UN BARRIO SINTETIZADOR

En este rincón de mi barrio hice yo mis primeras correrías. Era difícil

encontrar un barrio tan sintetizador como aquel de la vida cortesana y

aun de la vida nacional; era el barrio más castizo de Madrid, el más

antiguo, el más típico, el receptáculo de todo lo viejo, de todo lo

jaque, de todo lo abigarrado y pintoresco de la villa del oso y del

madroño.

Representaba, como ningún otro, la vida del país. La Inquisición tenía

su hogar en la Plaza Mayor, y en la de la Cruz Verde, los lugares del

auto de fe en gran escala y de los autillos. Estos autillos debieron ser

célebres en otra época, y como recuerdo quedaba en la plaza de la Cruz

Verde, al decir de la gente, una cruz de madera pintada de este color;

la monarquía tenía en el barrio el Palacio Real; la aristocracia, la

casa enorme de Osuna.

La religión contaba con una serie de parroquias y de conventos: San

Pedro, San Justo, San Andrés, la Capilla del Obispo, las Carboneras.

Además, en la calle del Sacramento estaba el palacio arzobispal, y en la

calle del Nuncio el del embajador de Su Santidad.

Otras instituciones fuertes ostentaban en el barrio representación

completa. El dinero y la usura, en la calle del Duque de Nájera, donde

estuvo la casa de Samuel Leví, el tesorero del rey Don Pedro de

Castilla; el dinero y el amor, en la calle del Rebeque, donde se hallaba

la tesorería de Palacio, edificio que luego compró Ruy Gómez de Silva,

el marido de la princesa de Éboli, para incorporarlo al mayorazgo de la

Aliseda.

Un ramo importante de la agricultura tenía su asiento en la plaza

próxima a la Capilla del Obispo. En esta plazoleta, los campesinos de

los alrededores de Madrid habían establecido desde tiempos antiguos un

mercado diario de granos y de paja.

La elección de este sitio para mercado provenía de la época en que al

cabildo de la Capilla del Obispo se le daba como subvención una carga de

paja para el mantenimiento de la mula de cada uno de los capellanes, a

condición de usar en sus paseos mantilla negra larga sobre la caballería

y de que los fámulos llevaran traje y montera del mismo color.

El capellán mayor y los otros menores sacaban a vender todo el pienso

que se les entregaba y que no consumían a esta plazoleta, que desde

entonces se llamó de la Paja. Llegó un día en que las cosas se pusieron

mal; a las mulas de los capellanes se les cortó la ración de pienso;

pero la costumbre estaba hecha y los labradores de Parla y de

Fuenlabrada, fieles a la tradición, siguieron llevando sus cargas de

paja al mismo sitio.

La mendicidad tenía, como no podía menos, en la corte española, su

representación en el barrio. Allí estaba la calle del Panecillo, llamada

de este modo porque se repartía en ella un panecillo de limosna a cada

pobre que se presentaba, y la calle de la Pasa y la del Rollo, que

tenían el mismo motivo mendicante de denominación.

El hampa no dejaba de tener su recuerdo; cerca se encontraba la calle

del Azotado, o de los Azotados, hoy calle del Cordón, por donde pasaban

montados en burro los condenados a esta pena, mientras el verdugo les

calentaba las espaldas.

La fiesta nacional tenía la calle del Toro, con un poco de historia

tauromáquico-fantástica adjudicada a ella. Durante mucho tiempo había

habido en esta callejuela una casa adornada con los cuernos de un toro

estoqueado en una corrida regia.

La gente del barrio aseguraba que los cuernos sujetos a la pared

bramaban a la misma hora en que fué estoqueado el animal. Otros decían

que estos bramidos los producía un chico, que se burlaba así de la gente

del pueblo, y que se ganó, cuando se le descubrió, la gran paliza.

No sólo teníamos en el barrio representación de las cosas terrenas, sino

también de las de ultratumba; así, había un bodegón del Infierno, donde

se reunían los aguadores a comer el clásico puchero, y un callejón del

Infierno, que después del 7 de Julio se llamó Arco de Triunfo.

Los eruditos en esta clase de cosas decían que se llamaba callejón del

Infierno porque en un incendio que estalló en la Plaza Mayor, la gente

que miraba las llamas desde aquella rendija angosta le encontraba el

aspecto de la entrada de los dominios de Plutón.

Hubo un tiempo en que fué necesario ensanchar este corredor estrecho

para que pudiera pasar el coche real, y un poeta satírico, que era

además cura, escribió con tal motivo un romance que comenzaba así:

¡A qué estado habrán llegado

las costumbres de este pueblo,

que es necesario ensanchar

el callejón del Infierno!

El aprendiz de conspirador · 第 133 / 204 题