NUEVOS TRABAJOS DEL AVENTINO

UN día se presentaron dos jóvenes en casa, a buscarme.

Me traían una carta de Etchepare. Les hice pasar a mi cuarto y hablamos.

Eran militares y estaban de guarnición en Behovia. En el curso de la

conversación me dijeron que se estaba conspirando seriamente en Francia

contra Bonaparte, y en España contra Carlos IV. Uno de los militares se

llamaba Gontrán de Frassac. Era joven, gascón, teniente de dragones. El

otro, Horacio Sanguinetti de nombre, era italiano, de más edad; tenía

grado de capitán.

El gascón era un buen muchacho de cabeza ligera, republicano por

romanticismo, más aficionado a beber, a cantar y a seguir a las

muchachas que a ocuparse de política. Era exagerado en todo, y hablaba

intercalando en sus palabras los Pardi y los Sacrebleu.

El italiano era hombre frío, reconcentrado, muy patriota y muy fanático.

Les dije a los dos cómo había formado una sociedad secreta titulada El

Aventino y les presenté a la mayoría de los afiliados.

Para celebrar el conocimiento tuvimos una comida los dos oficiales

franceses y los socios del Aventino en el caserío Chapartiena, en Azquen

Portu, a orillas del Bidasoa.

A los postres, Frassac cantó la Marsellesa, le Chant du Départ y la

Carmañola; yo brindé porque la libertad triunfara en el mundo;

Sanguinetti aseguró que pronto se vería Europa formando unos Estados

Unidos, una federación de pueblos sin reyes, sin papas, sin tiranos, sin

amos; Cortázar se levantó a brindar por la desaparición de todas las

religiones positivas y por el culto de la humanidad, y Ganisch glosó con

ingenio esa frase concisa y definitiva: Con las tripas del último rey

ahorcaremos al último de los papas.

Varias veces fuí a Behovia a visitar a De Frassac y a Sanguinetti, y

ellos con mucha frecuencia visitaron mi casa. Nos hicimos amigos

íntimos, hasta el punto de hablarnos de tú.

Me enseñaron la esgrima y a montar a caballo, e hicieron de mí un

espadachín y un buen jinete.

De Frassac me decía que debía naturalizarme francés y entrar en el

ejército de Napoleón, lo cual no me gustaba. Sanguinetti no me aconsejó

nunca esto. Muchas veces, por sus conversaciones, comprendí que él

estaba pesaroso de haber abandonado su país. Consideraba también que

Bonaparte no había cumplido con su patria italiana.

Sanguinetti era muy culto, tenía muchos libros y me prestaba todos los

que le pedía. Gracias a él leí los _Comentarios_, de César; los

_Anales_, de Tácito; la _Conspiración de Catilina_, de Salustio; la

_Historia de Italia_, de Guicciardini, y el _Príncipe_, de Maquiavelo.

El oficial italiano me explicó también una porción de cosas que por

falta de cultura anterior yo no comprendía.

Sanguinetti era partidario de esa razón de Estado y Salud Pública que

viene de Roma. Leía mucho a Maquiavelo. Decía que había visto claramente

que el político florentino no era el escritor inmoral que todo el mundo

reprueba, sino un gran patriota y un pensador realista.

Esta frase de Maquiavelo la recordaba con frecuencia en sus

conversaciones:

«Io indico bene questo che sia meglio essere impetuoso che rispetivo,

perche la fortuna e donna.»

Yo también estaba más dispuesto a ser impetuoso que _rispetivo_; pero

había que esperar la ocasión.

El aprendiz de conspirador · 第 164 / 204 题