--¿Qué vas a hacer ahora?
--Voy al almacén, a casa de mi tío.
--Espera un momento. Te voy a hacer una proposición.
--Venga la proposición.
--¿Quieres venir conmigo, sí o no?
--¿A qué?
--Eso te lo explicaré más tarde. Si vienes conmigo, trabajaremos juntos,
intrigaremos juntos, quizá tengamos que defendernos juntos...
--Muy bien; nos defenderemos juntos...
--Yo no, porque soy viejo...
--¡Hombre, no es usted viejo!
--Tengo cuarenta y seis años, y he vivido bastante. Yo, no; pero tú
puedes llegar a ser lo que quieras: general, ministro, archipámpano...
Yo te ayudaré... ¿te conviene?
--Me conviene. ¿Me protegerá usted también para casarme con Corito?
--Eso es cosa tuya y de ella; pero, en fin, si eres buen chico, se te
protegerá.
--Entonces no hay que decir más. Soy de usted en cuerpo y alma.
--Muy bien. Está hecho el pacto. Venga esa mano.
--No vaya usted ahora a convertirse en algún demonio y empezar a echar
llamas de azufre, señor de Aviraneta.
--No tengas cuidado, Pello. Soy un buen diablo. Vete a despedirte de tus
amigos, y ya sabes, a la tarde nos vamos.
Leguía se contempló un momento en un trozo de espejo, se caló el
sombrero de copa y salió del parador.