IGNACIO y yo, durante la infancia, fuimos a casa de un dómine que daba
lecciones particulares a muchachos de buenas familias. Este dómine sabía
algo de Latín y de Gramática, pero no nos enseñaba nada; lo único que
hacía era espiarnos, y luego denunciarnos a nuestras familias. Creo, la
verdad, que en el tiempo que estuve yendo a la clase de aquel buen señor
no llegué a aprender cosa de provecho.
Ignacio adelantaba algo más que yo, y entró poco después de cadete en
las Reales Guardias Españolas. Su padre era militar de graduación y
noble, y no le fué difícil conseguir esta prebenda.
Mi familia hubiera podido lograr alguna otra cosa por el estilo para mí;
pero a mi padre no le gustaba la milicia. Mi madre aseguraba que
nosotros también éramos nobles, lo cual no me he tomado el trabajo de
comprobar, porque no me ha interesado nunca.
Mi madre conservaba pergaminos de su familia materna, de los Alzates;
pergaminos que supongo se habrán perdido.
De todas las historias, verdaderas o falsas, que contaban estos
pergaminos, de lo único que me acuerdo, por su extrañeza, es de una
lucha bárbara que uno de los Alzates tuvo con el señor de Saint-Per, que
era francés, en el siglo XV, dentro del río Bidasoa, y de que un Pedro
de Alzate fué trinchante de la reina Doña Blanca, y un Juan de Alzate,
copero del rey.
Como te decía, nada de esto me ha entusiasmado; únicamente la realidad,
de chico y de hombre, ha llegado a apasionarme. En la misma literatura
no he podido nunca comprender las obras basadas en frases bonitas; si
detrás de la ficción poética o dramática no he sentido la realidad, no
me ha interesado el libro o el drama.
Mi padre no participaba de estas ideas. Él era, por el contrario,
entusiasta de la Retórica y de las Humanidades, y me hacía leer versos
académicos y almibarados, que a mí me aburrían.
Como te digo, sólo allí donde he vislumbrado la realidad, aunque sea a
través de un velo espeso de ficción, he podido sentir interés.
A la muerte de mi padre, ocurrida en tiempos de la batalla de Trafalgar,
se decidió entre mi madre y don Domingo Larrinaga que fuera yo a Méjico,
donde teníamos un pariente rico.
Desde entonces, y puesto que tenía que dedicarme al comercio, la índole
de mis estudios varió, y comencé a practicar el Francés y la Teneduría
de libros.
La decisión de viajar me hizo creerme un aventurero, y me dió más valor
y audacia en mis correrías callejeras.
Estaba deseando marcharme a América. Lo único que me ligaba a Madrid era
mi madre y Consuelito Arteaga.