Cuando le descubrimos la treta, De Frassac nos confesó que estaba
enamorado, tan enamorado, que se hallaba dispuesto a pedir el retiro y a
casarse.
--Pero, ¿es para tanto?--le preguntamos, asombrados, Sanguinetti y yo.
--Sí, sí.
--¿Y hace tiempo que te entiendes con ella?
--Ya varios meses.
Mientras Sanguinetti y yo discutíamos nuestros proyectos de renovación
politicosocial, De Frassac echaba cartas a la vecina y recogía las que
le escribía ella, con un hilo.
Por eso estaba siempre en la ventana.
Sanguinetti y yo autorizamos a De Frassac para monopolizar la ventana en
el tiempo en que estuviera en mi casa, mientras nosotros hablábamos.
La chica novia del gascón era bonita; pero a mí no me parecía un
prodigio ni mucho menos, como a De Frassac. Se llamaba Paquita Zubialde,
y el padre era un hombre bastante rico, ceñudo y malhumorado.
Dos o tres semanas después de que el teniente gascón nos reveló sus
amores, nos dijo que había escrito a su padre hablándole de sus
proyectos. El padre le contestó diciéndole que, aunque le hubiera
parecido mejor que su hijo se casara con una francesa, y mejor con una
del mismo pueblo, consentía de buen grado en el matrimonio.
El obstáculo vino por parte del padre de Paquita. Éste, a la primera
insinuación de su hija, afirmó que jamás la dejaría casarse con un
francés.
El señor Zubialde, a pesar de vivir en la frontera, creía que un francés
era de distinta naturaleza que un español, y que necesariamente
españoles y franceses tenían que odiarse y desearse mutuamente toda
clase de desgracias, aunque no tuvieran motivo personal de odio.
Zubialde hizo estas declaraciones gratuitamente, y como quien habla de
una cosa lejana e improbable; pero cuando se enteró de que Paquita tenía
relaciones con un teniente de dragones, se convirtió él en el dragón de
su hija. Estableció un servicio de espionaje, cerró por sí mismo las
puertas y no permitió que entrara un papel en su casa. Sin embargo, una
criada de la Paquita, la Baschili, estaba vendida al oro gascón, y
pasaba los recados de uno a otro.