Llegó un día en que Frassac apareció desesperado. Su regimiento tenía
que trasladarse de Behovia, y a él le era indispensable marchar también.
Discutimos entre los tres el asunto.
--El padre parece que es irreductible--dijo Sanguinetti--; no se aviene
a razones. Lo mejor que puedes hacer es robar a la chica.
--No querrá ella--repuso Frassac.
--Pruébalo.
--_¡Pardi!_ Sería un escándalo furioso.
--Ah, claro.
--¿A ti qué te parece, Aviraneta?--me preguntó Frassac.
--¡Hombre! Si ella quiere.
--¿Podríamos contar con tus amigos?
--Si tú piensas casarte con ella, quizá...
--De eso no hay duda; inmediatamente. Si ella quiere, nos vamos a
Behovia, y allí mismo nos casamos. ¿Tú podrías ayudarme?
--Sí.
--Entonces, ya que conoces el pueblo y la casa, dirige el negocio.
--Bueno. Me vas a comprometer; pero es igual. Tú escríbele a Paquita. Si
acepta, el capitán Sanguinetti y yo prepararemos la fuga.
--Entonces tú diriges.
--Bien. Después di por ahí que te vas, y estate seis o siete días sin
venir a Irún.
De Frassac escribió una carta, que pasó a casa de Zubialde por la
Baschili, y la Baschili le entregó otra de Paquita, diciendo que estaba
dispuesta a fugarse.
Sanguinetti y yo preparamos el plan del rapto, al cual llamaba el
capitán, en broma, la obra latina, porque en ella interveníamos un
francés, un español y un italiano.
Si la terraza donde aparecía la novia de Frassac hubiera cerrado el
patio que había entre mi casa y la de Zubialde, la escapatoria se
hubiese podido efectuar con una escala de cuerda; pero entre la pared de
mi casa y la azotea de Paquita había un espacio de unos tres metros o
algo más.
La ventaja que tenía la azotea para salir por ella era que Zubialde no
supondría que su hija fuera bastante loca para escaparse por aquel
punto.
Después de discutir varios proyectos Sanguinetti y yo, decidimos
intentar el rapto por la azotea. Traeríamos una escala de cuerda del
campamento francés de Behovia, la sujetaríamos en mi ventana, y luego
yo, dando una vuelta por el tejado y pasando por encima de una viga,
bajaría hasta la azotea de casa de Zubialde y ataría el extremo de la
escala en el barandado de la terraza.
Subiríamos por allí la Paquita y yo, y después, soltando la escala de
arriba, la echaríamos al patio, de modo que diera la impresión de que la
escala había servido para subir del patio a la terraza, y no de la
terraza a mi ventana.
Luego, desde mi guardilla bajaríamos por la escalera de casa
tranquilamente al portal, pondríamos un capote a Paquita, iríamos hasta
la orilla del Bidasoa, cruzaríamos el río, y a Behovia.
El Aventino patrocinaba la aventura. Yo tenía que hacer volatines, y me
reservaba la parte más difícil. Ganisch estaría de centinela a la puerta
de mi casa, para dar la voz de alerta si ocurría algo, Pello Cortázar en
la salida del pueblo y Zugarramurdi y los demás en la lancha.
Cuando supimos por la Baschili que Zubialde no cerraba el balcón que
daba a la azotea, mandamos recado a Paquita que para las once de la
noche estuviese preparada.
Sanguinetti se quedó conmigo en el cuarto; hacía una noche negra y sin
estrellas. Dieron las once en el reloj de la iglesia y abrí sin ruido la
ventana de mi guardilla.
Sujetamos entre el italiano y yo la escalera de cuerda perfectamente y
la echamos arrimada a la pared. Después venía la parte mía, la más
difícil. Abrí la otra ventana, saqué el cuerpo fuera y comencé a ir
avanzando por el tejadillo. A las siete u ocho varas tuve que montar en
una viga, y a una altura de más de cincuenta pies crucé de una casa a
otra.
Cuando llegué al tejado de enfrente salté de éste a uno más bajo, y
luego por el tubo de una cañería de agua, expuesto a caer cien veces, me
descolgué a la azotea.
Llegado allí me acerqué a la barandilla; la escala, arrimada a la pared,
estaba demasiado lejos para cogerla con la mano. Silbé suavemente.
Sanguinetti me entendió y comenzó a balancear la escala a derecha e
izquierda, hasta que yo pude agarrarla. Inmediatamente la até en la
barandilla, dejándola tensa.
Terminado esto venía la segunda parte; temía yo que, a última hora,
Paquita tuviera algún escrúpulo, y que, arrepentida, confesara el
proyecto a su padre, en cuyo caso me esperaba el gran estacazo.
Me acerqué de puntillas al balcón y llamé con los nudillos en el
cristal, volví a llamar, y sin la menor violencia se abrió el balcón y
apareció la muchacha.
--¿Por dónde hay que subir?--me dijo.
--Por aquí.
Comenzó a subir y yo fuí tras ella. El pudor puede mucho, pero el miedo
puede más, y Paquita tuvo que apoyarse varias veces en mis brazos. Yo
comprendí en aquellos momentos que De Frassac no se llevaba precisamente
un esqueleto.
La escalera era larga y costó mucho subirla. Con la ayuda de
Sanguinetti la muchacha entró en la guardilla. Luego pasé yo. Desde
arriba solté la escalera y la tiré al patio.
Ya dentro los tres, en mi cuarto, a obscuras, cerramos la ventana, se
puso Paquita su capote, encendimos una linterna y bajamos las escaleras
hasta el portal. Detrás de la puerta había un bulto, que se acercó a
nosotros.
--¿Hay algo?--pregunté yo.
--Sin novedad--dijo la voz de Ganisch.
--Ya puedes marcharte, si quieres--le advertí.
--Bueno.
Cerré la puerta de mi casa, y en compañía de Sanguinetti y de Paquita
llegamos a la salida del pueblo. Allá esperaba Pello Cortázar.
--¿Hay novedad?--le pregunté.
--Ninguna.
--¿Y la lancha?
--Allá está esperando.
Llegamos a un embarcadero de la ría y aparecieron De Frassac,
Zugarramurdi y otros dos del Aventino.
Entramos en el bote, y en medio de la más densa obscuridad atravesamos
el Bidasoa de una orilla a otra, trazando una línea oblicua.
Al otro lado esperaban dos oficiales amigos de De Frassac. En un coche
entramos Paquita, su novio, Sanguinetti, los dos oficiales y yo.
Llegamos en poco tiempo a un castillo, próximo a Urruña, rodeado de
bosques. Cruzamos el parque y entramos en una capilla iluminada. En un
momento se celebró la boda.
Los novios quedaron allí; los testigos volvimos a Behovia, y yo me
embarqué en la lancha, tripulada por Zugarramurdi.
A las tres de la mañana estaba en mi cuarto, acostado.
Al día siguiente hubo gran revuelo en casa de Zubialde y en el pueblo
entero cuando se supo la noticia. No se llegó a aclarar nada.
Un mes más tarde Sanguinetti me trajo noticias de los recién casados,
que habían ido a vivir a Pau.
Aquel incidente me hizo afirmarme en la idea de que hay que tener más
ímpetu que respeto, porque, como dice Maquiavelo, la fortuna es «donna».
De todas maneras, era indispensable esperar la ocasión. ¿Vendría? ¿No
vendría? Eso es lo que había de decidir mi vida.