El elemento más romántico de la reunión, sin que nadie pudiera
disputarle esta preeminencia, era la señorita Graciosa de San Mederi.
Graciosa tenía sus cuarenta años; pero no le parecía decoroso reconocer
más de veintinueve. Alta, caballuna, con la nariz larga y los dientes
salientes y amarillos, no tenía la pobre señorita físico para producir
grandes pasiones; pero si le faltaba físico, indudablemente, no le
faltaba corazón.
Graciosa tenía un gran entusiasmo por el vizconde de Arlincourt y por
sus novelas. Hubiera andado mejor por el osario del Morar que por el
camino de El Ciego o de Logroño, y el monte Salvaje, lugar de románticos
paseos del Ermitaño, del vizconde, era para ella más conocido que los
alrededores de Laguardia.
Graciosa de San Mederi había leído también una novela de Ana Radcliff,
que le produjo gran admiración, y desde entonces no pensaba más que en
situaciones extraordinarias y espantosas, en bosques incultos y llenos
de misterio, en castillos con subterráneos y almas en pena, en rocas
malditas y, sobre todo, en lagos, en esos lagos sombríos y poéticos, en
los que se puede navegar una noche de luna, sobre un ligero esquife,
mientras se escucha, a lo lejos, el rumor de las locas serenatas.
Desgraciadamente para ella, vivía en un pueblo asentado en lo alto de
una colina, en donde no había más lago que aquellas dos charcas que se
llenaban con las lluvias del invierno, y en las que no se podía navegar
más que en un cajón, y empujando con un palo en el fondo cenagoso, cosa
horriblemente antipoética.