LA MALA FE DE EMPARANZA

Los circunstantes y Consuelo Arteaga admiraron mi valor. Yo había

cumplido, estaba tranquilo; pero todavía me quedaba otra prueba. José

Antonio Emparanza se empeñó en decir que tenía miedo a los caballos, y

para demostrar lo contrario me monté en uno y pude galopar sobre él sin

caerme. Volvía ya satisfecho de los éxitos de aquel día, cuando

Emparanza, pasando a mi lado, le dió a mi caballo un latigazo. El

caballo botó y me tiró al suelo. Me levanté rápidamente; no me había

hecho daño.

Presa de una cólera terrible, no dije nada; dejé el caballo en manos de

un palafrenero y me reuní a los expedicionarios.

Estábamos esperando a montar en el coche cuando se me acercó Emparanza,

sonriendo:

--Por fin caíste--me dijo.

--Sí--y levantando la mano le pegué una bofetada que lo volví loco.

Se armó un escándalo formidable, y tuvimos que volver a Madrid en

distintos grupos. Cuando se supo la causa de mi cólera casi todos se

pusieron a mi favor.

Al día siguiente le escribí a Emparanza diciéndole que le había ofendido

en público, y que si quería una satisfacción podía elegir las armas.

Cuando se supo esto en mi casa, mi madre y mis hermanas me acusaron de

bárbaro y sin entrañas; me dijeron que quería matarlas a fuerza de

disgustos. Se averiguó pronto la causa de la hostilidad mía con

Emparanza, y se me conminó para que no dirigiera la palabra más a

Consuelo.

Yo estaba furioso; creía que tenía razón. Mi madre, para apartarme de

Consuelo, decidió que fuera a Irún, a casa de un hermano suyo. Allí

podía aprender mejor el Francés, mientras se fijaba la época de mi

marcha a Méjico.

Yo me alegré de salir de Madrid. Estaba deseando ver un poco de mundo.

El aprendiz de conspirador · 第 144 / 204 题