estocada marchando, ¿eh?... Un, dos... a fondo. Rápido, ¿eh?...
(~Vase derecha.~)
Gonz.
Sí, sí; descuide, descuide... (~Vuelve y toca el timbre.~) Voy a ver
cómo sigue esa criatura. Cree que le ocultamos la verdad; que Galán
es quien va a batirse y está que no vive. ¡Pobre Florita!... ¡Calle!
¡Ella viene hacia aquí!
ESCENA II
DON GONZALO y FLORA
Flora
(~Por la izquierda, con una bata y el pelo medio suelto.~) La
felicidad es un pájaro azul, que se posa en un minuto de nuestra
vida y que cuando levanta el vuelo, ¡Dios sabe en qué otro minuto se
volverá a posar!
Gonz.
¡Florita!
Flora
¡Ay, Gonzalo de mi alma!... (~Llora amargamente abrazada a su
hermano.~)
Gonz.
¡Por Dios, Flora; no llores, que me partes el corazón!
Flora
El hado fatal cebose en mí... Clavome su garra siniestra.
Gonz.
¡Por Dios, Florita; si no hay motivo! No desesperes.
Flora
¿Que no hay motivo? ¿Que no desespere?... ¿Pero no te has enterado de
lo que proyectan?
Gonz.
Me he enterado de todo.
Flora
Picavea ha impuesto la condición de que los dos han de renunciar
a mí, sea cual fuere el resultado del lance, y claro, Galán se
considera en la necesidad de aceptar para que no le crean un
cobarde... ¡Y me dejarán los dos!... Y esto es demasiado, porque
quedarme sin el que sucumba, bueno; pero sin el superviviente, ¿por
qué, Dios mío, por qué?
Gonz.
No llores, Florita; no llores; estate tranquila, ya te he dicho que
no se baten; yo sabré evitarlo.
Flora
¡Qué espantosa tragedia! Toda mi juventud suspirando por un hombre, y
de pronto me surgen dos; venme, inflámanse, insúltanse, péganse y de
repente se me esfuman. ¡Esto es espantoso!... ¡horrible! ¿Qué tendré
yo, Gonzalo, qué tendré que no puedo ser dichosa?
Gonz.
Cálmate, Florita, que yo te juro que lo serás. Cálmate.
Flora
Si no puedo calmarme, Gonzalo, no puedo... porque encima de esta
amargura, Maruja Peláez me ha hecho un chiste, ¡un chiste!... en
esta situación... ¡miserable!... Dice que mi boda era imposible
porque hubiera sido una boda de un Galán con una característica...
¡Figúrate!... (~Llora amargamente.~) ¡Yo característica!...
Gonz.
¡Infame!... ¡Escándalos, ultrajes, burlas... y todo sobre esta
criatura infeliz! ¡No, no, Florita!... No llores, seca tus ojos.
¡Ni una lágrima más! ¡Bandidos!... No, yo te juro que te casas con
Galán, te casas con Galán aunque se hunda el mundo, porque el que
mata a Picavea soy yo... ¡yo!...
Flora
¡No, eso no, Gonzalo; eso tampoco! ¡A costa de tu vida cómo iba yo a
ser dichosa!... No, déjalo; he tenido la desgracia de enloquecer a
dos hombres... ¡lo sufriré yo sola!... Entraré en un convento...
Gonz.
¿Tú en un convento?
Flora
Sí, en un convento; profesaré en las Capuchinas... seré Capuchina...
Ya he escogido hasta el nombre. Sor María de la Luz, creo que para
una Capuchina...
Gonz.
¡Pero qué locuras estás diciendo!... Crees que lejos de ti podría yo
vivir tranquilo... Calla, Florita, calla; ¡no me partas el alma!
ESCENA III
DICHOS, EL CRIADO y luego PEÑA y LACASA
Criado
(~Por la derecha.~) Señor...
Gonz.
¿Quién?
Criado
Los señores Peña y Lacasa.
Flora
¡Peña y Lacasa!... ¿Qué quieren? ¿Qué buscan aquí esos hombres
siniestros?
Gonz.
Nada, nada... Déjame unos instantes. Luego hablaremos. Ten calma.
Todo se resolverá felizmente. ¡Te lo aseguro!...
Flora
¡Ah, no, no!... La felicidad es un pájaro azul que se posa en un
minuto de nuestra vida, pero levanta el vuelo...
Criado
¿Qué?...
Flora
No te digo a ti... ¿eres tú pájaro acaso? ¿O azul, por una
casualidad?...
Criado
Es que creí...
Flora
¡Estúpido!
Gonz.
Que pasen esos señores.
Flora
Pero levanta el vuelo y Dios sabe en qué otro minuto se volverá a
posar. ¡Ah!... (~Vase por la izquierda.~)
Criado
(~Asomándose a la puerta derecha.~) ¡Señores!... (~Les deja pasar y
se retira.~)
Peña
¡Gonzalo!...
Lac.
¡Querido Gonzalo!
Gonz.
Pasad, pasad y hablemos en voz baja. ¿Qué tal?
Lac.
¡Horrible!
Peña
¡Espantoso!
Lac.
¡Trágico!
Peña
¡Funesto!
Gonz.
¿Pero qué sucede?
Peña
¡Un duelo tan bien concebido!...
Lac.
¡Una verdadera obra de arte!
Peña
Tres disparos simultáneos apuntando seis segundos.
Lac.
Y cada disparo avanzando cinco pasos.
Peña
Y en el supuesto desgraciado de que los dos saliesen ilesos,
continuar a sable.
Lac.
Filo, contrafilo y punta; a todo juego, asaltos de seis minutos...
uno de descanso, permitida la estocada...
Peña
¡En fin, que no había escape! Un duelo como para servir a un amigo.
Lac.
¡Oh, qué ira! ¡La primera vez que me sucede!
Peña
¡Y a mí!
Gonz.
¡Bueno, estoy que no respiro!... ¿Queréis decirme al fin qué pasa?
Peña
¡Una desdicha! Que el duelo no puede verificarse.
Lac.
Todo se nos ha venido a tierra.
Gonz.
¿Pues?
Peña
Que no encontramos a Picavea ni vivo ni muerto.
Gonz.
¿Cómo que no?
Lac.
Ni ofreciendo hallazgo. Unos dicen que después de la cuestión le
vieron salir de tu casa y desaparecer por la boca de una alcantarilla.
Peña
Otros aseguran que no fué por la boca, sino que desde que supo que
tenía que batirse contigo, marchó a su casa por un retrato, tomó un
kilométrico de doce mil kilómetros y se metió en el rápido.
Lac.
Corren distintas versiones.
Peña
Pero Picavea, por lo visto, ha corrido mucho más que las versiones,
porque no damos con él por parte alguna; ¡ni con el rastro siquiera!
Lac.
¡Qué fatalidad!
Gonz.
¿Habéis ido a su casa?
Peña
Lo primero que hicimos. Y dice la patrona que la misma noche de la
cuestión llegó lívido, sin apetito y que a instancias suyas lo único
que pudo hacerle tomar fueron unas patas de liebre, unas alas de
pollo y un poco de gaseosa... cosas ligeras como ves, fugitivas...
Lac.
Y tan fugitivas.
Peña
Como que después de lo de las patas y las alas desapareció con un
aviador; sospechan si para emprender el raid Madrid-San Petersburgo.
Gonz.
¡Miserable! Pone tierra por medio.
Lac.
Aire, aire.
Peña
Otros compañeros de hospedaje relatan que le oyeron preguntar qué
punto de Oceanía es el más distante de la Península.
Gonz.
¡Cobarde!... ¡Ha huído!
Peña
¡Los datos son para sospecharlo!
Gonz.
¡Oh!, ¿veis?... Eso prueba que lo de Galán fué una calumnia...
¡Una repugnante calumnia! ¡Oh, qué alegría, qué alegría va a tener
mi hermana!.... ¡Pobre Galán!... Yo que hasta había llegado a
sospechar... ¡Le haré un regalo!
Lac.
¡Gonzalo, ese granuja nos ha privado de complacerte!
Peña
Gonzalo, no hemos podido servirte; pero si a consecuencia de este
asunto tuvieses que matar a otro amigo, acuérdate de nosotros.
Gonz.
Descuidad.
Lac.
Te serviremos con muchísimo placer. Ya nos conoces.
Peña
¡Lances de _menú_ o de papel secante, no!... Ni almuerzos ni actas.
¡Duelos serios, especialidad de Lacasa y mía!
Gonz.
Os estimo en lo que valéis. Gracias por todo. Adiós, Peña... Adiós,
Lacasa.
Lac.
¡A dos pasos de tus órdenes!
Peña
Disparado por servirte. (~Saludan. Vanse por la derecha.~)
Gonz.
Ha huído. Era un calumniador y un envidioso. Voy a contárselo todo
a Florita, se va a volver loca de alegría. ¡Oh! Ya no hay obstáculo
para su felicidad. Dentro de un mes la boda. No la retraso ni un
solo minuto. Y en cuanto a Galán, como compensación, le regalaré la
estatua de Saturno comiéndose a sus hijos que tengo en el jardín. Dos
metros de base por tres de altura. Está algo deteriorada, porque al
hijo que Saturno se está comiendo le falta una pierna... pero en fin,
así está más en carácter. (~Vase por la izquierda.~)
ESCENA IV
CRIADO, DON MARCELINO y NUMERIANO GALÁN, por la derecha
Criado
Pasen los señores. (~Les deja paso y se va.~)
Num.
¿Ha visto usted qué par de chacales esos que salían?
Marc.
Peña y Lacasa. Son los padrinos de Gonzalo. Iban furiosos y con un
juego de pistolas debajo del brazo.
Num.
A cualquier cosa le llaman juego.
Marc.
Bueno, Galancito, ¿y a qué me traes aquí, si puede saberse?
Num.
Pues a que me ayude usted a convencer a don Gonzalo para que me deje
batirme antes con Picavea. Si no, estamos perdidos.
Marc.
Me parece que no conseguimos nada. ¡Tú no sabes cómo está Gonzalo!
Num.
Entonces, ¿qué hacemos, don Marcelino, qué hacemos?
Marc.
A mi juicio, lo primero que hay que hacer es el borrador para la
esquela de Picavea; porque Picavea sube hoy al cielo. A patadas, pero
sube.
Num.
¡Ay, Dios mío!... ¿Y Florita estará?...
Marc.
Medrosa del todo. Desde que supone que Picavea y tú vais a batiros
por ella, se ha puesto mucho más romántica.
Num.
¡Qué horror!
Marc.
Se ha soltado el pelo o por lo menos el añadido, ha extraviado los
ojos en una forma que ni anunciándolos en los periódicos se los
encuentran y anda deshojando flores por el jardín y preguntándoles
unas cosas a las margaritas, que un día le van a contestar mal, lo
vas a ver.
Num.
¡Virgen Santa!
Marc.
Y se ha encerrado en este dilema pavoroso: «O Galán o Capuchina.»
Num.
(~Aterrado.~) ¿Y qué es eso?
Marc.
¡No sé, pero debe ser algo terrible!
Num.
¡Ay, qué miedo! ¡Por Dios, don Marcelino, ayúdeme usted a convencer
a don Gonzalo! ¡Sálveme usted! ¡Estoy desesperado! ¡Maldita sea!...
De algún tiempo a esta parte todo se vuelve contra mí, ¡todo!...
(~Furioso, da un puñetazo al funchimbool, y, naturalmente, la pelota
se vuelve contra él.~) ¡Caray!... ¡Hasta la pelota!...
Marc.
¡Calla, Gonzalo viene!
Num.
¡Elocuencia, Dios mío!
ESCENA V
DICHOS y DON GONZALO, por la izquierda
Gonz.
(~Tendiéndoles las manos.~) ¿Ustedes?
Marc.
Querido Gonzalo, vengo porque no puedes imaginar lo que está
sufriendo este hombre.
Gonz.
¿Pero por qué, amigo Galán, por qué?
Num.
¡Ah, don Gonzalo, una tortura horrible me destroza el alma!
Usted sabe como nadie, que el honor es mi único patrimonio; por
consecuencia, de rodillas suplico a usted me permita que sea yo el
que mate a ese granuja que aquella noche nefasta enlodó mi honradez
acrisolada...
Gonz.
Bueno, Galán, pero...
Num.
¡No olvide usted que el miserable dijo que yo tenía no sé qué de
Segunda, y yo no tengo nada de Segunda, don Gonzalo, se lo juro a
usted!...
Gonz.
No, hombre, si lo creo... Y por mí mátelo usted cuando quiera, amigo
Galán.
Num.
(~Abrazando a don Gonzalo.~) ¡Gracias, gracias! ¡Oh, qué alegría!
¡Ser yo el que le atraviese el corazón!
Gonz.
Lo malo es que no va usted a poder.
Marc.
(~Aterrado.~) ¿Le has matado tú ya?
Gonz.
No me ha sido posible.
Num.
¿Entonces, por qué no voy a ser yo el que le arranque la lengua?
Gonz.
Porque se la ha llevado con todo lo demás.
Num.
¿Cómo que se la ha llevado?
Marc.
¿Qué quieres decir?
Gonz.
(~Riendo francamente.~) Sí, hombre, sí. Sabedlo de una vez. ¡Picavea,
asustado de su crimen, ha huído!
Los dos
(~Con espanto.~) ¿Que ha huído?...
Gonz.
¡Ha huído!
Marc.
¡Pero no es posible!
Num.
¡Eso no puede ser, don Gonzalo!
Gonz.
Y en aeroplano, según me aseguran.
Marc.
¡Atiza!
Num.
¡Que ha huído!... ¡Dios mío, pero está usted oyendo qué canallada!
Marc.
¡Qué sinvergüenza!
Num.
¡Irse y dejarme de esta manera! ¡Es esto formalidad, don Marcelino!
Gonz.
¡Cálmese, amigo Galán!
Num.
¡Qué voy a calmarme, hombre!... ¡Esto no se hace con un amigo...
digo, con un enemigo!... (~A don Marcelino.~) ¡Irse en aeroplano!
Marc.
(~Aparte.~) (¡Y no invitarte!...) Ya, ya... ¡qué canalla!
Gonz.
Calme, calme su justa cólera, amigo Galán. Su honor queda inmaculado,
y puesto que la dicha renace para nosotros, no pensemos ya sino en la
felicidad de Florita y de usted; porque mi deseo es que se casen a
escape.
Num.
Hombre, don Gonzalo, yo a escape, la verdad...
Gonz.
No quiero que surjan otros incidentes. La vida está llena de
asechanzas. Acaba usted de verlo.
Marc.
Bueno, pero Galán lo que desea es un plazo para...
Gonz.
No le pongo un puñal al pecho, naturalmente; pero, vamos, ¿le
parecería a usted bien que para la boda fijáramos el día del Corpus?
Faltan dos meses.
Num.
Hombre, Corpus, Corpus... No tengo yo el Corpus por una fecha
propicia para nupcias... no me hace a mí...
Gonz.
¿Entonces, quiere usted que lo adelantemos para la Pascua?
Num.
¡Qué sé yo!
Gonz.
¿Tampoco le hace a usted la Pascua?
Num.
Como hacerme, sí me hace la Pascua, pero, vamos, es que yo... es que
yo, don Gonzalo, la verdad, quiero serle a usted franco, hablarle con
toda el alma.
Gonz.
Dígame, dígame, amigo Galán.
Num.
¿Dice usted que Picavea ha huído?
Gonz.
Ha huído. Indudable.
Num.
Pues bien, yo tengo que decirle a usted que hasta que ese hombre
parezca y yo le mate, yo no puedo casarme, don Gonzalo.
Gonz.
¡Por Dios, es un escrúpulo exagerado!
Num.
Hágase usted cargo, si yo no vuelvo por los fueros de mi honor, ¿qué
dignidad le llevo a mi esposa?
Marc.
Hombre, en eso el muchacho tiene algo de razón.
Num.
Ahora, eso sí, don Gonzalo, que parece Picavea, y al día siguiente la
boda.
Criado
(~Desde la puerta.~) El señor Picavea.
Gonz.
¿Qué?
Criado
Su tarjeta.
Gonz.
(~La toma y lee.~) ¡Picavea! (~Mostrándoles la tarjeta.~)
Los dos
¡¡Picavea!!
(~Galán cae aterrado sobre una silla.~)
Gonz.
Se conoce que han aterrizado. (~Al Criado.~) ¿Y este hombre?...
Criado
Aguarda en la antesala. Debe encontrarse algo enfermo. Está pálido,
tembloroso. Me ha pedido un vaso de agua con azahar. Por cierto
que al ir a traérsela he visto que escondía todos los bastones del
perchero.
Gonz.
¡Ah, canalla!
Criado
Dice que tiene algo extraordinario y urgente que decirle al señor, y
que le suplica de rodillas si es preciso, que le reciba...
Gonz.
Yo no sé hasta qué punto será correcto...
Criado
Dice que se acoge a la hidalguía del señor.
Gonz.
Basta. Dile que pase.
Num.
¿Pero le va usted a recibir?
Gonz.
¡Qué remedio!... ¿No oye usted cómo lo suplica?
Num.
(~Aparte a don Marcelino.~) ¡Estoy aterrado! ¿A qué vendrá ese bruto?
Marc.
(No me llega la camisa al cuerpo.)
Gonz.
Vosotros pasad a esa habitación y oid. Y por Dios, Galán, conténgase
usted oiga lo que oiga. Marcelino, no le abandones.
Marc.
Descuida. (~Vanse izquierda.~)
ESCENA VI
DON GONZALO y PICAVEA; luego DON MARCELINO y NUMERIANO GALÁN
Pic.
(~Dentro.~) ¿Da... da... da... dada... dada... usted su per... su
permiso?
Gonz.
Adelante. (¡Dame calma, Dios mío, que yo no olvide que estoy en mi
casa! Apartaré este sable, no me dé una mala tentación...) (~Coge un
sable para retirarlo.~)
Pic.
(~Asomando la cabeza.~) Muy bue... ¡Caray! (~Se retira en seguida al
ver a don Gonzalo con el sable.~)
Gonz.
¿Pero qué hace ese hombre? (~Alto.~) Pase usted sin miedo.
Pic.
¡Papa... papa... pa... pasaré, sí, señor; pe... pe... pero sin miedo
es impopo... es imposible!... Com... com... comprendo su... su
indignación, don Gon... don Gonzalo, y por eso...
Gonz.
Sí, señor, mi indignación es mucha y muy justa, pero acogido a la
hospitalidad de estas nobles paredes, nada tiene usted que temer por
ahora. Tranquilícese y diga cuanto quiera.
Pic.
Don Gon... don Gon... don Gonzalo, yo no sé cómo agradecer a usted
que me haya re... re... recibido después de la su... su... susu...
Gonz.
Abrevie usted los períodos; porque entre la tartamudez y la
abundancia retórica no acabaríamos nunca.
Pic.
Lo que quiero decir es que mi gratitud por la bondad de recibirme...
Gonz.
Nada tiene que agradecerme. Cumplo con mi deber de caballero. Hable.
Pic.
(~Cayendo súbitamente de rodillas a los pies de don Gonzalo.~) ¡Ah,
don Gonzalo... escúpame usted, máteme usted!... Coja usted una de
esas nobles tizonas y déme usted una estocada.
Gonz.
Señor mío, eso no sería digno...
Pic.
Pues una media estocada... ¡un bajonazo!... ¡Sí! ¡Lo merezco, don
Gonzalo, lo merezco por buey!
Gonz.
¿Pero qué está usted diciendo?
Pic.
La verdad, don Gonzalo, vengo a decir toda la verdad. Yo seguramente
habré aparecido a los ojos de usted como un canalla.
Gonz.
Se califica usted con una justicia que me ahorra a mí esa molestia.
Pic.
Pues bien, don Gonzalo, de todo esto tiene la culpa...
Gonz.
Ya sé lo que va usted a decirme, ¿que tiene la culpa el que mi
hermana le ha vuelto a usted loco?
Pic.
¡Quiá, no, señor, qué me ha de volver a mí la pobre señora!... Yo
sólo siento por ella una admiración simplemente amistosa.
Gonz.
¿Entonces, por qué dió usted lugar a aquella trágica escena?
Pic.
Yo, don Gonzalo, todo lo que dije y lo que hice, lo hice y lo dije
por salvar a Galán únicamente.
Gonz.
¿Cómo por salvar a Galán?... ¡No comprendo!... Salvar a Galán, ¿de
qué?...
Pic.
Es que Galán—usted perdone—pero a Galán tampoco le gusta su hermana
de usted.
Gonz.
(~Con tremenda sorpresa.~) ¿Eh?... ¿cómo?... ¿qué está usted diciendo?
Pic.
Que no le gusta.
Gonz.
¡Pero este hombre se ha vuelto loco!
Pic.
No, don Gonzalo, no. Ustedes, Galán y yo hemos sido víctimas de un
juego inicuo, y permítame que le suplique toda la calma de que sea
capaz para escucharme hasta el fin.
Gonz.
(~Con ansiedad.~) Hable, hable usted pronto.
Pic.
Don Gonzalo, la declaración amorosa que recibió Florita no era de
Galán.
Gonz.
¿Cómo que no?
Pic.
Fué escrita por Tito Guiloya, imitando su letra para darle una broma
de las que han hecho famoso al _Guasa-Club_.
Gonz.
¿Oh, pero qué dice este necio?... ¿Qué nueva mentira inventa este
canalla?... (~Va a acometerle.~)
Pic.
¡Por Dios, don Gonzalo!...
Gonz.
Yo te juro que vas a pagar ahora mismo...
ESCENA VII
DICHOS, NUMERIANO GALÁN y DON MARCELINO
Num.
(~Saliendo.~) Deténgase usted, don Gonzalo. Este hombre dice la
verdad.
Gonz.
(~Aterrado.~) ¿Qué?
Marc.
Una verdad como un templo, Gonzalo.
Gonz.
¿Pero qué dices?
Marc.
Mátanos, desuéllanos... porque cada uno tiene en esta culpa una parte
proporcional. Este por debilidad, por miedo; éste por inducción; yo
por silencio, por tolerancia... pero lo que oyes es la verdad.
Gonz.
(~Como enloquecido.~) ¿Pero no sueño?... ¿pero es esto cierto,
Marcelino?
Num.
Sí, don Gonzalo; hemos sido víctimas de una burla cruel. Yo no me
he declarado jamás a su hermana de usted. Yo no he tenido nunca
intención de casarme con ella, porque ni mi posición ni mi deseo me
habían determinado a semejante cosa.
Gonz.
¿De modo que es verdad?... ¿de modo que?...
Marc.
Han sido esos bandidos, Tito Guiloya, Manchón y Torrija, los que,
aprovechando hábilmente una situación equívoca que ya te explicaré, y
con propósitos de insano regocijo, de burla indigna, fraguaron esta
iniquidad... ¡Una broma del Casino!
Gonz
¡Dios mío!
Num.
Y yo también soy culpable, don Gonzalo, lo reconozco. Soy culpable,
porque debí, en el primer momento, decir a ustedes lo que pasaba.
Pero me faltó valor. Aparte la condición pusilánime de mi carácter,
la acogida cordial, efusiva, que usted me dispensó, henchido de
gozo por el bien de su hermana, a la que adora en términos tan
conmovedores, me hizo ser cobarde y preferí aguardar a que una
solución imprevista resolviera el conflicto.
Gonz.
(~Repuesto del estupor, se levanta airado, violento, tembloroso.~)
¡Ah!... ¡de modo que una burla!... ¡que todo ha sido una burla!...
¿Y por el placer de una grosera carcajada no han vacilado en amargar
con el ridículo el fracaso de una vida?... ¡Y para este escarnio
cien veces infame, escogen a mi hermana, a mi pobre hermana, alma
sencilla cuyo único delito es que se resiste a perder el derecho a
una felicidad que ha visto disfrutar fácilmente a otras mujeres, sólo
porque la naturaleza ha sido más piadosa con ellas! ¡Pues no, no será!
Marc.
¡Gonzalo!
Gonz.
No será; y a este crimen de la burla, frío, cruel, pérfido,
premeditado... responderé yo con la violencia, con la barbarie, con
la crueldad. ¡Yo mato a uno, mato a uno, Marcelino, te lo juro!...
Marc.
¡Cálmate, cálmate, por Dios, Gonzalo!...
Gonz.
No puedo, no puedo calmarme, Marcelino, no puedo. ¡Burlarse de mi
hermana adorada, de mi hermana querida, a la que yo he consagrado con
mi amor y mi ternura una vida de renunciaciones y de sacrificios! De
sacrificios, sí. Porque vosotros, como todo el mundo, me suponéis un
solterón egoísta, incapaz de sacrificar la comodidad personal a los
desvelos e inquietudes que impone el matrimonio. Pues sabedlo de una
vez: nada más lejos de mi alma. En mi corazón, Marcelino, he ahogado
muchas veces—y algunas Dios sabe con cuánta amargura—el gérmen de
nobles amores que me hubiesen llevado a un hogar feliz, a una vida
fecunda. Pero surgía en mi corazón un dilema pavoroso; u obligaba a
mi hermana a soportar en su propia casa la vida triste de un papel
secundario, o había yo de marcharme dejándola en una orfandad que mis
nuevos afectos hubiesen hecho más triste y más desconsoladora. ¡Y por
su felicidad he renunciado siempre a la mía!
Marc.
Eres un santo, Gonzalo.
Gonz.
Hay más. Esta es para mí una hora amarga de confesión; quiero que lo
sepais todo, todo... Yo he llegado por ella, entiéndelo bien, sólo
por ella hasta el ridículo.
Marc.
¡Gonzalo!...
Gonz.
(~Con profunda amargura.~) Sí, porque yo, yo soy un viejo ridículo,
ya lo sé.
Marc.
¡Hombre!...
Gonz.
Sí, Marcelino, sí; hasta el ridículo. Un ridículo consciente, que es
el más triste de todos. Yo, y perdonadme estas grotescas confesiones,
yo me tiño el pelo; yo, impropiamente, busco entre la juventud mis
amistades. Yo visto con un acicalamiento amanerado, llamativo,
inconveniente a la seriedad de mis años. Y todo esto que ha sido y
es en el pueblo motivo de burla, de chacota, de escarnio, yo lo he
padecido con resignación y lo he tolerado con humildad, porque lo he
sufrido por ella.
Marc.
¿Por ella?
Gonz.
Sí, por ella. Como entre Florita y yo la diferencia de años es poca,
las canas, las arrugas, los achaques en mí la producían un profundo
horror, una espantosa consternación. Veía en mi vejez acercarse la
suya y yo entonces quise parecer joven solamente para que Florita no
se creyese vieja. Y para atenuarla el espectáculo del desastre, puse
sobre esta cabeza que para ser respetada debía ser blanca, y sobre
este cuerpo ya caduco unas ridículas mentiras que conservaran en ella
la pueril ilusión de una falsa juventud. Esto ha sido todo. (~Llora.~)
Marc.
(~Conmovido.~) ¡¡Gonzalo!!...
Pic.
Don Gonzalo, perdón; somos unos miserables.
Num.
Usted es un santo, don Gonzalo, un santo, y si no le pareciese
absurdo lo que voy a decirle, yo me ofrezco a reparar esta broma
infame casándome con Florita, si usted quiere.
Gonz.
No, gracias, amigo Galán; muchas gracias. Pasado ese impulso generoso
de su alma buena, quedaría la realidad; mi hermana con sus años...
usted con su natural desamor... Imagínese el espanto. Quedémonos en
el ridículo, no demos paso a la tragedia.
Num.
Sí, sí, don Gonzalo, lo comprendo; pero por lo que se refiere a Tito
Guiloya, a Manchón, a Torrija... a todos los del _Guasa-Club_, yo
ruego a usted que me conceda el derecho a una venganza bárbara,
ejemplar... a una venganza...
ESCENA VIII
DICHOS, el CRIADO, luego TITO GUILOYA, puerta derecha
Criado
Señor... este caballero.
Gonz.
(~Leyendo la tarjeta.~) ¡Hombre!... ¡Dios le trae! Aquí le tenemos.
Marc.
¿Quién?
Gonz.
Tito Guiloya.
Pic. y Num.
¡¡Él!!
Gonz.
Viene a continuar la burla.
Pic.
(~Coge un sable.~) Pues permítame usted que yo...
Num.
(~Coge una espada.~) Y déjeme usted a mí que le...
Gonz.
Quietos. En mi casa, y en cosas que a mí tan tristemente se refieren,
yo soy quien debo hablar.
Marc.
Pero por Dios, Gonzalo...
Gonz.
Descuida, estoy tranquilo.
Num.
Pero nosotros...
Gonz.
Métanse ustedes ahí. Les suplico un silencio absoluto. (~Al Criado.~)
Que pase ese señor. (~Se meten los tres detrás de las cortinas de la
ventana de modo que al entrar el visitante no los vea.~) Un silencio
absoluto vean lo que vean y oigan lo que oigan.
Tito
(~Desde la puerta.~) ¿Da usted su permiso, queridísimo don Gonzalo?
Gonz.
Adelante.
Tito
Perdone usted, mi predilecto y cordial amigo, que venga a molestarle,
pero... altos dictados de caballerosidad que los hombres de honor no
podemos desatender me impelen a esta lamentable visita.
Gonz.
Tome asiento y dígame lo que guste. (~Se sientan.~)
Tito
Don Gonzalo, usted y yo somos dos hombres de honor.
Gonz.
Uno.
Tito
Usted perdone, dos; o yo no sé matemáticas.
Gonz.
Sabe usted matemáticas. Uno. Adelante.
Tito
Bueno; pues yo vengo con la desagradable misión de convencer a usted,
de que el señor Picavea, mi apadrinado, debe batirse, antes que con
usted, con ese canalla, con ese reptil, con ese bandido de Galán,
cuyas infamias probaremos cumplidamente.
Gonz.
¡Chits!... no levante usted la voz no sea que le oiga.
Tito
¿Pero cómo va a oirme?
Gonz.
Fíjese. (~Galán le saluda con la mano.~)
Tito
(~Dando un salto.~) ¡Carape! (~Lleno de asombro.~) ¿Pero qué es
esto? (~A Picavea.~) ¿Tú aquí?... ¿Y con Galán?... ¿Pero no habíamos
quedado en que yo vendría a buscar una solución honrosa al...?
(~Picavea hace un gesto encogiendo los hombros como el que quiere
expresar: «qué quieres que te diga».~)
Tito