UN pueblo como Laguardia, en la línea de combate de las fuerzas
liberales y carlistas, era, a pesar de la vigilancia del ejército, un
foco de intrigas.
Estas intrigas, en general, no tenían gran importancia; eran como nubes
de verano, se deshacían por sí solas; pero a veces se tramaban proyectos
serios, de ventas, de traiciones, de los cuales se enteraba todo el
mundo menos la autoridad.
Un pueblo de escaso número de habitantes como aquél, en donde
constantemente estaban yendo y viniendo las tropas, en donde a cada paso
corría una noticia importante, verdadera o falsa, necesitaba una serie
de puntos de reunión, de pequeñas tertulias, para comentar los
acontecimientos y calcular las probabilidades de éxito de los bandos.
La esperanza y el desaliento iban, alternativamente, de la derecha a la
izquierda, y los dos partidos contaban su triunfo como seguro repetidas
veces.
Entre las tertulias realistas de Laguardia, la más conocida, la más
distinguida, la más aristocrática, la única que tenía opinión cotizada y
valorada, era la de los Ramírez de la Piscina.
La tertulia de las Piscinas--se le daba el nombre de las damas, y no el
de los varones de la casa--, no contaba en aquella época más que con un
varón. Los otros dos, los más notables, estaban en la corte carlista.
La familia de los Piscinas que vivía en Laguardia estaba formada por un
señor, casado con una Ribavellosa, y por dos solteronas viejas.
La casa de las Piscinas era una casa chapada a la antigua, gran mérito
en Laguardia. Se rezaba el rosario en la tertulia; se tomaba chocolate
por la tarde; se llamaba estrado al salón, y a los tres o cuatro
criados, la servidumbre.
Todas las cuestiones de etiqueta se llevaban a punta de lanza; se vestía
luto por la muerte del pariente más lejano, si era aristócrata, y se
cubría con un paño negro el escudo de la casa.
Al viejo demandadero se le daban honores de mayordomo; a las pequeñas
fincas que poseía la familia se las llamaba las posesiones, y a todo se
intentaba prestar un aire de grandeza que no tenía.