--Pues yo supe de ti--dijo Aviraneta--de una manera menos trágica.
--¡Hombre! A ver, ¿cómo fué eso?
--Estaba a la puerta de ese mesón de Logroño de que tú has hablado, con
el sargento y otro miliciano, cuando pasaste tú. «Si hubiera muchos como
éste--dijo el sargento--, se podría hacer algo.» «¿Quién es ése?»,
pregunté yo. «Martín Zurbano, un contrabandista de Varca». Y me contó un
sucedido tuyo, que no sé si es verdad o mentira.
--¿Qué fué?
--Parece que estabais una patrulla de nacionales en Montalvo, y que
hacía tanto frío, que se helaban las palabras, y que tú dijiste: «Esto
no es nada; vamos a desnudarnos y a volver a Logroño a caballo y en
cueros.» Los demás dijeron que era una barbaridad; pero tú, empeñado, te
desnudaste y anduviste tomando el fresco unas cuantas horas por encima
de la tierra helada. ¿Es verdad esto?
--Sí. Es verdad. Era uno joven y fuerte. Hoy no lo podría hacer.
--¡Bah! ¿Qué importa? Mientras haya entusiasmo y calor en el corazón.
--Eso no falta.
--Lo mismo me ocurre a mí--dijo Aviraneta.
--¿De verdad?--preguntó Zurbano, con la brutal franqueza que le
caracterizaba.
--Parece que lo dudas.
--¡Y eres político!
--¿Y qué?
--Yo dudo del entusiasmo y de la buena fe de todos los políticos.