Quince días después, por la madrugada, la Policía llamaba en nuestra
casa. Registraron los papeles de don Luis y le prendieron. Le habían
encontrado una carta del general Mina dándole instrucciones para el
movimiento, que ya había abortado, pues Mina y Jáuregui y los demás
huían camino de la frontera, y Chapalangarra había muerto, a tiros, en
Valcarlos.
Don Luis, entre bayonetas, fué llevado preso al castillo de la Mota, y
sufrieron la misma suerte varios vecinos de San Sebastián, entre ellos
dos empleados de Arrillaga. Los peces gordos se escabulleron: ni a
Arrillaga, ni a Legarda, ni a Alzate se les encontró: todos habían
escapado. Respecto a Aviraneta, la Policía ni le buscó siquiera, pues, a
pesar de ser uno de los jefes de la trama, estaba, como siempre, en la
sombra.
El pobre don Luis había caído en la red por su entusiasmo amoroso; nos
confesó que Juanita Arrillaga, su novia, le había calentado los cascos y
animado para que entrase en la conspiración constitucional.
Don Fernando y yo discutimos lo que había que hacer para salvar a don
Luis.
La situación era grave. Por el hecho de tener correspondencia con
cualquiera de los individuos que habían emigrado del reino, a causa de
los crímenes del año 20 al 23, se imponía la pena de dos años de cárcel
y doscientos ducados de multa, y si la correspondencia tenía tendencia
directa a favorecer proyectos contra el Gobierno, como la encontrada a
don Luis, se llegaba a castigar con la muerte.
Don Fernando escribió y fué a hablar a todos sus amigos, que tenía
muchos e influyentes en la corte, entre los realistas, y consiguió que
el consejo de guerra fuese benévolo con su hermano.
Le condenaron a ocho años de presidio en el Fijo de Ceuta.
Mientras don Fernando estuvo en Madrid trabajando a favor del preso, iba
yo todos los días al castillo de la Mota, a la parte alta, que llaman el
Macho, a llevar la comida y a hablar por entre las rejas con don Luis.
Cuando volvió don Fernando, íbamos los dos.
Los demás presos eran liberales comprometidos en el movimiento. La
mayoría creía haber hecho una buena obra conspirando y contribuyendo a
la rebelión, y estos desgraciados se pavoneaban y se manifestaban
contentos y alegres.
La gente del pueblo, entre la que abundaban los revolucionarios,
visitaba y obsequiaba a los presos; en Carnaval hicieron correr los
bueyes ensogados, delante del muelle y no en la plaza, para que los
prisioneros pudieran verlos desde la terraza del castillo.
Aquellos infames negros nos tenían odio a don Fernando y a mí porque
sabían que éramos realistas.
Don Luis escribió varias cartas a Juanita Arrillaga; pero ella no le
contestó.