Como Etchepare vió en mí tendencias de seguir sus ideas, me recomendó
que me presentara en la logia masónica de Bayona, y me dió una carta
para Juan Pedro Basterreche, armador de aquella ciudad, que tenía una
gran casa de comercio y era un entusiasta republicano.
Me presenté en Bayona en casa de Basterreche.
--¿Qué hace el viejo Etchepare?--me preguntó Juan Pedro.
--Allá está en Bidart.
--¿Sigue tan revolucionario como siempre?
--Igual.
--Es un hombre muy íntegro.
Juan Pedro me dijo que fuera a su casa de noche. Fuí después de cenar;
salimos los dos juntos, y al poco rato noté que nos seguían.
--Parece que nos siguen--le dije a Basterreche.
--Es la Policía. No hagas caso. A mí me vigilan constantemente.
Cruzamos el río; llegamos a una casa que estaba entre la calle de
Bourgneuf y la de Jacques Lafitte y entramos en la logia.
La ceremonia de ingreso en la masonería no tuvo nada de particular. Me
hicieron los jefes algunas preguntas, y después me presentaron a
distintas personas, entre las cuales había varios españoles. Desde aquel
día trabé relaciones de amistad con muchos republicanos franceses y con
los emigrados compatriotas que se reunían de noche en la logia y por la
tarde en la librería de Gosse.
Allí conocí a Rafael Martínez, el ex jesuíta; al ex fraile Arrambide,
que escribió _El amante de las leyes y el rey_; a Hevia, a Santibáñez, a
Eguía, a Pedro Beunza, un muchacho de mi edad, y a su padre Juan
Bautista. Los Beunzas vivían en la calle de los Vascos, en el número 14,
y a su casa solíamos ir muchas veces a tomar café. Al padre y al hijo
los traté años más tarde, pues fueron de los que trabajaron con mayor
entusiasmo por la Constitución, luego de derrocada en 1814 y 1823.
Muy amigo también de los españoles era un francés de Ustaritz, llamado
Cadet. Este francés tenía amistad con los Garat y ayudaba a Pedro
Beunza.
En los años siguientes a 1814, cuando la primera reacción, Cadet fué uno
de los mejores auxiliares de Mina y de los constitucionales españoles.
Entre algunos de los emigrados del período revolucionario, como
Arrambide, Martínez y Hevia, se conservaba el recuerdo de nuestros
compatriotas que habían pertenecido durante el Terror al Club Jacobino
de Bayona.
De quien más se hablaba y más anécdotas se contaban era del abate
Marchena.
Marchena había formado parte de la Sociedad de los Hermanos y Amigos
Reunidos, en la cual era aceptado hasta el verdugo, a quien los
revolucionarios habían quitado su viejo y odioso nombre, sustituyéndolo
por el de vengador.
En el Club Jacobino de Bayona, Marchena pronunció un gran discurso, que
se imprimió y se repartió profusamente.
Entre aquellos emigrados españoles que tenían mis tendencias y mis
entusiasmos políticos hubiera vivido con gusto; pero las vacaciones
terminaban, y tenía que volver a Irún.