Menor en prestigio aristocrático, pero mayor en entusiasmo liberal, era
la tertulia de Echaluce. Las de Echaluce, cuatro hermanas, una viuda y
tres solteras, tenían en la plaza un pequeño bazar, en cuya trastienda
se reunían varias personas en verano a tomar el fresco, y en invierno,
alrededor de la mesa camilla, a calentarse y a charlar.
Las cuatro hermanas, inocentes como palomas, se creían muy liberales y
muy emancipadas; su vida era ir de casa a la tienda, y de la tienda a
casa; los domingos, a la iglesia, y cada quince días, a confesarse con
el vicario.
Entre los contertulios de la casa de Echaluce había algunos audaces que
encontraban bien las disposiciones de Mendizábal, lo que entonces era lo
mismo que encontrar bien los designios del demonio.
A esta tertulia había trasladado su campamento el capitán Herrera desde
que llegó a Laguardia una sobrina de las de Echaluce.
Esta chica, una riojana muy guapa y muy salada, escandalizaba a la gente
laguardiense con sus trajes, que no tenían más motivo de escándalo que
algún lazo verde o morado, colores ambos que se consideraban en esta
época completamente subversivos y desorganizadores de la sociedad.
La plebe de Laguardia, que era toda carlista, miraba como una ofensa
personal estos lazos y tiraba a la chica patatas, tomates y otras
hortalizas.
Al principio lo hacían con impunidad; pero cuando apareció Herrerita con
su sable, al lado de la muchacha, y vieron que el oficialito estaba
dispuesto a andar a trastazos con cualquiera, la lluvia de hortalizas
disminuyó, y sólo algún chico, desde un rincón inexpugnable, se atrevía
a lanzar a la riojana uno de aquellos obsequios vegetales.