AL día siguiente, Aviraneta se levantó temprano. Abrió el balcón de la
sala para que entrara la luz, y estuvo contemplando las huellas del
combate de la noche anterior; una de las balas se había incrustado en la
pared; la otra, hecho trizas un espejo.
En el suelo quedaban manchas de sangre.
Aviraneta salió al pasillo de la casa; en un cuarto del fondo, alumbrado
con cuatro velas, estaba el cadáver del hombre asesinado por la noche.
Aviraneta volvió a su cuarto, impresionado.
--Se va uno haciendo viejo--murmuró--. Estas cosas ya me hacen efecto.
Aviraneta se acercó a la alcoba donde se había acostado Leguía, y quedó
asombrado al verle dormir tan profundamente.
--¡Cómo duerme! A éste no le preocupa mucho que haya un muerto en la
casa.