--Siempre recuerdo cómo le conocí a este hombre--dijo Zurbano,
refiriéndose a Aviraneta.
--¿Cómo fué?--preguntó Mecolalde, el segundo de Zurbano, a quien las
historias y anécdotas de su jefe interesaban extraordinariamente.
--Pues veréis. El año 23 los franceses venían a acabar con la
Constitución y la libertad de España, al mando de un duque que no
recuerdo cómo se llamaba...
--El duque de Angulema--dijo Aviraneta.
--Eso es; el duque de Angulema. Por entonces nos reuníamos en Logroño,
en un mesón cerca del puente, unos cuantos nacionales y algunos paisanos
patriotas. Era por la primavera, no recuerdo qué mes. Se hablaba de que
los absolutistas, que venían de vanguardia con los franceses, se
acercaban. Mandaba en Logroño los regimientos constitucionales el
brigadier don Julián Sánchez, uno de los guerrilleros de más fama de la
guerra de la Independencia. Una noche, dos hombres a caballo se apearon
en el mesón. Eran un capitán de Caballería y su asistente. Sin quitarse
el polvo del camino fueron a casa del gobernador militar y volvieron al
poco rato. El capitán venía acompañado de un sargento de nacionales y de
algunos patriotas. «Vamos, vamos», nos dijeron a todos. Entramos en el
comedor del mesón, y nos reunimos treinta o cuarenta. El mesonero vino
con dos candiles y los colgó de las vigas del techo. Entonces el capitán
se subió en una silla, y llamándonos «ciudadanos» comenzó a hablar, a
explicarnos la situación en que se encontraba España. Era un hombre
joven, flaco, con los ojos vivos y la voz áspera. Nos dijo que la
Constitución y la Libertad estaban en peligro, que los generales nos
hacían traición, que las autoridades estaban en tratos con los franceses
y los realistas, y que el rey jugaba con el país. A pesar del fuego con
que hablaba aquel hombre, la gente estaba fría y poco decidida. Al
último dijo que había que nombrar inmediatamente una Junta para la
defensa de la ciudad, buscar armas y repartirlas entre los patriotas.
Después del discurso, el sargento y el oficial se sentaron en una mesa,
y con la ayuda de los nacionales comenzaron a hacer una lista de los
individuos que debían de formar la Junta. El primer nombre de la lista
fué el del oficial, luego hubo otros cuatro o cinco; los demás no
quisieron comprometerse, y la Junta no se formó. Al día siguiente, los
franceses entraban en Logroño; el brigadier Sánchez caía herido de una
lanzada en el costado. Al capitán aquel que había hablado la noche
anterior le vi luchando en medio de un grupo de nacionales acorralados
por los franceses. ¿Sabéis quién era aquel oficial? Este hombre que
tenéis delante: Eugenio de Aviraneta. Muchos años después, un amigo mío
recibió una carta de Aviraneta, firmada en Zaragoza, recomendándole que
apoyara en unas elecciones a Mendizábal.
--Buen premio me dió ese cocodrilo llorón--murmuró Aviraneta.
--Al ver la firma--siguió diciendo Zurbano--me acordé yo, y dije: «Es
aquél». Luego me indicaron que estaba en Logroño, y no paré hasta
encontrarle. Este ha sido uno de los hombres que más me han llamado la
atención.