Uno de los muchachos que se había hecho amigo de Pello, buscando su
arrimo, era Antonio Estúñiga, el hijo de un rico hacendado de Viana.
Antonio Estúñiga era un mozo acostumbrado a imponer su voluntad,
violento y cerril; hacía la corte a Luisita Galilea, pero con un amor un
poco bárbaro y plebeyo.
Luisita era romántica; estaba bajo la influencia de Graciosa de San
Mederi, y ésta le había convencido de que era indispensable someter a
prueba al joven Estúñiga. Según Graciosa, para conseguir el amor de una
señorita distinguida había que hacer grandes méritos, soportar fatigas,
penalidades, y hablar del Norte, del imán, del girasol; no basta decir:
«tengo tanto para vivir»; esto era una cosa grosera, vulgar, impropia de
gente delicada.
Luisita Galilea estaba convencida de que Graciosa tenía muchísima razón,
y, además, y esto era lo principal, le gustaba más uno de los oficiales
de Laguardia que el joven Estúñiga, malhumorado y tosco.
--Pero, ¿tú crees que a lo bruto se consigue el cariño de una señorita
como yo?--decía Luisita--. Pues estás equivocado.
Antonio tenía, con tal motivo, un malhumor constante. Los melindres de
Luisita le indignaban.
Varias veces confesó a Leguía que iba a dejarlo todo y a marcharse al
campo carlista.
Pello y Corito, mientras tanto, cantaban el eterno dúo de amor.
Laguardia les parecía un lugar lleno de encantos.
Muchas veces Pello tenía que salir a los pueblos próximos para los
negocios; había que pasar por entre las tropas y oir el silbar de las
balas.
El peligro hacía que Corito se interesase más y más por su novio. Cuando
desde las alturas de Laguardia, Pello indicaba por dónde había andado,
Corito temblaba y se estrechaba contra él.