EN este ambiente de odio político y de enemistades personales, Pello
Leguía y Corito Arteaga se dedicaban a mirarse, a hablar de mil cosas
insignificantes, que para ellos eran trascendentales, y a escribirse
cartas por cualquier motivo.
Seguramente, ninguno de los dos encontraba en la atmósfera de Laguardia
los rayos del rencor y de la maldad que cruzaban el aire. Como en el
mundo físico hay interferencias, las hay también en el mundo moral para
los enamorados y para los que viven en el sueño y en la ilusión.
Corito traía, desde su llegada, trastornados a los jóvenes y a algunos
viejos verdes de Laguardia.
Entre los oficiales de la guarnición tenía fervientes adoradores; pero
ninguno llegaba a interesarle de verdad como Pello Leguía.
--¿Qué le encuentras a ese muchacho?--le decían sus amigas--. Es guapo,
sí; pero tan serio, tan soso.
--Pues a mí me es muy simpático--contestaba ella.
Siempre que salían a pasear con varias personas, Corito y Leguía venían
a reunirse y a marchar juntos hablando.
Corito le preguntaba muchas veces si era verdad que iba a casarse con su
prima Anita, como decían en el pueblo.
--No. ¡Ca!--contestaba él.
--Pues es una chica bonita y rica.
--Sí; pero ya tiene su novio.
La gente decía que al padre de la muchacha, a Gateluzmendi el cosechero,
no le disgustaría casar a su hija con su sobrino Pedro.
Corito coqueteaba con Pello; quería sacarle de su impasibilidad
habitual, y lo conseguía; pero al mismo tiempo que él se iba enamorando,
ella también se interesaba cada vez más.