Don Juan de Galilea y don Hernando Martínez de Ribavellosa pontificaban
en esta reunión. Eran allí estrellas de primera magnitud. Sus opiniones
pasaban por dogmáticas. Unicamente, a su altura, estaba, tratándose de
asuntos religiosos, el vicario de Santa María, don Diego de Salinillas.
Don Juan de Galilea, hombre grave, hablaba por apotegmas; creía que el
desconocimiento de las humanidades y del latín era el que estaba
perturbando la sociedad; don Hernando coincidía con él en hallar
lastimoso el estado de su época; pero extraía sus argumentos casi
exclusivamente de la Historia. El estado natural de la política del
mundo, según el señor de Ribavellosa, era el de hacía doscientos años,
por lo menos. Hablaba del reino de Castilla, del señorío de Vizcaya, del
fuero de Sobrarbe, y siempre que nombraba a Laguardia tenía que decir
Laguardia de Navarra.
De las damas de la tertulia, las más principales, después de las
señoritas de la casa, eran las dos marquesas de Valpierre, la hermana de
don Hernando, las de Manso de Zúñiga cuando estaban en el pueblo, y la
señorita de San Mederi.
En esta reunión aristocrática cada cual tenía asignado su papel. Don
Juan de Galilea y don Hernando resolvían las cuestiones políticas
graves. Las señoras, a quienes no preocupaba gran cosa el sistema
constitucional ni el rey absoluto, criticaban los acontecimientos y
hablaban de las costumbres y de las modas.
Las marquesas de Valpierre eran en esto las más intransigentes. Estas
dos viejas solteronas vestían siempre de negro; llevaban toca en la
cabeza, y solían dedicarse a hacer media en la tertulia.
Estaban las dos constantemente escandalizadas con los abusos del siglo;
para ellas, un lazo azul o verde socavaba los cimientos del orden
social, y por ende, como hubiera dicho el señor de Galilea, los del
universo.
Según las de Valpierre, el mundo estaba perdido; ya no se respetaban
las clases, ni a las señoras; el desenfreno era horrible. Laguardia,
para ellas, era una nueva Babilonia, llena de vicios y de impurezas.
Entre la gente de media edad que figuraba en casa de las Piscinas había
dos o tres solterones que vivían con sus madres. Uno de ellos, don Luis
de Galilea, el hermano de don Juan, se dedicaba a escandalizar a la
tertulia con barbaridades y groserías que él consideraba concepciones
atrevidas de orden filosófico.
Don Luis era pequeño, tostado por el sol, con los ojos ribeteados y
desdeñosos y la nariz arqueada y roja.