EN LA DEHESA

Consuelo Arteaga era una rubia encantadora; tenía unos ojos azules

claros; la nariz, un poco larga; la boca, ideal, y el pelo, ceniciento.

Contaba dos o tres años más que yo, y esta diferencia de edad le hacía a

ella ser una señorita y a mí un chico.

Consuelo era una criatura mimada, delicada hasta tal punto, que todo le

hacía daño. Era una sensitiva, una planta de invernadero.

Vivir pobremente, alternar con gente ordinaria, le parecía un horror.

Creía que ella, por ser ella, tenía derechos especiales que no tenían

las demás mujeres.

Yo estaba entusiasmado; me hubiera dejado hacer pedazos por un capricho

suyo; pero ella no me quería; le parecía un chico atrevido,

estrafalario, y nada más.

Yo creía que, probándole que era valiente, audaz, llegaría a ganarme sus

simpatías; pero, no, a Consuelo no le agradaba esta manera de ser; sólo

los príncipes y los cortesanos le gustaban. Yo, pequeño, bizco, sin

fortuna, le parecía insignificante.

Para Consuelito, la vida de grandezas, de fausto, de elegancia, era la

única digna; lo demás era vegetar miserablemente.

Yo, como había oído hablar en mi casa de la tranquilidad del hogar, de

la mediocridad feliz, repetía estos conceptos; pero ella se burlaba de

mis palabras.

También intentaba convencerla de que una cosa como la riqueza, que no la

da el mérito, sino la casualidad, no podía tener el valor absoluto que

ella le daba; pero Consuelo se reía de la justicia o injusticia de las

cosas.

Un día fuimos a una dehesa próxima a San Fernando del Jarama, en dos

coches tirados por mulas, una porción de muchachas y de muchachos.

Varios jóvenes montaron a caballo, y con una vara larga se ejercitaron

en derribar reses bravas.

Emparanza, que montaba muy bien, se lució en este ejercicio, y me miró a

mí varias veces burlonamente.

Luego, uno de los jóvenes se acercó a un novillo y le dió dos o tres

quiebros. Yo no quise quedar mal, y por más que Ignacio me tiró varias

veces de la casaca para disuadirme, me planté delante de un torete, que

quizá por misericordia no me hizo nada.

El aprendiz de conspirador · 第 143 / 204 题