La primera y más importante de estas reuniones era la del señor Salazar.
El señor Salazar, rico propietario, había sido jefe político con Zea
Bermúdez, el ministro partidario del despotismo ilustrado, y aunque esto
no abonaba mucho las ideas progresivas del señor Salazar, era liberal a
su manera. Se encontraba, según decía, conforme con el moderantismo de
Martínez de la Rosa, aunque no lo acompañaba en sus exageraciones
sectarias, porque él era, sobre todo, monárquico y católico, y añadía
que estaba tan lejos de los procedimientos odiosos de Calomarde como de
los delirios insanos de los revolucionarios.
El señor Salazar creía que la sociedad es una máquina que debe marchar;
pero consideraba necesario ponerle de cuando en cuando una piedra lo más
grande posible, para que se detuviera y reflexionara. El señor Salazar
quería que el mundo entero reflexionara, dictaminara y pesara sus actos.
Dictaminar, reflexionar y pesar. En estos verbos estaba reconcentrada
toda su filosofía.
El señor Salazar era tan religioso o más que los contertulios de las
Piscinas. Se hallaba colocado, con relación a su época, en el puesto más
seguro y más fuerte; así que ejercía una gran influencia en Laguardia.
Los oficiales, de comandante para arriba, iban casi siempre de tertulia
a su casa; las autoridades que llegaban al pueblo le dedicaban la
primera visita.
Sabidos su preponderancia y su influjo, todo el mundo acudía a él en un
caso apurado, y la misma gente de la tribu de las Piscinas solía
presentarse al señor Salazar con el traje y la sonrisa de los días de
fiesta, pidiendo protección cuando la necesitaba.
La tertulia de este hombre importante era trascendental para el pueblo;
allí se resolvía lo que había que hacer en Laguardia; se daban destinos,
se repartían cargos. El señor Salazar, como todos los políticos y
caciques españoles antiguos y modernos, distribuía las mercedes con el
dinero del Estado.
Salazar tenía más simpatía por los absolutistas que por los
revolucionarios. Con aquéllos se sentía a sí mismo joven y ágil de
espíritu; en cambio, con los liberales exaltados se mostraba hosco y
displicente.