REZO el Benedícite?--preguntó Aviraneta, tomando una actitud compungida,
de cura.
Zurbano contestó con una blasfemia.
--Déjalas para el final--advirtió Aviraneta--; ahora estamos en la sopa.
La conversación se generalizó en seguida. Zurbano era muy ocurrente;
tenía gran repertorio de anécdotas y de cosas vistas, y salpimentaba sus
relatos con interjecciones riojanas y blasfemias de todas las regiones.
Al oirle se comprendía la fama terrible del guerrillero liberal. Para
una persona circunspecta y religiosa, un hombre como aquél, tan
exaltado, tan furibundo, tan bárbaro, que exponía la vida a cada paso,
que obligaba a pagar contribuciones a los conventos y quemaba sin
escrúpulo las iglesias, que hablaba blasfemando e insultando, tenía que
parecer un energúmeno, un monstruo vomitado por el infierno.