Aviraneta se lavó y se afeitó, y al dar las ocho llamó a su compañero.
--¡Eh, Pello! Ya has dormido bastante.
Leguía, desde la cama, entre dos bostezos, dijo:
--¿Qué hora es?
--Las ocho han dado ahora mismo.
--Habrá que vestirse.
--¡Claro!; no te vas a estar todo el día en la cama. Además, ten en
cuenta que pueden venir los verdaderos huéspedes de este cuarto.
Pello se sentó en la cama.
--A ese pobre hombre le han matado por equivocación--murmuró Aviraneta,
en tono sentimental.
--¿A qué hombre?
--Al de ayer. ¿A cuál va a ser?
--¡Ah!
--¿Ya no te acordabas?
--Sí. ¿Y dice usted que le han matado por equivocación?
--¡Claro! El golpe iba dirigido a mí.
--¡Pse! Yo creo que todo el mundo muere igual--replicó Leguía, con
indiferencia, mientras se ponía los pantalones.
--Veo que eres un bárbaro, Pello.
--Hay que ser filósofo. A uno también le tocará su hora, y por eso no se
estremecerán las esferas.
--Esa indiferencia en un muchacho joven como tú me parece horrible. Si
ahora eres así, ¿qué será cuando tengas mi edad?
--Seré una especie de Aviraneta--replicó Leguía con viveza.
--Eres un cínico, Pello.
--Y usted un intrigante y un incendiario, como ha dicho el hombre de la
zamarra.
--Voy a mandar que te fusilen, Pello.
--Yo voy a hacer que le cojan a usted los jesuítas por masón.
--Eres un bárbaro, Pello.
--Y usted un bandido.
--Muy bien; le diré a Corito que me has insultado.
--Yo le diré que quien me ha insultado ha sido usted.
--No te creerá.
--Ya la convenceré.