En el segundo verano que estuve en Irún, mi tío Fermín Esteban, que
tenía parientes en Bayona, me mandó a esta ciudad a pasar una temporada
con ellos.
La familia de Bayona a cuya casa fuí era de pequeños comerciantes,
furibundos realistas; allí todas las noches se rezaba por el alma de
Luis XVI y de María Antonieta; se le llamaba Buonaparte a Napoleón, y se
hablaba de monstruos de la revolución francesa.
Mis parientes tenían una idea absurda de España; la consideraban como un
país de leyenda. Me hacían preguntas que me dejaban asombrado; creían
que los españoles habíamos quedado en nuestra vida absolutamente
inmóviles, sin cambiar de ideas y de costumbres desde hacía lo menos dos
siglos.
Entre aquellos franceses realistas, rutinarios, pesados y cortos de
inteligencia, se hablaba de un pariente que había sido militar
republicano como de un ogro. Tan acérrimo partidario de la República era
este hombre, que ni aun el Gobierno de Buonaparte había querido aceptar.
Este militar, deshonra de la familia, se llamaba Gastón Etchepare, y
desde hacía algunos años vivía solitario en una casa de un pueblecillo
próximo a Biarritz, en Bidart.
Yo, al oir hablar tantas veces de Gastón Etchepare como de un bandido o
de un ogro, sentí deseo de conocerle, y una vez, aprovechando la ocasión
de un carretero de Irún que se preparaba a volver desde Bayona, fuí a
Bidart.
Etchepare vivía en el caserío Ithurbide; pero en el pueblo no le
conocían. Pregunté a varios campesinos por Ithurbide, hasta dar con él.
Llegué a la puerta del caserío, llamé; nadie salió a mi encuentro. Vi
que la puertecilla del huerto estaba entornada, y a unos veinte pasos me
encontré a un viejo con un libro en la mano, sentado sobre un montón de
ramas secas.
Al verme se me quedó mirando con asombro. Le dije quién era y a lo que
iba, y me hizo sentarme a su lado.
Hacía ya mucho tiempo que no entraba allí nadie más que una vieja a
hacerle la comida.
Etchepare y yo hablamos. Yo todavía no sabía seguir una conversación
larga en francés y él conocía muy poco el español. Cuando el sol comenzó
a retirarse, Etchepare se levantó, y fuimos paseando por el acantilado
de la costa.
Etchepare era un hombre alto, flaco, vestido con pantalón corto, chaleco
de ante con botones de nácar, corbata blanca y gran casaca obscura.
Tenía los ojos enfermos, y su mirada parecía la de un loco.
Me invitó a cenar con él, y acepté. La conversación que tuvimos aquella
noche el viejo y yo quedó grabada en mi memoria de una manera indeleble.
Etchepare era un republicano exaltado; la soledad de su vida le daba un
gran deseo de comunicarse con alguien, y estuvo hablando, hasta muy
entrada la noche, de Vergniaud, de Danton, de Robespierre, de
Saint-Just, de los montañeses y girondinos. Al mismo tiempo barajaba con
estos nombres los de Catón y Bruto, como si hubieran vivido todos en la
misma época.
Yo sentía una gran impresión al oir elogiar acontecimientos y personas
que siempre había oído citar con horror.
Al despedirme de él para volver a Bayona me dijo que me enviaría a Irún
varios tomos de Voltaire y de Diderot y algunas colecciones de
periódicos del tiempo de la revolución.
--Ven cuando quieras--me dijo--. Hablaremos.
Efectivamente, volví una semana después, y discutimos acerca de puntos
filosóficos y políticos. Tenía el viejo Etchepare un gran fervor de
proselitismo. Las dos palabras que constantemente estaban en su boca
eran la Libertad y la Naturaleza. Vivir la vida natural y ser libre:
éstos eran los ideales suyos.