Yo me hice en seguida amigo de varios chicos del pueblo. Dos muchachos
con quienes tuve íntima amistad, que ha seguido después, fueron Ramón
Echeandía, hijo de un fondista de Irún, y Juan Larrumbide, a quien
llamábamos Ganisch porque a su padre, que era vasco-francés, se le decía
también así.
Ganisch fué, durante mucho tiempo, mi compañero de glorias y fatigas.
Los dos éramos considerados como los granujas más redomados del pueblo.
Robábamos las huertas, escalábamos las casas, dejábamos sin fruta los
perales y los albaricoqueros. Ganisch era más fuerte que yo; yo, en
cambio, tenía una ligereza de ardilla. Juntos uníamos la fuerza y la
astucia. En aquella época, para mí, era una cosa fácil subir por una
cañería a un tejado, o andar por una cornisa estrecha, a treinta o
cuarenta varas a la altura del suelo. Había algunos dueños de huertas
que se resignaban a nuestras rapiñas, y con éstos éramos comedidos; nos
contentábamos con cobrarles una contribución en especie; pero otros
pretendían cogernos, y con aquellos nos sentíamos implacables.
Uno de éstos, cerero y concejal, tenía unos perales que daban unas
frutas magníficas, y para evitar que se las robasen ponía telas
metálicas, alambres, pinchos. Todo era inútil.
Un día, ya cansado, dispuso el cerero que el mozo de la tienda, el
alguacil, la criada y él, se apostaran en la huerta, nos esperaran a ver
si caíamos en el garlito.
Ganisch, con un hierro, solía abrir un pestillo de la reja del jardín,
y, cruzando la huerta, por allí solía escaparme yo en caso de apuro.
Este día, figurándome que habría vigilancia, esperé al anochecer para
saltar a la huerta del cerero, y no hice más que poner los pies en
tierra cuando una mano fuerte me agarró de la chaqueta. Era el alguacil.
El, queriendo sujetarme, yo queriendo escapar, no sé cómo me las arreglé
que, dejando la chaqueta entre sus manos, salí corriendo y me escabullí
por la reja que tenía Ganisch abierta.
Al día siguiente, al pasar por delante de la cerería del concejal, vi en
la trastienda colgada mi chaqueta, como si fuera un trofeo. Me pareció
un insulto. Ganisch y yo discutimos la manera de rescatar la prenda, y
pensamos en esto: Ganisch tenía guardado en su casa un pistolón;
compramos pólvora y lo cargamos.
En la esquina de la cerería, a unos diez metros, Ganisch disparó un
tiro, que sonó como un cañonazo.
Al estampido salió toda la gente a la calle, y de los primeros, el
cerero y su criado. Yo, que estaba en un portal próximo, en el momento
del mayor barullo, entré en la tienda, di un salto por encima del
mostrador y me llevé la chaqueta. Este rescate nos dió a Ganisch y a mí
un gran prestigio entre todos los muchachos.
También solíamos dar unas bromas pesadas al criado de una carnicería,
que era medio tonto y se llamaba Canca.
--¡Canca!--le decíamos.
--¿Qué?
--Dame ese pedazo de lomo que tienes en el mostrador.
--No quiero--decía él.
--Pues entonces dame ese chorizo largo que tienes ahí en la esquina.
--No quiero; no me da la gana--contestaba él, incomodado. Y le íbamos
pidiendo la carnicería entera, y él contestando cada vez más indignado y
sorprendido por nuestra tenacidad de querer llevarnos trozos de carne y
de chorizo sin pagar.
Esta época de granujería me duró poco tiempo en Irún. Los amigos
empezaban a hacerse muchachos formales; alguno tenía ya novia. Era
indispensable cambiar. A pesar de esto, Ganisch y yo realizábamos de
cuando en cuando algún proyecto de salvajismo; pero lo hacíamos a solas.
Teníamos para entendernos un sistema especial; tomábamos el aire de una
canción navarra titulada «Andre Madalen», y con esta tonadilla, y en
vascuence, nos comunicábamos nuestros propósitos, sin que se enterara la
gente de alrededor, aunque fueran vascongados.
Los domingos solíamos ir, en cuadrilla, a Fuenterrabía, a Hendaya, a
Oyarzum; muchas veces marchábamos por el camino de Navarra, por la
orilla del Bidasoa, y a veces fuimos hasta Elizondo en el coche de
Martín Gueldi, a quien se le llamaba así Martín el lento, porque era
pesado y calmoso como pocos.
Al cabo de algún tiempo de estar en Irún perdí por completo mi acento
madrileño y mis ideas del barrio de las Vistillas, y fuí adquiriendo la
manera de hablar y las costumbres de un vascongado.
--Eugenio se va paulatinamente aviranetizando, ibargoyizando,
echegarayzando y alzateando--decía, en broma, mi maestro don Mariano
Arizmendi.