HABÍA, además, de las tertulias, centros casi oficiales de la opinión,
gente rebelde, indisciplinada, que guerreaba a su manera. Estos
merodeadores sueltos eran los más intolerantes. Entre los carlistas se
distinguían el Chato de Viñaspre, el Riojano y el Charrico, y entre los
liberales, el Tirabeque y Teodosio el Nacional.
La intransigencia agresiva de los dos bandos no la representaban los
hombres, sino las mujeres, dos viejas solteronas, que se odiaban a
muerte: Dolores Payueta y Saturnina Treviño.
Las dos tenían apodo; a la Dolores la llamaban la Montaperras, y a la
Saturnina, la Gitana.
Estas solteronas llevaban la voz cantante de la chismografía de carácter
chabacano; propalaban noticias falsas, traían canciones, inventaban
frases y apodos; Dolores, contra los carlistas, y la Satur, contra los
liberales. Para ellas la cuestión no salía de Laguardia; el liberalismo
o el tradicionalismo del resto de España las tenía casi sin cuidado.
Estas dos arpías representaban la parte turbia que hay en todas las
sectas y en todos los partidos; en ellas, el odio al enemigo era lo
principal; un odio frenético, sin cuartel. Cuando estas mujeres se
encontraban juntas en la calle, se esforzaban en demostrarse su
desprecio; volvían la cabeza, escupían al suelo. Se hubieran lanzado una
contra otra como perros de presa a morderse, a desgarrarse, si hubieran
tenido buena dentadura.
Dolores era de posición regular, y se trataba con la gente acomodada del
pueblo. Era fea, antipática, marisabidilla, con una voz de falsete que
parecía que tenía que salir por detrás de una careta; vestía con trajes
claros y ridículos e iba con asiduidad a la tertulia de Echaluce. Cuando
reñía, que solía ser con frecuencia, dejaba chiquita a una rabanera.
Vivía con tres o cuatro perros, y de aquí debía proceder el apodo de
Montaperras, adjudicado por su rival la Satur.
Dolores tenía una adoración especial por el Ejército; los militares le
parecían una raza de hombres superiores. Este entusiasmo por la milicia
le hacía sentir un odio grande por los carlistas, que se le figuraban no
defensores del trono y del altar, sino canalla mal vestida, que
intentaba interrumpir el orden y la armonía de una cosa tan bella como
la tropa.
Satur la Gitana era más violenta, y quizá por esto menos grotesca.
Vestía siempre de negro; tenía una cara morena y enérgica, y el pelo de
ébano, lleno de mechones blancos. La Satur era partidaria de la
tradición. Tenía algo de iluminada; los enemigos decían que esto era
debido al alcohol; pero no era cierto del todo.
Vivía esta mujer en una casa pequeña, sin criada, completamente sola.
Los vecinos solían verla pasar con una cesta; pero en la cesta no se
advertía más que el cuello de una botella.
La Satur andaba de noche de casa en casa y de taberna en taberna,
propalando sus noticias e intrigando.
Era valiente, atrevida y fanática.
El Chato de Viñaspre, el Raposo, el Caracolero, el Riojano y otros
carlistas la obedecían.
Si llegaba a Laguardia algún papel o alguna canción contra el Gobierno,
contra María Cristina, o contra algún general liberal, ya se podía
apostar que había pasado por las manos de la Satur.
Una vez la denunciaron, ante la autoridad militar, como carlista y
propaladora de noticias falsas, y al acudir a presencia del coronel, la
Satur no sólo no se turbó ni negó sus ideas, sino, por el contrario,
dijo que era carlista a mucha honra, y que María Cristina era una
piojosa, que estaba enredada con el hijo de un estanquero, y que los
soldados liberales no valían nada.
El coronel, que era hombre inteligente, se rió, y la dejó suelta.
La Satur era una revolucionaria por temperamento: sentía la demagogia
negra; creía que el pueblo, su pueblo, formado por pobrecitos aldeanos,
todos buenos, infelices, hasta los que pegaban puñaladas, deseaban con
ardor el rey absoluto, y que bastaba quitar la Constitución y el
Gobierno liberal para que España fuera dichosa y se viviera bien.
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