ZURBANO y sus oficiales habían salido camino de La Bastida. Hasta un par
de horas después, Aviraneta y Leguía no tuvieron la silla de postas
preparada.
Montaron a la puerta del parador, y comenzaron a bajar de prisa el cerro
de Laguardia.
El día, de Junio, era claro, con sol, pero fresco; algunas nieblas
suaves, ligeras, iban corriendo por el aire y deshaciéndose sobre la
falda obscura de los montes.
Al pasar por cerca de Samaniego se encontraron a Mecolalde, con una
compañía, que iba a retaguardia. Habían detenido un landó, ocupado por
una señora y un caballero, y a dos vagabundos de malas trazas que se
habían escondido en un viñedo al ver a la tropa. En ellos reconoció
Leguía al hombre de la zamarra y al Raposo.
--Ahí tiene usted a dos de los asaltantes de anoche--dijo Pello a
Aviraneta.
--¿Son esos?
--Sí.
El hombre de la zamarra, al ver a Aviraneta volvió la cabeza
rápidamente.
--¿Han cogido ustedes gente sospechosa?--preguntó Aviraneta a Mecolalde.
--Sí.
--¿Qué clases de tipos son?
--Estos son espías de los carlistas.
--Entonces, mala les espera.
--Martín ordenará lo que haya que hacer con ellos.
La silla de postas avanzó por entre los soldados; al pasar por delante
del landó detenido, Aviraneta echó una mirada hacia el interior del
coche y se estremeció.
--Va dentro una mujer muy guapa--dijo Leguía, que había mirado también.
Aviraneta no dijo nada; pero poco después mandó al cochero de la silla
de postas que se detuviese; se paró la silla de postas en medio del
camino, y pasó por delante de ella el landó, rodeado de soldados.
Detrás del caballo de Mecolalde venían el Raposo y el hombre de la
zamarra con las manos atadas.
En esto se vió aparecer a Zurbano, al galope, seguido de un ayudante.
Mecolalde se acercó a él, y los dos jefes hablaron. Mecolalde explicó,
sin duda, a Zurbano lo que ocurría.
--A los dos vagabundos y al caballero, que los fusilen delante de esta
tapia--gritó Zurbano--. A la señora llevadla al depósito.
Dos soldados abrieron el landó e intimaron a los viajeros para que
bajasen. Salieron del interior un caballero y una señora. El caballero
era un hombre de unos cuarenta años, delgado, esbelto, de bigote corto;
la señora, una mujer morena, de poca estatura, pero de arrogante
presencia.
Aviraneta se acercó disimuladamente a Zurbano.
--Martín--dijo--: una palabra.
Zurbano se inclinó desde su caballo.
--¿Qué quieres?--preguntó.
--Esta mujer ha sido mi mujer--dijo Aviraneta.
--¿Tu mujer?
--Sí. ¿No podrías dejarla en libertad?
--Lo haré por ti.
--Y por los otros, ¿puedes hacer algo?
--Nada. Dile a esa señora que se vaya. No hago la guerra ni a las
mujeres ni a los niños; no soy ningún Cabrera.
Aviraneta le rogó a Pello que comunicara a aquella señora las palabras
de Zurbano. Leguía se acercó a la dama y se descubrió.
--Señora--dijo--: el coronel Zurbano, como favor especial, le permite a
usted marcharse libremente.
--¿A mí sola?
--A usted sola.
--¿Y mi esposo?
--Quedará prisionero.
--Pues dígale usted a ese bruto--replicó la dama, con aire orgulloso e
insultante--que no me separo de mi marido.
--Pero, señora...
--Nada, nada.
Leguía se inclinó, y, acercándose a Aviraneta, le contó lo que pasaba.
--¿Es su marido?--preguntó Aviraneta, con cierto asombro.
--Sí.
Aviraneta habló nuevamente a Zurbano, y le convenció de que sería mejor
interrogar a los prisioneros.
--Bueno; vamos a entrar en esta casa. Se celebrará un juicio sumarísimo.
La casa que había indicado el coronel tenía un ancho zaguán y una
columna de piedra en el centro; pusieron junto a ésta una mesa; Zurbano
se sentó en medio; a su derecha, Mecolalde, y a su izquierda, un
capitán.
--Que entren los prisioneros--dijo Zurbano.
Rodeados de media docena de soldados y de varios oficiales entraron la
señora, el caballero, el Raposo y el hombre de la zamarra.