Cortázar, que solía ir con frecuencia a Bayona, me dijo que allí había
oído a una persona muy enterada de estas cosas que en el ejército que
guarnecía las ciudades de los Bajos Pirineos abundaban algunos oficiales
afiliados a una sociedad secreta llamada de los Filadelfos.
Según Cortázar, De Frassac y Sanguinetti pertenecían a esta sociedad.
Alguna vez, en la conversación, les pregunté vagamente acerca de esto;
pero ellos no se dieron por enterados.
Después he oído decir en Francia a varias personas que esta sociedad de
los Filadelfos no existió nunca; otros, en cambio, daban detalles de su
organización y de su funcionamiento.
Decían éstos que la sociedad se había fundado en el ejército del Franco
Condado, donde abundaban los liberales y los republicanos, por un
oficial llamado Oudet. Cuando este primer jefe de los Filadelfos fué
preso y enviado a la deportación, le sucedió Moreau. A Moreau, a su vez,
le prendieron y le condenaron a muerte, y entonces Oudet, que ya estaba
libre, preparó un complot para salvar a su compañero.
He oído contar también que en un acto de distribución de cruces en los
Inválidos, al ir Bonaparte a poner la condecoración a un veterano,
cuatro o cinco oficiales se acercaron a él, y uno de ellos, echando mano
al puño de la espada, preguntó a sus compañeros: ¿Es tiempo?
La pregunta llegó a oídos de Napoleón, el cual, pálido y lleno de
terror, se volvió hacia su séquito y mandó detener inmediatamente, y
luego desterrar, a los oficiales.
También se decía en los últimos años del Imperio que los Filadelfos
habían tomado parte en la conspiración de la Alianza y en el complot que
tramó Malet en el cuartel de Popincourt, y que estuvo a punto de
triunfar a fuerza de ingenio y de audacia. Sanguinetti y De Frassac no
me hablaron nunca de los Filadelfos. Quizá ellos mismos no estaban
enterados de la existencia de la sociedad; quizá eran bastante
reservados para no decir nada.
Esta reserva la hubiera comprendido en Sanguinetti, pero no en De
Frassac.
De Frassac se pasaba la vida en Irún y en mi cuarto. Al principio nos
chocaba a Sanguinetti y a mí verle constantemente en la ventana que daba
hacia el patio. Luego comprendimos que miraba a una vecinita: una
muchacha muy graciosa de ojos negros, que aparecía en una azotea.