchón de la pértiga, acontecimientos eran que ponían
de punta la curiosidad de todo el vecindario, el cual no sosegaba hasta
averiguar quiénes eran, de dónde venían y adónde se encaminaban.
Del movimiento y del hervor del mundo, sólo llegaba á la apacible
y grata soledad aquélla lo que cabía en un periódico harto serio y
formalote, que pagaban á medias el párroco y mi padre, en el cual
periódico se leían las noticias de Madrid, la reseña de una sesión
de Cortes borrascosa, los temores de un cambio ministerial, ó las
sospechas de un pronunciamiento, con la estóica tranquilidad, no
exenta por eso de cierto asombro, con que hoy nos enteramos de lo que
acontece en el corazón de la China ó en las cumbres del Himalaya.
Fuera de los muchachos que había en el ejército ó en las tabernas de
Sevilla, ganando un puñado de duros para volver hechos unos jándalos
al pueblo (y no pasarían de cuatro entre unos y otros), ningún hijo de
él andaba apartado de sus términos más allá de tres leguas, y eso para
ir al mercado ó á la feria ó al molino, de modo que sin el periódico
de mi padre y del señor cura, y sin las tardías cartas de los cuatro
ausentes, la estafeta del lugar hubiera sido innecesaria.
¡Y cuántos pueblos había en la provincia en igual estado de patriarcal
inocencia que el mío entonces, y aun muchos años después!... hasta
que, de repente y como por reflujo de lejana tempestad, allanáronse
los montes, alzáronse los barrancos, taladráronse las rocas, y llegó
el bufido de la locomotora á confundirse con el bramar de las olas
al estrellarse en la antes desierta y ociosa playa; el firme, llano
y placentero arrecife sustituyó al áspero callejón, y el sonoro
cascabeleo de los coches de colleras, al lento tintinar de los
cencerrillos de la mansa yunta; descubrióse por las gentes cultas de
Madrid que no se podía vivir ya sin los aires campestres y las aguas
salobres de las costas del Norte en verano; invadiéronnos aquéllas y
otras tales en alegre y regocijado tumulto; huyó de las arboledas el
pastoril y rústico caramillo, y las vírgenes comarcas sometiéronse al
imperio del invasor trashumante, que, sin imprimirles la cultura de
que él alardea, les quitó, con la tranquilidad que era su mayor bien,
cuanto de pintoresco y atractivo conservaban: el amor á sus costumbres
indígenas, el color de localidad, el sello de raza.
No voy por este camino á acometer la harto desacreditada empresa de
discurrir sobre las ventajas y desventajas de que se borren todas las
fronteras y se reduzca la humanidad á un solo pueblo, regido por una
sola ley: ¡en buen atolladero me metía!... La tal parrafada ha caído
en el papel por sí sola, al venírseme á las mientes la increíble
transformación obrada en el modo de ser de algunas comarcas del Norte,
desde que yo era muchacho y aún se hallaba mi pueblo en el inocente
y primitivo estado que tanto encarecía yo; y á este punto me vuelvo,
pues quiero decir, porque debe tenerse en cuenta, que cuando me apuntó
el bozo, y di en mirarme al espejo, yen pagarme mucho de mi persona,
y me tuvo el párroco por regularmente instruido en letras humanas,
ni por descuido me asaltó la tentación de ser ministro, ni siquiera
diputado á Cortes, ni de meterme á periodista, ni á poeta dramático, ni
á funcionario de la nación, aunque fuera de los de corto sueldo. Todas
estas cosas y otras muchas más, estaban tan lejos de mi lugar, tan
fuera del alcance de la máquina de mis pensamientos; tan limitado era
el círculo de mis ideas; tan enclavado estaba en los angostos linderos
del terruño nativo, que hubiera yo tomado á sueños febriles aquellas
imaginaciones, si alguna vez se me hubieran metido entre los cascos.
Y no vaya á deducirse de aquí que, á pesar de las enseñanzas del
párroco y de mis constantes lecturas de las mencionadas novelas y
hasta de las que publicaba en su folletín el periódico de mi padre,
estaba yo tan en barbecho como cualquiera de mis rústicos convecinos:
nada de eso; para entonces ya escribía mis correspondientes versos
á la luna, y al borrascoso mar, y á cuanto se me ponía por delante,
y agotaba consonantes para llorar imaginadas amarguras y fingidos
desengaños, y cansancios prematuros, mal, muy mal, por supuesto,
aunque no me pareciera así; y hasta me ponía triste y llegaba á tomar
mis pesadumbres por lo serio. ¡Pues poco me dieron que hacer y que
escribir los amores de Grisóstomo y los desdenes de Marcela! Lo cual
me demuestra que el hombre, por sí, es tonto á cierta edad de la vida,
sean cuales fueren los elementos que le rodeen; ó lo que es lo mismo,
que los resabios peculiares á la naturaleza humana, pueden corregirse
con la educación, pero no desarraigarse.
Volviendo al asunto, digo que cuando me vi bien trajeado, regularmente
instruido, suelto de pluma y galán incipiente, todas mis ambiciones
se cifraban en llegar á ser, _andando los años_, secretario del
ayuntamiento, plaza que valía poco más de doscientos cincuenta ducados.
Atrevíame también á pensar, pero sólo á pensar y á decírselo muy bajito
á mi padre, que lo consideraba tan tentador y tan difícil como ganar
un terno seco á la lotería de entonces; atrevíame, repito, á pensar en
la administración de los mencionados bienes de la casa del Infantado,
radicantes en el lugar: administración que andaba, desde tiempo
inmemorial, en manos de los Garcías consabidos, y que no les produciría
menos de onza y media cada año; la cual administración podía llegar á
obtener yo, por influencias de mi cuñado el procurador con el juez de
primera instancia, amigo particular del regente de la Audiencia del
territorio, muy emparentado (el juez, no el territorio) con un sobrino
del marqués del Perejil, pariente cercano del conde de la Chiribía; y
así sucesivamente. Y teniendo yo un sueldo fijo de tres mil quinientos
reales, más los cuatro terrones que algún día habían de pertenecerme,
ya estaba mi comida asegurada; y teniendo asegurada la comida, buscaría
en los contornos una señorita que trajera la cena; y en hallándola así,
¿quién me tosía en el mundo?
Así Dios me salve como no pasaban de aquí mis ambiciones, ni llegaban
á tanto las de mi padre cuando trataba conmigo el delicado punto de
«hacerme un hombre» sin salir de las fronteras de mi tierra nativa.
[Ilustración]
[Ilustración]